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Cuatro cuentos para no dormir

  • 27 julio, 2016
  • 9.3K views
  • Juan Pérez Ventura

No sigas leyendo. No te va a gustar lo que cuentan las frases que siguen. En las profundidades de la noche, cuando las sombras se alargan y el viento murmura secretos inconfesables, surge el irresistible encanto de los cuentos de miedo. Estos relatos nos arrastran a rincones oscuros del alma humana, donde lo sobrenatural y lo macabro se entrelazan con la realidad cotidiana.

En este viaje tenebroso, hemos seleccionado fragmentos de obras maestras que erizan la piel y aceleran el pulso: el perturbador descenso a la locura en «El gato negro» de Edgar Allan Poe, la siniestra leyenda de «El monte de las Ánimas» de Gustavo Adolfo Bécquer, la inquietante tradición en «La lotería» de Shirley Jackson, y el imponente horror en «El Wendigo» de Algernon Blackwood. Acompáñanos en esta travesía por el terror literario, donde cada línea y cada palabra están impregnadas de un miedo ancestral que acecha desde las sombras, esperando atraparte en su fría y eterna oscuridad.

El Gato Negro

Desde mi más tierna infancia he sido conocido por mi docilidad y humanidad en el trato con los animales. Yo los amaba, y mi predilección por estos seres indefensos crecía con cada día. Esta peculiaridad de mi carácter se reflejaba en mis relaciones con mis semejantes. Me casé joven y encontré en mi esposa una disposición similar a la mía. Con su tolerante aceptación, no solo complacía mi amor hacia los animales, sino que me proporcionaba una gran cantidad de aquellos favoritos de la casa. Tuvimos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un mono pequeño y un gato.

Este último era un animal notablemente grande y hermoso, completamente negro y de una sagacidad asombrosa. Hablando de su inteligencia, mi esposa, que en el fondo era un poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular que consideraba a todos los gatos negros como brujas disfrazadas. No quiero entrar en la discusión de la verdad de este punto; me limito a relatar una cadena de hechos caseros, sin pretender establecer una sucesión de causas y efectos.

Plutón – ese era el nombre del gato – era mi favorito y mi compañero. Solo yo le daba de comer, y él me seguía por toda la casa. Incluso me costaba retenerlo cuando salía de casa. Nuestra amistad subsistió de esta manera durante varios años, durante los cuales mi temperamento y mi carácter se alteraron radicalmente por la influencia del Demonio Intemperancia. Mi desenfrenada adicción al alcohol aumentaba día a día. Despreocupado de mis compañeros, descuidaba a mi mujer y finalmente la maltraté.

Por supuesto, los animales también sintieron los efectos de mi mal humor. No solo los descuidaba, sino que los maltrataba. Plutón, sin embargo, seguía siendo el objeto de mi favor, aunque me sentía más indiferente hacia él. Fue mi forma de comportarme con él la que finalizó mi ruina total. Una noche, regresando a casa extremadamente ebrio, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo agarré; en su miedo a mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. En un momento de furia, agarré un cuchillo de mi bolsillo y le saqué un ojo al pobre animal. Mi alma se parecía al infierno.

Cuando la razón volvió a mi la mañana siguiente, sentí un sentimiento de mitad horror y mitad remordimiento por el crimen cometido; pero solo era un sentimiento débil y ambiguo. Volví a sumergirme en el vino, y pronto ahogué en mi vino todos los recuerdos de mi acción. El gato se curó lentamente. Su órbita vacía presentaba, al principio, un aspecto espantoso; pero después perdió su monstruosidad. La criatura se me acercaba como de costumbre, pero claramente, huía en cuanto me veía.

No obstante, seguí mis inclinaciones perversas. Llegó un día en que perpetué una horrible atrocidad. En un acceso de ira, y mientras la peor de las pasiones me dominaba, colgué al gato de una rama de un árbol; lo ahorqué allí, con lágrimas en los ojos y un amargo remordimiento en el corazón; lo colgué porque sabía que me había amado, y porque sentía que no debía, porque había dado motivo para ofenderme. Aquella noche desperté por un fuego en mi casa. Las cortinas de mi cama estaban en llamas. Toda la casa ardía. Con gran dificultad, mi esposa, un criado y yo logramos escapar del fuego. Todo fue destruido. Caí en la ruina.

