La débil luz de dos antorchas ilumina la estancia, en un silencio solo interrumpido por el goteo de la humedad. Mientras uno de los hombres vigila las escaleras que suben hasta el exterior, las mujeres y los sacerdotes se apresuran a terminar el mural. La oscuridad nocturna no permite adivinar el dibujo completo, pero de vez en cuando se ilumina el rostro de un joven con pelo largo y barba al que acompañan varias personas en peregrinación. “¡Vámonos rápido!” grita de pronto una voz desde la escalera. “Se acercan dos guardias”. Los sacerdotes recogen los colores y apagan las antorchas, y el grupo entero huye por un pasadizo secreto oculto en la pared de la cueva. Pocos segundos después, los guardias romanos entran en la sala y descubren la ilegalidad: una pintura de la secta cristiana que debe ser borrada inmediatamente.

Escenas como esta se dieron en muchas ocasiones durante el llamado cristianismo primitivo, que se alarga durante más de trescientos años desde la muerte de Jesús de Nazaret hasta principios del siglo IV. Esta larga etapa de oscuridad para la fe cristiana mantuvo a los seguidores de Jesucristo marginados socialmente y perseguidos institucionalmente.

La labor de los doce apóstoles divulgando las ideas de Jesús entre los años 33 y 100 permitió sumar miles de personas a este nuevo movimiento dentro de los límites del Imperio romano, algo que no gustó a las autoridades. La religión oficial era la llamada religión romana, basada en el culto a los dioses olímpicos y que veneraba incluso a los propios emperadores. El cristianismo fue entendido como una nueva secta judía, esa corriente nacida en la provincia de Judea y repleta de extraños rituales, y sus fieles fueron perseguidos en distintas etapas.

Tradicionalmente, la historiografía cristiana sitúa en el año 64 la primera persecución destacada, fruto del Gran Incendio que tuvo lugar ese año en Roma. El fuego quemó el Templo de Júpiter, y el emperador Nerón culpó a los cristianos. Sin embargo, esta tesis ha sido recientemente puesta en duda por los historiadores, que no creen que Nerón iniciara una campaña anti-cristiana. Sí está bien documentada la política de Dominiciano, que en el año 80 declaró el cristianismo religio ilicita y comenzó -ahora sí- una persecución que se alargaría durante 15 años, terminando con una nueva ley que establecía que ningún cristiano, una vez llevado ante un tribunal, podría quedar libre sin antes renunciar a su religión.

Otras persecuciones fueron las de Trajano (109-111), Marco Aurelio (161-180), Septimio Severo (202-210) o Decio (250-251), con horrorosas ejecuciones que crearon mártires como Santa Águeda, arrojada y revolcada sobre las brasas de una hoguera en la ciudad de Catania, en Sicilia. Se cuenta que al año siguiente de su terrible muerte, el volcán Etna entró en erupción. Una casualidad considerada como un castigo divino.

Los desastres ayudaron al crecimiento del cristianismo, por ser eventos que demostraban tanto la ira de Dios como la bondad de los cristianos. En los años 165 y 251 dos devastadoras epidemias terminaron con un cuarto de la población del Imperio, y la actitud de los seguidores de Jesucristo hacia los enfermos les hizo ganar simpatías, ya que se demostraron ciudadanos con mucho sentido de la comunidad y la ayuda al necesitado. Estos dos episodios hicieron que la población comenzara a desconfiar de la religión romana tradicional, incapaz de frenar las desgracias. Zeus y los demás dioses olímpicos ya no parecían responder a los rezos de la gente. El cristianismo, en cambio, tenía un relato claro y convincente: la ira de Dios, el ejemplo de Jesucristo, el Apocalipsis, la Salvación…

La persecución al cristianismo también fue clave para el crecimiento de esta religión. Cuando el pueblo romano contempló a los seguidores de esa extraña secta morir devorados por leones, ser perseguidos por las autoridades o erigirse como mártires para probar su fe, muchos reflexionaron sobre si efectivamente era la fe verdadera. ¿Por qué si no iba alguien a dejarse matar? ¿Acaso existía realmente el Reino de los Cielos del que hablaban los seguidores de ese tal Jesús? El martirio fue para muchos la prueba de la veracidad, la confirmación de que esa fe era fuerte.

