En esta nueva Era de las comunicaciones y del intercambio de información, la relación entre las TIC y los movimientos sociales ha sido objeto de estudio en repetidas ocasiones y por diferentes analistas, que han considerado en mayor o menor grado la importancia que tuvieron las redes sociales para el éxito de un evento social concreto y que ha tenido mucha repercusión en el mundo: la llamada Primavera Árabe. En el presente artículo se analiza cómo fueron utilizados los nuevos recursos comunicativos durante estos episodios revolucionarios contra regímenes que también tuvieron que hacer uso de las nuevas herramientas. Desde la perspectiva de la Sociología del Poder, profundizaremos en el tratamiento de las redes sociales como un recurso de poder más, al alcance de las élites pero también de la población, con capacidad de alterar la estructura del propio sistema.

Abstract

In this new Era of communications and information exchange, the relationship between ICT and social movements has been studied repeatedly and by different analysts, who have seen different levels of importance the social networks had for the success of a particular social episode that had much impact in the world: the so-called Arab Spring. In this article we analyze how the new communication resouces were used during these revolutionary episodes against regimes that also made use of the new tools. From the perspective of the Sociology of Power, we will go deep into the treatment of social networks as another resource of power –which both the elites and the population can reach and use– with the ability to alter the structure of the system itself.

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Introducción: encuadrando el estudio

Una de las revoluciones más importantes que ha vivido el ser humano a lo largo de su historia se ha dado recientemente, y tiene que ver con la forma en la que nos comunicamos. Si el desarrollo de la escritura sobre piedra o pergamino supuso un paso crucial en nuestra evolución, las nuevas tecnologías que han ido surgiendo en esta última década han permitido elevar las posibilidades comunicativas entre las personas hasta niveles antes no imaginables. Y esto supone una auténtica revolución, porque la ampliación de las herramientas a nuestro alcance siempre es un avance en la evolución humana, más aun cuando estas herramientas afectan a las dimensiones de la información y la comunicación. Al fin y al cabo, lo que nos hace únicos como especie es la gran habilidad que tenemos para transmitir información, hecho que nos ha permitido desarrollarnos en poblaciones plurales y numerosas.

Se puede fijar el inicio de la revolución de las tecnologías de la información y la comunicación en diferentes momentos históricos. Sin duda inventos como el telégrafo eléctrico (1873) o el teléfono (1876) revolucionaron las formas de comunicar información, así como hicieron más tarde las computadoras personales (1977) o los primeros teléfonos móviles (1975), pero el factor diferencial que hace que estos grandes inventos del S.XIX y del S.XX no estén a la altura de los avances actuales es el nivel de penetración entre el gran público. En 1977 eran unas pocas decenas de miles las personas que poseían en su vivienda una computadora personal, y ahora son cientos de millones quienes disfrutan de un ordenador en su mesa. En el año 1975, en Estados Unidos 5.000 clientes de la recién creada telefonía móvil realizaban 30.000 llamadas a la semana. Hoy en día, son 327 millones los móviles que hay en el país, más incluso que el número de estadounidenses.

El salto cuantitativo en el número de usuarios de tecnologías como los ordenadores personales o los teléfonos móviles se dio en los últimos años de la década de 1990, pero la expansión de estas herramientas entre nuevos usuarios de todo el mundo no es el hito que marca el comienzo de la revolución tecnológica en materia de comunicación. Para comprender cómo funciona la difusión y el intercambio de información en esta segunda década del S.XXI hay que tener en cuenta otro paso de gigante que se dio no hace mucho en este ámbito: el desarrollo de los smartphones. Los teléfonos móviles inteligentes suponen la verdadera revolución en las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), pues incluyen posibilidades inéditas: acceso a Internet vía Wi-Fi o redes 2G, 3G y 4G, funciones multimedia (cámara de fotos, reproductor de vídeos y de audios…), programas de edición y lectura de documentos, sistemas de información geográfica… una interminable lista de tareas que se pueden realizar desde un pequeño aparato del tamaño de nuestra mano. Este paso se dio en el año 2007, cuando aparecieron en el mercado los primeros smartphones de pantalla táctil.

Junto a este nuevo tipo de teléfonos móviles, durante esos años nació el otro pilar sobre el que se sustentan las nuevas TIC en la actualidad: las redes sociales. Los espacios digitales que hoy en día hacen la función de ágora se desarrollaron entre 2004 (Facebook) y 2006 (Twitter). Con la fusión de estas herramientas, las personas podían comunicarse en cualquier momento y desde cualquier lugar. Una revolución que afectará
a todas las esferas de la sociedad, desde la vida cotidiana de la gente hasta la forma de hacer política, de entender el mundo, y de gestionar los problemas.

Así pues, podemos fijar alrededor del año 2005 el inicio de una nueva era de la comunicación a nivel global, destacando dos hitos que nos ayudarán a entender el funcionamiento del mundo actual: la creación de las redes sociales (2004) y la llegada de los teléfonos móviles inteligentes (2007). A partir de estos años, todos los sucesos políticos y sociales se verán (y se vivirán) a través de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación.

Curiosamente fue también en 2005 cuando comenzó el segundo pilar sobre el que se asienta el presente ensayo. El análisis realizado en este artículo se apoya en el marco teórico que ofrece la Sociología del Poder, una propuesta analítica alternativa que surgió en la Universitat Autònoma de Barcelona de la mano del profesor Ferran Izquierdo Brichs, con el objetivo de comprender mejor la realidad social y como respuesta a la insatisfacción por la falta de respuestas que sufrían otras aproximaciones teóricas a la hora de explicar ciertos casos. Además, los autores exponen otro factor importante por el que era necesario proponer un nuevo marco de estudio, ya que “muchas de las teorías académicas dominantes han servido a las élites actuales para justificar unas decisiones claramente perjudiciales para la población”.

La Sociología del Poder (SdP en adelante) se ha aplicado especialmente sobre casos de estudio de Oriente Medio y el Norte de África, tratando de entender los contextos sociales, políticos y económicos a través de las relaciones de poder que existen en un determinado sistema. La SdP parte de la base de que, como casi todos los sistemas actuales son sistemas jerarquizados, existen diferentes grupos sociales o actores. Principalmente dos: las élites y la población. Lo que en última instancia diferencia a las élites de la población es el objetivo principal que tienen en el sistema.