Al día siguiente de la conflagración, visité las ruinas. Las paredes, excepto una, se habían caído. Aquella única excepción era una pared divisoria. Sobre esta pared, vi, grabado en relieve bajo el yeso, la figura de un gigantesco gato con una soga alrededor del cuello. Al ver esta aparición, no dudé en atribuirlo a mi imaginación; pero después de un examen más detenido, caí en cuenta que se trataba del gato.

Meses después, el espíritu de la perversidad me afectaba nuevamente. Un día, en una taberna sórdida, mis ojos se posaron en un objeto negro, una figura de un gato enorme, casi idéntico a Plutón. La única diferencia consistía en una mancha blanca, grande e indefinida, que cubría casi todo su pecho. Me encariñé con él, y esa misma noche, lo llevé a casa. Mi esposa lo adoraba también.

Sin embargo, al cabo de un tiempo, comencé a experimentar una repulsión hacia el animal. Fue una transformación gradual, pero mi odio por él aumentaba día tras día. La misma mancha blanca que cubría su pecho, con el tiempo, me pareció que adquiría una forma bien definida: la forma de una horca.

Un día, descendiendo al sótano de la casa, el gato me siguió y casi me hace caer. Enfurecido, agarré un hacha, pero mi esposa intervino. La furia de un demonio poseyó mi cuerpo. Dirigí el golpe a ella. Cayó muerta al suelo.

De inmediato me dispuse a ocultar el cadáver. Abrí la pared y emparedé el cuerpo. Al día siguiente, el gato no se veía por ninguna parte. Me sentí aliviado, seguro de que había escapado. Días después, una investigación policial me asedió. Guiado por mi arrogancia y confianza, golpeé la pared con fuerza, proclamando la solidez de la estructura.

Unos gemidos profundos, de ultratumba, resonaron. Unos gritos que surgían del infierno. En un instante, la pared fue derribada y reveló el cadáver de mi esposa. Sobre su cabeza, el gato negro chillaba. Yo mismo había emparedado a la monstruosa bestia junto con el cadáver. En mi desesperación, me dejé llevar por el horror y el destino inevitable que había preparado para mí.

El Monte de las Ánimas

En la antigua ciudad de Soria, donde las sombras susurran historias de tiempos olvidados y los ríos reflejan el paso del tiempo, se encuentra un lugar envuelto en misterio y temor: el Monte de las Ánimas. Este monte solitario, cubierto de leyendas antiguas, se alza como un testigo silencioso de tragedias pasadas y promesas rotas.

En una noche oscura y fría, en la casa solariega de los primos Alonso y Beatriz, el crepúsculo descendía lentamente sobre la llanura castellana. Sentados junto al fuego crepitante, Alonso, con su mirada profunda y su corazón valiente, y Beatriz, de belleza etérea y espíritu inquieto, compartían sus pensamientos mientras las sombras danzaban en las paredes de la estancia.

Alonso, conocedor de las historias que envolvían el Monte de las Ánimas, decidió impresionar a su prima con la leyenda que se contaba sobre ese lugar. «En tiempos remotos,» comenzó Alonso en voz baja, «el Monte de las Ánimas fue testigo de una batalla feroz entre los nobles de Soria y los templarios. Las tierras fueron escenario de un conflicto sangriento, y se dice que las almas de los caídos aún deambulan por el monte en la noche de Todos los Santos, clamando justicia y redención.»

Beatriz escuchaba con atención, aunque tratando de ocultar el ligero estremecimiento que recorría su espalda. En un arranque de valentía y desafío, mencionó que durante una cacería había perdido una banda azul en el Monte de las Ánimas. «Sería un gesto de verdadera valentía si pudieras recuperarla para mí, Alonso,» dijo Beatriz, con una sonrisa traviesa que apenas ocultaba su nerviosismo.

Alonso, con el amor por su prima y el deseo de demostrar su coraje, aceptó el reto sin titubear, aunque en su interior sentía un ligero temor por lo que podría encontrarse en ese lugar maldito. Prometió a Beatriz regresar con la banda antes del amanecer, mientras los criados preparaban las luces para iluminar el camino hacia el monte.

