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Subiendo al Monte Athos

  • 13 agosto, 2023
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  • Juan Pérez Ventura

La barca superaba como podía el oleaje. Afortunadamente la costa ya estaba cerca. El ruido de la madera, la tos rasgada de los hombres y el soplo del viento formaban una sinfonía que distraía al joven Oukonunaka, como siempre inmerso en sus pensamientos e imaginaciones. «Preparaos» dijo de pronto uno de los hombres, avisando de que el desembarco estaba próximo. Las primeras gaviotas se acercaron para recibir a los viajeros.

Oukonunaka se había subido a la embarcación en el puerto de Sarti, animado por las historias que había escuchado en la taberna del pueblo la noche anterior. Su destino era Athos, una de las tres penínsulas de la Calcídica, histórica región del norte de Grecia, que se extendían como dedos sobre el Mar Egeo. Todavía no lo sabía, pero estaba a punto de dejar su mundo y adentrarse en uno nuevo, desconocido, aislado. «¡Cuidado!» gritó de nuevo el hombre que comandaba la barca, entonces encallaron en la arena de la playa y comenzaron a bajar. «Empieza nuestra aventura» le sonrió el viejo que tenía al lado, con una entrañable dentadura que reflejaba el paso del tiempo.

La Iglesia Ortodoxa tiene unos 250 millones de fieles en todo el mundo. Son cristianos, pero están ideológica y organizativamente separados de los católicos desde el año 1054, cuando tuvo lugar el Gran Cisma dentro del cristianismo. La Iglesia Ortodoxa divide sus dominios en patriarcados, cada uno liderado y gobernado por un Patriarca. Los cuatro patriarcados históricos son la Iglesia Ortodoxa de Constantinopla, la Iglesia Ortodoxa de Alejandría, la Iglesia Ortodoxa de Jerusalén y la Iglesia Ortodoxa de Antioquía. En la actualidad existen muchos otros, en principio todos ellos bajo el liderazgo del Patriarca de Constantinopla, que se eleva como figura predominante de la Iglesia Ortodoxa mundial.

Dentro de los límites geográficos del Patriarcado de Constantinopla se incluye la pequeña península de Athos, hogar de una particular comunidad monástica. Desde hace más de mil años este estrecho trozo de tierra -casi inaccesible por su relieve montañoso- alberga de manera continuada varios monasterios consagrados a la veneración de Dios y a la lectura de las Sagradas Escrituras. En este artículo vamos a repasar la historia de esta comunidad ortodoxa, que vive al margen del mundo moderno y solo obedece a Dios y a Bartolomé I, actual Patriarca de Constantinopla. Ni siquiera el propio Gobierno griego puede entrometerse en los límites del Monte Athos (nombre del pico más alto de la península, que también sirve para nombrar a toda la zona). Son poco más de 300km2 de tierra en los que los monjes han construido veinte monasterios y cultivan sus cosechas para subsistir.

Monasterio de Esfigmenu, fundado en el siglo X, uno de los veinte monasterios del Monte Athos

Llegando a la Comunidad monástica

Por el Tratado de Paz de Bucarest de 10 de agosto de 1913, que puso fin a la Segunda Guerra de los Balcanes, la región histórica de la Calcídica, entonces dependiente del Imperio otomano, fue incorporada al Reino de Grecia. El territorio se dividió políticamente entre la Prefectura de Calcídica y el Estado Monástico del Monte Athos. Cien años después, en 2011, el Gobierno griego instauró un plan de remodelación territorial y administrativa y la Prefectura de Calcídica pasó a llamarse Unidad Periférica de Calcídica, pero el estatus del Estado Monástico del Monte Athos siguió territorial, política y administrativamente intacto.

Desde 1924 la Constitución griega protege la naturaleza política del Estado Autónomo del Monte Athos como peculiar, diferente a las demás regiones y territorios del país. La conocida como Carta del Monte Athos firmada ese año por el Gobierno griego (que ostenta la soberanía política y militar sobre el Estado Autónomo) y el Patriarcado de Constantinopla (que ostenta la soberanía espiritual y social) determina con detalle el estatus y modo de funcionamiento de la comunidad monástica. La norma más famosa y que ha causado más impacto es la prohibición de entrada para las mujeres, pero existen otras igual de curiosas: no se puede acceder al Estado Autónomo del Monte Athos por tierra, solo por mar, tampoco pueden acceder niños… y no se permiten animales hembras (solo a las gatas).

En 1988 la región del Monte Athos fue incluida en la lista de Patrimonio de la Humanidad, aunque sólo la mitad de ella puede disfrutarla. En la actualidad la población ronda los 2416 habitantes (2230 griegos -monjes y laicos-, 70 rusos, 45 serbios, 30 georgianos, 20 búlgaros y 20 rumanos). Es realmente el lugar más sagrado para la Iglesia Ortodoxa, que ve cómo esta pequeña comunidad es símbolo de unidad entre Iglesias de varios países.

Los hombres dejaron bien atada la barca al tronco del árbol más atrevido del bosque, aquel que había crecido más cerca de la arena de la playa. Un camino se adivinaba entre la maleza, y como si una fuerza invisible les guiara, el grupo se puso en marcha al unísono. Eran seis hombres y Oukonunaka, más joven.

