Como te habían dicho los aldeanos, tras una hora atravesando el bosque los árboles se abren dejando al aire un claro de hierba seca. Las últimas luces del día dan a aquella pradera muerta un toque de fuego. En el centro del claro, un agujero rodeado de piedras se hunde en la tierra. De pronto tres cuervos salen volando hacia el cielo y recuerdas tu cometido: tienes que adentrarte en las profundidades. Te acercas al hoyo y ves la escalera de madera de la que te habían hablado en el pueblo. Debes bajar para continuar, aunque te han advertido de que no es una buena idea.
Decides concentrarte en tu objetivo y no pensar en los peligros que acechan en la oscuridad. Te aseguras de que la mochila esté bien sujeta a tus hombros y comienzas a descender por la escalera. Está fría y resbaladiza. Pierdes la cuenta de cuántos escalones pisas hasta llegar al fondo, y una vez allí saltas sobre un charco. Hace tiempo que el musgo domina ese lugar. Te parece escuchar algo a lo lejos, como un murmullo que te invita a caminar. Decidido, utilizas dos piedras para hacer saltar la chispa que enciende tu antorcha y comienzas a avanzar por la caverna bajo el goteo de la humedad. No vas solo: empuñas por el mango la espada de tu padre, que cuelga de tu cinto, y en la mochila llevas el libro que te dio una vieja en la aldea. Todavía no lo sabes, pero es un grimorio que te ayudará a esquivar y superar a los Demonios con los que te encuentres. Porque te vas a encontrar con Demonios. Te diriges al Infierno.
Durante la Edad Media y el Renacimiento tuvieron mucha fama los grimorios, libros de magia en los que se recopilaban rituales, conjuros y fórmulas para invocar seres sobrenaturales o manipular energías místicas. Aunque la palabra grimorio proviene del término francés grimoire, que significa «libro de gramática» o «libro de conocimiento», con el tiempo se ha asociado principalmente con textos de carácter mágico. Un grimorio contiene conocimientos esotéricos, entre los que se incluyen conjuros y hechizos que proporcionan instrucciones detalladas para realizar encantamientos, ofrecer protección mágica o influir en la realidad. Además, incluyen rituales de invocación de espíritus o entidades, como ángeles, demonios o seres elementales. A menudo incorporan también tablas astrológicas, símbolos místicos y sellos necesarios para las prácticas mágicas, así como pautas para crear talismanes y amuletos, objetos mágicos que se utilizaban para atraer suerte o brindar protección. También ofrecen recetas de herbolaria y pociones, utilizadas tanto para curar como para envenenar, junto con el uso de hierbas con propiedades mágicas.
Grimorios se escribieron muchos entre los siglos XII y XVI: el Libro de San Cipriano, el Heptamerón, el Libro de Abramelin, el Libro de Picatrix, el Arbatel de Magia Veterum o la Clave de Salomón. En esta ocasión, vamos a guiarnos por los siguientes: el Grand Grimoire (anónimo, 1521) y el Livre des Esperitz (anónimo, S.XV). El primero, conocido también como Le Dragon Rouge, se publicó en Francia y está dividido en dos libros: el Primer Libro incluye una lista describiendo los principales demonios e indicando cómo invocarlos y el Segundo Libro proporciona una guía para realizar hechizos y rituales de protección. Le Dragon Rouge ganó popularidad en Europa por detallar el proceso para hacer un pacto con el Diablo. El Livre des Esperitz no incluye conjuros, invocaciones o hechizos para convocar espíritus, pero sí presenta una detallada lista de hasta 46 demonios mayores, con sus nombres, características, rangos y ejércitos. Pese a su importancia histórica en la demonología, el Livre des Esperitz no cuenta hoy en día con tanta fama como las dos obras a las que inspiró: De Praestigiis Daemonum (Johann Weyer, 1563) y La llave menor de Salomón (anónimo, S.XVII), que también nos interesa conocer para nuestro viaje.

Weyer, médico y discípulo del famoso ocultista Paracelso, escribió su obra no como un grimorio estrictamente dicho (pues no se interesa por la invocación de espíritus), sino como un catálogo de demonios en el que describe sus características y poderes. Siguiendo la jerarquía del Livre des Esperitz, Weyer menciona hasta 69 demonios, que detalla en un apartado titulado Pseudomonarchia daemonum y que se distribuyó a partir de 1577 de manera independiente del propio De Praestigiis Daemonum.
Por su parte, La llave menor de Salomón (anónimo, S.XVII), también conocido como Lemegeton Clavicula Salomonis o simplemente Lemegeton, es un grimorio dividido en cinco secciones: Ars Goetia, Ars Theurgia, Ars Paulina, Ars Almadel y Ars Notoria. La más interesante para el campo de la demonología es el Ars Goetia (mientras que para la angeología (el estudio de los ángeles) es muy útil el Ars Paulina), que contiene información detallada sobre 72 demonios mayores.
El nombre Lemegeton Clavicula Salomonis hace referencia a la influencia que otro grimorio del S.XIV tuvo sobre éste libro: el Clavicula Salomonis, en el que se detallan conjuros, exorcismos y hechizos. No se deben confundir: aunque tanto el Clavicula Salomonis (S. XIV) como el Lemegeton Clavicula Salomonis (S. XVII) están atribuidos al personaje bíblico del Rey Salomón y tienen un título parecido son en realidad dos grimorios de diferente contenido: el primero se centra en la magia blanca (rituales para purificación, salud y éxito, invocación de ángeles, fabricación de herramientas mágicas como varitas o pentáculos, dibujo de círculos mágicos…) y el Lemegeton se interesa por la magia negra (invocación y control de demonios con fines más oscuros). Es este el que llevas en tu mochila, el libro que te dio aquella abuela en la aldea.
De pronto el aire se vuelve más pesado. Pareciera que hay una multitud respirando. Sin embargo solo estás tú en la caverna. Sigues pisando charcos de barro con cuidado de no tropezar. La antorcha no ilumina lo suficiente como para adivinar qué te aguarda en el siguiente paso. Sin duda la temperatura está subiendo. La humedad y el goteo desaparecen y comienzas a escuchar el rugido de un ser que respira con dificultad. «Debe ser una bestia gigante» piensas al analizar el sonido, y desenvainas la espada de tu padre.
