Historia de la Pintura (2): El Gótico y sus fases

Seguimos la serie Historia de la Pintura con el gótico, una etapa de cambios importantes en la mentalidad del hombre que se trasladaron al arte a través de obras con significados nuevos y estéticas perfeccionadas. En una sociedad cada vez más urbana, burguesa y avanzada, la percepción de la religión cambia y plantea reflexiones nuevas. La representación de los ángeles, santos y personajes de la Biblia se lleva a cabo con la aplicación de emociones y expresiones, algo nunca antes visto.

En cuanto a los elementos técnicos, la vidriera se suma a los soportes pictóricos tradicionales (mural, tabla, páginas de libros) y, en la  la última fase del gótico, se extiende el uso del óleo. La pintura gótica se reparte en varias etapas, que marcan una evidente evolución y abren la puerta al Renacimiento.

Siguiendo una de las clasificaciones más extendidas, vamos a repasar la pintura gótica dividiéndola en los distintos estilos que fueron surgiendo progresivamente y en distintas zonas de Europa: el estilo franco-gótico (también llamado gótico lineal, aparece entre los siglos XIII y XIV en Francia), el gótico itálico (prácticamente coetáneo al gótico lineal, pero desarrollado en Italia), el gótico internacional (siglos XIV y XV, una fusión del gótico lineal y el italiano que se extiende por el continente) y finalmente el gótico de los maestros flamencos (siglo XV y principios del XVI, en los Países Bajos).

Estilo lineal o franco-gótico

En esta primera fase las obras pictóricas todavía se limitaban a la decoración de manuscritos y edificios religiosos. Uno de los mejores y más antiguos ejemplos de vidrieras del gótico lineal lo encontramos en la Catedral de Chartres, que desde el siglo XIII dejan pasar luz de colores al interior de sus alargadas naves.

La constante búsqueda de la luminosidad durante el gótico se observa en la fase lineal con fondos dorados y colores vivos, sin apenas gradaciones tonales. En cuanto a las vidrieras, es preciso recordar que nos encontramos en la llamada “fase radiante” de la arquitectura gótica, con la Sainte Chapelle como mejor ejemplo.

Los rasgos de la pintura del franco-gótico son la representación de figuras planas, un estudio leve de la perspectiva (uso de la perspectiva invertida), la ausencia del juego de luces y sombras, ausencia de profundidad y espacios, figuras idealizadas y sencillas y, sobre todo, el uso de líneas que delimitan la superficie coloreada. En este aspecto y utilizando términos técnicos se dice que la línea domina sobre el volumen, y ciertamente en esta primera fase del gótico se observa la influencia del románico en este aspecto: la línea resalta el dibujo, casi infantil, que es coloreado con tonos limpios y claros.

Además de en las vidrieras y los libros, durante el gótico lineal aparece también la pintura sobre tabla, especialmente en dípticos y frontales de iglesias catalanas y aragonesas, dominando la técnica de madera al temple (usando huevo o cola como aglutinante).

Estilo italo gótico o primitivos italianos

De manera simultánea a estilo franco-gótico, en Italia se desarrolla el gótico de los llamados “primitivos italianos”, una serie de autores que sintieron fascinación por la perspectiva, la profundidad y el realismo. Influenciados por los mosaicos bizantinos, pintores como Cimbaue, Giotto o Martini revolucionaron la pintura tradicional creando espacios tridimensionales, aumentando la riqueza cromática, jugando con las luces y las sombras…. y expresando sentimientos en los personajes. Nunca antes se había representado a Cristo sufriendo.

También se superan los fondos extraños y se comienza a situar a las figuras en ambientes y paisajes reales, dibujando estancias, interiores y edificios. Los hombres y mujeres de estas pinturas aparecen menos rígidos y estilizados, anatómicamente más fieles a la realidad del ser humano, algo que no se había conseguido durante el románico.

Normalmente se divide la pintura del gótico itálico en dos vertientes: la Escuela de Florencia y la Escuela de Siena. En ésta última destacaron Duccio di Buoninsegna (1255-1319), que fue de los primeros en adoptar la tradición de la pintura sobre tabla y el uso de témpera de huevo para pintar rasgos suaves, y Simone Martini (1284-1344), que dominó el uso del color fijándose en las miniaturas francesas del gótico lineal y se caracterizó por imprimir refinamiento, elegancia y amabilidad en sus composiciones (ver la Maestà, de 1315).

Por su parte, en la Escuela de Florencia el artista Cenni di Pepo Cimabue (1240-1302) fue el iniciador del nuevo estilo, renovando la pintura bizantina aportando rasgos góticos, como las expresiones más realistas. Le siguió el gran Giotto di Bondone (1267-1337), primer maestro que dominó la perspectiva en edificios y paisajes (ver Joaquín expulsado del Templo, 1305). Gracias a Giotto figuras planas del arte románico dan paso a otras modeladas e individualizadas en perspectiva. Utiliza el sombreado y consigue dar volumen y corporeidad, cargando sentimentalmente las escenas. Además, Giotto observa y refleja fielmente la naturaleza. Por todo ello se le considera precursor del Renacimiento y el primer gran maestro italiano.