La diferencia de edad no había pasado desapercibida. Ya en el puerto de Sarti había habido un revelador cruce de miradas entre los hombres. Oukonunaka no se sentía bien recibido, pero estaba determinado a conocer el monte Athos. En un momento del camino uno de los viajeros se dirigió al joven.

-Soy Ioannis -dijo con una amabilidad que sorprendió a Oukonunaka-. A tu edad yo no me habría atrevido a adentrarme en estos bosques. En Tesalónica siempre contaban historias sobre esta región. Decían que estaba prohibido entrar, que obraba entre sus montes una fuerza mística -el hombre era majo, pero Oukonunaka no dijo nada. Entonces Ioannis siguió hablando-. Ha sido así desde el principio de los tiempos. Todo comenzó con la Guerra de los Gigantes, ¿sabes? Esa que llaman gigantomaquia. Gea estaba enfadada con los dioses por haber encerrado a los titanes en el Tártaro, y creó un ejército de gigantes. La guerra fue terrible, ya te lo puedes imaginar. Hasta la superficie de la Tierra fue afectada. Cada dios se enfrentó y venció a un gigante. Creo recordar que Apolo mató de un flechazo al gigante Efialtes, Hermes mató a Hipólito, Hera luchó contra Foitos… y Poseidón se encargó de Athos. El destino del gigante Athos lo puedes ver con tus propios ojos -Ioannis señaló a la cumbre que se adivinaba por encima de las copas de los pinos-. El Dios del Mar lanzó una roca gigante contra el Hijo de Gea y lo enterró. Es esa la roca: el monte que lleva el nombre de su víctima -Ioannis dejó que el silencio fuera el toque final de su relato. Oukonunaka se había quedado con una cara de asombro infantil.

-¿Por qué mientes al chico? -espetó de pronto uno de los hombres que iba detrás-. La historia no es así. 

-¿Ah no? -dijo Ioannis honestamente sorprendido. El hombre negó con la cabeza.

-Para nada. ¡Athos era el hijo de Poseidón! -entonces Oukonunaka también se giró para mirarle, tenía barba marrón y ojos verdes, era un hombre fuerte y llevaba una mochila cargada de cosas-. El dios había seducido a la oceánida Rhodope y con la bella ninfa tuvo a Athos. Athos no es un gigante. ¡Es hijo de los dioses!

La última exclamación llamó la atención de uno de los hombres más viejos que caminaban delante, que detuvo su paso y se unió a la conversación. 

-¡Qué atrevida es la ignorancia, especialmente en los hombres jóvenes! ¿No os enseñaron nada en la escuela? -Ioannis, el hombre de detrás y Oukonunaka se miraron sin entender al viejo-. Athos no es un gigante, tampoco es el hijo de Poseidón. Athos es uno de los ourea, un daimón rústico, un ser sin forma que habita en los bosques y montañas. Athos es la montaña, pero también es este árbol o aquel arbusto. Athos es el ourea de esta zona, así como Olimpo lo es en su montaña, Parnaso en la suya, Etna, Helicón… Gea los creó y ahora son parte de la Naturaleza -sentenció.

La explicación del viejo era menos épica que las otras dos, más mística, sin embargo fue la que acalló la conversación. «La jerarquía de la edad» pensó para sí Oukonunaka. El silencio del grupo permitía escuchar los sonidos del bosque. El joven iba tropezando cada dos por tres con ramas y piedras, porque su mirada estaba fija en la cumbre del Athos, y su mente fantaseando con las historias que le habían contado.

Aunque el origen más probable del monte Athos sea geológico y no mitológico, su espectacular altura en medio de la nada ha maravillado la imaginación de los griegos desde hace miles de años. Es cierto que no hay consenso en la historia mitológica. La versión que cuenta el viejo es la que da el poeta Hesíodo en su Teogonía, fechada entre los siglos VIII y VII antes de Cristo. Este escrito es uno de los primeros en detallar una historia de los dioses griegos y la creación del mundo, y menciona a Gea, Eros, Caos y Tártaro como las cuatro deidades primigenias, de las cuales se creó todo lo demás.

En la región del monte Athos se dejó de creer en los mitos hacia mediados del siglo I, cuando el exitoso y novedoso cristianismo estaba en completa expansión por el Mediterráneo y Oriente Próximo. La tradición cristiana cuenta que fue en el segundo viaje misionero de Pablo de Tarso -a la postre San Pablo- cuando se convirtió la zona de Tesalónica. Esto nos sitúa en el año 49 d.C., haciendo del norte de la actual Grecia una de las primeras regiones en abrazar la nueva religión. Los titanes, dioses, ninfas, héroes y gigantes dieron paso a los obispos, que establecieron dogmas, normas e instituciones.

San Nicolás (Άγιος Νικόλαος), Patrón de los Marineros, despide y desea buena suerte a un grupo de hombres que se dirigen al Monte Athos, que se ve al fondo. Nacido en el año 270 d.C. y muerto en 343, el obispo San Nicolás es también el propio Patrón de Grecia, además del Patrón de Rusia y el Patrón de Turquía. Es, pues, un santo muy venerado en la Iglesia Ortodoxa.