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Desde la SdP se sostiene que cada actor mantiene unas relaciones de poder diferentes. Mientras que la población se concentra en sobrevivir y mejorar sus condiciones de vida (su actuación en el sistema dibuja una relación de poder lineal, con un principio y un fin), las élites tienen como objetivo la acumulación diferencial de poder, ya que se encuentran en continua competición con otras élites. Así, las relaciones de poder que describen las élites son circulares: no terminan nunca, pues se miden con respecto a la posición del resto de élites. Y siempre es posible adquirir más poder que la competencia.

Otro de los elementos que configuar la SdP son los recursos de poder, los recursos de los que disponen los actores para conseguir sus objetivos, y que principalmente son: el Estado, el capital, la ideología, la información, la coacción, la población, los partidos políticos y las grandes empresas (hay otros). Cada actor puede hacer un uso diferente de esos recursos, si bien en países como los del mundo árabe éstos suelen estar en manos de las élites.

En función de la estructura de poder, que determina el grado de concentración de poder, hay diferentes élites. En un sistema estructurado sobre pocas élites, se desarrollarán oligarquías en el ámbito económico y autocracias en el político. En cambio, en sistemas donde haya multiplicidad de élites, la competición entre ellas será más dura, y menos poder relativo tendrá cada una. Esto suele ocurrir en sociedades democráticas, donde ningún grupo de élites puede influenciar exclusivamente a toda la población. La mayoría de los países árabes son ejemplos del primer tipo de sociedades: las élites son pocas y muy poderosas. Marruecos y Jordania son ejemplos de países donde las élites (la familia del monarca y su red de contactos) tienen una mayor concentración del control sobre los recursos (Estado, ejército, capital…), mientras que el Líbano es ejemplo de sistema con varias élites, que compiten entre ellas en un sistema más poliárquico. Los autores de la SdP defienden que para conocer la realidad sociopolítica de cada país es necesario ampliar el análisis a “todos los actores y recursos implicados en el régimen de poder”.

Partiendo de este marco teórico y analítico que ofrece la Sociología del Poder, en el presente artículo vamos a plantearnos y a responder una serie de preguntas, para intentar comprender mejor cómo se desarrolló la Primavera Árabe, cómo se utilizaron las nuevas tecnologías (centrándonos en dos: las redes sociales y los teléfonos inteligentes) durante las protestas, cuál era la realidad sociopolítica en los distintos países involucrados, cómo evolucionaron las relaciones de poder entre élites y población, hasta qué punto cedieron las élites ante las movilizaciones ciudadanas, si fue determinante o no el uso de las TIC para que la población se organizara y consiguiera sus objetivos, en qué medida aceleraron la caída de algunos regímenes estas nuevas herramientas, y finalmente reflexionaremos sobre el papel de las redes sociales como recurso de poder al alcance tanto de las élites como también de la población.

El discutido papel de las TIC en el desarrollo de movimientos sociales

El contexto político y económico internacional fue el mejor aliado para la explosión de la revolución en las formas de comunicación. La crisis financiera y económica que estalló en 2007-2008 derivó en movimientos sociales que encontraron en las TIC la forma idónea para organizarse, expresarse y difundirse. Como respuesta a la situación económica surgieron movimientos como Occupy Wall Street (Estados Unidos, 2011) o el Movimiento 15-M (España, 2011), cuyo éxito se basó en gran medida en el uso de los teléfonos móviles y las redes sociales.

En el plano político, otras zonas del mundo (más acostumbradas a las penurias económicas) también descubrieron el potencial de las TIC para demandar cambios. Así, cuando en Diciembre de 2010 el joven tunecino Mohamed Bouazizi se inmoló como señal de protesta por su situación socioeconómica, una ola de protestas se extendió por el Norte de África y Oriente Medio. La población de estos países encontró en Bouazizi la chispa necesaria para echarse a la calle definitivamente, tras décadas de penurias, pobreza, desigualdad y una autocracia corrupta. Pero no fue exactamente la inmolación del comerciante de Túnez lo que hizo que el mundo árabe entrara en procesos de revueltas y movilizaciones sociales, sino que éstas se debieron a que esa inmolación fuera difundida a través de imágenes y vídeos por Internet. Un poderoso material gráfico al que pudieron acceder todos los jóvenes desde Marruecos hasta Yemen, extendiendo la indignación y dando un motivo por el que salir a las calles a protestar. Como recuerda Youssef El Hamouni: “Nadie puede olvidar la imagen de Mohamed Bouazizi rodeado por las llamas, y que ha recorrido el mundo a través de sitios de información, Facebook, Twitter y Youtube, seguida por millones de imágenes similares y millones de vídeos que nos hicieron vivir en directo los eventos de Túnez y Egipto”.

Como precedentes que relacionan las herramientas digitales con movimientos de revolución callejera y popular se pueden señalar los casos de Moldavia e Irán, ambos en 2009. En el pequeño país europeo fue la activista Natalia Morar la que convocó las protestas a través de Twitter, y en Irán fue un video publicado en las redes el que encendió la llama de la rebelión. En el documento se podía ver a Neda Soltani morir presuntamente asesinada por partidarios del gobierno. La rápida difusión del video entre los jóvenes iraníes (viralización) aceleró la crisis del régimen conservador de los ayatolas.

Sin embargo, el papel que ha jugado Internet en las revueltas ha sido muy discutido entre académicos, expertos y analistas. Hay quienes creen que las redes sociales y las nuevas posibilidades que ofrece la red son ciertamente la gran causa de las revoluciones populares, mientras que otros creen que los avances digitales han supuesto únicamente cambios en las formas de comunicación, y no son un factor determinante en el devenir de las protestas ciudadanas. En este sentido es interesante el intercambio de ideas, en forma de discusión, que mantuvieron entre 2009 y 2010 Clay Shirky, profesor de la Universidad de Nueva York experto en redes sociales, y Evgeny Morozov, reportero bielorruso que se ha ganado un hueco en el debate académico con sus ensayos e ideas y es uno de los autores más citados cuando se estudian estos temas. Shirky y Morozov enfrentaron puntos de vista a través de una serie de artículos en la revista inglesa Prospect Magazine.