El túnel da un giro hacia la izquierda y entonces ves la horrorosa escena, casi indescriptible: una enorme mandíbula que ocupa toda la cueva se mantiene abierta tratando de respirar y expulsando babas y aliento cálido. Su lengua bífida serpentea acariciando los afilados dientes amarillentos y los dos ojos que miran al techo desde los laterales de la boca parecen ignorar que te encuentras ahí. El horrendo monstruo de boca gigante no se ha fijado todavía en ti. La Boca permanece abierta todo el rato, y así parece llevar siglos. No hay riesgo de ser devorado por ella. Es más: todo indica que debes adentrarte en ella para seguir tu camino, pues no hay más pasadizos en esa caverna. Te fijas bien a través de los dientes y descubres que efectivamente se divisa un nuevo horizonte allá al fondo. Armándote de valor, das el primer paso hacia la Boca.
Antes de abandonar el suelo de tierra te fijas en que alguien ha dejado escrito algo en la pared rocosa. Te acercas y despejas el musgo para leer «Abandonad toda esperanza, quienes aquí entráis». Un escalofrío recorre tu espina dorsal, pero la curiosidad es más fuerte que el miedo. Niegas con la cabeza, contienes la respiración para evitar el hedor, y pones un pie dentro de la babeante Boca. Sin pensarlo si quiera y casi con los ojos cerrados caminas y caminas hasta que el sonido de la respiración se pierde tras de ti. Abres los ojos y te sorprende una luz grisácea que anuncia el final de la cueva.
Terminas por fin la oscuridad y dejas la antorcha apoyada en la pared de la caverna. Ante ti se extiende un paisaje no terrenal, una tierra baldía recorrida por rocas afiladas. El cielo no se distingue, solo una infinita nube gris. A lo lejos te aparece adivinar criaturas que nunca habías visto, hay lagos de agua negra donde descansan abominables monstruos mitad pez mitad anfibio. Has dejado atrás el mundo de los humanos. Ya estás en el Infierno.

Geografía del Infierno

El Infierno es uno de los «lugares» más famosos, no solo en la historia y cultura occidentales, sino para tradiciones de todos los rincones del mundo. Prácticamente todas las religiones, desde las mesopotámicas y egipcias hasta las americanas y las del Pacífico, incluyen en sus leyendas un lugar así. Un lugar donde reina el Mal, un lugar donde solo hay dolor, sufrimiento y pena.
Quizás el infierno más popular sea el Inframundo de la mitología griega, ese gobernado por Hades, con lugares ya famosos como el río Estigia y personajes como Cancerbero o Caronte. También el Helheimr, el infierno de la mitología nórdica, es popular por el interés que en Occidente siempre despierta la cultura vikinga. En todo caso el Infierno cristiano es el lugar en el que nos movemos ahora, una «desolación vasta y salvaje» según la descripción que hace John Milton en El Paraíso Perdido (1667), un mundo de oscuridad y llamas. Un mundo de dolor para los pecadores, como relata el Apocalipsis de Pedro, texto apócrifo redactado en el siglo II d.C. y que explica que en el Infierno «los blasfemos son colgados de sus lenguas, los asesinos son mordidos sin cesar por serpientes venenosas y gusanos carnívoros, los avaros ricos visten harapos y son atravesados por una columna de fuego». Un panorama nada atractivo y por todos conocido en el mundo cristiano, gracias a dos mil años de dominio cultural y moral de la Iglesia. Sin embargo, pese a conocer cómo sería la vida en el Infierno, poco sabemos de sus características físicas, de su geografía.
Vamos a ayudarnos precisamente de las descripciones que del Infierno cristiano hicieron dos poetas: el propio inglés John Milton (1608-1674) y el italiano Dante Alighieri (1265-1321), autores de dos épicos poemas que, a la postre, se convertirían en perfectas guías para conocer (para imaginar) el Infierno: La Divina Comedia (Dante, 1308) y El Paraíso Perdido (Milton, 1667). En ambas obras se detallan las características del Infierno, y a través de ellas podemos hacer algo así como un estudio geográfico de este mundo infernal, que tiene sus ríos, lagos, montañas, llanuras, regiones e incluso ciudades.
Para comenzar, la puerta de entrada. Porque el Infierno tiene una puerta de entrada. No es un mundo fácilmente accesible para los vivos. Una vez mueres sí es más fácil llegar hasta él (si has sido un pecador), pero si sigues vivo no te será sencillo encontrar la entrada. Cuando lo hagas quizás te horrorices y decidas volver por donde has venido, porque la entrada del Infierno no es otra cosa que la enorme boca de un monstruo gigante. Bien abierta, mostrando sus afilados dientes, la Boca del Infierno da la bienvenida a todos, no se cierra al paso de nadie. Así imaginaban en la Edad Media la entrada al Infierno. En el teatro medieval podía incluso verse representada, a través de un sistema de poleas y cuerdas que permitía abrirla y cerrarla para asombro y horror de los espectadores. En el arte cristiano esta Boca apareció primero en Inglaterra (Hellmouth), y fue una imagen que se popularizó en el resto de Europa. Una vez atravesada la Boca del Infierno, entramos en los dominios de Satanás.
Aunque es mucho más elaborada la cartografía dantesca que la miltoniana, en El Paraíso Perdido podemos hacernos una idea de las características del Infierno. Tras atravesar la Boca, el viajero se encontraría con una vasta extensión congelada, un continente de hielo conocido como Sobor. Tras un día de caminata el cielo se cubriría de una densa niebla: habríamos llegado a la Nube de Bruma.
Una vez superada esa capa de neblina gris nos recibiría el Desierto Reseco, dominador de la geografía del Infierno. Este desierto no tiene ni tan siquiera arena amarilla: es una interminable llanura de piedra negra agrietada, de la que emanan gases y humos tóxicos y por la que vagan muertos, demonios y criaturas abominables. Según el Libro de Isaías el Desierto Reseco se convertirá en un gran lago de agua fresca y limpia cuando las fuerzas del Bien venzan al Mal (Is. 35:7). En el centro del desierto aparece el Lago de Fuego, núcleo del Infierno y fuente de dolor.

En el Libro del Apocalipsis hasta cinco versículos mencionan un lago de fuego, llamado en griego antiguo λίμνη τοῦ πυρός (limne tou pyros). Según El Paraíso Perdido de John Milton esta masa de magma y azufre se encuentra en el centro del Infierno, y en él desembocan cuatro ríos. Milton se deja influir por la mitología griega y también por la Divina Comedia para dotar de «personalidad» e historia a cada uno de ellos. El río Aqueronte (Acheron) es el río del dolor. En la mitología griega, el Aqueronte es uno de los ríos que fluyen en el Inframundo, y es considerado el río del infortunio y la tristeza. Por su parte el río Cocito (Cocytus) es el río de los lamentos. Este río también tiene sus raíces en la mitología griega, donde se describe como un afluente del Aqueronte, lleno de las lágrimas de los condenados.
