El problema que Estados Unidos tiene con las armas de fuego es conocido por el gran público. La violencia y los homicidios en ese país han dejado de ser noticia para pasar a ocupar las segundas páginas de la actualidad. Los estadounidenses conviven con que cada día 35 vecinos suyos son asesinados con armas de fuego. Y esa horrible realidad es menos horrible cuando se hace diaria y se normaliza. Pero los números siguen siendo espantosos. Desde que asesinaron a John Lennon en 1980, más de 1 millón de ciudadanos estadounidenses han sido acribillados en su propio país. Han muerto más estadounidenses dentro de Estados Unidos que librando guerras fuera de sus fronteras. En 2014 los estadounidenses mataron a 11.000 estadounidenses en su país. En 2015 a más de 13.000. En 2016 a 15.000. Hay ciudades en las que todos los días del año hay un tiroteo en la calle (podéis encontrar un análisis sobre Chicago en esta web), y Estados donde la ley permite comprar armas a cualquiera, sin ningún tipo de requerimiento legal o mental. Estados Unidos es un país en el que hay más armas que personas, y muchos apuntan a este dato como causa principal de la violencia que se vive en las calles, pero, ¿es realmente la causa?

La cuestión de las armas de fuego en Estados Unidos afecta a la violencia familiar, a la violencia callejera, a los crímenes de odio, a la inseguridad pública, a las tensiones raciales, a los abusos de la policía y a muchos otros ámbitos. Sin embargo hay uno que, por su propia naturaleza, nos acerca a la mayor sensación de impotencia, rabia y estupefacción en relación con las armas: la violencia en las escuelas. Es este el ambiente en el que vamos a enfocar nuestra atención, porque encontramos en las aulas llenas de alumnos, en las pizarras llenas de apuntes, en los recreos llenos de risas, en los pasillos llenos de historias y en las taquillas llenas de deseos la mejor forma de dejarnos abofetear por la triste realidad, y tratar de buscar con indignación una respuesta.

Las escuelas, los institutos, las universidades, los colegios… son espacios que deberían ser sagrados y quedar fuera de cualquier tipo de violencia. Tener que recordar algo tan evidente nos da una muestra de la sociedad que se está construyendo en Estados Unidos. A continuación veremos datos horribles, conoceremos noticias tristes y trataremos de buscar explicaciones. El tema requiere de nuestra atención porque no es posible vivir al margen de las injusticias. Y no es justo que tantos estudiantes estén siendo tiroteados.

Los datos: más peligroso el instituto que Afganistán

En lo que llevamos de 2018, han muerto más estudiantes estadounidenses en centros educativos de Estados Unidos que soldados estadounidenses en las dos guerras en las que está involucrado el país. Para los estadounidenses son más peligrosos los institutos que Irak y Afganistán.

Es lo malo que tienen los datos: su crudeza a la hora de describir la realidad. Tan sólo con los datos en la mano, sin suavizar con opinión ni puntualizar con análisis, la realidad escolar en Estados Unidos es sangrante y vergonzosa. El primer dato que habría que poner sobre la mesa es el siguiente: 0,920. Esta cifra enmarca nuestro estudio y nos pone en situación. 0,920 es la puntuación que Estados Unidos obtiene en el Índice de Desarrollo Humano (IDH), que mide el nivel de desarrollo de cada país del mundo. Con ese 0,920 la nación norteamericana se coloca como una de las más desarrolladas del planeta. Este título conlleva (o debería) toda una serie de características relacionadas con la sociedad, la sanidad, el trabajo, la tecnología, el nivel de vida y la calidad de vida, la seguridad, la educación… etc.

El segundo dato que necesitamos para encuadrar es 5. Es el número de ataques que han sufrido las escuelas canadienses en lo que llevamos de siglo. En este tiempo en España se ha registrado un ataque (el 20 de abril de 2015, en un instituto de Barcelona, donde un alumno mató a un profesor e hirió a cuatro estudiantes), en China tres, en Rusia uno, en Australia cinco, en Argentina uno, en la India uno, en México cuatro, en Alemania cinco, en Grecia uno… Uno, tres, cinco, dos, cuatro… Con estos datos de diversos países (de distinto desarrollo, localización, cultura e historia) podríamos aceptar que los ataques en escuelas no son algo normal: ocurren muy de vez en cuando. ¡Los ataques a escuelas son algo puntual incluso en países en guerra! Cuando suceden todo el mundo queda conmocionado. Y si en Estados Unidos también existe la conmoción, lo cierto es que ésta pierde efecto cuando se repite tanto.