Inmediatamente después de la muerte de Jesucristo en el año 33 d.C., los apóstoles -como el propio San Pablo- se dedicaron a expandir el cristianismo. Fundaron comunidades cristianas a lo largo y ancho del Mediterráneo, y éstas se fueron expandiendo por Europa. La conocida como «sucesión apostólica» mantiene que la Iglesia como institución es real y verdaderamente sucesora directa de los mismos apóstoles, que eligieron a los primeros obispos, y que éstos ordenaron sucesivamente a otros obispos, hasta llegar al día de hoy. El problema es que no existe una sola Iglesia cristiana. La «sucesión apostólica» es defendida tanto por la Iglesia Católica como por la Iglesia Ortodoxa. ¿Cuál de las dos es realmente la heredera del trabajo y de la voluntad de los apóstoles? No es una cuestión menor, ya que los apóstoles fueron escogidos personalmente por el propio Jesucristo.

Las muchas diferencias entre la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa se fueron configurando durante los primeros siete concilios ecuménicos, aunque éstos fueron realmente ejemplo de acuerdo teológico. Más allá de diferencias en la liturgia (qué tipo de pan se usa durante la Eucaristía, si la Confirmación la debe hacer únicamente el obispo…) podemos señalar directamente el asunto clave: la llamada cláusula filioque. De manera muy resumida: en los reinos occidentales se comenzó a extender una versión del credo niceno que no se correspondía a lo acordado en los concilios de Nicea (325) y Constantinopla (381). Los cristianos orientales se enteraron y saltó todo por los aires. Siendo justos, los occidentales insertaron una idea -muy importante- en el texto sin decírselo a los orientales. La cláusula filioque añade las palabras «y del Hijo» a la frase escrita en el credo niceno que decía «el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre». Así, se presentaba como oficial la idea de que el Espíritu Santo procede de Dios Padre y de Dios Hijo, cuando lo acordado en los concilios no fue eso: se dijo que el Espíritu Santo procede únicamente de Dios Padre.

Una diferencia teológica que no se quedó en una discusión teórica elevada, sino que bajó a la Tierra, al día a día de millones de personas, y tuvo un impacto social, político e histórico. Y aquí entran en escena los monjes del Monte Athos, que se quedaron en la mitad del mundo cristiano que cree que el Espíritu Santo procede sólo de Dios Padre. El mundo ortodoxo se organizó en cinco grandes patriarcados (Constantinopla, Moscú, Alejandría, Jerusalén y Antioquía) independientes y autónomos. La península de Athos quedó dentro del Patriarcado de Constantinopla, y sus monjes obedecían la guía moral, política y teológica del Patriarca de Constantinopla.

La leyenda cuenta que, tras la Resurrección de Cristo en el año 33 d.C. la Virgen María y San Juan Evangelista (muerto en el año 98 d.C.) emprendieron un viaje para difundir el mensaje del Evangelio. Durante su viaje por mar desde Jaffa hacia Chipre (para ir a visitar a Lázaro de Betania, quien había huido de las persecuciones por parte de los judíos), se desató una tormenta que los desvió hacia la península de Athos. Al llegar a la costa, en un lugar cercano al actual monasterio de Iviron, la Virgen María quedó maravillada por la belleza del paisaje. Allí, según la tradición, se acercó a hablar con los habitantes paganos de la región, quienes se convirtieron al cristianismo después de escuchar su mensaje.

La Virgen María, encantada con la serenidad y belleza del lugar, pidió a su Hijo Jesucristo, que le concediera el Monte Athos como su jardín personal y un refugio espiritual. Cristo le otorgó esta petición, y desde entonces el Monte Athos ha sido considerado el «Jardín de la Virgen». Según esta tradición, la Virgen prometió proteger y cuidar de todos los monjes que dedicaran su vida a la oración y la contemplación en este lugar. En reconocimiento de esta promesa, el Monte Athos es también conocido como la «Santa Montaña».

La visita de la Virgen María y de San Juan tendría lugar hacia el año 40 d.C. No se sabe cuánto tardaron los cristianos primitivos en efectivamente instalarse en esta tierra bendecida y sagrada, pero está documentado que durante el gobierno del emperador Juliano (conocido por perseguir duramente el cristianismo) se destruyeron un par de templos en la península. Esto nos sitúa en el año 362 d.C. La siguiente mención a los cristianos en Athos salta cuatro siglos hasta el año 787, cuando está escrito que monjes del monte Athos participaron en el Segundo Concilio de Nicea. Sin embargo no fue hasta el año 958 cuando sería fundada la comunidad monástica tal y como la conocemos hoy en día.

Mural en el Monasterio de Vatopedi, representando la península de Athos con sus veinte monasterios y el gran Monte Athos a la derecha, protegidos por la Virgen María (Θεοτόκος) y dos ángeles.

Primera parada: el monasterio de la Gran Laura

El camino abandonó el bosque de pinos y descubrió ante sí una suave colina sobre la que se asentaba una especie de pequeña ciudad. «El monasterio de la Gran Laura» dijo el hombre más mayor. A Oukonunaka no le parecía un monasterio. Para él un monasterio era otra cosa. Lo que tenían en frente le parecía una ciudad en miniatura, con sus casas, edificios, iglesias, puerta de entrada, huertas a las afueras… «¿Será Laura la jefa de este lugar?» pensó para sí mismo.

