Cuando en el año 1449 los mongoles derrotaron a las tropas imperiales chinas y capturaron al Emperador Zhu Qizhen en la Batalla de Tumu, una antigua reliquia abandonada volvió a formar parte de los planes de la Dinastía Ming: la Gran Muralla debía ser reconstruida.

En vez de utilizar bloques de tierra, esta vez los ingenieros utilizaron ladrillos y piedra. Se reforzaron especialmente los tramos que protegían Pekín. El miedo a las invasiones desde el Norte ensanchaba los muros y ampliaba la vigilancia. Toda precaución era poca. Los mongoles habían demostrado de lo que eran capaces.

La Dinastía Ming gobernó entre los años 1368 y 1644. Sucedió a la Dinastía Yuan, que había sido fundada precisamente por invasores mongoles. Fue el Emperador Hongwu quien expulsó a los mongoles e inauguró la Dinastía Ming. Hongwu estableció la capital del Imperio en la ciudad de Nankín, más alejada de la frontera Norte. Su hijo el Emperador Yongle volvió a Pekín, y allí se comenzó la construcción de la Ciudad Prohibida, que sería la residencia de los Emperadores Ming durante tres siglos.

Se dice que fueron necesarios un millón de obreros para levantar esta joya de la arquitectura, trabajada en madera y mármol. Los troncos venían de las junglas al suroeste de China, las losas de canteras cercanas a Pekín, y los ladrillos dorados que pavimentaban el suelo de los salones principales se cocieron en los hornos de Suzhou. Catorce Emperadores de la Dinastía Ming pasearon por los jardines de la Ciudad Prohibida, hasta que la rebelión del efímero Li Zicheng acabó con esta familia.

Si durante todo el S.XV la amenaza había venido del Norte y a caballo, a finales del S.XVI la Dinastía Ming se enfrentó a problemas que llegaban del otro lado del mar. En el vecino Japón había subido al trono Toyotomi Hideyoshi “El Pacificador”, y sonaban tambores de guerra. Por aquel entonces gobernaba China el Emperador Wanli, que tenía una buena respuesta ante la amenaza de Hideyoshi: Corea.

Corea era un Estado vasallo de China. Japón había solicitado permiso a Corea para atravesar su territorio y llegar a China (el objetivo de Hideyoshi era conquistar la China Ming), pero la Dinastía Joseon de Corea se negó. La amistad les unía con China. Ante esta negativa, Japón invadió Corea en 1592. Durante varios años la guerra en Corea mantuvo a salvo a China. El Emperador Wanli envió un ejército de cien mil hombres a la Península vecina y junto con el Ejército Joseon consiguieron hacer retroceder a los japoneses en 1598. Corea quedó gravemente dañada, tanto sus ciudades como sus tierras de cultivo.

Tropas coreanas y chinas inician el asedio de Pyongyang, ciudad controlada por los japoneses.

La guerra en Corea vació las arcas del Imperio, y los Emperadores que siguieron a Wanli tuvieron que hacer frente a importantes problemas económicos. Cambios en las políticas de potencias comerciales como España, bajo el reinado de Felipe IV, perjudicaron a la economía china. Además, la conocida como ‘Pequeña Edad del Hielo’, en la primera mitad del S.XVII, perjudicó a la agricultura con varios años de clima seco y frío. La hambruna afectó al Norte de China y descendió la población del Imperio. A todo esto se había sumado el terremoto más mortífero de la historia, que en el año 1556 afectó al corazón de China matando a más de 800.000 personas.

Sin duda los S.XVI y XVII no fueron buenos para el Imperio Ming. Los problemas políticos dentro de la corte y de tipo burocrático redujeron la efectividad de las instituciones para gestionar los (muchos) problemas que había. Aprovechando el momento de inestabilidad y la implicación del Ejército en la guerra de Corea contra Japón, una serie de líderes tribales manchúes del Norte comenzaron a unificar sus fuerzas al otro lado de la Gran Muralla.

Hacia 1610 el Norte, donde el gobierno de los Ming apenas tenía autoridad, rompió la relación con la corte de Pekín. El líder del movimiento manchú, el rebelde Nurhaci, hizo llegar a la capital un pergamino con una serie de exigencias. Desde Pekín entendieron que era una declaración de guerra, y respondieron.

El enfrentamiento con las tribus manchúes fue duro. El general Yuan Chonghuan consiguió repeler los ataques del Norte en varias ocasiones, siendo la Batalla de Ningyuan en 1628 la victoria más importante. Irónicamente este líder Ming que llevaba al Ejército hacia el éxito frente a los manchúes fue ejecutado tras ser acusado equivocadamente de traición. Los generales que sucedieron a Chonghuan fracasaron en la defensa del Imperio ante las invasiones manchúes.

Aprovechando la guerra contra los invasores del Norte, un soldado llamado Li Zicheng se amotinó con una compañía del Ejército Ming en la ciudad de Shaanxi a principios de la década de 1630. Estaban descontentos porque el gobierno no les había atendido con provisiones ni armas. Cuando sus superiores condenaron a muerte a los amotinados, la respuesta se dio en forma de revueltas. A la causa de Li Zicheng se sumaron más soldados enfadados con el Ejército y muchos campesinos hambrientos. Li Zicheng consiguió hacerse con el control de varias provincias del interior de China. A partir de 1640 el Ejército Ming no podía hacer frente a las invasiones manchúes del Norte y a la rebelión de Li Zicheng al mismo tiempo, y fue derrotado.

En Abril de 1644, el ejército popular dirigido por Li Zicheng entró en la capital del Imperio. El Emperador Chongzhen reunió a toda su familia y les dio una orden: que se suicidaran. Muchos lo hicieron. La emperatriz se ahorcó. Los hijos de Chongzhen habían sido librados de tan cruel final, pero su padre subió a una colina cercana a la Ciudad Prohibida y se colgó de un árbol. El último Emperador Ming.

Li Zicheng se autoproclamó Emperador en Pekín, pero su reinado apenas duró unas semanas. Los manchúes, liderados por el general Ming Wu Sangui consiguieron atravesar la Gran Muralla y llegaron a Pekín con un objetivo: conquistar y gobernar toda China. La fuerza del Norte era arrolladora (100.000 guerreros) y Li Zicheng tuvo que huir hacia el Sur, donde moriría unos años después.

Comenzó así la Dinastía Qing, la última dinastía imperial china. Desde 1644 hasta 1912 el gigante asiático fue gobernado por la minoría manchú, que supo mantener el poder durante otros tres siglos, antes de dar paso a la República de China.