La noche cayó como un velo oscuro sobre la llanura. Alonso, armado solo con su valor y con la imagen de Beatriz en su mente, partió hacia el Monte de las Ánimas. Mientras ascendía por el sendero empinado, el viento susurraba entre los árboles, llevando consigo ecos de lamentos antiguos y susurros de almas perdidas.

Mientras tanto, en la casa solariega, Beatriz intentaba distraerse con labores mundanas, pero su mente no dejaba de pensar en Alonso y en la oscuridad que lo rodeaba. Con el tiempo, el cansancio la venció y se retiró a su alcoba, donde la luz de una lámpara titilante apenas disipaba las sombras que se acumulaban en las esquinas.

El tiempo pasó lentamente, y los minutos se convirtieron en horas. Beatriz, atrapada entre el sueño y la vigilia, comenzó a experimentar visiones extrañas y perturbadoras. En su estado de semi-consciencia, vio la figura de Alonso enfrentándose a sombras oscuras y figuras espectrales en el Monte de las Ánimas. Escuchó sus gritos de angustia y desesperación, resonando en la oscuridad de la noche.

De repente, un grito ahogado la despertó de golpe. Con el corazón latiendo con fuerza, se incorporó en la cama y vio, con horror indescriptible, que la banda azul que había perdido estaba apoyada en una silla junto a su cama. Estaba ensangrentada, como si acabara de ser arrancada de las manos de alguien que luchaba por su vida.

La lotería

Era una mañana cálida y soleada del 27 de junio, y el pueblo se preparaba para su evento anual más esperado: la lotería. Aunque el ambiente era festivo, había una tensión subyacente en el aire, una inquietud que los habitantes intentaban ignorar mientras se reunían en la plaza del pueblo.

Hombres, mujeres y niños llegaban lentamente, formando pequeños grupos que charlaban nerviosamente. En el centro de la plaza, sobre un taburete de madera, descansaba una caja negra, desgastada por los años. Era una caja de aspecto siniestro, cuyo contenido era desconocido para los más jóvenes, pero profundamente temido por los mayores.

El señor Summers, quien dirigía todas las actividades cívicas, se acercó a la caja con una expresión solemne. «Vamos a empezar», anunció, su voz resonando sobre el murmullo de la multitud. Los hombres comenzaron a alinear a sus familias, y los niños fueron llamados a dejar sus juegos y a unirse a sus padres.

En un silencio que parecía envolver el lugar, el señor Summers removió los papeles dentro de la caja, asegurándose de que todos estuvieran listos para el sorteo. El corazón de Tessie Hutchinson latía con fuerza mientras tomaba su lugar junto a su esposo Bill y sus hijos. Aunque había llegado tarde, la prisa de su llegada no podía compararse con la urgencia que ahora sentía en su interior.

Los nombres comenzaron a ser llamados, y uno por uno, los jefes de familia se acercaban a la caja para sacar un papel. El suspense crecía con cada paso, con cada mano que se extendía hacia el destino incierto que guardaba la caja negra. Las miradas de los aldeanos estaban fijas en los papeles, esperando ansiosamente el momento en que todo quedara revelado.

Finalmente, llegó el turno de Bill Hutchinson. Con manos temblorosas, tomó un papel y regresó a su familia. Todos debían esperar hasta que cada jefe de familia tuviera su papel. El silencio era opresivo, solo roto por el sonido del viento y el susurro inquieto de la multitud.

«¡Abran sus papeles!», ordenó el señor Summers. Un murmullo recorrió la plaza mientras los aldeanos desplegaban los pequeños trozos de papel. Un grito cortó el aire: «¡Bill tiene el papel marcado!»

Tessie miró a su esposo, y el horror se apoderó de su rostro. «¡No es justo!», gritó, su voz llenando el espacio. «¡No es justo, no es correcto!»

Sin embargo, las reglas eran claras y inamovibles. La familia Hutchinson fue llevada al centro, y cada uno tuvo que sacar un nuevo papel de la caja negra. El suspense era insoportable. Tessie seguía protestando, su desesperación palpable mientras los papeles eran abiertos uno por uno.

El último papel fue desdoblado, y allí estaba: la marca negra que sellaba el destino de Tessie. La multitud, que hasta hace poco compartía risas y conversaciones cotidianas, se transformó. Los amigos y vecinos recogieron piedras, sus rostros endurecidos por la tradición y el miedo a romperla.