Los edificios del complejo estaban dispuestos de forma que formaban una suerte de muralla protectora. Cuando el grupo de hombres cruzó la puerta se encontraron directamente en la plaza central -y única- del asentamiento. Había varias iglesias, rodeadas por ese muro de casas. Era sin duda una construcción particular. Entonces un señor de barba y túnica blancas se acercó a ellos para darles la bienvenida. 

-Bienvenidos hermanos al monasterio de la Gran Laura -dijo-. Acompañadme y os mostraré vuestros aposentos para esta noche -siguieron al hombre, que les iba explicando la rutina del monasterio mientras recorrían los pasillos y subían escaleras- Ahora mismo los hermanos están centrados en sus estudios de las Escrituras, pero más tarde nos reuniremos en la Capilla para el Apodeipnon.

-¿Eso es la cena? -preguntó Ioannis, que rápidamente recibió una colleja por parte del hombre más mayor del grupo.

-El Apodeipnon, hermano, es la última oración del día -explicó el guía. 

Cuando finalmente llegaron a la habitación que tenían preparada para los viajeros se sorprendieron de las grandes dimensiones y las aparentemente cómodas camas que les esperaban. Era muy normal que los monasterios de Athos recibieran visitas durante todo el año, y también que algunas de ellas se quedaran ya para siempre entre sus paredes.

-¡Esta habitación es mejor que la que tengo yo en mi casa! -dijo riendo uno de los hombres.

-Dile a tu mujer que venga y os instaláis aquí jeje -rió otro. 

El comentario no hizo demasiada gracia al guía, que explicó con tono pausado:

-Hace ya 300 años que este es un lugar sacro. El emperador Constantino IX firmó la regla que prohíbe la entrada de mujeres en la Península. Y desde el año 1045 no ha pisado Athos ninguna mujer.

-Qué aburridos… -murmuró Oukonunaka para sí.

-Inicialmente sí que pudieron entrar. Nuestro Padre San Atanasio fundó esta comunidad y no prohibió la entrada a mujeres -continuó explicando el monje-. Pero no pasaron ni cien años hasta que se dieron cuenta de que las distracciones alejan a los hombres de Dios. Nuestras vidas están dedicadas al estudio de las Escrituras y a la comunicación con Dios. Aquí todos los hermanos pasan entre 8 y 12 horas diarias rezando.

Oukonunaka no pudo disimular su mueca de asombro. El monje siguió explicando la regla monástica de la Gran Laura y luego les dejó libertad de movimiento, rogándoles eso sí respeto y silencio. El joven entró en uno de los templos y quedó maravillado con las pinturas en la madera del techo. Quería concentrarse en el arte, pero su mente seguía llevándole a un pensamiento: ¿cómo se puede vivir la vida sin mujeres?

En el año 958 llegó a la Península de Athos un joven estudiante de Constantinopla llamado Atanasio. Nacido en Trebisonda en el 920 y bautizado como Abraamios, Atanasio se había cambiado el nombre al llegar a la gran capital del Imperio Bizantino, donde entró a formar parte del monasterio de San Miguel. Durante sus días en Constantinopla conoció la vida urbana e hizo muchas amistades -entre otras, con el futuro emperador Nicéforo II-, pero pronto se cansó de ese tipo de vida y decidió retirarse a una zona más tranquila. Para entonces la Península de Athos ya tenía la fama de ser hogar de un par de comunidades monásticas, y Atanasio recordó también la impresión que se había llevado la propia Virgen María cuando visitó aquellas costas en su viaje hacia Chipre hacia el año 40 d.C. Es por ello que Atanasio decidió coger una mochila y subirse en el primer barco que salía hacia Athos.

No pasaron ni dos años cuando el destino interrumpió al monje. Su antiguo amigo Nicéforo era ahora un importantísimo comandante de los Ejércitos bizantinos y pidió a Atanasio que le acompañara en su campaña para liberar la isla de Creta de los musulmanes. Así lo hizo, y el monje cambió la verde y tranquila península de Athos por la pedregosa y calurosa Creta, llena de enemigos y peligros. El esfuerzo valió la pena, porque cuando regresaron victoriosos en el año 962, Nicéforo premió la ayuda de Atanasio financiando la construcción de la primera iglesia de la región de Athos. En la aldea de Karyes se levantó la Iglesia de la Santísima Dormición de la Theotokos (Ναός Κοίμησης της Θεοτόκου), en honor -cómo no- a la Virgen María, de quien los ortodoxos dicen que no murió como una persona normal, sino que fue dormida.

Una laura en las proximidades del Monasterio de Valaam, en la región rusa de Karelia

De los veinte monasterios que existen en el Monte Athos, el primero en construirse fue el monasterio de la Gran Laura en el año 963, también por iniciativa de Atanasio, quien cuarenta años después fallecería y sería enterrado entre sus muros. En 1354 el Patriarca de Constantinopla lo declaró Santo de la Iglesia Ortodoxa. San Atanasio de Athos, como se le conoce desde su santificación, fue el iniciador de la comunidad monástica del Monte, y estableció los hábitos y las reglas que debían seguir los monjes de Athos.

