El visitante que pasee por las calles empedradas de Salamanca corre el riesgo de quedarse horas parado, de pie, contemplando las espectaculares fachadas que protagonizan la riqueza arquitectónica de la ciudad. El fácil moldeado de la piedra arenisca de las canteras cercanas de Villamayor permitió en los siglos XVI y XVII crear auténticas obras de arte, con un color marrón-dorado que ya es característico de Salamanca. Las fachadas talladas con detalle en arenisca decoraron palacios, conventos, universidades e iglesias.
El mejor aliado de esa moldeable arenisca dorada, conocida como piedra franca, fue Juan de Álava (1480-1537), arquitecto vasco que dirigió las obras de la Catedral Nueva y del Convento de San Esteban. Su maestría y visión artística dieron lugar a un estilo único que combinó la sobriedad gótica con la elegancia renacentista, adornando los edificios con detalles de flora, fauna y figuras humanas.
Convento de San Esteban
El convento de San Esteban fue fundado en el siglo XVI, y su iglesia, dedicada al primer mártir cristiano, San Esteban, se convirtió en un importante centro de estudios teológicos y de predicación en Salamanca. La portada principal de la iglesia, diseñada por Álava, quien trabajó en ella junto con Rodrigo Gil de Hontañón, es uno de los ejemplos más espléndidos del arte plateresco en España. Esta obra monumental no solo impresiona por su tamaño, sino también por la riqueza de su decoración, en la que cada detalle escultórico tiene un significado simbólico que comunica la doctrina cristiana y la devoción de los dominicos.
La portada se organiza en tres cuerpos verticales y tres horizontales, creando un conjunto armónico y equilibrado. En el centro destaca un imponente arco conopial que alberga la representación del martirio de San Esteban, un relieve que demuestra cómo Álava conseguía retratar el drama y la emoción sobre la piedra. A ambos lados del arco principal se encuentran dos hornacinas que albergan las estatuas de Santo Domingo de Guzmán y San Francisco de Asís, figuras fundamentales en la historia de la Iglesia y de la orden dominica.
Sobre el arco se levanta un segundo cuerpo con un gran rosetón central rodeado de medallones que representan a profetas y santos, reforzando la conexión entre la iglesia terrenal y el reino celestial. El tercer cuerpo de la portada culmina en un frontón triangular que alberga una imagen de Cristo en majestad flanqueado por ángeles.
El uso de la piedra franca permite que la fachada cambie su apariencia según la hora y la estación, ofreciendo siempre una nueva experiencia visual a quienes la contemplan. Esta cualidad camaleónica de la piedra hace que todo el centro de Salamanca sea una especie de museo al aire libre con obras de arte dinámicas, que parecen estar en constante transformación.
Casa de las Conchas
La Casa de las Conchas es posiblemente el edificio más singular de la ciudad. Conocido por su fachada decorada con más de 300 conchas de vieira talladas en piedra, fue construido a finales del siglo XV por orden de Rodrigo Maldonado, caballero de la Orden de Santiago y rector de la Universidad de Salamanca.
La elección de las conchas como motivo decorativo principal no es casual. Estas conchas de vieira, símbolo de la Orden de Santiago a la que pertenecía Maldonado, no solo representan el poder y la devoción del fundador, sino que también evocan la peregrinación a Santiago de Compostela, un viaje que simbolizaba fe, penitencia y búsqueda espiritual. Las conchas están dispuestas de manera simétrica a lo largo de la fachada, creando un más que curioso patrón decorativo. El edificio también presenta detalles arquitectónicos renacentistas, como ventanas enmarcadas por ménsulas adornadas con figuras humanas, animales fantásticos y motivos florales.
Además de su función decorativa, la Casa de las Conchas alberga una rica simbología que ha dado lugar a diversas interpretaciones. Algunas teorías sugieren que las conchas representan la protección divina, mientras que otras las asocian con el amor y la fertilidad, haciendo referencia a los antiguos mitos paganos. Existen también numerosas historias que enriquecen su carácter misterioso. Una de las más conocidas es la leyenda de un supuesto tesoro escondido detrás de una de las conchas de la fachada. No se ha encontrado jamás.
Universidad de Salamanca
Sin duda la fachada de la Universidad de Salamanca es uno de los emblemas más reconocibles de la ciudad y el mejor ejemplo del estilo plateresco español. Construida en el primer tercio del siglo XVI, esta fachada no solo representa el esplendor del Renacimiento en Salamanca, sino que también simboliza el poder intelectual y cultural de una de las universidades más antiguas de Europa. Su diseño y decoración reflejan un complejo programa iconográfico que combina temas religiosos, políticos y heráldicos, todo ello tallado con meticuloso detalle en la característica piedra franca dorada de Villamayor.