En su célebre obra Here Comes Everybody (2008), conocida por algunos como “la biblia del social media”, Shirky defendía el poder que Internet y las redes sociales tenían para producir cambios en el sistema. La discusión comenzó cuando el joven bielorruso (cuando escribió estos artículos Morozov tenía 25 años) citó a Shirky como “el mayor responsable de la confusón intelectual sobre el papel de Internet”, publicando un artículo en el que aseguraba que el potencial de la herramienta que ofrece Internet es aprovechado con más éxito por parte de los gobernantes, es decir, por las élites (utilizando terminología de la Sociología del Poder). Clay Shirky no estaba de acuerdo con esa idea, y respondió asegurando que Internet era bueno para la democracia. Aunque el intercambio de artículos continuó, se puede decir que el momento culminante de esta discusión llegó con la publicación del libro The Net Delusion (2012), que hizo de Mozorov un autor famoso en el ámbito de las redes sociales y las herramientas de Internet. En el libro el reportero bielorruso profundizaba en la idea de que las redes sociales y el espacio digital en general era un arma al servicio de los poderosos.

Encontramos posturas intermedias entre Shirky y Morozov. Como casi siempre el toque de moderación lo presenta en este caso también Manuel Castells, quien reconoce que Internet no ha sido la causa principal de las revoluciones. Señala por otro lado factores como la misera, la exclusión social, la falsa democracia, la falta de información y el encarcelamiento como elementos que sí condujeron a los jóvenes árabes a salir a la calle, si bien salieron a la calle organizados en buena medida a través de las redes sociales y los smartphones. Aun así, Castells sí que habla de las “wikirrevoluciones”. Por su parte, Timothy Garton también cree que las nuevas tecnologías de la información y la comunicación ayudaron a que triunfara la rebelión. No fueron su causa, pero sí contribuyeron a ella10. Según Garton, Internet supone más posibilidades para los oprimidos que para los opresores.

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Las TIC al servicio de la población

Las élites controlan la mayor parte de los recursos y los más importantes (Gráfico 2), lo que les permite tener capacidad de influenciar en términos de control del poder. Esto es en última instancia lo que diferencia a las élites del resto de la población, que no tiene a su alcance tantos recursos de poder. A lo largo de este ensayo consideraremos el control del espacio virtual como un nuevo recurso de poder.

Siguiendo el marco conceptual que propone la Sociología del Poder (SdP), entendemos que los recursos de poder son aquellos elementos (materiales o no) que pueden ser utilizados por los actores del sistema (élites y población) para conseguir sus objetivos. En cada sistema, con una estructura de poder determinada, los recursos de poder más importantes serán unos u otros. En el caso del mundo árabe, el recurso que más poder da es el Estado. En otros escenarios del mundo los recursos más importantes pueden ser el Ejército, la información, la propia población… etc, y no hay que descartar que, en las sociedades actuales de este S.XXI, un recurso de poder muy importante sea la red de Internet, el espacio virtual.

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Como sostiene la SdP, los cambios en la estructura del sistema pueden deberse a cambios en los actores, en los recursos o en las relaciones de poder. En este caso, las nuevas TIC pueden suponer un cambio sustancial en los recursos de poder, y el hecho de que una gran parte de la población tenga acceso a este recurso (las redes sociales, los foros, los blogs, información alternativa y en directo, sin filtros…) puede alterar la estructura del propio sistema de un país.

Cabría plantearse si, en efecto, la apropiación de las redes sociales como herramienta exclusiva de la población frente a las élites es un hecho lo suficientemente importante como para cambiar las relaciones entre actores en un país. ¿Puede la población utilizar las herramientas que ofrece Internet para tumbar un régimen, para reemplazar unas élites o para revolucionar un sistema establecido? ¿Hasta qué punto se mantienen los postulados de la SdP cuando se introducen recursos de poder como pueden ser las redes sociales o las TIC? Para empezar habría que analizar qué tipo de recursos son estos, y responder a una pregunta clave: ¿están al alcance de toda la población?

Centramos nuestro análisis en dos herramientas concretas: las redes sociales y los teléfonos inteligentes, ambos elementos protagonistas en las movilizaciones sociales de la Primavera Árabe.

Las redes sociales: cartel y megáfono

Aunque nacieron como plataformas sociales en las que la gente podía compartir sus experiencias y vivencias diarias (una especie de diario abierto al mundo entero), con el devenir de los acontecimientos históricos, políticos y económicos, las redes sociales se convirtieron en un instrumento para las reivindicaciones de la población.

Los activistas fueron los primeros en hacer este tipo de uso de las redes sociales, principalmente Twitter, Facebook y Youtube. A finales de 2010 en Túnez y a partir de enero de 2011 en Egipto comenzaron a proliferar espacios en las redes sociales donde se construía un relato de la situación en la que vivía la población. Evidentemente la gente sabía perfectamente cuál era la situación política y económica, pero el hecho de poder compartir la indignación y las inquietudes en un espacio paralelo a los circuitos informativos convencionales era estimulante. Además, en los espacios de información y comunicación oficiales (televisión, periódicos…) no se hablaba de los problemas que tenía la población.

Así comenzaron a destacar ciertos blogs, foros, páginas o perfiles (cuentas de usuario en una red social determinada) que, por una razón u otra, atrajeron la atención de más internautas. Hay muchos casos, como el de Lina Ben Mehnni, que consiguió mucho éxito con su bitácora A tunisian girl, o Tarek Shalaby, bloguero egipcio que grababa videos en Youtube. Con el auge de ciertos sitios y la creciente fama de ciertas personas (casi siempre jóvenes que demandaban cambios políticos), aparecieron los peligros. El periodista freelance Mohammed Nabbous, que narraba las revueltas en Libia en su canal de vídeo en directo, fue asesinado por fuerzas leales a Gadafi. Estos episodios violentos contra los activistas no consiguieron asustar a los manifestantes árabes, sino que multiplicaron la actividad ciberactivista en la red.

