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  • Gentrificación informal

Conceptualizando la gentrificación informal

  • 4 septiembre, 2026
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  • Juan Pérez Ventura

Hay barrios que cambian sin desaparecer. Lugares donde no llegan inmediatamente las excavadoras, donde los residentes no son expulsados de un día para otro y donde las formas populares de habitar, trabajar o comerciar siguen presentes durante años. Sin embargo, algo profundo empieza a transformarse.

El barrio se vuelve más visible. Aparecen visitantes, nuevos negocios, pequeños inversores, relatos de autenticidad, rutas culturales, alojamientos temporales o discursos de renovación. Lo que antes se describía como problema urbano —la autoconstrucción, el comercio callejero, los mercados populares, las viviendas precarias, los talleres, los usos no reglados del espacio público o las formas ambiguas de tenencia— empieza a ser leído de otra manera. Deja de ser únicamente déficit y empieza a convertirse en valor. A ese proceso lo llamamos gentrificación informal.

La idea central es sencilla: la gentrificación informal describe procesos de revalorización urbana en los que la informalidad no desaparece de forma inmediata, sino que persiste, se administra, se estetiza, se formaliza parcialmente, se filtra o se incorpora selectivamente al nuevo valor del barrio. Su resultado principal no siempre es la expulsión directa, sino una situación más ambigua: inclusión espacial sin seguridad residencial. Es decir, los residentes, comerciantes o trabajadores populares pueden seguir físicamente en el barrio, pero con menor capacidad real de permanecer.

La ciudad, en estos casos, no borra necesariamente lo informal. A veces lo incorpora. Lo vuelve atractivo, rentable, visitable o consumible. Pero esa incorporación no siempre protege a quienes produjeron esa vida barrial. Ahí aparece la paradoja que resume el concepto: la ciudad puede incluir lo informal sin proteger a quienes lo sostienen.

No es simplemente gentrificación en barrios informales

Conviene aclararlo desde el principio: la gentrificación informal no significa simplemente “gentrificación en un barrio informal”. Tampoco equivale a cualquier mejora urbana, ni a cualquier proceso de turistificación, ni a la mera llegada de nuevos cafés, visitantes o residentes. El concepto intenta nombrar algo más preciso: una forma de revalorización urbana que opera a través de la informalidad, no necesariamente contra ella.

En los modelos más clásicos de gentrificación solemos imaginar un proceso relativamente reconocible: un barrio popular pierde población residente, llegan nuevos grupos de mayor renta, suben los precios, cambia el comercio, se rehabilitan viviendas y se transforma la imagen del lugar. Ese esquema sigue siendo útil para muchos casos, pero resulta insuficiente en contextos donde la vivienda, el comercio, el trabajo y el acceso al suelo no están plenamente formalizados.

En muchas ciudades del Sur Global —aunque no solo allí— la informalidad no es una anomalía. Es parte estructural de la vida urbana. Hay títulos incompletos, ocupaciones toleradas, alquileres no regulados, autoconstrucción, mercados callejeros, economías familiares, permisos ambiguos, redes comunitarias y formas parciales de reconocimiento estatal. En esos contextos, la gentrificación no siempre se presenta como sustitución limpia entre una población y otra. Puede aparecer como reorganización gradual, ambigua y selectiva del barrio.

Por eso la pregunta no es solo «¿hay expulsión directa?» sino también «¿qué ocurre cuando el barrio se revaloriza, pero quienes lo sostienen pierden seguridad, autonomía y capacidad de permanecer?

La informalidad no desaparece: cambia de función

Uno de los rasgos principales de la gentrificación informal es que la informalidad permanece. Pero no permanece igual.

Un mercado popular puede seguir funcionando, pero ahora integrado en rutas gastronómicas o turísticas. Una calle antes estigmatizada puede convertirse en escenario fotográfico. La comida callejera puede pasar de ser vista como desorden a ser vendida como experiencia local. Un barrio autoconstruido puede empezar a ser presentado como auténtico, creativo o “por descubrir”. Los grafitis, los talleres, la música, las vistas, la densidad social o la vida de calle pueden transformarse en marca urbana. La informalidad, entonces, deja de ser solamente aquello que debe ser corregido. Empieza a funcionar como recurso cultural, económico e inmobiliario.

Pero esa valorización es selectiva. No toda la informalidad interesa. Se conserva la que puede convertirse en paisaje, autenticidad o consumo; se reprime la que resulta incómoda, conflictiva o poco rentable. Un mural decorativo puede ser protegido, mientras una pintada política es borrada. Un puesto de comida “pintoresco” puede ser tolerado, mientras un vendedor de subsistencia es perseguido. Un mercado popular puede ser celebrado como patrimonio, mientras sus trabajadores pierden estabilidad o capacidad de decisión.