El diseño de la fachada se organiza en tres cuerpos horizontales y cinco verticales, logrando un equilibrio perfecto entre simetría y ornamento. En el cuerpo inferior se encuentran las puertas de entrada flanqueadas por pilastras ricamente decoradas, mientras que en los cuerpos superiores destacan una serie de medallones, relieves y escudos. Uno de los elementos más destacados es el medallón central que representa a los Reyes Católicos, Fernando e Isabel, cuya presencia no solo reafirma la autoridad real sobre la institución, sino que también simboliza el apoyo de la corona al conocimiento y la educación en una España en plena expansión.
El significado iconográfico de la fachada es complejo y ha sido objeto de numerosas interpretaciones a lo largo de los siglos. Además de los motivos reales y religiosos, la decoración incluye representaciones alegóricas que reflejan los valores humanistas del Renacimiento. Figuras como Hércules y Venus aparecen junto a santos y doctores de la Iglesia, simbolizando la unión de la sabiduría clásica con la fe cristiana. Este diálogo entre lo pagano y lo sagrado es característico del pensamiento renacentista y subraya el papel de la universidad como un centro de saber que integra tradición y renovación.
El autor de esta obra maestra sigue siendo motivo de debate entre los historiadores del arte. Sin embargo, se atribuye generalmente a Juan de Talavera y a sus colaboradores, quienes trabajaron bajo la supervisión de Alonso de Covarrubias y Juan de Álava.
Casa de las Muertes
Alonso III de Fonseca llegó a ser arzobispo de Santiago de Compostela y de Toledo, y también fue el encargado de bautizar al futuro Felipe II, pero antes había sido mecenas de varios artistas, entre los que se contaba Juan de Álava. Cuando el arquitecto diseñó este palacio en pleno centro de Salamanca no se olvidó de él, y le dedicó un retrato que destaca en la fachada. El arzobispo falleció en 1534, y aunque la casa se terminó antes, hacia 1528, pareciera como si el rostro de Fonseca sea el de un cadáver.
El nombre de la Casa de las Muertes no viene sin embargo por esta apreciación, ni tampoco por las tétricas calaveras que decoran el bajo de las columnas que hay junto a los ventanales. Esta casa, en la que residió el propio Juan de Álava, recibió su nombre por la cantidad de sucesos macabros que ocurrieron entre sus paredes.
Existen varias historias que relacionan muertes con esta casa salamantina. Otras muchas se habrán contado por la ciudad en estos últimos 500 años, pero de las que tenemos testimonio más o menos seguro son las siguientes. La primera nos sitúa en el siglo XVII, en una Salamanca llena de vida y actividad, centro cultural y económico en pleno Siglo de Oro español. Los protagonistas son un caballero llamado Don Diego, famoso en la ciudad por su habilidad para escribir poemas y para conquistar mujeres, y la joven Doña Mencía, recién salida de un convento. Tras casarse felizmente e instalarse en la Casa de las Muertes, él se va a luchar en varias guerras por Europa, y ella encuentra compañía y cariño en otros hombres. Al enterarse de la traición, Don Diego vuelve a la ciudad sin avisar, y a escondidas va matando uno a uno a los amantes de su mujer. En el último enfrentamiento sale gravemente herido, y con sus últimas fuerzas acude hasta la casa a hacerle una última visita a Doña Mencía, a quien asesina con sus propias manos. A la mañana siguiente los vecinos encontraron los dos cuerpos sin vida en el salón de la Casa de las Muertes.
Una historia así sería suficiente para valer el sobrenombre que lleva el edificio, pero hubo todavía más. Los periódicos de mayo de 1835 informaban de otro terrible suceso en la misma casa. Una pudiente viuda había despedido a sus criados por ahorrarse ese dinero. Unos días después encontraron su cadáver oculto en el pozo del patio. Nunca se encontró a los responsables, pero tampoco se volvió a ver por la ciudad a los antiguos sirvientes de la señora. Debido a este último asesinato la casa quedó vacía para siempre. En los años 60 del siglo XX el palacete fue restaurado, y a día de hoy sigue a la venta, disponible para quien quiera vivir entre sus paredes manchadas de sangre por el módico precio de tres millones de euros.