Con un IDH de 0,920 lo normal no es que cada día mueran siete niños tiroteados, o que en los últimos 18 años haya habido 213 ataques en centros educativos. Eso no es normal. Indica que algo falla en la sociedad y en el sistema. Más adelante buscaremos qué es eso que falla, o cuál es el motor de toda esa maldad y gusto por la violencia. Habrá que tener bien presente el gráfico G1052018, en el que la comparación entre varios países nos debe hacer tumbar varios argumentos.

La discusión entorno al asunto de las armas de fuego y los estudiantes asesinados se basa en algo evidente: el continuado crecimiento del número de víctimas mortales en los centros educativos de Estados Unidos. La tendencia es clara, y se observa un punto de inflexión en el año 1991, a partir de cual se normalizan los tiroteos en escuelas. Desde ese año, todos los años ha habido estudiantes asesinados. Es triste pensar que es destacable decir que en 1990 ningún alumno fue tiroteado, o que en el año 2004 tan sólo murió uno en clase.

En agosto de 1966 Charles Whitman, de 25 años, subió a la torre de la Universidad de Texas con varios fusiles. Se situó en el mirador y comenzó a disparar a la gente que paseaba por el campus. Hirió a 31 personas y mató a 17. Fue la primera gran masacre en suelo académico. La anterior más grave databa de 1940, cuando en un instituto de Pasadena, en California, un estudiante mató a cinco compañeros. Las autoridades de Estados Unidos califican como ‘mass shooting’ (literalmente “tiroteo masivo”) aquel en el que resultan cuatro o más víctimas mortales. Uno de los más famosos es el del Instituto Columbine en 1999, grabado por las cámaras de seguridad y perpetrado por dos estudiantes que planificaron el ataque y acabaron con la vida de doce compañeros y un profesor antes de suicidarse. En 2007 otro estudiante entró en el campus de la Universidad de Virginia y durante más de dos horas disparó contra todos los alumnos que encontró a su camino: hirió a 23 y asesinó a otros 33, en el peor ataque contra una universidad estadounidense.

Tan horrible pero mucho más impactante fue el tiroteo en el Colegio Sandy Cook, en el año 2012. El presidente de Estados Unidos no pudo contener las lágrimas al dar la noticia, en una mezcla de tristeza e impotencia. Un joven entró en la escuela a las 09:35 con cuatro armas y mató a 20 niños de entre seis y siete años. Asesinó al director del colegio, a cuatro profesores y se suicidó. La conmoción no se puede describir cuando ocurre algo así. De nuevo, récord: el peor tiroteo en un colegio americano. El año 2012 es el más sangriento para las escuelas estadounidenses. A la masacre de Sandy Cook se sumaron ataques en otros once centros educativos ese año, destacando el de la Universidad de Oakland, con siete muertos, o el del Instituto Chardon, en Ohio, con tres alumnos asesinados.

Si lo ocurrido en 2012 parece lo más horrible que se puede imaginar, en la sociedad estadounidense se dan los ingredientes necesarios para que el terror siempre pueda volver a aparecer. Desde Sandy Hook el panorama escolar ha empeorado: por primera vez en la historia se encadenaron cuatro años seguidos con más de 16 estudiantes asesinados. Un ritmo mortal nunca antes visto. Impulsados por una fuerza desconocida y que más adelante trataremos de descubrir, después de la matanza de Sandy Hook un mayor número de estudiantes decidieron coger armas y asesinar a sus compañeros. En 2012 hubo doce tiroteos en escuelas, en 2013 el número se duplicó y llegó a 26. En 2014 se rompió el récord y se alcanzaron los 36 ataques. En el presente año 2018 parece que Estados Unidos volverá a sorprendernos y se superará a sí mismo: este artículo que publicamos a fecha de Mayo viene como consecuencia de que, en apenas 20 semanas, hemos tenido noticia de 22 tiroteos en suelo escolar. Por primera vez, además, en un año se sufren dos tiroteos con diez o más muertos: en Febrero 17 estudiantes asesinados en un instituto de Florida, y en Mayo 10 muertos y 13 heridos por los disparos de un alumno en Santa Fe, en Texas.