El río Estigia (Styx) es el río del odio. El Estigia es uno de los ríos más conocidos del Inframundo griego, famoso por ser el río que los dioses juran y es un símbolo de lo inquebrantable. En El Paraíso Perdido, mantiene su carácter siniestro y solemne. Y finalmente el río Flegetonte (Phlegethon), el río de fuego. Este río es descrito en la mitología clásica como un torrente de llamas y lava que rodea el Tártaro, el lugar más profundo del Hades.
La geografía miltoniana incluye también una ciudad, Pandemonium, construida a orillas del Lago de Fuego, que sirve como capital del Infierno. Pandemonium cuenta con altas murallas y está protegida por el magma del Lago. En su interior los principales demonios mayores tienen sus palacios, y también se encuentra el edificio del Consejo Infernal, donde se reúnen éstos demonios para discutir sobre el gobierno del Infierno, y donde Satanás tiene su asiento privilegiado como Emperador.
Ahora sí, echando un vistazo a la cartografía de Dante Alighieri podemos ver que el autor italiano propuso un Infierno concebido como un embudo que se abre en la superficie y se estrecha hacia el centro de la Tierra. En su viaje ficticio, guiado por el poeta Virgilio, Dante desciende a través de los nueve círculos, cada uno dedicado a un tipo de pecado y donde los castigos se intensifican a medida que se acercan al núcleo del Infierno. La geografía de este Infierno y sus círculos ofrece una cartografía moral, en la cual Dante examina la naturaleza humana y sus fallas, desde el apetito desmedido y la ira, hasta la traición y la deshonestidad.
La geografía de la Comedia menciona otras localizaciones como el Lago Cocito, una vasta extensión de hielo en cuyo centro se encuentra el propio Satanás, el Bosque de los Suicidas, un lugar donde los pecadores son castigados transformándose en arbustos o árboles que pueden sentir dolor, el Pozo de los Gigantes, donde están encadenados gigantes y titanes que intentaron rebelarse contra los dioses, o la ciudad de Dis, una ciudad fortificada y custodiada por demonios. Con un nombre que recuerda al dios romano Dis Pater, esta urbe está rodeada de muros de hierro candente y llena de tumbas en llamas. A través de Dis (o Dite en castellano) Dante representa una versión infernal de las ciudades humanas, como si fuese una parodia macabra de las metrópolis del mundo terrenal.
El libro que te dio la abuela de la aldea no incluye el título en su cubierta, que es de una elegante seda roja. Es al abrirlo cuando descubre su personalidad y profundidad. Se titula Lemegeton Clavicula Salomonis. Ojeas la sección Ars Paulina, que habla sobre los ángeles, y te parece que no habría sido una mala idea contar con la compañía de algún soldado angelical como Remiel, Umabel o, por qué no, el propio Miguel, el más poderoso de todos los arcángeles. Luego repasas el Ars Goetia, donde comienzas a leer sobre la clasificación de los demonios. Al parecer hay toda una jerarquía infernal, y existen rangos para los demonios. Hay reyes, príncipes, duques, condes… Desconocías que el Infierno estuviera organizado y gestionado de esa manera tan… terrenal.
Sin darte cuenta la vasta llanura de roca gris ha dado paso a un bosque de árboles negros que retuercen sus ramas doblándose sobre el camino. Pareciera que quisieran tocar el suelo. Te parece incluso distinguir rostros en sus troncos. Sigues ojeando el Lemegeton haciendo caso omiso a los graznidos que surgen del interior del bosque. En esta edición que ahora tienes en las manos aparecen anotaciones en los márgenes de las páginas. En una nota añadida por el editor se dice que el autor original del libro es el Rey Salomón. No te parece muy creíble, teniendo en cuenta que aquel personaje bíblico vivió hace más de mil años, pero lees una interesante historia: el arcángel Miguel le regaló un anillo mágico con el que Salomón sometió a varios demonios del Infierno, esclavizándoles para construir el Templo de Jerusalén.
La lectura del Lemegeton te lleva a conocer mejor la historia y organización de los demonios. Estás fascinado por toda la información que contiene. Quieres seguir pasando hojas cuando una sombra te distrae. Detienes tus pasos y miras al frente. Una monstruosa criatura te está mirando. Aparenta ser una araña gigante, pero sobre su espalda descansan tres cabezas: la de un gato, un humano y un sapo. La criatura es tan grande que casi se choca con las copas de los árboles negros. Estás paralizado por la horrorosa visión.
– Soy Bael, Primer Rey del Infierno -dice con voz de ultratumba-. ¿Quién eres tú?

Jerarquía de los demonios
Uno de los primeros en proponer una clasificación de los demonios fue el historiador bizantino Miguel Pselo, nacido en Constantinopla en el año 1018. En su De operatione dæmonum preparó una taxonomía basada en el hábitat de cada demonio, distinguiendo así seis tipos de criaturas: lelirium (viven en el fuego), aërial (viven en el aire), aqueous (en el agua), terrestrial (en la Tierra), subterranean (viven bajo tierra) y lucifugous (viven en las oscuridades). Por su parte el clérigo español Alonso de Espina (1412-1462) distinguió varios tipos de criaturas en función de su comportamiento y naturaleza. De su clasificación destacan los conceptos de demonios íncubos (aquellos que se posan sobre las mujeres por la noche para mantener relaciones sexuales) y demonios súcubos (aquellos que adoptan la forma de mujeres para seducir a los hombres). Sin embargo los trabajos de Miguel Pselo y Alonso de Espina no sirven para hacernos una idea de la jerarquía e importancia de los grandes demonios.
En el Grand Grimoire de 1521 se destacan nueve demonios principales, que sobresalen por encima de los demás. Satanás, Belcebú y Astaroth son los tres miembros del Gobierno del Infierno, los verdaderos gobernantes de este mundo de llamas y sufrimiento. Tras ellos están Satanachia, Agaliarept, Fleurety, Lucifuge Rofocale, Sargatanas y Nebiros. El Grand Grimoire les asigna a cada uno los nueve un rango, desde Emperador (Satanás) hasta Mariscal (Nebiros), pasando por Príncipe, Gran Duque, Primer Ministro, Comandante en Jefe, General, Teniente General y Brigada, al más puro estilo militar. En 1533 Heinrich Cornelius Agrippa propuso otra clasificación en sus Tres Libros de Filosofía Oculta.
