¿Por qué ha ganado las elecciones del país más importante del mundo un personaje machista, racista, xenófobo, maleducado, sin experiencia política, multimillonario, escandaloso y que produce rechazo generalizado? ¿cómo es posible que un magnate estrella de la televisión vaya a sentarse en la Casa Blanca y tener los mandos de la primera potencia económica y militar de este planeta?

Se escribirán muchos análisis inspirados por la música de American Idiot (Green Day, 2004) y cargando la culpa de este desastre a la ignorancia de los rednecks, mascando chicle en sus pórticos de madera, sobreviviendo en la dureza de Alabama, Oklahoma o Louisiana y escuchando las letras de Lynyrd Skynyrd. Sin duda es sencillo responder a las dudas acudiendo a los datos de posesión de armas, de fundamentalismos religiosos, del aumento del racismo… pero lo cierto es que esa gente (que existe y habita en ese país llamado la América Profunda) no ha cambiado nunca su voto. No son ellos los que han desequilibrado la balanza en favor de Donald Trump. Con ellos ya se contaba. ¡Nunca votarían por un Clinton, menos aún por una Clinton mujer!

No. La respuesta no está en esos votos sureños ni del interior. Lo que realmente ha ocurrido va mucho más allá de los tópicos que tenemos sobre los estadounidenses de esa América. Por descontado sabemos y entendemos el voto demócrata de las costas Este y Oeste. Las grandes ciudades dinámicas, vibrantes, innovadoras y globales como Nueva York o Los Ángeles no han votado por Donald Trump. Los homosexuales, los negros y los ex combatientes de Vietnam que llenan las calles de San Francisco no han votado por ese magnate repugnante. Atendiendo a los datos históricos, no hay ninguna sorpresa en que el interior del país sí lo haya hecho y los Estados costeros no.

Los republicanos acostumbran a ganar Estados como Alabama, Georgia, las Carolinas, las Dakotas, Kansas, Missouri, Wyoming, Texas… etc. Estos lugares no han hecho a Trump presidente de Estados Unidos. Trump, por muy Trump que sea, podía contar con los votos de esta población que, aunque sabía del recelo que el propio Partido Republicano tenía por el candidato, nunca dejaría que la secta demócrata de ecologistas y gays alcanzara el Despacho Oval. De la misma manera, Estados como Nueva York, California, Oregón, Washington o la región de Nueva Inglaterra estaban plagados de votantes que, sin adorar la personalidad de la política profesional Hillary Clinton, no se perdonarían dejar de apoyar al Partido Demócrata (más aun teniendo en cuenta quién tenían en frente).

Con dos bandos bien diferenciados, extremadamente ideologizados y ciegos ante los defectos de sus candidatos (o con las narices bien tapadas), parecía que había cierta igualdad entre las posibilidades de ambos contrincantes. California y Nueva York daban mayor masa de votantes para Hillary, mientras que Trump contaba con la fuerza de Texas. Un tablero bien sencillo. Una batalla interesante, pero que se saldaría con el triunfo de la candidata del sistema, como no podía ser de otra forma.

Sin embargo algo ocurrió en una de las regiones con las que contaban Hillary y su extenso séquito de medios de comunicación y personalidades famosas. En ningún momento a Beyoncé se le había ocurrido dar un concierto en el frío Wisconsin, tampoco el New York Times había hecho reportajes sobre el voto en Indiana o Pensilvania. La histórica región de los Grandes Lagos, cinturón de óxido de la industria estadounidense, era hogar de varios millones de hombres blancos que habían quedado empobrecidos por los efectos de la tan celebrada globalización, un invento del sistema y por el que nunca perdonarían a los políticos de Washington ni a los empresarios de Wall Street. Su venganza iba a fraguarse silenciosamente, pero estallaría con la repercusión de una bomba.

De pronto, conforme avanzaba la noche electoral, empezaron a teñirse del rojo republicano (que en esta ocasión era el rojo de Donald Trump, candidato independiente del sistema de partidos y del entramado mediático) algunos Estados que no deberían haber votado tal cosa. La CNN, las bromas de los Jimmy Fallon, los mensajes de los cantantes, las encuestas del Washington Post y los tweets de las estrellas de Hollywood no esperaban eso de los buenos hombres y mujeres de Wisconsin, Michigan, Pensilvania y Ohio. ¡¿Qué estaba ocurriendo con esa gente?! ¿A caso se habían vuelto locos?

Pensilvania no había votado republicano desde 1988. Michigan y Wisconsin habían dado millones de votos al primer presidente negro de la historia. No tenía ningún sentido que ahora cambiaran el voto. Incluso aunque rechazaran la relación de Hillary Clinton con la casta político-económica, ¡no podían echarse a los brazos de un personaje como Donald Trump! Sin embargo, el patrón histórico de esta zona del país se quebró en la noche del 9 de Noviembre del año 2016.

