“El político debe ser capaz de predecir lo que va a ocurrir mañana, el mes próximo y el año que viene, y de explicar después por qué no ha ocurrido” diría en alguna ocasión Winston Churchill. Muchas explicaciones tuvieron que dar los políticos del Imperio británico a sus aliados de Oriente Medio una vez finalizada la Primera Guerra Mundial. Por una parte, habían prometido la independencia a los árabes, quienes una vez liberados del Imperio otomano podrían crear un gran Estado árabe que abarcara toda la región. Al mismo tiempo, los estrategas británicos consiguieron el apoyo de los judíos firmando la Declaración Balfour (1917), en la que aseguraban que se crearía un hogar para los judíos en Palestina. Otra cita de Churchill nos puede ayudar a entenderlo mejor: “La historia del mundo se resumen en el hecho de que, cuando las naciones son fuertes, no son siempre justas, y cuando desean ser justas, ya no son fuertes”.
Hacia 1880 había unos 25.000 judíos viviendo en la provincia de la Siria otomana. La extensa región que los turcos habían controlado desde 1516 se dividió en 1919 en dos territorios: el Mandato británico de Palestina y el Mandato francés de Siria. Los primeros realizaron un nuevo censo en 1922 y contabilizaron 84.000 judíos. Aunque eran muchos menos que los musulmanes (600.000), supieron organizarse bien: en 1920 crearon la Haganá, una organización militar de autodefensa ante los ataques de la población árabe, y en 1923 la Agencia Judía para la Tierra de Israel (AJTI) como representante de la comunidad judía ante las autoridades del Mandato británico. La AJTI sería la base del futuro gobierno del Estado de Israel, proclamado en 1948, y funcionaría a partir de entonces como órgano gubernamental para promover y gestionar la inmigración judía hacia el nuevo país. En comparación, la población árabe no tuvo un órgano político hasta 1936, cuando se creó el Alto Comité Árabe para representar a la comunidad árabe de Palestina (aunque fue prohibido por las autoridades británicas en 1937). Siguiendo el ánimo de la Declaración Balfour, el Gobierno británico favoreció la inmigración judía hacia el Mandato de Palestina.
Las oleadas de inmigración hacia la Tierra Prometida se conocen como aliyot (plural de aliyá, palabra hebrea que significa “ascenso”). La primera aliyá tuvo lugar entre 1881 y 1903 y estuvo promovida principalmente por el movimiento popular Hovevei Zion (“Los Amantes de Sion”), fundado por judíos de la ciudad ucraniana de Odesa como respuesta a una serie de pogromos antijudíos en el Imperio ruso y con los objetivos de renovar el sentimiento de pertenencia al pueblo judío y de regresar a la Tierra de Israel. Los Amantes de Sion fue la primera organización sionista, que defendía el derecho del pueblo judío a instalarse en Tierra Santa. En 1897, el periodista húngaro Theodor Herzl creó la Organización Sionista Mundial para promover con claridad la inmigración judía a Palestina y la creación de un estado judío. La segunda aliyá (1904-1914) llevó a 40.000 judíos hasta el Mandato británico y ayudó a que el hebreo resurgiera como idioma entre los judíos establecidos en la Tierra Prometida. Se considera el final del siglo XIX como el momento en el que nació el sionismo como movimiento político, una ideología basada en la promesa bíblica de Moisés, que se dirigió al pueblo judío con estas palabras: “Aunque estén desterrados, esparcidos por los lugares más lejanos del mundo, el Señor los hará volver de nuevo al país que sus antepasados ocuparon, y ustedes volverán a ocuparlo, y los hará prosperar” (Deuteronomio 30:1-5). El pueblo judío había vivido en el exilio desde la Rebelión de Bar Kojba en el año 135, y tras más de 17 siglos instalados en distintos países era el momento de establecerse en la Tierra Prometida.
Por miedo a los crecientes autoritarismos en Europa, amparados por la Declaración Balfour y respondiendo a la promesa de Moisés, durante los años veinte y treinta se multiplicó el volumen de migrantes, con otras tres aliyot. En 1931 los judíos en el Mandato británico eran 170.000, en 1942 más de 485.000 y en 1948 ya superaban los 650.000. La AJTI dedicaba la mayor parte de su presupuesto en la compra de tierras para instalar a los judíos recién llegados, un poderío económico que se traducía en una colonización agrícola a través de los kibutz (comunas agrícolas). Una colonización legal, pero que indignó a la población árabe local. Ante esta situación, el Alto Comité Árabe convocó una huelga general de trabajadores en 1936 que derivó en la Gran Revuelta de 1936-1939, que resultó en 300 judíos y 5.000 árabes muertos. Tanto la Comisión Peel (1936) como el Libro Blanco (1939) fueron intentos por parte del Reino Unido de repartir el territorio entre árabes y judíos, ante la evidencia de la difícil convivencia. Ambos fueron rechazados por las dos partes.