Uno de los foros virtuales más utilizados por los egipcios fue la página de Facebook que honraba la memoria de Khaled Saïd, asesinado por la policía en Alejandría en junio de 2010. En esta página se reunían 300.000 jóvenes, que compartían material informativo e ideas. Durante las movilizaciones fue una de las principales plataformas para convocar a la gente a salir a la calles de Egipto, con un enorme potencial de éxito. En comparación con los carteles y los megáfonos que acompañaron a los movimientos sociales y manifestaciones del siglo pasado, la fuerza de un recurso tan elemental como una cuenta de Facebook no se puede medir. Pegando un cartel reivindicativo o convocatorio en una pared se consigue que lo lean cientos, quizás algunos miles de personas. Gritando consignas a través de un megáfono te escuchan decenas de manifestantes. Pero creando una cuenta de Twitter puedes llegar a agrupar a cientos de miles de internautas.

Durante la ocupación de la Plaza Tahrir en El Cairo se llegaron a registrar hasta 45 mensajes por minuto en Twitter, casi todos ellos en inglés (muestra del espíritu de los jóvenes: querían que el mundo entero supiera qué estaba sucediendo). La propia empresa Twitter informó a los usuarios egipcios de que habilitaba la posibilidad de traducir instantáneamente los mensajes del árabe al inglés, para facilitar el flujo de información. Un movimiento sorprendente por parte la corporación.

La facilidad de acceso a las redes sociales (son gratuitas y crear un perfil no cuesta más de dos minutos) ayudó a que su uso se extendiera rápidamente entre la población joven con conexión a Internet. Los muchos que no tenían esa posibilidad se las arreglaron como pudieron, de forma que, en Egipto por ejemplo, el número de usuarios de Internet aumentó significativamente a lo largo del año anterior a la principal ola de manifestaciones, según datos del Arab Social Media Report.

En ese sentido, y respondiendo a la pregunta que nos planteábamos, es cuestionable afirmar que las redes sociales son un recurso de poder que las élites y la población tienen al mismo alcance. No es cierto. Más aún en países en desarrollo como los del Norte de África, donde gran parte de la sociedad todavía vive en situación de pobreza y no cuentan con acceso a Internet. Desde ese punto de vista no podríamos considerar que toda la población está en las mismas condiciones de hacer uso de las redes sociales, si bien es cierto que aquellos que, de entre la población, sí pueden utilizar estas herramientas que ofrece el mundo virtual están en igualdad de condiciones con respecto a las élites que también pueden utilizar las redes sociales, ya que para ambos grupos (sean de la población o de las élites), este recurso funciona de la misma forma y ofrece las mismas potencialidades. Un perfil de Twitter no es más potente si está en manos de los gobernantes que si está en manos de unos jóvenes desempleados. Por ello consideramos que las redes sociales sí son un recurso de poder, y tenemos la certeza de que al menos lo fue durante la Primavera Árabe porque los actores se disputaron su control.

Además es un recurso de poder que excede los límites del propio Estado. Es una herramienta transnacional, que de hecho durante la Primavera Árabe permitió la unión de grupos sociales diversos procedentes de países como Marruecos, Egipto, Túnez, Libia, Siria, Bahréin o Yemen en torno a una causa común: cambiar el sistema.

Los smartphones: la herramienta de los periodistas accidentales

En un contexto de censura y de desinformación interesada por parte del régimen, la población está siendo privada de un derecho fundamental: el de la información. Recordemos que según la Sociología del Poder la información es precisamente un recurso de poder más. En los casos del mundo árabe, es un recurso controlado casi por completo por las élites. En ese escenario el arma más poderosa que tenían los jóvenes revolucionarios eran sus teléfonos móviles.

Como hemos señalado en la Introducción del ensayo, el hecho diferenciador que hizo que a partir de 2007 los móviles se convirtieran en una herramienta especialmente importante para alterar las formas de comunicación e información fue la evolución de estos dispositivos a inteligentes. Desde ese momento, los nuevos smartphones posibilitaron la conexión a la red desde un aparato del tamaño de la palma de la mano, un avance histórico del que todavía hoy no somos conscientes, demasiado acostumbrados a utilizar diariamente nuestro teléfono móvil inteligente.

Se calcula que el 80% de la población de Túnez tenía móvil a finales de 2010, y lo mismo ocurría entre los manifestantes egipcios, occidentalizados en las formas de transmitir información de manera instantánea a través de sus smartphones. Esto quiere decir que los miles de movilizados durante las protestas de la Primavera Árabe no sólo se convirtieron en un recurso de poder (la población) por su tamaño (manifestaciones de decenas de miles de personas), sino también por la capacidad técnica que adquirieron gracias a los teléfonos móviles inteligentes.

Gracias a estos dispositivos los manifestantes podían estar en contacto continuo con otras personas del país y del mundo, y retransmitir en directo los eventos. Durante esos meses la red se llenó de fotografías, vídeos, testimonios y hasta entrevistas realizadas con los móviles en las propias calles. Mucha gente pasó a ser periodista sin darse cuenta o sin pretenderlo, redactando noticias desde el teclado de sus smartphones, enviando mensajes, publicando contenido informativo… toda una labor periodística a través de los teléfonos móviles.

El profesor Óscar Espiritusanto utiliza el término “periodismo ciudadano” para señalar a estas personas que en este ensayo hemos denominado “periodistas accidentales”. Si bien con el paso de las semanas y las manifestaciones sí es posible que muchos sintieran la necesidad de ejercer como periodistas, creemos que al comienzo de la Primavera Árabe todos aquellos documentos videográficos, todos los testimonios en directo y todas las “crónicas” en forma de entrada de un blog o post fueron realizados por periodistas accidentales. Jóvenes que se vieron con un smartphone en el lugar preciso en el momento adecuado y que no se plantearon la posibilidad de que estuvieran haciendo una labor periodística: simplemente tenían que hacer ese servicio de informar. Era su obligación como ciudadanos comprometidos por la mejora de su país.

Los medios tradicionales estaban sometidos a un férreo control por parte del Estado, lo que hacía necesaria esta labor periodística por parte de la población. Ante el apagón informativo, “cada ciudadano se convirtió en un corresponsal”, en palabras del activista Mohamad al Abdalá. Gracias a los vídeos grabados por los teléfonos móviles el mundo entero y los jóvenes de otros países árabes conocieron lo que ocurría en las calles de El Cairo, vieron morir a manifestantes a manos de la policía, descubrieron las formas de represión que utilizaban los gobernantes… etc.