Tessie seguía gritando mientras las primeras piedras eran lanzadas. Su voz se perdió en el tumulto, y la brutalidad del ritual continuó hasta que solo quedó silencio. La lotería había cumplido su propósito una vez más, y el pueblo, con un aire de normalidad restaurada, comenzó a dispersarse.

El Wendigo

El bosque boreal canadiense se alzaba, oscuro e imponente, como una muralla natural que ocultaba secretos ancestrales. Allí, en la vastedad de sus dominios, un grupo de cazadores se aventuraba en busca de alces. Entre ellos estaban el Dr. Cathcart, un hombre de ciencia y escepticismo, su sobrino Simpson, el guía canadiense Défago y un par de cazadores indígenas.

Una noche, acampados alrededor de la fogata, el viento comenzó a susurrar a través de los árboles, emitiendo sonidos que parecían voces lejanas. Mientras el fuego crepitaba, Défago comenzó a relatar historias sobre el Wendigo, una criatura mítica de la región, conocida por cazar a los incautos que se adentraban demasiado en los bosques. Según la leyenda, el Wendigo era un ser famélico y gigantesco, con un hambre insaciable de carne humana, y cuya mera presencia podía enloquecer a los hombres.

Simpson, aunque intrigado por la historia, no podía evitar sentir un escalofrío recorriendo su columna vertebral. Las palabras de Défago parecían resonar con una verdad oculta, y el joven no pudo evitar notar la mirada seria y preocupada del guía.

A la mañana siguiente, Simpson y Défago decidieron separarse del grupo principal para explorar un área remota del bosque. Avanzaron durante horas, internándose cada vez más en el corazón del territorio salvaje. A medida que caía la noche, el frío se volvió más intenso y un aire de inquietud los envolvió.

Esa noche, mientras descansaban en su tienda, un viento helado comenzó a aullar con una intensidad inusual. El rostro de Défago se tornó pálido y sus ojos se agrandaron de terror. «¡Está aquí!», murmuró, apenas audible. Antes de que Simpson pudiera preguntar a qué se refería, Défago salió corriendo de la tienda, sus gritos llenando el aire: «¡Mi fuego, mi fuego! ¡Oh, mis pies de fuego!»

Simpson intentó seguirlo, pero la oscuridad y el viento eran implacables. Los gritos de Défago se alejaban, hasta que solo quedó el silencio y el susurro del viento entre los árboles. Durante días, Simpson buscó a su guía sin éxito. Finalmente, exhausto y desesperado, decidió regresar al campamento principal.

Cuando finalmente encontró al resto del grupo, relató lo sucedido. Los cazadores indígenas intercambiaron miradas de comprensión y terror. Sabían lo que había ocurrido: el Wendigo había reclamado otra víctima.

Más tarde, mientras intentaban reanudar su expedición, encontraron rastros que indicaban que Défago había sido arrastrado por algo con una fuerza inhumana. Pero lo más inquietante fue descubrir sus huellas, mezcladas con otras mucho más grandes, como si algo enorme y terrible lo hubiera acompañado en su último viaje.

El Dr. Cathcart, aunque escéptico al principio, no pudo ignorar las pruebas y la perturbadora atmósfera del bosque. La ciencia no podía explicar lo que había sucedido, y el temor a lo desconocido comenzó a arraigar en su mente.

El Wendigo, invisible y silencioso, seguía acechando en los bosques profundos, esperando pacientemente por su próxima presa. Y el viento, siempre presente, continuaba susurrando su nombre en la soledad del bosque, recordando a todos los que se aventuraban allí que no estaban solos.

Juan Pérez Ventura

Juan Pérez Ventura es profesor por las mañanas y divulgador por las tardes. Le interesa todo. Absolutamente todo. En 2012 fundó la página web 'El orden mundial en el S.XXI', el medio de análisis internacional más leído en español. En 2023 publicó el libro 'Música y cine, año a año', una obra única que repasa de manera anual la historia de la música y el cine. En 2025 publicó el libro 'VENTURA: 100 artículos de divulgación multidisciplinar', un compendio que celebra sus 15 años como divulgador. Actualmente prepara una tesis doctoral sobre geografía urbana.

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