La última oración de los mártires cristianos, Jean-Léon Gérôme (1883)

La fe cristiana contaba además con una importante fortaleza: su estructura internacional. Quien se convertía al cristianismo sentía que formaba parte de una gran comunidad global, al contar con una organización bien estructurada como la Iglesia y con una gran red de obispos y congregaciones en distintos puntos de la geografía. Otra ventaja que ofrecía el cristianismo, especialmente frente al judaísmo, era la no exclusión a una etnia y la no obligación de incómodas prácticas como la circuncisión o las limitaciones alimentarias. Ofrecía el monoteísmo y la moral judíos, pero con más facilidades. La idea de la salvación espiritual y la curación física (todo ello de manera gratuita) fue muy atractiva para las clases más iletradas de la sociedad. En las esferas más altas, los intereses económicos y políticos jugaron un papel importante.

Se cree que el traslado de esclavos cristianos también ayudó a la expansión del cristianismo, así como las relaciones comerciales y los movimientos migratorios dentro del espacio romano. En el plano político, la inestabilidad del Imperio a partir de la crisis del siglo III, con el periodo de la anarquía militar, guerras civiles, invasiones de los pueblos bárbaros y la división del Imperio en dos, no ayudó en nada a mantener las creencias en los antiguos dioses.

Con un cristianismo al alza, en el año 303 el emperador Diocleciano lideró una enorme persecución contra la comunidad cristiana, que había dejado de vivir en catacumbas y ahora dominaba ideológicamente muchas zonas y ciudades. Los cristianos rechazaban el culto al emperador, algo que quería consolidar con determinación Diocleciano. El emperador estaba convencido de llevar a Roma a una nueva época dorada, superando la crisis del siglo III y recuperando los ideales tradicionales. Levantó templos en honor a héroes como Hércules, dioses antiguos como Júpiter e incluso deidades de origen egipcio como Isis. Toda ayuda era poca.

Miniatura del ‘Menologio de Basilio II’ en honor a los mártires de Nicomedia

Sin embargo un grupo de población -no pequeño, algunos historiadores lo sitúan en el 10% de la población romana de la época- se oponía a esta política del emperador: los cristianos. La secta se encontraba con tanta sensación de poder que incluso había edificado una gran iglesia en Nicomedia, en la península de Anatolia. El 23 de febrero del año 303 Diocleciano ordenó destruir el templo y quemar todas las escrituras que se hallaran en su interior. Se inició así la conocida como Persecución de Diocleciano, que se propuso derribar todas las iglesias cristianas del Imperio.

El edicto oficial firmado por el emperador prohibía además las reuniones para celebrar el culto cristiano y expulsaba de sus puestos de trabajo a todos los funcionarios cristianos (senadores, decuriones, soldados…). Un segundo edicto firmado en verano del mismo año tras unas revueltas cristianas en Siria ordenaba el encarcelamiento de todos los obispos y sacerdotes. Esta norma fue contraproducente y colapsó el sistema judicial y de prisiones del Imperio.

El emperador Galerio siguió el ejemplo de Diocleciano y persiguió a la comunidad cristiana, pero cuando enfermó gravemente temió que sus dolores se debieran a un castigo de Dios y cambió de actitud. En el año 311 firmó el Edicto de Tolerancia de Nicomedia, que finalizaba las persecuciones. Murió a los cinco días.

Dos años después, un nuevo emperador cambiaría para siempre la historia del cristianismo. Muy influenciado por la ideología cristiana debido a su entorno familiar, Constantino I decretó la libertad de culto para todas las religiones con el Edicto de Milán del año 313. Terminaba así el cristianismo primitivo, de supervivencia al margen de la sociedad y etiquetado como secta.

Libres ante las autoridades y aceptados por el pueblo, los cristianos comenzaron en el año 314, tan solo unos meses después del Edicto de Milán, a perseguir a las religiones tradicionales, acusándolas de heréticas. En los años siguientes convencieron a Constantino de que prohibiera los rituales que incluyeran magia o sacrificios, destruyera templos antiguos y aprobara exenciones fiscales a los clérigos cristianos. En el año 319 el emperador prohibió la construcción de nuevas estatuas para honrar a los dioses olímpicos. De manera sorprendentemente rápida, los cristianos accedieron a la toma de decisiones. Al parecer fue clave la intervención de Helena, madre de Constantino y profundamente cristiana. Una mujer tan devota que incluso viajó en peregrinación a Tierra Santa en busca de las reliquias bíblicas.