Durante la cobertura de las protestas en Túnez, la cadena de televisión Al Jazeera mencionaba de manera constante diferentes páginas de Facebook y canales de YouTube como fuentes de las informaciones sobre lo que estaba ocurriendo. Es decir, la información profesional en la televisión se apoyó en el periodismo ciudadano, en periodistas accidentales que se encontraban en el lugar de la noticia con un teléfono móvil desde el que informar de lo que estaba ocurriendo. Más que periodistas, eran los propios protagonistas de la noticia los que narraban qué estaba sucediendo en cada momento.

No hay que olvidar que la inmolación de Bouazizi fue registrada por teléfonos móviles. Ningún medio oficial se hizo eco de ello en directo, y fue sólo la presión social y la indignación de la población (funcionando aquí como actor y recurso) lo que obligó al sistema a informar de lo que comenzaba a suceder. Si bien es cierto que, en realidad, tanto los smartphones como las redes sociales explotan todo su potencial como recursos de poder cuando existe conexión a una red de Internet, por lo que habría que plantearse cuál es en verdad el recurso: la herramienta (teléfono móvil, red social) o el espacio virtual en su conjunto (Internet).

El uso de las TIC por parte de las élites

Como apuntó el periodista Andrew Sullivan, la revolución será tuiteada, y este hecho, novedoso en la Historia de la Humanidad, ha de analizarse desde varias ópticas. Evidentemente es positiva la difusión de la protesta y la comunicación de las reivindicaciones, pero no hay que olvidar que las redes sociales son una tecnología que puede ser utilizada tanto por los revolucionarios como por las autoridades.

Teniendo en cuenta que durante la Primavera Árabe los gobiernos autoritarios hicieron uso de Twitter, Facebook o Gmail para minar el éxito social de los protestantes, no se debe pensar que las redes sociales o Internet son necesariamente “herramientas de liberación” (Morozov, 2012), pues son un arma de doble filo. Pueden utilizarse para vigilar y perseguir a los enemigos del establishment, y también para coartar la libertad de expresión. Es decir, en términos generales, Internet no anula los mecanismos habituales de la política del poder: es un recurso más al alcance de las élites. Por ello es contraproducente pensar que Internet tiene un espíritu democrático. Aunque su capacidad de influir con argumentos y de imponer un discurso en Internet es menor que la que tienen los movimientos sociales, y pese a que siempre se encuentran un paso por detrás respecto de las innovaciones de las que los jóvenes se apoderan rápidamente, en el fondo las élites controlan lo más importante: el botón de apagar.

Fue paradigmático el caso de Egipto. A finales de enero de 2011, cuando la llama de la revolución brillaba con más fuerza, el régimen de Hosni Mubarak tomó una decisión apresurada ante las movilizaciones callejeras promovidas desde las redes sociales: cortar la conexión a Internet en todo el país, así como las redes de telefonía móvil (lo que confirma a los smartphones como otro elemento de suma importancia en las nuevas formas de comunicación). Este hecho fue además algo histórico, ya que se trató del corte a mayor escala de la historia. Anteriormente se habían dado casos en Birmania (2007) y en Irán (2009), pero habían sido puntuales espacial y temporalmente. Nunca antes un país había apagado Internet totalmente. Túnez también pulsó el botón de apagar, durante unas horas concretas, el acceso de la red. Y en el caso de Egipto más que apretar ese “botón”, lo que hizo el régimen fue presionar a los operadores para que cortaran la conexión. En este sentido quedó claro quién controlaba el recurso de poder que supone Internet y las redes sociales.

Pero no siempre es necesario apagar Internet. Es un recurso muy importante para controlar el tráfico de información y para vigilar las comunicaciones entre la población. Los movimientos de protesta en el mundo árabe mostraron a las élites de los países de la región cuáles eran las nuevas armas de la revolución (y de la contrarrevolución), y adoptaron la misma estrategia que los jóvenes revolucionarios. Los gobiernos comenzaron a utilizar las redes sociales para convocar manifestaciones en favor del régimen, enviar mensajes de los gobernantes para crear una sensación de cercanía con el pueblo… y además también supieron explotar el uso de esta herramienta para prácticas que rozaban lo delictivo. El gobierno de Ben Ali, además de encarcelar blogueros (caso de Slim Amamou), utilizó las redes para suplantar identidades, recopilar datos de los participantes de las revueltas, elaboró listas de los correos de los opositores y hasta robó contraseñas de Gmail y Facebook a los líderes de las protestas.

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En cuanto al apagón de la red en Egipto, el debate sobre quién se aprovecha mejor de los recursos digitales vuelve a la escena cuando recordamos que, durante la Primavera Árabe, los jóvenes egipcios y tunecinos consiguieron vencer el bloqueo gubernamental accediendo a la red mediante comunicaciones por satélite o utilizando tarjetas SIM de fuera del país. Es decir, la población encontró formas de esquivar la censura. Las posibilidades que ofrece el mundo virtual exceden a la capacidad de los regímenes autócratas de limitar el acceso a la información y la libertad de comunicación. Efectivamente los gobiernos pueden dificultar y castigar el acceso a Internet, pero gracias a las nuevas formas de comunicación y de difusión de la información que existen hoy en día, la población siempre tendrá caminos por los que explotar el poder de la palabra.

Además, cerrar la red durante un tiempo prolongado se ha demostrado negativo también en términos económicos para los regímenes. Un estudio demostró que en Egipto las pérdidas diarias llegaron hasta los 18 millones de dólares, debido a las características del sistema financiero y administrativo actual en un mundo globalizado. Así, para el gobierno de Mubarak no fue una estrategia acertada el intentar “matar al mensajero”. Finalmente el régimen se vio obligado a cambiar de táctica mediante la restauración de la conexión el 2 de febrero de 2011, para pasar a utilizarla como plataforma pro Mubarak. Es muy relevante ver que los principales operadores del país (Mobinil, Vodafone o Itissalat) fueron obligados a enviar mensajes SMS pidiendo manifestaciones en apoyo del gobierno. El mensaje que se reenvió a todos los teléfonos móviles fue el siguiente: “Las Fuerzas Armadas piden a los hombres honestos y leales de Egipto hacer frente a los traidores y criminales y proteger a nuestra gente y el honor de nuestro precioso Egipto”.