Catedral Nueva: Portada Principal
La construcción de esta fachada se desarrolló a lo largo de más de un siglo, lo que permitió integrar diferentes estilos artísticos y técnicas escultóricas. En la primera mitad del siglo XVI, las primeras portadas, la occidental de los pies y la primera lateral al norte, se realizaron en estilo gótico final. Escultores como Antonio de Manilas, Gil de Ronza, y Juan de Gante contribuyeron principalmente en la decoración heráldica y una rica ornamentación vegetal y animal que adorna las arquivoltas.
La fachada principal adquirió su forma definitiva en el siglo XVII, cuando se completaron los relieves de los tímpanos y se añadieron numerosas esculturas en las hornacinas y arquivoltas. Antonio de Paz comenzó en 1635 con algunas pequeñas imágenes, y después de su muerte, Juan Rodríguez continuó en 1661 con las esculturas de San Pedro y San Pablo y los relieves del Nacimiento y la Adoración de los Magos, finalizando en 1664. Estas adiciones aportaron un dinamismo nuevo a la fachada, combinando elementos barrocos con detalles góticos anteriores.
La iconografía de la Portada Principal se centra en temas cristológicos y mariológicos, reflejando la dedicación de la catedral a la Virgen María. Los relieves del Nacimiento y la Epifanía destacan el misterio de la Encarnación, mientras que la Asunción de María subraya su importancia en la doctrina católica. Esta rica iconografía no solo refuerza la función espiritual del edificio, sino que también sirve como medio educativo para los fieles, comunicando las verdades de la fe a través del arte visual.
Catedral Nueva: Portada de Ramos
Tras completar la decoración de la Portada Principal, el escultor salmantino Juan Rodríguez recibió el encargo de esculpir el relieve de la Entrada de Jesús en Jerusalén, también conocido como el Día de Ramos, así como las estatuas de los Cuatro Evangelistas que flanquean esta portada lateral. La elección de Rodríguez para este trabajo refleja la satisfacción del cabildo con su labor anterior y su habilidad para trabajar en un estilo barroco, influenciado por la estética de Gregorio Fernández, un maestro escultor cuya fama perduró hasta la segunda mitad del siglo XVII. Este estilo se caracteriza por la representación dinámica y detallada de las figuras, con ropajes que parecen moverse con el viento, siguiendo la técnica de “paño volado” propia de Fernández. La selección de Rodríguez por parte del cabildo incluyó la exigencia de que su trabajo siguiera este estilo, demostrando la perdurable influencia de Fernández en la escultura barroca española.
La composición de la Entrada de Jesús en Jerusalén es notable por su carácter teatral y escenográfico. Juan Rodríguez ideó la escena con un decorado de fondo que incluye detalles arquitectónicos y paisajísticos, mientras que los personajes principales están organizados en dos grupos a cada lado de la portada. A la izquierda, Jesús, montado sobre una burra, encabeza la procesión cumpliendo la profecía de Zacarías sobre la llegada del Rey justo y victorioso, montado en un asno. Tras él, tres de los apóstoles —Pedro, Juan y Santiago— le siguen representando a los Doce, aunque no todos pueden estar presentes por limitaciones de espacio.
A la derecha, la población de Jerusalén se muestra emergiendo a través de un arco de medio punto. Cinco figuras masculinas, incluidos adultos y niños, reciben a Jesús con alegría y respeto. Uno de ellos, en un gesto simbólico de reverencia, se arrodilla y extiende su manto para que Jesús lo pise, reconociéndolo como el Mesías. Otros personajes levantan sus manos, que originalmente sostenían ramos en señal de bienvenida y aclamación, aunque muchos de estos ramos se han perdido con el tiempo. Esta dinámica escena capta la tensión emocional del momento descrito en los evangelios sinópticos y se ambienta en un fondo escenográfico que representa el paisaje escarpado de Betfagé y el Monte de los Olivos, con edificios que simbolizan la entrada de Jesús a Jerusalén y el Templo donde más tarde expulsará a los mercaderes.
Además de los elementos históricos y religiosos, la Portada de Ramos incluye algunas incorporaciones modernas realizadas durante la restauración de 1993. En un esfuerzo por marcar el momento histórico de esta intervención, se añadieron algunos elementos contemporáneos, como el famoso astronauta, que ahora forma parte del patrimonio escultórico de la catedral y ha suscitado tanto curiosidad como debate entre los visitantes.