La pregunta central deja de ser si la informalidad desaparece o no. La pregunta es otra: qué informalidad permanece, bajo qué condiciones y al servicio de quién.

El desplazamiento no siempre empieza con una mudanza

Uno de los mayores problemas al estudiar la gentrificación informal es que sus efectos no siempre son visibles de inmediato. Si no hay desalojos masivos, si muchas familias siguen en el barrio, si el mercado continúa abierto o si algunos comercios populares permanecen, puede parecer que no hay gentrificación. Pero la permanencia física no siempre significa permanencia real.

Una familia puede seguir viviendo en el barrio, pero con más inseguridad sobre su vivienda. Un comerciante puede continuar trabajando, pero con más costes, más controles o menos clientela local. Un joven puede sentirse parte del barrio, pero no tener ninguna posibilidad de independizarse allí. Un mercado puede seguir funcionando, pero orientado cada vez más al visitante que al vecino. Una cultura barrial puede ser celebrada, mientras quienes la producen pierden poder sobre su propio espacio.

Por eso, en la gentrificación informal el desplazamiento puede ser lento, indirecto y difícil de registrar. No siempre aparece como salida física. Puede aparecer como pérdida de redes, de autonomía, de viabilidad cotidiana y de futuro. Dicho de forma simple: la gentrificación informal no siempre expulsa primero a los residentes actuales; a menudo expulsa primero a su futuro.

No toda mejora urbana es gentrificación informal

Este punto es fundamental. El concepto no sirve para decir que toda intervención en un barrio popular o informal sea negativa. Mejorar infraestructuras, viviendas, servicios, equipamientos o espacios públicos puede ser necesario y justo. La cuestión no es si el barrio mejora. La cuestión es quién puede permanecer después de la mejora.

Si una intervención mejora el barrio, estabiliza costes, protege la tenencia, conserva redes sociales, garantiza continuidad comercial y refuerza la capacidad de los residentes para permanecer, no estamos ante gentrificación informal. Podemos hablar de mejora urbana con justicia espacial.

Pero si una intervención embellece, visibiliza, formaliza o revaloriza el barrio sin proteger a quienes lo habitan y lo sostienen, entonces puede abrir la puerta a la gentrificación informal.

La mejora urbana no es automáticamente justicia urbana. Puede producir valor sin producir derechos. Puede hacer más atractivo un barrio y, al mismo tiempo, hacerlo menos habitable para quienes lo hicieron posible.

Por qué necesitamos este concepto

La gentrificación informal permite nombrar procesos que quedan a medio camino entre categorías ya conocidas. No es simplemente slum upgrading. No es solo turistificación. No es renovación urbana clásica. No es solo informalidad persistente. Tampoco es una variante menor de la gentrificación tradicional. Su utilidad está en desplazar la mirada desde el tipo de barrio hacia el mecanismo de transformación.

No importa únicamente si hablamos de una favela, una medina, una colonia popular, una urban village, un kampung, una vecindad, un mercado tradicional o un barrio popular con economías informales. Lo decisivo es si la revalorización urbana opera mediante la persistencia, gestión o incorporación selectiva de la informalidad.

El concepto también permite comparar ciudades del Norte y del Sur Global sin reducir el Sur a una excepción ni convertir el Norte en modelo universal. La informalidad puede ser más visible y estructural en muchas ciudades del Sur, pero también aparece en enclaves informalizados del Norte: alquileres no regulados, economías migrantes, comercio callejero, ocupaciones, infravivienda, plataformas opacas, talleres, habitaciones subdivididas o usos no reglados del espacio urbano. La gentrificación informal ayuda a pensar esas conexiones sin borrar las diferencias.

La gentrificación informal se produce cuando la informalidad no es eliminada, sino incorporada al nuevo valor del barrio, mientras quienes la producen pierden capacidad real de permanecer. Esa es su clave. No se trata solo de que lleguen turistas, cafés, inversores o nuevos residentes. No se trata solo de que el barrio se vuelva más visible o más atractivo. No se trata solo de que haya mejora urbana.

Se trata de una paradoja más profunda: la informalidad produce valor; otros lo capturan; quienes la sostienen pierden capacidad de permanecer. Por eso necesitamos este concepto. Porque la ciudad no siempre expulsa borrando. A veces expulsa incorporando.

Juan Pérez Ventura

Juan Pérez Ventura es profesor por las mañanas y divulgador por las tardes. Le interesa todo. Absolutamente todo. En 2012 fundó la página web 'El orden mundial en el S.XXI', el medio de análisis internacional más leído en español. En 2023 publicó el libro 'Música y cine, año a año', una obra única que repasa de manera anual la historia de la música y el cine. En 2025 publicó el libro 'VENTURA: 100 artículos de divulgación multidisciplinar', un compendio que celebra sus 15 años como divulgador. Actualmente prepara una tesis doctoral sobre geografía urbana.

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