Hay debates académicos que no enfrentan dos posiciones opuestas, sino dos formas distintas de afinar una misma pregunta. El intercambio entre Jamie Peck y Katharyne Mitchell en Urban Geography pertenece a esa categoría. Peck publica en 2006 “Liberating the City: Between New York and New Orleans”, un artículo ambicioso sobre la fabricación ideológica de la ciudad neoliberal. Mitchell responde en el mismo número con “‘Liberating the City’—A Response”, un texto breve pero incisivo que acepta la fuerza del diagnóstico de Peck, aunque le exige mayor atención a la contingencia, la gubernamentalidad y la raza. La disputa, por tanto, no consiste en decidir si existe o no neoliberalismo urbano, sino en cómo debemos estudiarlo: como proyecto ideológico eficaz, como racionalidad de gobierno, como formación racializada, como maquinaria política o como proceso siempre incompleto y disputado.
El artículo de Peck parte de una idea fundamental: la ciudad neoliberal no aparece de forma espontánea. No es simplemente el resultado natural de la expansión del mercado, ni una consecuencia automática de la crisis fiscal del Estado. Es una construcción política, discursiva e institucional. Para demostrarlo, Peck analiza el papel de la nueva derecha urbana estadounidense y de think tanks conservadores como el Manhattan Institute, la Heritage Foundation, el American Enterprise Institute o el Cato Institute. Estos actores no se limitan a comentar la realidad urbana; producen diagnósticos, fabrican marcos interpretativos, definen enemigos, elaboran soluciones y transforman ideas de mercado en sentido común urbano. Su papel consiste, precisamente, en convertir intelecto en influencia.
La comparación que propone Peck se apoya en dos momentos de crisis: Nueva York después de la crisis fiscal de 1975 y Nueva Orleans tras el huracán Katrina en 2005. En ambos casos, la crisis permite reescribir el problema urbano. Nueva York deja de ser interpretada como víctima de la desindustrialización, la desigualdad o la desinversión, y pasa a ser narrada como ciudad ingobernable, atrapada por el gasto público, el welfare, los sindicatos, la burocracia y la dependencia social. Nueva Orleans, tras Katrina, es presentada por ciertos discursos conservadores como ciudad fallida antes incluso del desastre: corrupta, violenta, dependiente, incapaz de gobernarse y moralmente deteriorada. En ambos casos, la ciudad es producida como problema antes de ser intervenida como oportunidad.
Ahí está la potencia del texto de Peck para una investigación sobre gentrificación. La revalorización urbana no comienza únicamente cuando llega el capital inmobiliario, cuando suben los alquileres o cuando aparecen cafeterías de especialidad. Comienza antes, en la producción simbólica de la crisis. Un barrio, una ciudad o una población son descritos como desordenados, improductivos, peligrosos, dependientes, atrasados o inviables. Esa desvalorización discursiva abre el camino a la revalorización material. Primero se declara que el espacio ha fracasado; después se presentan el mercado, la seguridad, la privatización, la disciplina fiscal y la atracción de clases medias como soluciones necesarias.
En Nueva York, el programa urbano descrito por Peck se articula en torno a varios elementos: workfare en lugar de welfare, policía de “ventanas rotas”, tolerancia cero, reducción de impuestos, desregulación inmobiliaria, privatización de servicios, elección escolar y restauración del orden urbano. Lo importante es que estas políticas no aparecen como piezas aisladas, sino como parte de una filosofía práctica de gobierno. La ciudad debe ser recuperada para los negocios, los contribuyentes, los turistas, las clases medias y los sujetos considerados responsables. Frente a ellos, los pobres urbanos son moralizados, disciplinados o criminalizados. Es aquí donde Peck conecta con la tradición de la ciudad revanchista de Neil Smith: la ciudad neoliberal no solo liberaliza mercados; también castiga, ordena, vigila y selecciona.
El caso de Nueva Orleans radicaliza esa lectura. Tras Katrina, Peck observa que la respuesta material del Estado fue lenta, pero la respuesta ideológica fue rapidísima. Mientras la administración federal mostraba incompetencia y abandono, los think tanks conservadores comenzaron a producir un relato sobre la reconstrucción. El desastre fue convertido en oportunidad para aplicar una agenda de mercado: zonas de oportunidad, reducción regulatoria, incentivos fiscales, vouchers, externalización, organizaciones religiosas, contención del gasto y responsabilidad individual. La reconstrucción de Nueva Orleans aparece así como una suerte de “ajuste estructural de primer mundo”: una política de shock aplicada a una ciudad debilitada por una catástrofe, pero interpretada desde marcos ideológicos previamente elaborados.