Recuperando la Sociología del Poder, vemos en este episodio un claro ejemplo por parte de las élites de cómo se hace uso de diferentes recursos de poder: la coacción, la ideología, la información, el Ejército… y también las empresas, puesto que compañías en principio independientes como Vodafone sirvieron como herramienta al servicio del régimen establecido, para intentar insertar una idea determinada entre la población.

Objetivos logrados por parte de la población. ¿Fruto del uso de las nuevas herramientas tecnológicas?

Aunque en los sistemas jerarquizados predominan las relaciones circulares de poder, en realidad aquellas que dibujan el progreso y las transformaciones sociales y políticas son las relaciones lineales, aquellas protagonizadas por la población, cuando éste grupo social identifica un objetivo concreto y lucha por conseguirlo, utilizando todos los recursos a su alcance, en inevitable confrontación con las élites.

Un factor importante a la hora de generar acción colectiva es la creación de una identidad colectiva. A este respecto, la investigadora Eira Martens asegura que fueron sobre todo las fotografías y los vídeos los que constribuyeron a que se creara esa identidad entre la población de los países en los que triunfaron las revueltas, en lo que ella denomina la “creación de un lazo solidario”22. Pero los recursos (smartphones y redes sociales) no hacían sino ayudar a transmitir la información que ofrecía una realidad determinada. La identidad colectiva se creó principalmente debido a la represión, la desigualdad, la corrupción del sistema, y también a la brutal actuación de los cuerpos y fuerzas de seguridad, que hizo perder el miedo a la población y propició que la gente se sintiera unida en torno a una idea: había que seguir luchando.

La caída de Ben Ali y Mubarak

Túnez y Egipto son los dos casos paradigmáticos donde las movilizaciones ciudadanas de carácter no violento consiguieron cambios sustanciales en el sistema (al menos durante un periodo de tiempo). A finales de 2010 comenzaron las protestas de la revolución tunecina, y en Enero de 2011 tuvo lugar la gran manifestación de la Plaza Tahir en Egipto. Estos episodios sin duda aceleraron la caída de los regímenes autocráticos de Ben Ali y Mubarak, aterando las relaciones de poder en cada sistema (estructura de poder). La población explotó los recursos de los que poseía y venció en cierta medida a las élites, si bien el paso del tiempo ha demostrado que los logros que entonces parecían claros hayan derivado en situaciones muy diferentes a las imaginadas por los jóvenes revolucionarios.

Al menos 200 personas murieron y 700 resultaron heridas durante la represión del régimen tunecino entre diciembre de 2010 y principios de 2011. Pese a ello, finalmente el 14 de enero después de un mes de revueltas, Zine El Abidine Ben Ali, presidente de Túnez tras un golpe de estado en 1987, tuvo que exiliarse. La movilización popular consiguió hacer uso de la población como recurso de poder, y consiguió su objetivo. Habría que discutir si el objetivo principal era derrocar al gobernante o cambiar los pilares fundamentales del sistema corrupto e injusto, y si tras la revolución se ha conseguido.

En Egipto precisamente se ha demostrado que el régimen autoritario no desapareció tras la Primavera Árabe. Aunque se consiguió que Hosni Mubarak dejara el poder tan sólo 18 días después de iniciarse las protestas y se celebraron elecciones democráticas en julio de 2011, el periodo que siguió al dictador no fue nada positivo. Tan sólo dos años después de haber sido elegido presidente Mohamed Morsi, el general Al-Sisi dio un golpe de Estado ante la complicada situación económica y social que seguía causando desafecto con las instituciones y el Gobierno. Amplios sectores de la población egipcia apoyaron el derrocamiento de Morsi, el que había sido el primer jefe de Estado egipcio elegido en elecciones. Como señala Adam Roberts, cuando un proceso de revolución carece de un plan fiable para gobernar después de finalizar con éxito la revuelta, la resistencia civil se convierte en parte del problema, no de la solución.

Logros de la protesta en otros países

El virus de la revolución se propagó a través de la red hasta otros países como Libia, Yemen, Bahréin, Omán, Siria, Irak o Marruecos. En cada uno de ellos la Primavera Árabe tuvo una intensidad diferente, así como también fue distinto el papel de las tecnologías de la comunicación. Los teléfonos móviles inteligentes se utilizaron en todos los escenarios de las revueltas, ya que la mayoría de los jóvenes disponían de estas herramientas, pero la importancia de las redes sociales fue menor en Yemen, Siria o Bahréin.

En Marruecos, el Movimiento 20 de Febrero (M20F), formado en esencia por población joven y preparada, y extendido más tarde a toda la sociedad, nació apoyado en las plataformas digitales. Si bien no se planteó como un movimiento para acabar con el régimen, sí tuvo un claro espíritu reformista. Las exigencias de cambio por parte de la población consiguieron que el rey Mohamed VI propusiera la modificación de la Constitución en Marruecos en junio de 2011, así como una serie de reformas en el país.

Las movilizaciones y la situación al borde de la guerra civil forzaron la dimisión del dictador Saleh en Yemen en febrero de 2012, tras medio año de protestas. En los casos de Libia o Siria, el paso de los años desde los levantamientos y revueltas de 2011 han demostrado que no todas las primaveras árabes siguieron el cauce apropiado. Ambos países sufrieron duras guerras civiles, que en Libia propició la muerte de Gadafi a finales de 2011 tras 42 años en el poder, y que en Siria se ha magnificado por el choque de intereses geopolíticos.

Cuestionando la importancia de las redes sociales e Internet en la Primavera Árabe

No existe enfermedad o amenaza más peligrosa para las personas que la implantación, de forma forzada o voluntaria, de una idea en lo más profundo de nuestras certezas y creencias. Cuando estamos convencidos de algo somos esclavos de esa creencia, que nos impide ver con claridad. Puede que la idea de que la Primavera Árabe fue una Twitterrevolución o una Revolución Facebook se haya implantado entre el gran público de manera interesada, manteniendo un relato que no se ajusta a la realidad.