La situación se complicó todavía más cuando en la década de 1940 varias organizaciones paramilitares sionistas, como Irgún o Lehi, comenzaron a atentar contra las autoridades del Mandato británico. Desde Londres entendieron que la región se había vuelto demasiado inestable, y tras el sangriento atentado al Hotel Rey David en Jerusalén, perpetrado por el Irgún en verano de 1946, los británicos abandonaron la región en 1948. El año anterior la recién nacida ONU había aprobado su Plan para la partición de Palestina, que encontró el rechazo frontal de los países árabes de la región e hizo estallar una guerra civil entre la comunidad judía y la comunidad árabe dentro del Mandato. Tras siete meses de conflicto y victorias hebreas, el 14 de mayo de 1948 tuvo lugar en Tel Aviv la declaración de independencia de Israel, coincidiendo con la salida de las últimas tropas británicas. El Mandato había terminado, pero los problemas y la inestabilidad seguirían en la zona durante décadas.
Inmediatamente después de la declaración de independencia una coalición de países árabes invadió el nuevo país. Los ejércitos de Egipto, Siria, Líbano, Irak, Arabia Saudita, Jordania y Yemen no pudieron con la joven Israel y, en 1949 se firmó un armisticio y se estableció la Línea Verde como frontera de facto (no de iure). Entre 1946 y 1948 tuvo lugar un éxodo árabe masivo en la región, conocido por los afectados como “nakba” (“desastre”), que llevó a más de 700.000 árabes palestinos a dejar sus hogares y a instalarse en Cisjordania y Gaza. Además, se calcula que las fuerzas judías mataron durante la nakba a unos 13.000 palestinos. Dentro de las fronteras del recién nacido Estado de Israel quedaron únicamente 150.000 árabes, de los cuales la mitad fueron desposeídos de sus hogares y bienes. En Gaza, controlada en aquellos momentos por Egipto, se instaló el Protectorado de Toda Palestina.
Israel no tardaría mucho en invadir Gaza (durante la Guerra del Sinaí, en 1956), aunque antes realizó otro movimiento que molestó a sus vecinos: en 1953 empezó a desviar las aguas del río Jordán para regar el interior de su territorio. La gota que colmó el vaso llegaría en 1967, cuando el joven país atacó preventivamente a Egipto e invadió Cisjordania, los Altos del Golán, la Península del Sinaí y la ciudad de Jerusalén. El poderío militar de Israel permitió una política expansionista exitosa. Frente a los 700 soldados muertos israelíes, la coalición de vecinos árabes perdió más de 23.000 vidas. Seis años después, Egipto y Siria trataron de recuperar los territorios perdidos con la Guerra de Yom Kipur (1973), pero Israel volvió a salir victoriosa.
La actitud agresiva de Israel escandalizó a la comunidad internacional. En apenas 25 años de existencia el país había librado hasta cinco guerras contra sus vecinos y había invadido varios territorios. El presidente Jimmy Carter consiguió sentar al primer ministro israelí Menájem Beguín y al presidente egipcio Anwar Sadat para firmar los acuerdos de Camp David (1978), con los que ambos países enterraron el hacha de guerra. Israel devolvió el Sinaí a Egipto y accedió a establecer un régimen autónomo en Cisjordania y Gaza para la población palestina. Por su parte, Egipto reconoció a Israel como país soberano y permitió a los barcos israelíes el libre paso por el Canal de Suez. La mayor parte de los países árabes criticaron a Egipto por este cambio de estrategia, y el propio Sadat fue asesinado tres años después.
Los palestinos perdieron a un gran aliado en la lucha por la recuperación de su territorio, pero no tardaron en coger el hacha ellos mismos y utilizarla. En 1987 tuvo lugar la Primera Intifada, un levantamiento en contra de la ocupación israelí. La chispa que desató la ola de manifestaciones y ataques fue la muerte de cuatro trabajadores palestinos embestidos por un camión militar israelí en diciembre. De manera espontánea, miles de jóvenes comenzaron a tirar piedras y a atacar a los soldados israelíes. La Organización para la Liberación de Palestina (OLP) dirigida por Yasir Arafat rechazó el uso de armas de fuego o explosivos, y tras seis años de huelgas, sabotajes, manifestaciones y ataques la Intifada dejó un total de 93 israelíes muertos. Por su parte, el Ejército israelí había matado a más de 1.300 palestinos.