En 1563 el ocultista holandés Johann Weyer publicó uno de nuestros libros de cabecera para embarcarnos en este viaje infernal: De praestigiis daemonum. Lo que más nos interesa de este grimorio es el interesante apéndice Pseudomonarchia daemonum, donde Weyer describe y lista de manera jerárquica hasta 69 demonios, diferenciando entre Reyes, Duques, Presidentes, Condes, Marqueses… Una clasificación que procede del mencionado Livre des Esperitz y que recoge también La llave menor de Salomón. Estos dos últimos textos son anónimos, pero clave como manuales de demonología.
En 1589, el sacerdote alemán Peter Binsfeld publicó Treatise on Confessions by Evildoers and Witches, donde mencionaba a los Siete Príncipes del Infierno, basándose en los siete pecados capitales. Su clasificación no es jerárquica, y sigue de la siguiente manera: los demonios principales son según Binsfeld Lucifer (orgullo), Asmodeo (lujuria), Mammon (avaricia), Leviatán (envidia), Belcebú (gula), Satanás (ira) y Belphegor (pereza). Debemos notar cómo Binsfeld hace una diferencia entre Satanás y Lucifer, una cuestión que nunca ha llegado a quedar demasiado clara: ¿son realmente dos personajes diferentes? En realidad «Lucifer» es un nombre más de Satanás, a quien las Escrituras llaman también «Diablo», «Serpiente», «Satán», «Bestia» o «Anticristo». En el caso de Lucifer, la palabra hace referencia al lucero del alba (el planeta Venus) y quedó asociada a Satanás desde que fuera mencionada en el Libro de Isaías (Is. 14:12-14).
En The Magus (1801), el ocultista Francis Barrett propuso una jerarquía diferente para los demonios, según la cual Satanás seguía ocupando el puesto privilegiado y, tras él, estaban Leviatán y Behemot como Señores de los Demonios. Luego venían Azazel (Señor del Aire), Samael (Señor del Fuego), Mahazael (Señor de la Tierra) y Azrael (Señor del Agua). Además, Barret presentaba una clasificación de los demonios en función de sus habilidades, diferenciando así entre los tentadores (como Mammon), los acusadores (Astaroth), los mentirosos (Pytho), los malvados (Asmodeo), o los falsos (Belcebú). Unos años después, Jacques Collin de Plancy publicó en Francia el Dictionnaire Infernal (1818), en el que hacía una recopilación de la información obtenida en los grimorios de los siglos XVI y XVII. El Diccionario Infernal clasifica y describe detalladamente 67 demonios principales.
Como se puede comprobar, la cantidad de fuentes de información e inspiración es suficiente. Sin embargo para nuestro viaje confiaremos en nuestro viejo Lemegeton, que nos acompaña mientras avanzamos entre estos bloques de piedra negra. En su apéndice Ars Goetia («El arte de la Brujería»), el anónimo Lemegeton incluye información sobre los grandes demonios, clasificados jerárquicamente en Presidentes (que sorpresivamente supone el menor rango), Caballeros, Condes, Marqueses, Príncipes, Duques y Reyes. La principal diferencia entre los rangos es la cantidad de legiones de demonios menores que pueden comandar. Cada Rey puede comandar entre 50 y 85 legiones de demonios menores, los Duques controlan entre 20 y 30 legiones… así hasta los Presidentes, que tienen apenas 10 legiones. En todo caso todos los demonios del Ars Goetia son demonios mayores, demonios importantes, con nombre propio y una historia detrás. Son todos importantes y tienen su parcela de poder en el Infierno.
[wp_table id=14097/].
Satanás no es uno de los 72 demonios clasificados en el Ars Goetia porque Él es el Señor del Infierno, y bajo Su mando están todos los demonios mayores. En algunas clasificaciones se le nombra como Emperador, acompañado por sus favoritos el Príncipe Belcebú y el Gran Duque Astaroth. Estos dos demonios son los confidentes, los consejeros de Satanás. Le ayudan a administrar el Infierno, tal y como dice el Grand Grimoire de 1521.
El Ars Goetia nombra a ocho reyes. En principio todos ellos tienen el mismo rango, están al mismo nivel, sin embargo hay algunos más destacados que otros. Por ejemplo Bael, que comanda 66 legiones de demonios, es conocido por ser el primer rey que tuvo el Infierno. Se presenta como una criatura con tres cabezas (una de humano, otra de gato y otra de sapo), una metáfora de su habilidad de engaño y confusión. El principal poder de Bael es hacer invisibles a los hombres que le convocan. También son destacados el Rey Asmodeo o el Rey Zagán, quien además ostenta el título de Presidente.
Entre los veintiún Duques que menciona el Ars Goetia destacan Flauros (también llamada Haures, una demonia que controla el fuego), Eligos (que monta un caballo alado y seduce a los señores y caballeros con promesas de riqueza) o el propio Astaroth. Por su parte hay siete príncipes que, si bien no coinciden con los Siete Príncipes propuestos por el sacerdote Binsfeld en 1589, quizás hagan también referencia a los siete pecados capitales. Luego quedan quince marqueses, once condes, nueve presidentes… y un único caballero. El caballero Furcas, presentado como un hombre viejo de barba blanca, demuestra su poder empuñando una horca afilada, pero también es un demonio de gran sabiduría, profesor de otros demonios, a los que imparte clases de Filosofía y Astrología.
Según la demonología, cada demonio mayor tiene «asignado» un ángel, aquel que le venció en la Guerra de los Cielos y que en principio le volverá a vencer siempre que el demonio salga del Infierno. Una especie de emparejamiento para el combate, de forma que, por ejemplo, el viejo Furcas lucha contra el arcángel Daniel, Zagán contra Umabel, Satanás contra Miguel (ambos líderes del Ejército de Demonios y del Ejército de Ángeles, respectivamente), Andras contra Haniel, Astaroth se enfrenta en un durísimo combate al arcángel Remiel, Asmodeo contra Rafael… y el monstruoso Bael fue derrotado en la Guerra de los Cielos por Vehuiah.
– No es educado dejar sin responder las preguntas, joven -dice de nuevo la criatura, que sigue plantada en medio del camino del bosque.
Sin poder dejar de mirar la sudorosa cabeza de sapo que babea sobre el hombro derecho del monstruo te armas de valor y balbuceas tu nombre.