Tan alejados del Sol que quema los cuellos de los sureños, tan diferentes a los valores texanos… y sin embargo votando por el mismo candidato. Los obreros de la industria venida a menos de los Grandes Lagos dieron la espalda al Partido Demócrata tras años de fidelidad. Ohio, Pensilvania, Wisconsin y Michigan dieron la presidencia del Gobierno de Estados Unidos al nuevo héroe del pueblo americano: Donald Trump. El magnate había tenido un mensaje muy sencillo en estas zonas degradadas: “Traeremos de vuelta los trabajos que se fueron a China”. Así de simple y a la vez así de importante para tanta gente. Cientos de miles de hombres expulsados de sus fábricas, echados de la industria metalúrgica, química y automovilística. Tres décadas ya de decadencia económica para estos votantes.

La pérdida de poder económico hizo un cóctel perfecto con la baja tasa de educación universitaria entre los adultos blancos. De esta manera el mensaje populista de Trump caló con más facilidad. “Obligaremos a Ford y a General Motors a quedarse en esta tierra y fabricar los coches aquí”, “construiremos un muro para que los mexicanos no nos quiten nuestros trabajos”. Mensajes que han terminado por decantar la victoria hacia el lado republicano, y que han reconfigurado el reparto de regiones para los dos partidos. Los demócratas han quedado limitados a las costas y a las grandes urbes. El resto del país vota a Trump. El 52% de las mujeres vota a Trump, más del 25% de los hispanos vota a Trump. Los pueblos, ciudades pequeñas y ciudades medianas votan a Trump. Los granjeros votan a Trump. Los obreros industriales votan a Trump. Una dura realidad que será complicado admitir y que sorprende en el mundo entero.

Pero lo cierto es que gran parte de la población estadounidense, sumida en un estancamiento de su nivel precario de vida, no veía a Hillary Clinton como una alternativa real al sistema establecido e injusto. Clinton está y ha estado al servicio de la Banca y de los burócratas del D.C. desde hace más de treinta años. Una pesada mochila que resta credibilidad a su mensaje de cambio, y que al parecer ha sido más determinante a la hora de decidir el voto que los insultos machistas de un multimillonario. Aunque sea complicado para muchos establecer que había un candidato peor que Donald Trump, para muchos americanos Hillary reencarnaba valores e ideales mucho más peligrosos que los del magnate. Y ante esa realidad sociológica hay que intentar dar respuestas. ¿Aquel que prefiere a un hombre maleducado y racista es peor votante que quien se inclina por una representante de un sistema injusto? ¿no podemos considerar el voto a Trump como un voto fruto de la reflexión? Evidentemente Donald Trump no es ajeno al sistema y ha formado parte de él, pero ha sabido durante la campaña ir en contra de lo establecido y romper con todo. ¿Volverá a la senda de la sensatez y será domado por los hilos del sistema durante su Presidencia?

The Flint River is seen flowing thru downtown in Flint, MichiganVista de Flint, en Michigan, una de tantas ciudades de medio tamaño sumidas en la depresión económica, política, social y cultural.

De los procesos de desindustrialización y deslocalización que empezaron en la década de 1970 vienen en realidad todos los males de las sociedades desarrolladas actuales. Efectivamente millones de puestos de trabajo se trasladaron a países emergentes, los salarios cayeron en las zonas industriales de muchos países occidentales. La clase media ha ido desapareciendo, especialmente tras la crisis financiera de 2007. La globalización se ha demostrado beneficiosa para unos pocos privilegiados, y se ha hecho sencillo identificar a la casta. Políticos en connivencia con grandes empresarios, aprovechándose y tejiendo un sistema injusto y basado en la desigualdad. Toda una serie de síntomas que podrían ser firmados por pensadores y analistas de izquierdas, pero que finalmente han servido para que millones de personas terminen confiando en un multimillonario outsider del sistema.

La victoria de Donald Trump no ha de entenderse como la victoria de una sociedad machista, racista, ignorante y adicta a las armas. Es mucho más profundo que eso. Todo un movimiento antisistema, crítico con el statu quo, que rechaza a las élites políticas, económicas y mediáticas. Un movimiento con cantidad de contradicciones, pero que coincide en demandar un cambio. “Make America great again”. Un movimiento al margen del sistema tradicional de partidos, que no sigue una ideología sino a un líder. Un movimiento en el fondo peligroso y contagioso. Un movimiento que ha colocado a una persona como Donald Trump al frente del gobierno más poderoso del mundo. Un movimiento que no demanda ejemplariedad en las formas, que no exige ejemplariedad en las personas, que no quiere profesionalidad en el político, que no tiene consideraciones éticas ni morales. Un movimiento basado en el pragmatismo. “Me da igual lo que dijera Trump hace años en una conversación privada sobre las mujeres. Lo que yo quiero es que gestione bien la economía de mi país”, decía una votante latina encarnando la filosofía básica del Movimiento Trump. Un movimiento que tiene como principal responsable al propio sistema político y económico en el que vivimos, y que se ha demostrado no sólo injusto socialmente, sino también peligroso por los monstruos que es capaz de engendrar.