«Dinámico», «vibrante», «trendy», «cool»… son algunos de los adjetivos que se asocian a veces a ciertos barrios. Lejos de ser meras etiquetas que acompañan a posts de Instagram o noticias de revista, estas palabras «crean» la realidad, transforman los significados de las calles, plazas y esquinas. No es un efecto inmediato -toma tiempo-, pero poco a poco esas palabras van penetrando en el imaginario colectivo y guiando patrones de consumo. Antes de que los vecinos se den cuenta, su barrio está de moda. No lo sabían, y de pronto su barrio es «vibrante» según las revistas de viajes. No se habían dado cuenta, pero su barrio es «cool». Su barrio aparece en los «vlogs» de un youtuber alemán, en los «directos» de una instagramer sueca y en el podcast de un joven influencer surcoreano.
Las palabras ya se han difundido. Ahora todos lo saben. Los de siempre y los de fuera. Viven en un barrio dinámico, y por eso no se sorprenden al ver que abren un par de sitios nuevos de comida ecológica. Viven en un barrio dinámico, y celebran que se organice ese concurso de murales urbanos en aquel solar vacío. Viven en un barrio dinámico y están emocionados al ver los primeros visitantes extranjeros pasear por sus calles. El barrio es dinámico y lleno de atractivo al parecer, así que los vecinos de toda la vida entienden que incluso algunos de esos visitantes extranjeros quieran quedarse a vivir en el piso que vendieron los hijos de la señora Marisa. Es un barrio que no tiene nada de especial, y eso precisamente es lo que lo hace auténtico para esa pareja de diseñadores irlandeses que trabajan con el portátil. Los vecinos del barrio ya se han acostumbrado a verlos con su café moca, sentados junto al gran ventanal de la nueva cafetería que abrió hace unos meses. Cuando el grupo de estudiantes de arte propuso pintar de colores los bolardos y bancos de la plaza, los vecinos de toda la vida entendieron que esa inocente acción era graciosa. Era un gusto que aquellos jóvenes dieran personalidad a un barrio que ni siquiera era el suyo. Se pasaban todas las noches conversando con cerveza artesanal en la terraza del nuevo bar, así que de alguna manera estaban haciendo suyo el barrio. Los vecinos de toda la vida estaban encantados de ver el barrio rejuvenecido, diverso, activo y vibrante.
Mientras Teresa cuelga los pantalones recién lavados observa a los turistas haciéndose fotos en las escaleras de la cuesta. Aunque ya se ha acostumbrado a la escena, Teresa sonríe pensando que, de niña, cuando jugaba con su hermano a bajar aquellas escaleras lo más rápido posible, nunca imaginó que acabarían siendo pintadas por un reconocido artista urbano y fotografiadas miles de veces al día. Nunca fue consciente de que había estado jugando en un rincón de la ciudad tan auténtico.