– Encantado de conocerte. Como te he dicho yo soy Bael, Rey del Infierno. Te lo repito para que comprendas la suerte que tienes de estar frente a un demonio de mi nivel.
Al observar la soberbia del abominable ser -y su cercanía- te atreves a seguirle el juego y a contestarle. Al fin y al cabo, uno no se aventura a pasearse por el Infierno si no está lleno de valor.
– Aquí pone que hay más de un Rey -dices sacando el Lemegeton de tu mochila.
El demonio suelta una carcajada que hace retumbar los árboles y provoca que unas siluetas negras se muevan en el interior del bosque.
– ¿Has salido de la escuela de Furcas? -se ríe Bael-. Los libros aquí no sirven para nada, ni tienen autoridad ni albergan el conocimiento necesario -de pronto el Lemegeton desaparece de tus manos y aparece en las del demonio-. ¿Qué es esto? ¿una guía para tu viaje?
– Quiero conocer este mundo.
La cabeza humana de Bael hace una mueca de sorpresa y aprobación. Las caras del gato y el sapo se miran entre sí. Parece que al demonio le ha gustado tu respuesta. Te devuelve el Lemegeton, que levita desde sus garras hasta tus manos, y te dice:
– Si vas a seguir tu paseo por estas tierras muertas será mejor que no te vean mis hermanos… -el Rey extiende su mano y coge la tuya-. Toma…
Un sencillo anillo gris aparece en tu palma. No es nada del otro mundo, no reluce ni brilla, ni parece hecho de ningún metal precioso. «Póntelo y serás invisible para las aves, animales y hombres» te dice el Rey demonio. Dudas un instante, pero recuerdas que a Bael le gusta la gente educada. «Gracias» le dices.
– No es tan poderoso como los anillos que regala Miguel -se ríe de pronto-, pero te servirá para salir vivo de aquí.
– ¿Miguel? -preguntas extrañado-, ¿el arcángel Miguel? ¿está por aquí?
– ¡Ja, ja, ja, ja, ja! -sin duda le has hecho gracia-. Hay que leer más Historia muchacho. ¿Miguel en este mundo? No duraría ni un segundo. Puede que nos venciera aquella vez, pero ahora somos más y más fuertes.
– Miguel os echó del Cielo… -murmuras para ti.
– No sólo eso, muchacho. El astuto ángel regaló un anillo a un rey humano para que sometiera a mis hermanos. Nos esclavizó usando la magia y nos obligó a construir el Templo… -Bael comienza a mostrarse enfadado. Das unos pasos para atrás alejándote de la criatura-… pero volveremos para destruirlo y para destruir a todos los hombres, ¡y Miguel se arrodillará ante nosotros!
El demonio advierte tu inquietud y se relaja y retrocede. «Me has caído bien, mortal» te dice. Se despide deseándote suerte y se adentra en el bosque, desapareciendo dejando un rastro de pisadas de araña y rompiendo varias ramas. Para haber sido tu primer encuentro con un demonio no ha ido tan mal. «Espero que todos sean así» te dices, y sigues caminando mientras te pones el anillo de Bael.
Pasa una hora cuando los árboles muertos terminan y ante ti ya no hay nada. Solo una llanura de suelo gris y humeante que parece infinita. Quieres adivinar unos pájaros negros a lo lejos, pero no sabes si aquí existen esos animales tan terrenales. Por un momento recuerdas tu vida en la Tierra, en el mundo humano, con colores y olores más allá del gris, el negro y el azufre. Sacas el Lemegeton para distraerte un rato, pues el desierto que te espera no parece muy emocionante. Además, con el anillo puesto no hay peligro que correr: eres invisible.
De pronto algo te distrae de la lectura: un grupo de demonios alados sobrevolando el cielo. Son inconfundibles, con sus alas negras y sus colas. Van encabezados por uno más grande. Entonces piensas en la historia de los Hijos de Elohim, un ejército de ángeles que fueron castigados por Dios por dedicarse a violar a mujeres en la Tierra cuando su labor era ser Vigilantes. Dios los expulsó y se convirtieron en ángeles caídos, y su líder era Azazel. En el Libro de Enoc se decía que eran dos millones. Quizás aquel demonio más grande es el mismo Azazel. Has tenido suerte de que no te hayan visto. «¡Cómo hacerlo -piensas para ti- con este maldito humo que no deja de emanar del suelo!».
Tratas de continuar la lectura del Lemegeton comprobando antes que no hay ningún hoyo o grieta con la que puedas tropezar. Nada, no hay nada a cien kilómetros a la redonda. Ni montañas ni bosques. Solo desierto gris. Vas a abrir el libro y a retomar tus pasos cuando una voz raspada y aguda murmulla en tu espalda:
– ¿Te has perdido? -es la voz de Andras, Gran Marqués del Infierno.
Los Marqueses están por debajo de los Reyes, Duques y Príncipes, pero ostentan aun así un gran poder en el Infierno. Dominan regiones enteras de su geografía y comandan ejércitos de hasta veinte legiones. Tres de los Marqueses más destacados son Orias, Andras y Kimaris, conocidos por su maldad… y sabiduría. Según el apéndice Ars Goetia que tenemos en nuestro fiel Lemegeton, Orias es un gran astrónomo, Andras es cautivador y siembra la discordia entre las personas, y Kimaris (también llamado Cimejes) domina el arte de la adivinación y es un maestro de gramática, lógica y retórica.
En tu camino por el Infierno será mejor no toparte con ningún Marqués, y en el caso de hacerlo lo mejor será arrodillarte y bajar la cabeza ante él. Los muertos desgraciados que habitan en estas tierras yermas muestran su sumisión ante los demonios mayores de esa manera. Los Marqueses están más relacionados con la magia (goetia) y con la sabiduría que con la gestión militar. Ese papel se guarda para los Reyes y Duques, que habitan en sus palacios negros vistiendo armaduras inquebrantables. Los Marqueses vagan por el Infierno dando conversación y aterrorizando a los muertos. Son vistos como incordios por parte de otros demonios como el Rey Asmodeo o el Gran Duque Eligos, que prefieren dedicarse a la guerra. Los Marqueses están más dedicados a la adivinación, la reflexión y el consejo. Los Reyes y Duques son más pragmáticos y preparan continuamente la futura guerra contra los ángeles, una revancha que están deseosos de tomarse.