Varios autores consideran que es exagerado el éxito que se ha otorgado al uso de las redes sociales y las nuevas tecnologías en el desarrollo de la protestas sociales en el mundo árabe. Muchos afirman que hay que poner el foco en otros medios de comunicación, principalmente en la televisión, que pudo tener una contribución mucho más decisiva para las rebeliones populares que las redes sociales. Para algunos analistas, Al Jazeera, la más célebre de las cadenas árabes, mantuvo una cobertura de los hechos durante la Primavera Árabe abiertamente comprometida con los movimientos de protesta (Gonzalez-Quijano, 2011b), lo cual ayudó a la expansión de la revolución por varios países. La versión inglesa de Al Jazeera obtuvo en 2012 el premio al canal de noticias del año por su cobertura de las movilizaciones árabes. Diez años antes, las oficinas de esta cadena de televisión en Kabul y Bagdad habían sido bombardeadas por Estados Unidos, en el marco de la guerra contra el terror. En este sentido es interesante observar cómo Al Jazeera ha pasado de ser considerada megáfono del islamismo radical y de movimientos terroristas a ser un símbolo en la lucha contra regímenes autoritarios y en defensa de la democracia y la libertad.

En cualquier caso, sí es cierto que los medios de comunicación tradicionales siguieron siendo la principal fuente de información en los países árabes durante las revueltas. La mayoría de la población se informaba a través de los periódicos y la televisión, que si bien recurrían con frecuencia a fuentes de los periodistas ciudadanos o de los foros de Internet, no dejaban de ser recursos controlados por las élites. Esta variedad de canales y espacios informativos es lo que algunos autores denominan “ecosistema mediático” (Gonzalez-Quijano, 2011a). Este hecho es poco remarcado en la mayoría de los análisis que intentan entender cómo fluyó la información durante la Primavera Árabe, ya que desmonta en cierta manera el protagonismo de Twitter, Facebook o Youtube.

Otro dato que aportan los críticos de la importancia de las redes sociales es el grado de penetración de Internet en los países árabes, que efectivamente es bajo. En Egipto tan sólo el 7% de la población tenía Facebook, mientras que en Túnez el porcentaje no superaba el 20% durante la Primavera Árabe. Además, durante el bloqueo de esas plataformas en Túnez o el apagón completo de Internet en Egipto la gente siguió saliendo a la calle, lo que según estos autores prueba el peso limitado de herramientas como Twitter o Facebook a la hora de convocar manifestaciones. Si embargo hay otros que creen que fue precisamente el enfado por el corte de la red lo que hizo que muchas más personas se echaran a las plazas, encontrándose sin otro espacio de protesta.

Según el profesor Xosé Soengas-Pérez, los apoyos virtuales a las revueltas no estaban basados en acciones coordinadas, simplemente se trataba de una confluencia de actos similares que coincidían en el tiempo y en las mismas plataformas28. Soengas-Pérez sustenta esta afirmación con una serie de entrevistas que hizo él mismo a jóvenes de Egipto, Túnez y Libia, de las que extraía los siguientes resultados:

  • El 92% de los jóvenes árabes entrevistados creía que Internet y las redes sociales hicieron más visibles en el exterior las protestas y conflictos de sus países, pero era únicamente el 45% quienes afirmaban que la red había influido en el desarrollo de los hechos y en el éxito de las protestas de la Primavera Árabe.
  • El 32% calificaba como “decisivo” las herramientas digitales, que según ellos sí precipitaron la caída de los gobiernos. Pero únicamente porque gracias a Internet se pudieron conocer fuera de estos países las consecuencias de la represión y de las políticas autocráticas.
  • El 89% reconocía la falta de una estrategia común que facilitara el desarrollo de una actuación conjunta y eficaz entre la población, y admitían que sus actividades en los foros de la red eran “acciones espontáneas y que respondían a un sentimiento de solidaridad con quienes querían mejorar la sociedad de su país”.

Este estudio del profesor Soengas-Pérez (Universidad de Santiago de Compostela) confirma las tesis de quienes son escépticos del poder del espacio virtual para influir en el espacio del mundo real. Sin entrar a valorar si es representativo o no de la sociedad árabe el estudio que realizó Soengas-Pérez, lo que está claro es que sorprenden los porcentajes para quien se haya sumado a la corriente mayoritaria pro-Twitter. El 78% de los jóvenes encuestados no consideró decisivo el papel de las herramientas digitales para propiciar la caída de los gobiernos.

Añadimos a este apartado de cuestionamiento de la importancia de las redes sociales una última reflexión. ¿A quién beneficia el hecho de presentar herramientas como Twitter o Facebook (o Internet en su conjunto) como recursos liberalizadores y con los que se puede democratizar las sociedades? La buena imagen que potenciales usuarios de todo el mundo pudieron comprar no sólo fue positiva para las herramientas concretas mencionadas (reputación, más clientes…), sino que sirvió de alguna manera a las élites para llevar a un segundo plano las causas profundas que motivaron las revueltas. ¿Qué es más conveniente para las élites, que se repita el mensaje de que los jóvenes árabes salían a la calle llamados por la desigualdad, la pobreza y la corrupción, o que los jóvenes árabes salían a la calle respondiendo la llamada de activistas a través de las redes sociales? ¿Se fomentó el ciberactivismo en detrimento de la protesta callejera y la reivindicación política? Son cuestiones de las que siempre es interesante reflexionar.

Conclusiones: ¿qué consiguieron realmente las TIC durante la Primavera Árabe?

Muchos autores han hablado de las “twitterrevoluciones” (Rodríguez, 2011), pero tras conocer los puntos débiles de esta teoría tan difundida y tras haber repasado la manera en que las nuevas tecnologías de la información y la comunicación fueron utilizadas en las movilizaciones ciudadanas, cabe preguntarse qué consiguieron realmente las TIC durante la Primavera Árabe.

