Cuando París ganó la sede de los Juegos Olímpicos de 2024, lo hizo con un discurso de sostenibilidad y regeneración urbana. El comité organizador aseguró que estos serían “los Juegos de los barrios”, una oportunidad para transformar zonas históricamente olvidadas como Seine-Saint-Denis, donde las tasas de pobreza superan la media nacional y los problemas de vivienda se acumulan desde hace décadas. La promesa era clara: los Juegos traerían empleo, infraestructuras de transporte, nuevas zonas verdes y equipamientos deportivos que permanecerían como legado para la población local.
Y en parte, es cierto. Las grúas y las tuneladoras no han parado en el noreste de París. El Grand Paris Express avanza con nuevas líneas de metro que conectarán mejor estos barrios con el resto de la ciudad, se construyen puentes peatonales, instalaciones deportivas y se han planificado miles de viviendas que, en teoría, incluirán una parte de alquiler social. El discurso oficial insiste en que París 2024 es una oportunidad para reducir desigualdades y modernizar los barrios populares, atrayendo inversión y reduciendo las brechas territoriales que arrastra la capital francesa.
Sin embargo, este relato optimista deja en la sombra el coste social de estos procesos. Las obras olímpicas han implicado expropiaciones, desalojos de vecinos en situación precaria y una presión inmobiliaria creciente que transforma la realidad del territorio antes de que se encienda la antorcha olímpica. Lo que se presenta como “renovación” puede convertirse, para muchos, en un billete de salida de sus propios barrios. Los Juegos de 2024 se convierten así en un espejo de los dilemas contemporáneos de las ciudades globales: regenerar sin expulsar, atraer inversión sin disparar los precios, modernizar sin perder a quienes ya estaban.
La gentrificación olímpica es una forma específica de transformación urbana acelerada por la llegada de un megaevento. No es una idea abstracta: ocurre cuando la organización de unos Juegos Olímpicos provoca un aumento del valor del suelo, remodela infraestructuras y atrae inversión privada, elevando los precios de la vivienda y desplazando, directa o indirectamente, a los habitantes con menores ingresos. Las ciudades compiten por brillar ante el mundo, pero esa “puesta a punto” suele dejar a muchos vecinos fuera del mapa.
En París, este proceso se está viviendo en Seine-Saint-Denis, el departamento más joven y diverso de Francia, donde el 29% de la población vive bajo el umbral de la pobreza y la vivienda social es un pilar para gran parte de sus residentes. Esta zona acogerá la Villa Olímpica y varias sedes deportivas, convirtiéndose en el epicentro de París 2024. Para el gobierno y el comité organizador, esta es una oportunidad para traer empleo, infraestructuras y una “nueva imagen” al territorio. Pero en la práctica, esa imagen se está construyendo al ritmo de desalojos, subidas de precios y presiones inmobiliarias.
Un ejemplo se encuentra en Aubervilliers, donde la construcción de una piscina olímpica implicó el desalojo de huertos comunitarios utilizados por residentes locales, muchos de ellos migrantes, que cultivaban alimentos como forma de sostener su economía doméstica y su identidad comunitaria. Las protestas vecinales consiguieron frenar parte de las obras, pero la presión inmobiliaria sobre el barrio continúa. Otro caso relevante es el de Saint-Ouen, donde se levantará una parte de la Villa Olímpica con la promesa de reconvertirla en viviendas tras los Juegos, aunque asociaciones locales denuncian que la proporción de vivienda social será insuficiente para las necesidades reales de la población.

El proceso de gentrificación olímpica no siempre se produce por expulsiones forzosas, sino también de manera indirecta. Las expectativas de revalorización del suelo llevan a propietarios a subir los alquileres o a no renovar contratos a inquilinos para alquilar posteriormente a precios más elevados. Los nuevos comercios orientados a visitantes y a clases medias-altas sustituyen a los pequeños negocios tradicionales. Todo ello genera un efecto dominó que transforma la estructura social del barrio: donde antes vivían trabajadores, familias migrantes y jóvenes precarizados, comienzan a instalarse profesionales con mayor poder adquisitivo atraídos por las nuevas conexiones de metro, las zonas verdes recién inauguradas y la mejora del entorno.