Ante este crecimiento exponencial, las lágrimas del Presidente se combinan con protestas sociales (como la potente March For Our Lives, del 4 de marzo de este año) e intentos de cambiar la legislación que terminan chocando contra el muro de la Segunda Enmienda, que desde 1791 otorga un curioso derecho a los ciudadanos de Estados Unidos: el derecho a poseer y portar armas. Insólito a nivel internacional e incomprensible para los ciudadanos de otros países. Y, sin embargo, defendida por la mayoría de la población. De nuevo los datos son crudos: si en 1960 solo el 36% de los estadounidenses se oponían a derogar la Segunda Enmienda, en 2016 son ya el 76%. El 76% de los estadounidenses no quiere derogar su derecho a tener armas de fuego.

Quizás así se explique la forma de hacer política en el país: por ejemplo en Texas las autoridades permiten a profesores y a ciertos estudiantes llevar armas a la universidad, una decisión tomada después de la masacre de Sandy Hook y con la que se pretende aumentar la seguridad en el ámbito académico. La comunidad internacional queda atónita con las formas de hacer de la política estadounidense, pero en el interior de su burbuja parece que ellos (sobre)viven con la conciencia tranquila.

La mayoría de las veces escuchamos datos como que Estados Unidos es el país con más armas por persona o que la producción de armas de fuego no deja de aumentar en este país. Son datos ciertos, como prueba el estudio The Stock and Flow of US Firearms, que concluye que de las 192 millones de armas que había en 1994 se pasó a 265 millones en 2015. Sin embargo, hay una realidad de la que no se suele hablar: cada vez hay menos personas que poseen armas de fuego en sus casas. Cada año que pasa, en Estados Unidos hay menos hogares en los que hay armas. El informe Trends in Gun Ownership in the United States, 1972-2014, elaborado por la Universidad de Chicago, confirmó algo que puede sorprender al lector, y que se convierte en el principal argumento de los defensores de la Segunda Enmienda.

En el año 1973 el 47% de las familias poseían armas de fuego en sus domicilios. El número aumentó hasta alcanzar su pico en 1977, cuando el 50,4% de los hogares estadounidenses albergaban una o más armas. Entonces comenzó un descenso lento pero continuado que sigue en la actualidad. Para el año 1990 eran el 42% los hogares con armas de fuego, y en 1998 la cifra cayó hasta el 34,8%. Es sorprendente que la década de los noventa fuera la de mayor reducción de armas en los hogares y, al mismo tiempo, la de crecimiento de los muertos en las escuelas. En 2006 el porcentaje había caído hasta el 33% y en 2010 se llegó al mínimo histórico del 31%, un número que se mantuvo en 2014, último año de recogida de datos.

Que el 30% de las casas de un país contengan una o más armas de fuego no debería tranquilizar a nadie, pero no se puede negar el dato que relaciona de manera no proporcional el número de hogares con armas y el número de tiroteos en escuelas. Cuando hubo más hogares con armas, se sufrieron menos tiroteos. Ahora que hay menos familias que poseen armas, los tiroteos crecen. ¿Cómo explicarlo?

Detrás de los números: buscando la explicación

Si aumenta el número de armas y desciende el número de hogares en los que hay armas, es evidente que cada vez más armas están en manos de menos personas, es decir: las personas que tienen armas no tienen un arma ni dos ni tres. Tienen muchas armas. Y así lo confirman los resultados de The Stock and Flow of US Firearms, que concluyen que en Estados Unidos el 5% de la población posee el 50% de las armas. También apoya esta idea un estudio de Harvard que aportaba el siguiente dato: 7,7 millones de estadounidenses tienen entre 8 y 140 armas en sus hogares. ¡140 armas en tu casa! ¿Qué tipo de mentalidad, ideología, cultura, forma de ser, educación, sentimientos, objetivo en la vida, familia, trabajo y motivación puede tener una persona que acumula decenas y decenas de armas de fuego en su hogar? ¿a caso le va a atacar un ejército de osos? ¿quizás un ejército de comunistas?