Para terminar con la violencia, Arafat estrechó la mano del presidente israelí Isaac Rabin en los Acuerdos de Oslo (1993). Ambas partes aceptaron, respectivamente, el derecho de Israel a existir como Estado soberano y la creación de un autogobierno interino palestino, la Autoridad Nacional Palestina (ANP). Desde 1994 la ANP gestiona la educación, la sanidad y la administración civil en las zonas palestinas. Israel se reservó el derecho a seguir controlando la seguridad, las fronteras y la libertad de movimiento.
Tras varios años de paz, la visita de Ariel Sharón, líder de la oposición israelí, a la Cúpula de la Roca se vio como una enorme provocación entre los palestinos. Al día siguiente, una turba de palestinos apedrearon a los judíos que rezaban en el Muro de las Lamentaciones. La policía israelí respondió matando a siete palestinos. El incidente dio inicio a la Segunda Intifada (2000-2005). Esta vez los palestinos, siguiendo el liderazgo de la organización Hamás, aumentaron el impacto de sus ataques a través de los atentados suicidas en lugares públicos (centros comerciales, autobuses, restaurantes…). El resultado: más de 1.000 israelíes fueron asesinados. Por su parte, Israel acabó con la vida de 3.300 palestinos.
La Segunda Intifada terminó con la retirada israelí de Gaza y la construcción del muro de separación entre Cisjordania e Israel. A partir de entonces los choques entre palestinos e israelíes serían constantes, y el Ejército israelí llevaría a cabo una serie de operaciones militares para castigar los ataques palestinos: Operación Lluvia de Verano (2006), Operación Invierno Caliente (2008), Operación Plomo Fundido (2009), Operación Pilar Defensivo (2012), Operación Margen Protector (2014)… La mayoría de los analistas coinciden en señalar la desproporción evidente entre los ataques palestinos y los israelíes. En la Operación Invierno Caliente, por ejemplo, murieron 3 israelíes y 112 palestinos. La potencia de fuego de las partes no es equiparable. Los sencillos cohetes que laza Hamás (cohetes Qassam, de fabricación rudimentaria en talleres clandestinos) no tienen mucho que hacer frente al avanzado sistema de defensa aérea Cúpula de Hierro que el Ejército israelí desplegó por todo el país en 2011. El ejemplo más reciente se ha vivido en mayo de 2021, cuando tras el desalojo de familias palestinas del barrio de Sheij Jarrah, en Jerusalén Este, Hamás lanzó una serie de cohetes que causaron heridas a unos veinte israelíes. La respuesta de Israel: un bombardeo sobre la Gaza que mató a nueve niños y quince adultos palestinos. Es la última tensión en un conflicto que parece irresoluble.

En el momento de su nacimiento (1948) Israel esgrimió, en voz del líder sionista David Ben-Gurión, varios argumentos para justificar su existencia: la Declaración Balfour (1917), el voto favorable de la ONU (1947), la victoria en la guerra civil dentro del Mandato (1947-1948), la persecución que había sufrido el pueblo judío durante siglos… y la promesa bíblica de la Reunión de la diáspora judía. En 2016, sin embargo, el Consejo de Seguridad de la ONU adoptó la Resolución 2334, recordando que “el establecimiento de asentamientos por parte de Israel en el Territorio Palestino Ocupado desde 1967 no tiene validez legal”, y en 2017 la ONU hizo lo propio aprobando la Resolución 10/L22, en la que criticaba las “medidas ilegales israelíes en el Territorio Palestino Ocupado”, dando a entender de manera clara que la comunidad internacional no ve con buenos ojos la política de Israel.
Sin duda las victorias militares sobre sus enemigos dan al joven país un fuerte argumento para perpetuarse en la región y reafirmar su posición, sin embargo las continuas violaciones de los Derechos Humanos (expulsión de familias, separación de comunidades, asesinato de civiles, detenciones sin cargos, usurpación de recursos naturales, castigos colectivos, demolición de viviendas, discriminación institucionalizada, desplazamientos forzosos, bloqueos ilegales…) han situado a Israel en el punto de mira de la organizaciones e instituciones internacionales. Y aunque la causa palestina cuenta con el apoyo político y moral de gran parte del mundo, la realidad es que solo uno de los dos vecinos es el que cuenta con la fuerza material para imponer su voluntad. Como se suele decir, “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. Y no está muy claro que el poderoso en esta historia esté siendo responsable.
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