El monasterio de la Gran Laura no recibe su nombre de ninguna mujer que se llamara así. En este caso la palabra «laura» proviene del griego «λαύρα», que significa «camino estrecho» o «callejón». En la tradición monástica cristiana, y muy especialmente en el cristianismo ortodoxo, una «laura» es un tipo de asentamiento donde los monjes viven en celdas o ermitas individuales pero se reúnen para la oración común, particularmente los fines de semana. La zona del Monte Athos tiene veinte monasterios, pero una gran cantidad de lauras esparcidas por todo el territorio.

La vida en una laura es más austera y menos estructurada que en un monasterio tradicional, con más énfasis en la vida solitaria y la oración personal. Sin embargo, los monjes de una laura también se reúnen para servicios religiosos comunes, aunque con menos frecuencia que en un monasterio. Las lauras se basan en una vida más orientada hacia el eremitismo.

Segunda parada: el monasterio de Símonos Petrás

Para llegar al -según decían impresionante- monasterio de Símonos Petrás desde la Gran Laura había que rodear el mismo pico del Monte Athos. El grupo se preparó al punto de la mañana, para aprovechar las horas más frescas del día, y comenzó su camino, de nuevo entre frondosas laderas de bosque mediterráneo. En al menos dos ocasiones durante la travesía se toparon con ermitaños, que paseaban descalzos y sin rumbo entre las rocas y los árboles. Los encuentros dieron lugar a una interesante conversación de la que Oukonunaka no participó.

-Pues yo creo que la vida monástica es la mejor manera de llegar a comunicarse con Dios -decía uno de los hombres.

-¡De ninguna manera! -reprendía otro-. El eremitismo que nos muestran estos hombres descalzos es el verdadero camino: es presentarte desnudo, sin ataduras, libre de todo, sólo tú con Dios.

-¡Hazte ermitaño entonces!

El sonido de los pájaros y el crujir de las piñas caídas en el suelo sin duda daban un toque de paz a aquel bosque, un lugar perfecto para potenciar la espiritualidad, pensó Oukonunaka. Pero sin duda haber dormido en una cómoda cama la noche anterior inclinaba a optar por la vida en un cálido y protegido monasterio, antes que en una cabaña o en una cueva en mitad del monte. Los ermitaños eran personas profundamente dedicadas a la desconexión con el mundo y a la conexión con Dios.

-Estos hombres sí pueden entrar en contacto con El Creador -Ioannis se había atrevido a entrar en la conversación-. No podemos ni imaginar su nivel de relación con Él… -parecía incluso sentir envidia de los ermitaños que paseaban descalzos y sin rumbo.

-¡Si Barlaam te escuchara Ioannis! -le reprendió el viejo del grupo-. Dios es inaccesible la experiencia física humana, ¡ningún hombre puede entrar en contacto físico con Él! -y como siempre tras sentenciar el viejo, se hizo el silencio en señal de aceptación.

En la época de Oukonunaka estaba muy de moda en el mundo cristiano ortodoxo el debate entre Barlaam y Palamás, que versaba sobre cómo debía llevarse y entenderse la vida eremítica. Ioannis estaba más cercano a las posiciones hesicastas de Palamás, y el viejo seguía el modelo tradicional de Barlaam. El hesicasmo estaba ganando muchos adeptos. Oukonunaka también se sentía atraído por la idea de una conexión más directa con Dios, pero por ahora no tenía claro que quisiera quedarse el resto de su vida en aquel trozo de tierra. ¡Había tanto mundo por seguir descubriendo!

Tuvieron que pasar varias horas para dejar atrás el pico del Monte Athos y llegar finalmente a ver el mar. Con cuidado, avanzaron por senderos estrechos en los que un paso en falso te precipitaba por el acantilado. No hubo conversación en esa travesía. Al girar una pared de roca pudieron ver finalmente su destino: el monasterio de Símonos Petrás, una imponente construcción suspendida en el aire sobre el mar. No pasaron muchos segundos hasta que se comenzó a escuchar el tañer de una campana. «Ya nos han visto» dijo Ioannis.

El debate sobre el hesicasmo en el contexto del Monte Athos, conocido como la controversia hesicasta, tuvo lugar en el siglo XIV y fue uno de los debates teológicos más importantes dentro de la Iglesia Ortodoxa. La discusión giró en torno a la legitimidad de las prácticas hesicastas y la naturaleza de la experiencia mística en la vida espiritual.

El hesicasmo, que había sido practicado durante siglos en la tradición monástica ortodoxa, especialmente en el Monte Athos, comenzó a ganar prominencia en este período y a expandirse por varios rincones de Europa del Este y de Oriente Próximo. Sin embargo, sus prácticas y doctrinas, particularmente la enseñanza sobre la «luz no creada», fueron objeto de controversia.

El principal defensor del hesicasmo fue San Gregorio Palamás (1296-1359), un monje y teólogo que vivió en el Monte Athos. Palamás defendió la enseñanza de que los monjes hesicastas, a través de la oración del corazón y la quietud interior, podían llegar a una experiencia directa de Dios y ver la «luz no creada» que los mismísimos apóstoles presenciaron durante la Transfiguración de Jesús. Según Palamás, esta luz no era una manifestación física, sino la gloria eterna y divina de Dios, accesible a los seres humanos en su vida espiritual.