Mitchell acepta buena parte de este diagnóstico, pero introduce una advertencia decisiva: si insistimos demasiado en la fuerza del neoliberalismo, corremos el riesgo de convertirlo en una trayectoria demasiado coherente, demasiado total y demasiado inevitable. Su respuesta no niega a Peck; lo complica. Mitchell reconoce que el artículo se aleja de explicaciones puramente estructuralistas y que presta atención a ideas, actores, instituciones y discursos. Sin embargo, sostiene que, pese a esa sensibilidad, el texto conserva la impresión de una gran “Trayectoria Neoliberal” que avanza con fuerza casi inexorable desde Nueva York hacia Nueva Orleans.
- La primera crítica de Mitchell es, por tanto, una crítica contra la reificación. El neoliberalismo existe, pero no debe convertirse en un sujeto histórico omnipotente. Sus efectos son contingentes, situados, desiguales y a veces transitorios. En Nueva York, por ejemplo, Mitchell recuerda que la influencia del Manhattan Institute no fue constante ni siempre dominante: tuvo momentos de gran capacidad política, especialmente durante Giuliani, pero también encontró límites, interrupciones y reconfiguraciones. Convertir cada política urbana en prueba de una trayectoria neoliberal puede hacernos perder de vista esas discontinuidades. Para una tesis comparativa, este aviso es fundamental: no basta con detectar neoliberalismo; hay que estudiar cómo se concreta, con qué actores, en qué coyunturas y con qué resistencias.
- La segunda crítica de Mitchell desplaza el debate hacia la gubernamentalidad. Peck analiza cómo las ideas pasan a las políticas: de los think tanks a los programas de gobierno, de la crisis al workfare, de la teoría de “ventanas rotas” a la policía urbana. Mitchell propone añadir otra pregunta: ¿cómo esas políticas producen sujetos? El neoliberalismo no solo gobierna mediante leyes, presupuestos o planes urbanos; también gobierna mediante mentalidades. Produce individuos que se entienden a sí mismos como libres, responsables, calculadores, obligados a elegir y a maximizar sus oportunidades. La ciudad neoliberal no solo transforma instituciones; transforma formas de vida. Este punto es especialmente fértil para pensar la gentrificación. El residente que acepta la subida del valor de su vivienda como recompensa individual, el propietario que convierte su piso en activo turístico, el vecino que demanda más vigilancia en nombre de la seguridad, el comerciante que adapta su negocio al consumo de nuevas clases medias o el joven profesional que interpreta el desplazamiento como renovación natural son figuras de una subjetividad urbana neoliberal. La gentrificación no se impone únicamente desde arriba; también se normaliza en prácticas, deseos, expectativas y formas cotidianas de autogobierno.
- La tercera crítica de Mitchell introduce la cuestión racial. Para ella, Peck muestra la articulación entre neoliberalismo y neoconservadurismo, pero no coloca suficientemente en el centro el papel de la raza. En Nueva York y, sobre todo, en Nueva Orleans, las narrativas sobre crimen, caos, corrupción, dependencia o irresponsabilidad no son neutras: están racializadas. Mitchell señala que el mercado puede presentarse como fuerza limpia, eficiente y aparentemente no racista precisamente porque previamente ciertos grupos han sido construidos como problema. La raza funciona entonces como pegamento del bloque neoliberal-conservador: permite moralizar la pobreza y presentar la intervención de mercado como solución objetiva.
Pero Mitchell añade un matiz brillante: la raza no solo sostiene la hegemonía; también puede fracturarla. En los primeros días de Katrina, las imágenes de abandono, sufrimiento y desigualdad fueron tan evidentes que chocaron con los relatos habituales sobre pereza, dependencia o mala gestión. Por un momento, el relato se rompió. Esa ruptura no duró mucho, pero mostró que la hegemonía neoliberal no es invulnerable. Sus narrativas pueden fallar cuando la experiencia social contradice de forma demasiado visible la ficción moral que las sostiene.
Para nuestra tesis, el diálogo entre Peck y Mitchell es especialmente útil porque evita dos errores simétricos. El primero sería reducir la gentrificación a una lógica económica: llega el capital, suben los precios, se desplaza población. Peck nos obliga a mirar la infraestructura ideológica de ese proceso: los discursos de crisis, los expertos, los think tanks, las políticas móviles, la seguridad, la responsabilidad individual y la fabricación del sentido común urbano. El segundo error sería convertir el neoliberalismo en explicación total. Mitchell nos recuerda que toda hegemonía tiene grietas: hay contingencias, sujetos, resistencias, escalas, racializaciones y contradicciones.
La síntesis más productiva del debate podría formularse así:
Peck muestra cómo se fabrica la ciudad neoliberal; Mitchell pregunta cómo esa fabricación se vuelve gobierno de los sujetos, cómo se racializa y dónde se rompe.
Juntos permiten pensar la gentrificación no solo como transformación material del suelo urbano, sino como producción de crisis, sujetos problemáticos, soluciones inevitables y futuros urbanos excluyentes. La ciudad neoliberal no cae del cielo. Se escribe, se financia, se predica, se traduce en políticas, se normaliza en cuerpos y prácticas. Pero también se discute, se fractura y, a veces, se desobedece.