Asmodeo es uno de los demonios más famosos, algo que se comprueba al observar la lista de nombres con el que se le conoce en distintas tradiciones y culturas abrahámicas: Asmodeus, Asmodaios, Asmodai, Hasmoday, Chashmodai, Azmonden o Sidonay. De cualquier manera, es un nombre que procede del idioma avéstico, antepasado de la lengua iraní. En avéstico aēšma-daēva significaba algo así como un dios del mal. Su presencia en el cristianismo se explica porque de su origen persa (Asmodeo es mencionado en textos zoroástricos) pasó a incorporarse en las creencias del judaísmo. Se le presenta como un Rey del Infierno experto en herramientas y armas ocultas. Se dice que él mismo fabrica sus espadas y lanzas infernales. Asmodeo espera paciente el día en el que pueda volver a encontrarse con el arcángel Rafael, para poder vengar su honor.
El Gran Duque Eligos, por su parte, es un experto estratega en el arte de la guerra. No sólo es un gran espadachín, sino que también se desempeña como un buen comandante de sus sesenta legiones. Cuando no está montado sobre su caballo alado pasea su calavera delgada por sus dominios. Tiene su palacio cerca de las murallas de Pandemonium, la capital del Infierno, y siempre está preparado para la batalla. En la Guerra del Cielo, que enfrentó al Ejército de Satanás contra el Ejército de Miguel, Eligos fue derrotado en la Guerra del Cielo por el ángel Hariel.
El caso del demonio Zagán es particular. Es el único que ostenta dos títulos: es Rey del Infierno y también Presidente del Infierno. Su principal poder es el de transformar sustancias físicas. Es como un alquimista, capaz de crear materiales nuevos y de dominar los metales. Como Asmodeo con sus armas, se dice que Zagán fabricó su propia armadura. Cuando camina por las calles de Pandemonium el suelo tiembla por el peso de este demonio cubierto de hierro. Zagán se enfrentará a Umabel cuando las legiones del Infierno ataquen el Cielo.

Por encima de Asmodeo y de los demás demonios destacan los Tres Grandes Demonios, los administradores del Infierno. Son como ya hemos dicho Belcebú, Astaroth y Satanás. Son los tres grandes nombres dentro de los personajes infernales, la representación suprema del poder maligno.
Según las Escrituras, Lucifer (que significa «portador de luz» o «estrella de la mañana») fue creado por Dios como uno de los ángeles más hermosos y poderosos. Era parte del orden celestial y gozaba de una posición elevada. Lucifer era un querubín, encargado de la adoración y la música en el Cielo. Su belleza y sabiduría eran incomparables y tenía acceso directo al trono de Dios. La caída de Lucifer comenzó con su orgullo y deseo de ser igual o superior a Dios. Esto se refleja en pasajes como Isaías 14:12-15, donde se describe su aspiración de ascender por encima de las estrellas de Dios y sentarse en el Monte de la Asamblea. Lucifer convenció a un tercio de los ángeles para que se unieran a él en su rebelión contra Dios. Esta rebelión es referida en Apocalipsis 12:7-9, donde se describe una guerra en el cielo. La Guerra en el Cielo fue liderada por el arcángel Miguel, quien luchó contra Lucifer y sus seguidores. Miguel y sus ángeles prevalecieron y Lucifer, junto con sus ángeles caídos, fueron expulsados del Cielo. Lucifer fue arrojado a la Tierra, y desde entonces se le conoce como Satanás, que significa «adversario» o «acusador». Los ángeles que lo siguieron se convirtieron en demonios.
Tras su caída, Satanás se convirtió en el gobernante del Infierno. Aunque la Biblia no proporciona una descripción detallada del Infierno, la teología cristiana tradicional lo describe como un lugar de sufrimiento eterno para los pecadores. Satanás también se dedica a tentar y engañar a los humanos para alejarlos de Dios. En la Biblia se le describe como el «príncipe de este mundo» (Juan 12:31) y se le atribuyen acciones como tentar a Jesús en el desierto (Mateo 4:1-11) y «andar como león rugiente buscando a quien devorar» (1 Pedro 5:8). Según el Libro del Apocalipsis, al final de los tiempos habrá una batalla definitiva entre las fuerzas del Bien y del Mal. Satanás será liberado brevemente de su prisión para engañar a las naciones (Apocalipsis 20:7-10), pero finalmente será derrotado y lanzado al Lago de Fuego, donde será atormentado por la eternidad (Apocalipsis 20:10).
Por su parte Belcebú es un demonio que llegó a la tradición cristiana desde la religión cananea. Se le describe como un ser colosal y como Señor de las Moscas, por el origen de su nombre (Ba’al-Zebûb, בַּעַל זְבוּב) y por su capacidad de volar. Este sobrenombre se popularizaría con la publicación de la novela El señor de las moscas en 1954. Belcebú está relacionado con la guerra, con la pestilencia y con la muerte. En un primer momento Belcebú fue adorado por los filisteos, pero más tarde los hebreos lo rechazaron.
Das un salto hacia delante y te giras rápidamente. El Gran Marqués Andras tiene forma de hombre esquelético, dos alas de plumas negras y un cabello compuesto por ramas muertas. Su cabeza es una calavera amarillenta, que dibuja una sonrisa terrorífica. En su mano derecha porta una especie de báculo, con el que te está señalando. «El anillo de Bael…» piensas para ti, recordando que lo llevas puesto y eres invisible. La calavera de Andras se acerca hacia ti ensanchando su sonrisa.
-¿No creerás que el anillo funciona conmigo, verdad? -una gota de sudor frío te recorre la patilla al ver que el demonio sigue acercándose. No quieres moverte para no hacer ruido-. Es inútil, la magia aquí la controlamos nosotros.
El báculo te toca el pecho y de pronto te vuelves visible. Andras se incorpora y aleja su cabeza de ti. Te fijas entonces en que está levitando ligeramente sobre el suelo gris. No hay nada en aquella llanura, los humos siguen emanando de pequeños cráteres. Estáis solos, el Gran Marqués y tú.
-Si Bael te dio eso es seguramente para disfrutar alargando tu penosa experiencia. Imagino que no quería que un huargo te devorase al comienzo de tu viaje.
-Llevo conmigo la espada de mi padre -dices llenándote de valor.
-¡Já! -te espeta el demonio- ¿por eso estás aquí? ¿vienes a devolvérsela? -Andras vuelve a mostrar su sonrisa. Tras un breve silencio sigue hablando-. Te recomiendo que vayas a Pandemonium -dice-, allí podrás encontrar el descanso que necesitas.