Subida nocturna de los monjes al monasterio del Monte Athos (Hermann Corrodi, 1905)

El principal opositor del hesicasmo fue Barlaam de Calabria, un monje griego de origen italiano que había recibido una formación teológica en el Occidente latino. Barlaam criticó duramente a los hesicastas, argumentando que sus prácticas eran supersticiosas y que la experiencia de la «luz no creada» no era más que una ilusión. Según Barlaam, Dios era completamente trascendente e inaccesible para los sentidos humanos, y cualquier afirmación de una experiencia directa de la divinidad era herética.

El debate se intensificó cuando Barlaam comenzó a criticar públicamente las enseñanzas de los hesicastas, lo que llevó a una serie de concilios eclesiásticos para resolver la controversia. En estos concilios, Gregorio Palamás defendió la legitimidad del hesicasmo, utilizando la teología de los Padres de la Iglesia para argumentar que, aunque la esencia de Dios es inaccesible, sus energías o gracias pueden ser experimentadas por los seres humanos. Palamás desarrolló una distinción teológica crucial entre la esencia de Dios -que es incognoscible- y las energías divinas -que son la manifestación de Dios en el mundo y pueden ser experimentadas directamente por los fieles.

El debate culminó en varios concilios en Constantinopla entre 1341 y 1351. En estos concilios, la posición de Gregorio Palamás fue ratificada como ortodoxa, y el hesicasmo fue reconocido como una práctica legítima dentro de la Iglesia Ortodoxa. Barlaam, por su parte, fue condenado y terminó regresando al Occidente, donde terminó uniéndose a la Iglesia Católica, más afín a sus creencias racionalistas.

El resultado de esta controversia no solo reafirmó la validez del hesicasmo, sino que también influyó profundamente en la teología ortodoxa, especialmente en la comprensión de la relación entre Dios y la humanidad. Gregorio Palamás fue canonizado como santo y su teología sigue siendo una piedra angular de la espiritualidad ortodoxa. El Monte Athos, como centro del hesicasmo, continuó siendo un faro de la espiritualidad ortodoxa, y su influencia se extendió a través del mundo ortodoxo.

Este debate es visto como un momento clave en la historia del cristianismo ortodoxo, destacando la tensión entre la teología mística y la racionalista, y reafirmando la importancia de la experiencia mística en la vida espiritual.

MÁS INFORMACIÓN: El Gran Cisma, cuando el cristianismo se partió por la mitad (Juan Pérez Ventura, 2017)

Esa misma «luz no creada» que encendió el debate hesicasta fue la que debió iluminar al monje Simón el Myroblyte, quien una noche del año 1257 tuvo una visión celestial que le ordenó edificar un nuevo monasterio en la Península. El encargo tenía trampa, pues la localización del edificio debía ser la más inaccesible de todo Athos. Sin miedo al reto divino, Simón y sus seguidores diseñaron una estructura apoyada en la misma falda de la montaña, a más de 300 metros sobre el nivel del mar, y rodeada de bosques y rocas. No sabemos cómo lo hicieron, pero el resultado sigue siendo visible 800 años después. El monasterio de Símonos Pétras ha resistido tormentas, movimientos sísmicos, deslizamientos, aire, olas… incluso incendios, el más devastador en 1580. Pero ahí sigue, imponente sobre tierra y mar, haciendo sonar su famosa campana día tras día, desde el siglo XIII.

Tercera parada: el monasterio de Vatopedi

En los monasterios de Athos, así como en todos los dominios de la Iglesia Ortodoxa, se utiliza la versión del Antiguo Testamento conocida como Septuaginta, y la versión del Nuevo Testamento llamada Texto Bizantino, ambas escritas originalmente en griego. En el Monte Athos encontramos monasterios fundados por ortodoxos búlgaros, otros por ortodoxos griegos, otros son habitados por rusos, otros por rumanos, otros son serbios, también hay georgianos… Por lo que las Sagradas Escrituras están presentes en Athos en diferentes lenguas. Todas las traducciones (al eslavo, al rumano…) son fieles transposiciones del texto original y tradicional griego.

Por esta diversidad de origen se considera a Athos el epicentro del mundo cristiano ortodoxo, un lugar excepcional de fe y tradición. La pureza que ha mantenido durante estos últimos 1000 años lo eleva al rango de sitio sagrado. La reunión de fieles de diferentes patriarcados es un símbolo de paz y fraternidad dentro de la Iglesia Ortodoxa. Más aún, la visita de la Virgen María en el siglo I d.C. ya sirve como justificación para considerar el Monte Athos un lugar sagrado. El Patriarca de Constantinopla ha visitado en multitud de ocasiones la Península, reforzando el estatus especial de este rincón del Egeo.