En el Concilio de Nicea, celebrado en esta ciudad en el año 325, Constantino I confirmó la legitimidad y legalidad del cristianismo y planteó resolver una importante diferencia que había crecido en el seno de la nueva fe: una discusión por la cuestión de la Santísima Trinidad que enfrentaba a la ortodoxia trinitaria, defensora de la divinidad de las tres partes de la Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo), con el arrianismo, una corriente que consideraba al Hijo y al Espíritu Santo menos divinos que el Padre. El Concilio de Nicea resolvió que el arrianismo era herético, si bien algunos emperadores futuros, como Constancio II (337-361) o Valente (364-378), fueron arrianos. Al fin y al cabo, más que de convicciones teológicas, estar dentro de una corriente u otra dependía de los intereses e influencias políticas. En cualquier caso, se considera que el Concilio de Nicea estableció la unidad de la Iglesia.

De la mano del papa Silvestre I, Constantino I ordenó edificar los principales templos cristianos de Roma: San Pablo Extramuros (324), San Juan de Letrán (324), San Pedro (326) y San Lorenzo Extramuros (380). Así, el cristianismo hizo de esta ciudad la capital de su vasto imperio ideológico, y estas grandes basílicas fueron una imponente forma de recordar el poder de la nueva Iglesia.

En el año 335 murió el papa Silvestre I, gran artífice del establecimiento del cristianismo en el Imperio romano y primer papa que murió sin ser martirizado, después de que sus 32 sucesores, desde el año 67 con Pedro, hubieran sido perseguidos, crucificados y asesinados. Como una macabra venganza histórica, los siguientes papas -que murieron en sus camas- promovieron nuevas persecuciones: esta vez morirían todos aquellos que no creyeran en el mensaje de amor de Jesucristo.

Los hijos de Constantino I fueron emperadores, y tanto Constante (337-350) como Constancio II (337-361) persiguieron a los paganos. En el año 341 Constancio II comenzó una importante campaña para acabar con las religiones tradicionales. Fue el primer emperador que dictó leyes anti-paganas, castigando con la pena de muerte a cualquiera que realizara sacrificios a los dioses antiguos. Constancio II es recordado por haber retirado el famoso Altar de la Victoria que desde hacía 400 años presidía el Senado romano. Durante su gobierno, muchas comunidades cristianas, especialmente en las provincias de Oriente Medio, realizaron actos vandálicos contra templos paganos.

El cristianismo dio el paso definitivo hacia el poder con Teodosio I, emperador profundamente cristiano que promulgó el Edicto de Tesalónica en el año 380. A partir de este año, el cristianismo se convertía en la única religión del Imperio romano. De esta manera, el Estado dejaba de apoyar a la religión romana tradicional y se prohibía la adoración pública de los antiguos dioses. Al año siguiente, en el Primer Concilio de Constantinopla, se puso fin a la discusión sobre la divinidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Se estableció que no podía haber dudas dentro de la fe cristiana: las tres entidades estaban en el mismo nivel de divinidad. Eso era lo que todos los bautizados debían creer. Así, la corriente del arrianismo fue desterrada del Imperio.

Los llamados Decretos Teodosianos, firmados por Teodosio I en 392, prohibieron definitivamente la práctica del paganismo. En 393, influenciado por Ambrosio, obispo de Milán, el emperador decretó la finalización de los Juegos Olímpicos, como parte de las fiestas paganas que debían dejar de celebrarse. Su sucesor, Teodosio II, siguió con esta persecución y en el año 426 ordenó la destrucción de todos los templos griegos. La magia, la adivinación, la oración politeísta, la brujería, las festividades tradicionales y todo lo que una vez había vertebrado la vida pública romana fue eliminado para siempre.

Con un cristianismo afianzado en el poder, los problemas del Imperio comenzaron a llegar desde el exterior. En los años 410 y 455 Roma fue saqueada por los pueblos germánicos que atacaban desde el norte. Políticamente la sucesión de emperadores romanos estaba cerca de su fin, pero el cristianismo iba a sobrevivir como religión principal del mundo conocido. En el año 476 el bárbaro Odoacro dio el golpe definitivo y destituyó al último emperador del Imperio romano de Occidente. Terminó así la etapa romana y Odoacro se coronó como primer Rey de Italia. El líder germano era cristiano, el único problema es que no creía en la divinidad del Hijo ni del Espíritu Santo: era arriano. Aun así, el cristianismo consiguió mantener su influencia entre los pueblos europeos y creció hacia el norte, repartiendo biblias, levantando iglesias y convirtiendo a todas las culturas del continente.

Comenzaba una nueva era para el cristianismo, una larga etapa de más de mil años en la que esta religión dominaría la política y la moral de Occidente. Sin olvidar las horribles persecuciones que habían sufrido durante años, los cristianos enterraron para siempre el recuerdo de cualquier otra deidad. Habían encontrado por fin al Dios correcto.