Recuerdas lo que leíste en el Lemegeton sobre este Gran Marqués. Se conoce a Andras por ser el demonio que causa la discordia entre los hombres y la confusión. Le encanta confundir y engañar. No debes escucharle. Asientes con la cabeza y el esqueleto señala hacia el Este con su báculo. «Es por allí» te sonríe.
-¿Qué es Pandemonium? -le preguntas.
-Nuestro hogar… -en un suspiro Andras se coloca a un centímetro de tu nariz-… y muy pronto el tuyo también.
Asustado comienzas a correr como nunca has hecho. No te da tiempo a pensar en nada, solo corres. No quieres volver a ver esa calavera. Esa sonrisa te va a perseguir en todas tus pesadillas. Das zancadas enormes sobre las piedras negras y coges tanta velocidad que el aire pesado golpea en tu cara como si fuera una brisa fresca.
-¡Buena suerte en tu camino! -las risas de Andras se van perdiendo en la lejanía mientras corres- ¡Evita encontrarte con Astaroth! -es lo último que escuchas. Sigues corriendo.
Según la demonología y el ocultismo, Astaroth es uno de los tres administradores del Infierno. Junto a Belcebú son las dos manos derechas del Emperador Satanás. Tiene el poder de conocer el pasado, el presente y el futuro, y suele detectar los deseos secretos de la gente, información que utiliza para seducir y engañar. Se dice que San Bartolomé consiguió burlar su seducción y le dominó con cadenas de fuego. Como Gran Duque comanda 40 legiones de demonios menores, a los que envía a la Tierra de vez en cuando para sembrar el caos.
Astaroth tiene una conexión indirecta con la deidad Astarté o Ashtoret, que es mencionada en varias ocasiones en el Antiguo Testamento. Astarté era la diosa cananea de la fertilidad, el amor y la guerra, y su culto fue adoptado por los israelitas en varias ocasiones, para el disgusto de los profetas y líderes religiosos que trataban de expandir el judaísmo. En el Libro de los Jueces se relata cómo los hombres provocan la ira de Dios al mantener sus creencias tradicionales: «Pero los hijos de Israel volvieron a hacer lo malo ante los ojos de Jehová, y sirvieron a Baal y a Astaroth, y a los dioses de Siria, y a los dioses de Sidón, y a los dioses de Moab, y a los dioses de los hijos de Amón, y a los dioses de los filisteos; y dejaron a Jehová, y no le sirvieron.» (Jueces 10:6).
Los demonios en las Escrituras
En el contexto de las religiones abrahámicas (Cristianismo, Judaísmo e Islam), las Sagradas Escrituras tal y como las conocemos son simplemente una selección de escritos redactados antes del año 100 d.C. Decimos «simplemente» porque esa selección podría haber sido otra (y de hecho dicha selección varía en función de la religión). Mientras que los judíos, por ejemplo, incluyen 24 libros, los protestantes consideran hasta 66, y los católicos un total de 73 libros. Estos libros o escritos constituyen el llamado «canon» de cada una de las iglesias. Existen sin embargo muchos más textos que se refieren a la historia bíblica, pero que no se han incluido en la Biblia. Estos textos son conocidos como «apócrifos», al estar fuera del canon oficial marcado por las distintas iglesias.
En esta ocasión, para seguir con nuestro paseo por las llanuras quemadas del Infierno, nos interesa leer tanto las escrituras canónicas como las apócrifas. En esta categoría entran el Libro de Enoc, el Testamento de Salomón o el Libro de los Jubileos, todos ellos con menciones a los demonios. En el Testamento de Salomón se cuenta cómo el mítico Rey Salomón (988-928 a. C.) consiguió dominar a una gran cantidad de demonios. La historia se sitúa en Jerusalén, donde el Rey ha decidido construir un Templo para adorar a Dios. Durante la construcción varios demonios interfieren en las obras, molestando a los trabajadores y causando el caos. Entonces el Rey reza una plegaria y se le aparece el arcángel Miguel, que le da un anillo. Con este diminuto pero poderoso artefacto -que se conocerá como el Sello de Salomón- el Rey consigue dominar la voluntad de los demonios. Cada vez que aparece uno en los alrededores de las obras del Templo, Salomón lo domina usando el anillo mágico. Así, hasta 36 demonios son sometidos y obligados a ayudar en la construcción del edificio. Una vez atados por la magia, el Rey les exige además información. En el Testamento de Salomón se detalla con precisión el nombre y las características y habilidades de cada demonio, y se incluye información de cómo exorcizarlos. Entre los demonios más conocidos aparecen Belcebú o Asmodeo.
Estos dos grandes demonios aparecen mencionados también en el Libro de Tobías y en el Evangelio de Nicodemo. Este último texto, fechado en el siglo IV d.C., describe cómo Jesús desciende al Infierno tras su crucifixión para liberar a las almas atrapadas allí. Belcebú se muestra preocupado por la llegada de Jesús, pues sabe que Él es el único que puede vencer a los demonios. El Evangelio de Nicodemo es rechazado por la Iglesia Católica. El Evangelio de San Mateo (este sí aceptado) también nombra a Belcebú en Mt. 12:25-28. Por su parte Asmodeo es mencionado también en el Libro de Tobías, en el cual tiene un papel relevante (Tob. 3:8, Tob. 6:13-15, Tob. 8:2-3). Tras causar mucho daño en la Tierra, Asmodeo es capturado por el arcángel Rafael. La historia de Asmodeo y Tobías fue inspiración para Francisco de Goya en una de sus Pinturas Negras.
En el también apócrifo Libro II de Baruc, escrito hacia el año 100 d.C. y descubierto detrás de una estantería llena de polvo en la Biblioteca Ambrosiana de Milán en 1866, se hace mención directa a Behemot y a Leviatán en el marco de la gran batalla final entre el Bien y el Mal: «Y aparecerán los tesoros de la nieve y el hielo, y se unirán con la bestia Leviatán. En aquellos días, el fruto almacenado del vientre del Behemot será revelado.» (2 Baruc 29:4). El Libro de Job (este sí es canónico) también menciona a Behemot y Leviatán (Job 40:15-24, Job 41:1), así como el Libro de Isaías: «En aquel día Jehová castigará con su espada dura, grande y fuerte al leviatán, la serpiente tortuosa; y matará al dragón que está en el mar.» (Isaías 27:1).
