La Naturaleza es impresionante. Nos sorprende con su exactitud matemática en la forma de las conchas marinas, con adaptaciones increíbles como el cambio de color del camaleón, con la danza de las mareas o con los picos alargados de los colibríes, que entran perfectamente en las corolas tubulares de las flores. La Naturaleza es algo que todavía no llegamos a comprender, porque quizás no está a nuestro alcance.

Otro de los comportamientos espectaculares que nos ofrece ocurre a muchos metros del suelo, a la altura de las copas de los árboles. Quizás en algún momento nos hayamos percatado y no le hayamos dado mucha importancia, lo cual no sería extraño: este fenómeno no fue descubierto hasta principios del siglo XX. Tuvieron que pasar siglos hasta que el ser humano miró hacia arriba mientras paseaba por el bosque y observó sorprendido que los árboles evitaban tocarse entre sí.

Este comportamiento es conocido por los anglosajones como canopy disengagement intercrown spacing. En castellano hemos sido mucho más poéticos y lo hemos llamado “timidez”. Ciertamente parece una palabra apropiada para describir el fenómeno, pues los árboles parecen cuidar las distancias con precisión milimétrica, evitando que las ramas choquen con las del vecino.

La timidez ocurre principalmente entre árboles de la misma especie, pero también se ha observado entre ejemplares de distintas especies. Se ha probado muy repetida en las coníferas de Alaska o en los alerces de Japón, y extendida en las latitudes tropicales, donde la frondosidad de los bosques obliga a luchar por conseguir un rayo de luz. Allí donde los árboles aparecen muy pegados unos a otros es más fácil observar el fenómeno de la timidez, que todavía no tiene una explicación.

En la década de 1950 el botánico australiano Maxwell Ralph Jacobs observó la timidez en el eucalipto, y pensó que se debía a la abrasión que producen unas hojas contra otras cuando se rozan. Esta primera teoría parece haber sido descartada. Más adelante otro botánico, el francés Francis Hallé, propuso en su obra Arquitectura de los árboles que la timidez arbórea responde a causas genéticas. Hallé defendía que la forma de la copa nunca es aleatoria, y que cada árbol tiene su programa específico de desarrollo controlado por los genes.

Una de las teorías más difundidas sostiene que que la separación de las copas entre árboles es algo consciente por parte de las especies, pero si lo hacen compitiendo en busca de la mejor luz o cooperando, ayudándose entre sí, es algo que no acaba de comprenderse. ¿Están colaborando los árboles para que todas las copas reciban luz? ¿o se evitan tocar porque compiten entre sí?

También se piensa que esta separación entre copas se hace de manera natural para evitar la propagación de minadores, larvas que viven en el tejido de las hojas y que causan daño a los árboles. Una última teoría -la más aceptada por la comunidad científica en la actualidad- sostiene que la timidez se debe a que los árboles emiten a través de las hojas unas sustancias que sirven para coordinar el crecimiento con otros ejemplares. Estas sustancias serían las responsables de fenómenos como la timidez o de que las semillas nazcan a la vez en todos los árboles. De alguna manera, la teoría sostiene que las especies arbóreas se comunican entre sí y se coordinan.

Esta propuesta no está demostrada, pero tiene sentido desde el punto de vista ecológico. De ser cierta la teoría, se demostraría que en la Naturaleza no siempre prevalece la ley del más fuerte. En ocasiones es mas útil la colaboración.

La timidez botánica es otro de los ejemplos que sustentan la idea de que la Naturaleza funciona de manera geométrica. Observando las formas que dibujan las copas de los árboles cuando evitan chocar no queda duda de que hay una base matemática detrás de este comportamiento. Al igual que en el movimiento de las dunas de los desiertos, en la estructura de los copos de nieve o en el crecimiento de los arrecifes de coral. La Naturaleza se guía por la perfección de los números. Descubrir la fórmula secreta de su funcionamiento es algo que todavía tenemos que conseguir. Y es fascinante imaginar que un día lo conseguiremos.