Si bien las nuevas tecnologías de la información no hacen la revolución por sí mismas, son una herramienta trascendental para el devenir de las protestas y movilizaciones. En una entrevista para Amnistía Internacional, la periodista Dima Khatib resume la importancia que tuvo Internet en tres dimensiones principales: 1. como espacio donde, gracias al anonimato, la gente podía expresarse libremente y mostrar su indignación con el sistema, 2. como lugar de llamada a la revuelta, desde donde los activistas y líderes revolucionarios difundían sus mensajes e ideas, y 3. como vehículo de comunicación entre la población de diferentes países, que de otra manera nunca habrían podido ponerse en contacto y organizarse para exigir cambios. Esos tres elementos que ofrece el mundo virtual y que facilitan las herramientas digitales sin duda hicieron que miles de personas se sumaran a las movilizaciones, acercando a la población a conseguir su objetivo.

Según el analista Yves Gonzalez-Quijano, el gran logo de la juventud árabe es haber reformulado la funcionalidad de las redes sociales y haberse apropiado de las nuevas tecnologías30. Hicieron de Facebook, un espacio que había nacido como red social para estudiantes, una herramienta de movilización política, y consiguieron que Twitter, un servicio de micromensajería, se convirtiera en un arma de lucha urbana. Si bien no todos los analistas coinciden en el grado de influencia que tuvieron estos recursos.

En cualquier caso, para analizar correctamente y en su justa medida el papel de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación y la importancia de Internet en el desarrollo de la Primavera Árabe, se tiene que intentar crear consenso en torno a una serie de ideas básicas, que consideramos deberían ser las siguientes:

  1. La causa principal de las manifestaciones y revueltas en el mundo árabe no fueron las redes sociales. La población de varios países sintió la necesidad de protestar por la situación social, económica y política, es decir por factores estructurales del sistema.
  2. Si la población no hubiera tenido acceso a las redes sociales a través de teléfonos inteligentes, la resolución de la Primavera Árabe habría llegado más tarde y quizás de diferente manera.
  3. Los medios de comunicación siempre han sido considerados elementos estratégicos en cualquier conflicto, y no hay duda de que durante la Primavera Árabe también lo fueron. Facebook y Twitter funcionaron como una caja de resonancia, transmitiendo y amplificando las frustraciones y reivindicaciones de los manifestantes.
  4. El papel de los teléfonos móviles fue crucial a la hora de conseguir la aparición de periodistas accidentales, surgidos de entre la población, que compartieron fotos, videos, pensamientos e indignación a través de la red en directo desde los smartphones (streaming). Un factor novedoso en la historia de las movilizaciones y que consiguió superar la autocensura de los medios de comunicación de masas.
  5. Sin Internet la población no habría sabido de los episodios de violencia y represión una vez comenzada la Primavera Árabe. Esto se debe a que 1. los medios de comunicación de masas eran un recurso de poder de las élites y por tanto contrarios al triunfo de las protestas, y 2. los canales de televisión extranjeros especializados en la información sobre las revueltas no podían emitir todas las imágenes de los sucesos para no ofender los sentimientos de sus espectadores occidentales. Las redes sociales fueron una herramienta imprescindible para conocer la gravedad de los hechos, que los medios no publicaban. Y eso fue un factor determinante a la hora de configurar el tipo de movilizaciones.
  6. Las TIC hicieron que un fenómeno reivindicativo local adquiriera una dimensión global. Se superó el aislamiento de la sociedad árabe y se hicieron visibles las revoluciones, además de conseguir apoyos relevantes de la comunidad internacional.
  7. Los smartphones y las redes sociales permitieron mantener a los ciudadanos intercomunicados e informados en todo momento, tanto internamente como con el exterior, prácticamente gratis y con feed-back casi inmediato. Gracias a estas posibilidades se desarrolló un fenómeno comunicativo sin precedentes que facilitaba la comunicación y la relación virtual entre personas con perfiles muy diferentes, un intercambio comunicativo plural.
  8. Existió un importante efecto mimético (Soengas-Pérez, 2013) gracias a las redes sociales, que propiciaron explotar la solidaridad en forma de adhesión a las protestas. El poder de convotaroria desde las redes y el efecto llamada provocó que de manera exponencial cada vez se sumara más gente a las movilizaciones. Sin recursos como los smartphones o las redes sociales esto no habría sido posible.
  9. El espacio virtual se convirtió en un recurso de poder más, al alcance de ambos bandos del sistema (población y élites). Estos dos actores se disputaron el control de la red, y se demostraron varias cosas: los jóvenes árabes estaban igual de preparados que los jóvenes occidentales en el manejo de las nuevas tecnologías, los gobernantes iban siempre un paso por detrás de la sociedad digital y acababan imitando la estrategia (movilización a través de las redes, uso de las TIC como herramienta de propaganda… etc), y finalmente se demostró que apagar la conexión a Internet no detenía el ciberactivismo.

Podemos concluir que las revoluciones habrían tenido lugar si no hubieran existido las redes sociales y si los jóvenes no hubieran dispuesto de teléfonos móviles inteligentes, ya que las causas de la indignación y el desencanto con el sistema provenían de carencias sociales, injusticias económicas y corrupción política, pero éstos procesos revolucionarios habrían sido mucho más costosos de organizar y habrían tardado mucho más tiempo en cristalizar (en forma de derrocamientos, cambios en el gobierno, reformas políticas, guerras civiles… etc), debido a que las nuevas tecnologías de la información y la comunicación aceleraron la suma de manifestantes y difundieron con rapidez las ansias de cambio entre la población. Además, no sabemos si el resultado de las protestas habría sido similar de no haber existido las redes sociales ni los smartphones. Los modos de manifestación, las formas de represión, las estrategias seguidas por la población y los planes de las élites habrían sido necesariamente diferentes.

Como se suele decir, hay datos para todas las opiniones. Aquellos analistas que encuentran más que evidente que la Primavera Árabe se debió principalmente al uso de las redes sociales y las TIC no se dejarán convencer por los que son escépticos y creen que estas herramientas digitales no tuvieron tanta influencia. Y lo mismo ocurrirá en sentido contrario. En todo caso, en nuestras conclusiones presentamos una serie de puntos que creemos deberían ser fácilmente suscritos por cualquier analista.

Quizás, como se pregunta la periodista Delia Rodríguez, en el fondo esta discusión esconde la duda “ingenua, compleja y fascinante” de si Internet y las nuevas tecnologías pueden servir para cambiar el mundo.

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