Fotografía de la supuesta visita de la Virgen María, en 1903

Que a la Virgen María le gustó este lugar se confirmaría con la historia que, durante el siglo XX, se expandió por el mundo ortodoxo: ¡La Theotokos había vuelto a pasearse por Athos! Una fotografía de 1903 parecía revelar que en la fila para recoger la porción de torta de pan diaria se había colado una mujer. Ante la imposibilidad de que eso fuera así (es imposible que se cuele una mujer en la comunidad monástica de Athos), la única opción es que se hubiera tratado de una aparición mariana, puesto que la Virgen María es la Abadesa Superiora del Monte Athos. La aparición sirvió para que desde el Gobierno del Estado Autónomo del Monte Athos no prohibieran -como pensaban hacer- el reparto de tortas de pan, ya que entendieron que la Virgen les había mandado un claro mensaje sobre la importancia de repartir comida y ser generosos.

ARTÍCULO RELACIONADO: Las apariciones marianas, testimonios de encuentros con la Virgen María (Juan Pérez Ventura, 2018)

La estancia en Símonos Petrás había sido estupenda. Dormir con la ventana abierta y sentir la brisa marina refrescando el aire de la habitación era una sensación muy placentera. Oukonunaka sintió tener que continuar el viaje. Símonos Petrás sí era un lugar donde no le habría importado pasar una buena temporada. La siguiente parada era el monasterio de Vatopedi, a siete horas a pie. «A mitad de camino pararemos en Karyes, allí podremos aprovisionarnos» dijo uno de los hombres del grupo.

Karyes era la principal aldea de la Península. Al llegar mostraron sus respetos ante la Iglesia de la Santísima Dormición de la Theotokos. Los vendedores se acercaron al grupo ofreciendo todo tipo de productos, desde cantimploras hasta cuchillos y hogazas de pan. Aquel pan tenía muy buena pinta, pero Oukonunaka no se decidió a comprarlo. Él estaba asombrado por ver aquella plaza central del pueblo recorrida únicamente por hombres. Ni una mujer a la vista. Era una escena curiosa.

Llegaron al monasterio de Vatopedi con las primeras luces del atardecer, que golpeaban contra las fachadas rojas del recinto creando un juego de color. De nuevo, más que un monasterio parecía una ciudad fortificada, encerrada en sí misma. En la entrada al complejo monástico les esperaba un hombre vestido con un elegante -y llamativo- traje dorado.

-Bienvenidos hermanos a Vatopedi -dijo-. Preparaos para atravesar esta antigua puerta, que es la puerta que había en la mismísima Hagia Sofia de Bizancio -el hombre estaba orgulloso. No era para menos-. Fue traída hasta aquí en barcos del Emperador, y nos protege de todo mal como en su día hizo en la Gran Capital.

El monje siguió presumiendo de las reliquias, tesoros y curiosidades de su monasterio mientras acompañaba al grupo a las habitaciones. Oukonunaka iba distraído mirando los cuadros y candelabros que decoraban las estancias, pero escuchó al hombre mencionar una rica biblioteca que permanecía cerrada a los visitantes. «¿Para qué la nombra, pues?» se preguntó el joven indignado. A Oukonunaka le encantaban las bibliotecas. En todo caso, la prohibición daba un toque de emoción al asunto: el toque necesario para saltarse las normas, esa misma noche.

Unas horas después, aprovechando que todos están en la vigilia nocturna del Mesoniktikon, Oukonunaka encontró el momento oportuno para discretamente apartarse de todo el mundo. La luna iluminaba con fuerza el patio central de Vatopedi, y su luz permitía leer el cartel que indicaba en qué edificio estaba la biblioteca. El joven avanzó agachado por la plaza, dando grandes zancadas para que los adoquines no le descubrieran. «Cerrada» maldijo al comprobar que la puerta no se podía abrir. Afortunadamente la ventana de al lado sí estaba entreabierta. Desde niño había sido muy escurridizo, no le costó colarse en el interior.

La luz lunar apenas iluminaba las mesas más cercanas a los ventanales, pero permitía adivinar las enormes estanterías que se alzaban al final de la estancia. Era una biblioteca austera en decoración, pero bien dotada de libros. Los ojos de Oukonunaka brillaban. Sin dejarse llevar por la emoción, buscó la sección que le interesaba y examinó los tomos. «¡Aquí estás!» exclamó en voz baja con alegría, mientras sacaba con cuidado una edición de la ‘Geografía’ de Ptolomeo. Era del siglo XII, de hacía más de 150 años. El joven comenzó a viajar a través de sus páginas, maravillado. 

-¡Por San Atanasio! -una voz hizo que la ‘Geografía’ cayera sobre los pies de Oukonunaka, que pegó un salto del susto- ¿Qué haces tú aquí?

-¡Perdón señor! -Oukonunaka no sabía hacia dónde dirigirse, no veía nada-. No era mi intención… yo sólo quería… -intentaba encontrar una excusa mientras recogía el tomo de Ptolomeo y lo volvía a colocar en la estantería.

-Baja la voz -un hombre se le acercó y le cogió del brazo con fuerza-. Vamos, no se puede estar aquí.

Esa noche Oukonunaka durmió bien. La bronca de aquel monje no se podía comparar con la experiencia de haber abierto una ‘Geografía’ del siglo XII y -sobre todo- haberse saltado las estrictas normas de la comunidad monástica.