La demoníaca Lilith, no demasiado mencionada en los grimorios medievales, es nombrada únicamente una vez en la Biblia (Isaías 34:14), y su nombre aparece varias veces en el apócrifo Alfabeto de Ben Sirá, del siglo X. Su historia se cuenta mejor en el Zohar judío y en varios midrashim (comentarios rabínicos), que hablan de Lilith como la esposa del ángel caído Samael, asociada a la noche, a la seducción y a la infertilidad. En la Edad Media, escritores cristianos y místicos adoptaron algunas de las historias judías sobre Lilith, viéndola como una figura de tentación y pecado. Según la leyenda fue creada al mismo tiempo y de la misma tierra que Adán, sin embargo se rebeló contra éste debido a que no quería someterse a él, afirmando que ambos eran iguales, y abandonó el Paraíso. En su viaje posterior acabó emparejándose con el demonio Samael, y residiendo ambos en el Infierno.

Los demonios y Jesucristo
Jesús se encuentra con muchos demonios a lo largo de su vida (Mt. 8:16-17, Mr. 1:23-28, Mt. 8:28-34), incluso con el propio Satanás (Lc. 4:1-13). Desde el Infierno llegan los «espíritus inmundos» para sembrar odio, enfermedades y tentaciones. Jesús parece el único capaz de vencer a todas ellas. En una ocasión, Jesús expulsa un demonio de un hombre que estaba en la sinagoga de Capernaum. Cuando Jesús entra en el edificio el demonio lo reconoce y grita: “¡Sé quién eres, el Santo de Dios!”. Otro día, en la región de Gadara, se encuentra con un hombre poseído no por uno, sino por varios demonios, que le suplican que no los envíe al abismo. Jesús les permite entrar en una piara de cerdos, que luego se lanzan al mar y se ahogan. Este episodio es importante porque cuando Jesús se dirige al hombre éste le dice: «Me llamo Legión, porque somos muchos». Es la primera vez que aparece la palabra «Legión» en las Sagradas Escrituras, y revela que los demonios son numerosos.
El propio Satanás se aparece ante Jesucristo en varias ocasiones. Trata de tentarle con su labia y astucia, pero no puede con la determinación de Jesús. Primero, le sugiere transformar piedras en pan para saciar su hambre, intentando que dependa de su propio poder en lugar de confiar en Dios (Mateo 4:3). Luego, lo reta a lanzarse desde el Templo para «probar» la protección de Dios (Mateo 4:6), queriendo que Jesús demuestre su identidad de manera teatral. Finalmente, en Mateo 4:4:8-9, le ofrece todos los reinos del mundo a cambio de que le adore, proponiéndole un atajo hacia el poder y la gloria sin pasar por el sacrificio de la cruz. Con cada desafío, Satanás intenta que Jesús se desvíe de su propósito, pero Jesús responde con firmeza, manteniéndose fiel a Dios y a su misión.
La Legión
Como bien dice el demonio a Jesucristo, son muchos. Las Escrituras nos dicen que un tercio de los ángeles del Cielo se unieron a Lucifer en su rebelión contra Dios, y todos ellos acabaron derrotados durante la Guerra en el Cielo, de la que salió vencedor el ejército comandado por el arcángel Miguel. El número total de demonios ha sido una cifra que varios se han atrevido a calcular.
La primera mención a la cantidad de demonios la hizo el teólogo Gregorio de Nisa (330-364 d.C.), que decía que los demonios hacían visitas a la Tierra y tenían hijos con mujeres humanas, aumentando así continuamente el número de demonios. El primero en atreverse a dar un número concreto fue el misterioso autor conocido como Petrus Hispanus, del siglo XIII, posiblemente nacido en Portugal, que aseguró que los demonios eran un total de 133.306.668. No está nada mal. Dos siglos después, Alonso de Spina (1412-1462) trató de afinar más y puso sobre la mesa el número 133.316.666.
Conforme pasaron los siglos la cifra se fue reduciendo. La Legión de demonios, según Johann Weyer en De Praestigiis Daemonum (1563), se compone de 44.435.622 unidades. El autor holandés añade que organizados en 666 legiones, cada una formada por 6.666 demonios. Unos años después, en 1581, Nicolas Fromenteau publica en Ginebra Le Cabinet du Roy de France, donde explica que los hechiceros han contabilizado el número de demonios en 7.409.127. El Talmud judío también se pronuncia sobre el debate, y cifra los demonios en 7.405.926. Como podemos ver no hay consenso en cuanto a las dimensiones de la Legión, pero está claro que son miles de demonios los que la componen, incluso millones.
Parece que la extensa llanura baldía llega a su fin, porque el relieve comienza a mostrar rocas escarpadas y el color del ambiente va abandonando el gris y adquiriendo tonos rojizos. Conforme avanzas sientes calor y, por primera vez, sonidos de vida. Llevas horas caminando solo, en un paseo únicamente interrumpido por las apariciones demoniacas del Rey Bael y del Gran Duque Andras. Ahora parece que escuchas conversaciones, aunque más bien parecen llantos.
Las rocas muestran formas imposibles, como si se hubieran formado tras una explosión y hubieran quedado esparcidas y depedazadas en fragmentos gigantes afilados. Tu camino sube una cuesta y desde esa altura ves bien la escena: has llegado a las inmediaciones del Lago de Fuego, y en sus orillas hay grupos de personas desnudas lamentándose y gritando. Es una escena terrorífica, iluminada por el magma. El cielo se ha cubierto de nubes que escupen rayos sobre lo que parece una fortaleza.
Te armas de valor y bajas la cuesta, acercándote a la orilla. Es tu primer encuentro con los habitantes del Infierno. Algunos son todavía hombres y mujeres humanos, pero otros dan muestras de haberse convertido ya en demonios menores. Les ha crecido una cola que cuelga tras sus piernas y en sus cabezas a algunos les están saliendo dos cuernos. Las miradas, en cambio, te siguen pareciendo muy humanas. Aunque estás horrorizado, para tu sorpresa ninguno de ellos está interesado en tu presencia. Nadie se te acerca ni te mira. Están penando, quizás todavía en shock por encontrarse en este lugar. Convencido por su indiferencia y actitud inofensiva, te acercas a uno de los grupos.
-Perdonen -les dices impostando normalidad-, ¿saben qué es aquella fortaleza de allí?
Las personas desnudas dejan sus lamentos por un momento y te miran. Por su estado de shock no se detienen a pensar en lo extraña que es la escena que les planteas, y te responden.
-Pandemonium -dice uno de ellos, enclenque y con la cara consumida. Ese nombre ya lo has escuchado antes-. La capital del Infierno.