Pintura internacional

Entre los años 1375 y 1425 se extendió por las cortes europeas el llamado gótico internacional, un estilo caracterizado por la elegancia, la delicadeza, las líneas fluidas, un empleo profuso del color y un mayor realismo, sobre todo en su representación del mundo natural. Simone Martini es considerado el mayor influyente del gótico internacional, gracias a obras como su Anunciación, de 1333.

Varios de los autores del gótico internacional son anónimos, por lo que se habla de maestros. Por ejemplo, el llamado Maestro Inglés es el autor del famoso Díptico de Wilton, obra característica de este estilo. Se cree que el Maestro Inglés vivió en la segunda mitad del siglo XIV y sirvió en la corte de Ricardo II. Otros maestros son el Maestro Francke, el Maestro de Trebon o el Maestro del Jardín del Paraíso, que debe su nombre a su obra más famosa.

Autores con nombre como Gentile da Fabriano fueron representativos del gótico internacional, detallando minúsculos elementos en obras como la Adoración de los Reyes Magos, de 1423. Y si bien la pintura sobre madera permitía la profusión de detalles gracias a las nuevas técnicas, realmente las hojas de los libros seguían siendo el medio donde se conseguían los mejores trabajos en este aspecto. Así, hay que mencionar Las muy ricas horas del Duque de Berry, obra de los hermanos Limbourg (1410), como un excelente ejemplo de detallismo.

Maestros flamencos

Se considera a Jan van Eyck fundador de la escuela de los “primitivos flamencos”, un grupo de artistas (Robert Campin, Van der Weyden, Van der Goes, Hans Memling, Dirk Bouts…) que coincidieron en el tiempo (siglo XV), en el espacio (Países Bajos) y en las características artísticas. Se apartaron del gótico internacional que tanto triunfaba en toda Europa y produjeron obras especiales y diferenciadas del resto de pintores del momento.

Lo primero que llama la atención de la pintura flamenca es el nivel de realismo que consigue, a través de minúsculos detalles (objetos, cabello, prendas, texturas…). Estos autores llevaron la calidad a un nivel de excelencia nunca antes visto en la historia del arte. El lector entenderá esta afirmación observando con atención obras como la Virgen del canciller Rolin (Van Eyck, 1435), Un orfebre en su taller (Christus, 1449) o el Tríptico Portinari (Van der Goes, 1476).

La sensación de realismo se consigue con técnicas como la perspectiva aérea, el reflejo de la luz sobre los objetos, la profundidad, el retratismo en cada rostro o la incorporación de ventanas abiertas, que permiten ver e imaginar el mundo exterior o que queda más allá de la escena. Todos estos detalles fueron posibles gracias al dominio de la técnica del óleo y a un control microscópico del pincel.

El arte refleja la realidad social, política y religiosa del momento. En el siglo XV debemos entender las obras pictóricas recordando elementos como el auge del comercio internacional o el surgimiento de una clase media acomodada, que rompía el tradicional sistema feudal de señores y siervos. Muchos de los cuadros son encargos privados, que piden resaltar la opulencia de aquellos que han hecho fortuna con los negocios y el libre comercio. Especialmente en los Países Bajos, zona de explosión de un protocapitalismo evidenciado en acontecimientos como la apertura de la Bolsa de Brujas en 1409, dedicada al intercambio de mercancías, o la organización de distintas ferias comerciales. Es en este contexto en el que tenemos que leer obras como El matrimonio Arnolfini (Van Eyck, 1434), que no representa a ningún rey ni a ningún santo, sino a una pareja de ricos comerciantes italianos afincados en Brujas.

Otra de las características de las pinturas flamencas del siglo XV es la incorporación de un importante simbolismo. En este sentido la obra más representativa es El Jardín de las Delicias, pintado por El Bosco entre 1500 y 1505, un cuadro repleto de detalles con significado: hay varias lechuzas que simbolizan la maldad y el pecado, frutas que representan el placer carnal, un cerco con hábito de monja, cisnes, cuchillos, apuestas, instrumentos musicales… La obra es todo un canto sobre la lujuria dividido en tres paneles. Se puede contemplar en el Museo del Prado.

Sin duda el nivel de detalle conseguido por los primitivos flamencos en el siglo XV fue posible gracias al perfeccionamiento de la técnica del óleo, que mezcla los pigmentos con un aglutinante a base de aceites, muy distinta a la técnica del temple utilizada en etapas anteriores, basada en la mezcla del color a base de grasas y huevo. Se dice que fue Robert Campin (1379-1445) uno de los primeros en utilizar el óleo, y Jan van Eyck lo dominó con maestría.

El gótico flamenco supone el máximo esplendor de la pintura gótica y, a la vez, una fase de transición hacia la siguiente etapa de la Historia de la Pintura: el Renacimiento, en el que apreciamos una continuidad de la técnica y una evolución en la temática. Hay varias obras famosas que se apoyan en el gótico flamenco y en el Renacimiento, como El cambista y su mujer (Massys, 1514) o El triunfo de la muerte (1562).

EN EL CAPÍTULO SIGUIENTE…

En el siguiente capítulo de Historia de la Pintura abordaremos la pintura del Renacimiento, una etapa que impregnó la literatura, el pensamiento, la ciencia y el arte con un motivo principal: el antropocentrismo. Se busca al hombre, superando el teocentrismo medieval. Además, se sustituye el óleo sobre tabla por el óleo sobre lienzo.