Algunos defensores de este modelo argumentan que la llegada de estos nuevos habitantes aporta dinamismo y oportunidades a los barrios. Sin embargo, la realidad es que, sin políticas de control de precios y protección del alquiler social, la regeneración urbana se convierte en una puerta de salida para quienes no pueden afrontar el aumento de costes. En este sentido, la gentrificación olímpica no solo es un efecto colateral de los Juegos, sino una consecuencia previsible de priorizar la imagen de la ciudad ante el mundo por encima de las necesidades de vivienda digna para su propia población. París sigue el patrón de otras ciudades como Londres o Río de Janeiro, donde los Juegos Olímpicos dejaron una estela de infraestructuras que no siempre beneficiaron a quienes vivían en los barrios afectados. Los estadios y equipamientos pueden ser una herencia valiosa, pero si a su alrededor se vacían las casas de quienes sostenían la vida cotidiana de esos barrios, el legado se convierte en una promesa rota.
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El efecto de los Juegos Olímpicos sobre la vivienda no es inmediato, pero en París 2024 se ha hecho notar mucho antes de que empiece la competición. Los anuncios de construcción de la Villa Olímpica, la ampliación del metro y las nuevas infraestructuras en Seine-Saint-Denis activaron una expectativa de revalorización que ha disparado los precios de venta y alquiler en los barrios populares del noreste de París. Un estudio de L’Atelier Parisien d’Urbanisme (APUR) detectó que, entre 2016 y 2023, los precios de la vivienda en zonas cercanas a las futuras instalaciones olímpicas aumentaron entre un 30% y un 40%, muy por encima de la media de otros barrios del área metropolitana. Esta subida se debe en parte al interés de inversores que anticipan que el barrio se transformará y se convertirá en un nuevo polo de atracción para profesionales y turistas tras los Juegos.
Para muchas familias de Seine-Saint-Denis, esta subida de precios significa la imposibilidad de renovar contratos de alquiler a precios asequibles o la dificultad de encontrar alternativas en el barrio si se ven obligados a mudarse por las obras. Al mismo tiempo, los nuevos proyectos residenciales prometen viviendas sociales, pero en proporciones insuficientes para cubrir las necesidades reales, mientras se priorizan viviendas de mercado libre y residencias de estudiantes con precios elevados.

En cuanto al transporte, las mejoras en la red de metro y tranvía son innegables: se están creando nuevas líneas y ampliando estaciones para facilitar el acceso a las sedes olímpicas, un avance que podría reducir desigualdades de conexión en un territorio históricamente mal comunicado. Sin embargo, este beneficio tiene una cara oculta: la mejor conectividad con el centro de París convierte a estas zonas en más atractivas para la inversión y para nuevos habitantes de clase media y alta, contribuyendo al aumento de precios de vivienda y a procesos de sustitución social. Es un fenómeno conocido como el “efecto halo” de las infraestructuras: cada parada de metro nueva puede aumentar el valor de las propiedades circundantes en varios miles de euros, mientras los habitantes originales se enfrentan a mayores dificultades para permanecer en sus hogares. Para muchas familias, la paradoja es evidente: el transporte mejora, pero vivir junto a una parada de metro se convierte en un lujo que ya no pueden permitirse.
Frente a esta realidad, se han organizado redes de resistencia vecinal y movimientos sociales que denuncian el impacto de los Juegos en la vida cotidiana de los habitantes. El colectivo Droit au logement (DAL), con décadas de experiencia en la defensa del derecho a la vivienda en Francia, ha apoyado a familias bajo amenaza de desalojo, organizando ocupaciones simbólicas y asesoría legal gratuita. Las asambleas barriales en Saint-Ouen y Saint-Denis reúnen a vecinos cada semana para compartir información sobre contratos de alquiler, estrategias de resistencia y cómo enfrentarse a subidas abusivas de precios.
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