La acumulación de armas es, sin duda, una cuestión relacionada con la ideología. En una sociedad en la que ha descendido el número de familias que viven de la caza (por ello hay un descenso continuado desde los años setenta en el número de hogares con armas de fuego), mantener un arsenal de armas en el armario sólo puede deberse a una cuestión alejada de la utilidad o lo material: ha de ser una cuestión mental, relacionada con el pensamiento, la ética personal, la moral, los valores, la ideología. Ningún estadounidense necesita tener veintisiete fusiles detrás del sofá. No hay explicación material para ello. No son útiles veintisiete fusiles, como no lo es tener una metralleta o un francotirador. El ciudadano del siglo XXI, en un país con un IDH muy alto, no necesita tener ese tipo de objetos en su casa. Sin embargo, por alguna razón, millones de estadounidenses creen que sí precisan de un arsenal militar.

Más allá de la cultura individual de cada uno, la legislación estatal en relación a la posesión de armas también es importante: en aquellos Estados donde es más fácil tener un arma, la gente tiende a tener más armas. En algunos Estados del Norte como Rhode Island o Delaware el número de hogares que tienen armas de fuego no llega al 6%, pero en otros del sur como Arkansas, Alabama o Carolina del Sur supera el 50%. La combinación entre cultura y legalidad da como fruto el porcentaje de posesión de armas por hogar. Normalmente se cita a Alabama como el lugar donde menos obstáculos hay para que cualquiera pueda comprar un arma de fuego. Ese hecho legal, sumado a la tradición cultural del Estado (ver ‘Sweet Home Alabama: la historia del himno del Sur’), hacen que en Alabama personas con problemas mentales puedan legalmente y quieran por su propia ideología y cultura, hacerse con un arma y así poder defenderse del ataque de un oso (aunque no haya osos en Alabama).

El hecho de que haya armas, muchas armas, millones de armas, en Estados Unidos no debería llevarnos a la conclusión de que esa es la razón que explica las muertes en tiroteos en escuelas. Afortunadamente para la Asociación Nacional del Rifle (NRA, por sus siglas en inglés) ese argumento es fácilmente rebatible: en Finlandia son 5.5 millones de personas y hay 1.5 millones de armas, y nadie entra a una escuela a matar estudiantes. Lo mismo ocurre en otros países como Canadá, Alemania o Serbia, donde también hay millones de armas legalmente en posesión de población civil. Además, este argumento debía haberse superado con la relación no proporcional entre hogares con armas y tiroteos en escuelas.

Cada vez hay menos familias con armas y, sin embargo, las masacres no dejan de aumentar. Ante esta situación se han planteado varias respuestas por parte de distintas voces. Desde el fandom de la Segunda Enmienda se despacha la cuestión aludiendo a la sangrienta historia de Estados Unidos. “Somos un país con mucha violencia y sangre a nuestras espaldas”. Ciertamente lo son, con su guerra civil, su genocidio a los indios, sus intervenciones bélicas, su misma fundación como país… pero es sencillo negar que esta pueda ser una razón real para el problema de la violencia. España, Francia, Reino Unido, Rusia, Alemania o Japón tienen una historia igual o más sangrienta que Estados Unidos y sus jóvenes no se llevan una recortada a clase para matar a sus compañeros. “Son los videojuegos”, dicen entonces.

“Son los videojuegos, que están llenos de violencia”. No se puede discutir que muchos videojuegos se basan en la violencia, en la muerte y en las armas de fuego, y tampoco es discutible que los videojuegos tienen un gran impacto en los niños y en los jóvenes. Sin embargo ligar la aparición de los videojuegos con el aumento de los tiroteos es jugar a la ligera con la correlación. Siguiendo esta lógica se podría afirmar que desde que aumentan las emisiones de CO2, no dejan de aumentar los tiroteos en escuelas. Y aunque haya correlación, no parece que se pueda decir lo mismo de la relación. No tiene relación el comienzo de la exploración espacial con el comienzo de los tiroteos masivos, aunque estas dos variables que mantienen correlación. En el caso de los videojuegos ocurre algo parecido: a más videojuegos, más tiroteos. Pero, ¿están relacionados? Es un debate interesante.