A la mañana siguiente el joven se despertó por el barullo que había en la plaza. Se asomó por la pequeña ventana de la habitación y vio que un grupo de hombres hacía fila esperando a recoger o recibir algo. La curiosidad no le permitió pensarlo dos veces y bajó corriendo a ver qué ocurría. El misterio se resolvió pronto: estaban repartiendo pan, un pan típico que hacían en el propio monasterio. «Podría haber comprado el pan de Karyes» pensó al ver la larga cola que había. Antes de volver a su habitación una imagen le hizo volver la mirada. ¿Había una mujer en la fila? Oukonunaka se frotó los ojos y buscó de nuevo la figura femenina entre tantos hombres. Ahí estaba. No había duda. ¡Una mujer! Era de piel pálida y estaba mirando al suelo con gesto triste. «Permitirán que las mujeres vengan a Vatopedi el día que reparten su típico pan» pensó el joven. Siempre había una explicación lógica para todo. Volvió a mirar pero ya no pudo distinguir a aquella señora de rostro blanco.

El grupo de hombres viajeros se reunió en el salón comedor para debatir la ruta a seguir. Ioannis abogaba por volver a cambiar de costa e ir al monasterio de Xenofontos, y desde allí coger un barco en el puerto de Dafni. Otros opinaban que merecería la pena subir al pico del Athos y pasar una noche en alguna de las cuevas o cabañas de la ladera de la montaña. El hombre más viejo apostaba por volver a la Gran Laura para descansar allí unos días. Mientras conversaban, los monjes comenzaron a servir el desayuno. En aquel comedor había cuatro mesas alargadas, cada una con capacidad para sentar a treinta hombres. Estaban sirviendo un cuenco de gachas con azúcar para cada comensal.

-Los barcos parten de Dafni a Pyrgadikia todas las tardes antes de la puesta de Sol -Ioannis seguía tratando de convencer a los demás de su plan. 

-Yo quiero encontrarme a Gregorio Palamás por los senderos que suben a la Montaña -dijo otro hombre- ¿Tú no querías ser ermitaño, Ioannis? -añadió riendo.

La conversación era agradable. Había en aquel comedor una sensación de comunidad, de hermandad. Los hombres hablaban, algunos otros rezaban, había quienes ojeaban manuscritos. Los monjes voluntarios seguían repartiendo raciones a quienes quisieran repetir. 

-Por cierto -dijo Oukonunaka mientras seguía comiendo aquellas deliciosas gachas-, no sabía que en este monasterio sí que dejaban entrar a mujeres -un silencio enmudeció el salón. Todos los hombres dejaron de comer y miraron al joven.

vista de la península desde lo alto del Monte Athos

Novecientos años después de que se estableciera la prohibición de la entrada a mujeres en la Península de Athos, en 1953, la joven María Poimenidou se coló en la comunidad vestida de hombre. Escandalizados, los monjes interpusieron una queja oficial al Gobierno. No tardó mucho el Ejecutivo griego en aprobar una ley que prohibiera el acceso a las mujeres en todo el área controlada por el Patriarcado de Constantinopla, bajo pena de 12 meses en prisión. La norma sería muy polémica en la sociedad griega, y los intentos de violarla, aunque escasos, siempre serían ruidosos en los medios de comunicación. En 2008 un grupo de mujeres saltó la valla que existe separando el Estado Monástico del resto del país y protestaron por la alteración del Espacio Schengen.

Más allá de lo anecdótico, la prohibición al paso de mujeres es sin duda es una cuestión compleja a nivel legal. En 2003 el Parlamento Europeo pidió formalmente al Estado Monástico del Monte Athos que eliminara la norma, por violar «el principio de igualdad de género, universalmente reconocido». Sin embargo la regla de Dios se impone a las normas del hombre, y la prohibición sigue presente. Al tratarse de un trozo de tierra que no importa a demasiada gente a nivel europeo, el asunto no ocupa titulares ni está sobre la mesa del debate público, pero es no obstante un tema interesante para el debate: ¿qué debe prevalecer, la tradición a través de una norma redactada hace 1000 años, o la ley, a través de normas redactadas recientemente? ¿el tiempo da la razón?

El Monte Athos sí ocupó titulares en 2018 por otro tema: ese año el gobierno griego impidió la entrada de cuatro monjes rusos al sospechar que eran espías. En el contexto del cisma de la Iglesia Ortodoxa y de la invasión rusa de Ucrania, el territorio de Athos ha visto que no está tan desconectado del mundo como pretende. ¿A caso es posible?

ARTÍCULO RELACIONADO: El Cisma en la Iglesia Ortodoxa (Juan Pérez Ventura, 2020)

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Juan Pérez Ventura

Juan Pérez Ventura es profesor por las mañanas y divulgador por las tardes. Le interesa todo. Absolutamente todo. En 2012 fundó la página web 'El orden mundial en el S.XXI', el medio de análisis internacional más leído en español. En 2023 publicó el libro 'Música y cine, año a año', una obra única que repasa de manera anual la historia de la música y el cine. En 2025 publicó el libro 'VENTURA: 100 artículos de divulgación multidisciplinar', un compendio que celebra sus 15 años como divulgador. Actualmente prepara una tesis doctoral sobre geografía urbana.

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