En este juego de buscar correlación, algunos quisieron después de la masacre de Columbine argumentar que era la música que escuchaban los jóvenes culpable de sus actos. Apuntaron a que los asesinos escuchaban discos de Marilyn Manson, y que evidentemente esto había derivado en una mala influencia. Si te gusta el rock y matas a alguien, la culpa es del rock. Si te gustan los videojuegos y matas a alguien, la culpa es del videojuego. Si te gustan las armas y matas a alguien… ¿de quién es la culpa, del rock o de los videojuegos?

Buscar este tipo de explicaciones es ridículo e improductivo. Más jóvenes juegan a videojuegos en Corea y no se matan entre sí. Rock más duro y oscuro escuchan en el norte de Europa y los estudiantes no se acribillan a balazos en clase de matemáticas. En Canadá también son cazadores y tienen armas, y no por ello los hijos del papá cazador cogen la escopeta y la llevan al recreo. El pasado nazi de Alemania no les hace ser violentos hoy en día, ¿por qué iba el pasado sangriento de los estadounidenses a tener más impacto en la sociedad actual americana? ¿Por qué?

Ha habido quienes han apuntado al propio sistema sanitario para acabar diciendo que hay una cobertura deficiente para la salud mental de los ciudadanos, o quienes perciben en las tensiones raciales un caldo de cultivo para los tiroteos masivos. Como podemos ver, los argumentos son variados. Sin embargo todos van cayendo: un estudio de 2015 rechazó la idea de que la salud mental de los estadounidenses tuviera algo que ver, señalando que únicamente el 4% de los tiroteos son cometidos por personas con problemas mentales. Aun así, es cierto que condicionantes psicológicos están presentes en la mayoría de las matanzas: la venganza del asesino, búsqueda de fama… deseos implantados en la mente de los jóvenes que cogen las armas de sus padres. Hay que preguntarse por qué tenían esos deseos, y por qué sus padres tenían esas armas.

Lo que pasa por la cabeza de un adolescente que una mañana coge un arma de fuego y se dirige a su escuela para matar a gente no puede ser sencillo de determinar. Sentimientos de infravaloración, marginación, inseguridad, simple maldad, ánimos de trascender, confusión, influencia de una cultura de violencia, deseo de imitar a otros asesinos… cientos de factores que pueden derivar en que una persona de corta edad y a la que le queda toda una vida por delante tome una decisión tan radical (la mayoría de los perpetradores acaban muertos).

Lo que pasa por la cabeza de un padre que tiene el armario lleno de armas y no es cazador de ciervos es igualmente complicado, pero se puede explicar con uno de los motores de la sociedad contemporánea: el miedo. Ese adulto, normalmente varón, normalmente blanco, tiene miedo. Tiene muchos miedos. Teme que entren en su casa para robar o para matarle. Teme que la policía y el Estado no hagan bien su trabajo. Teme que los yihadistas van a ir a por él, precisamente a su casa, como temió su padre antes que él de los comunistas. Lleva toda la vida temiendo. Y se siente más seguro teniendo armas en casa. Sería imposible tratar de convencerle de que no hay nada de lo que temer: para empezar ese miedo está enraizado en lo más profundo de su mente, y para continuar por la televisión le muestra todos los días a ese hombre blanco que tiene razón, y que el mundo está lleno de peligros.

Cuando Barcelona sufrió los terribles atentados de verano de 2017 la gente gritó, lloró, se enfadó, siguió llorando. Y luego no dejó de salir a pasear, a tomar algo en las terrazas, a bajar a la playa y a convivir con sus vecinos. El Estado reforzó la seguridad, y el ciudadano confió y siguió viviendo. El problema en Estados Unidos es que el ciudadano no confía en su Estado. No confía en su vecino. Tiene miedo constante. ¿Y cómo se deja de tener miedo? Teniendo sensación de seguridad. ¿Y cómo se consigue sensación de seguridad? Guardando un arma bajo la almohada. It’s the american way.