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El cine clásico de Hollywood

  • 3 noviembre, 2021
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  • Juan Pérez Ventura

«Cine clásico» es el término utilizado por historiadores y críticos para hacer referencia a un periodo de tiempo que se caracteriza por una determinada forma de hacer películas y de entender la industria cinematográfica. La lógica del cine clásico es diferente a la de otros momentos de la historia, y se puede detectar atendiendo a una serie de características. Antes de repasarlas, es importante recordar que no hay consenso sobre la temporalización exacta del cine clásico, fechado por distintos autores entre 1913 y 1969, 1917-1960, 1900-1960 o incluso entre 1940 y 1960.

El establecimiento de Hollywood como centro de producción de películas en 1913 y el rápido crecimiento de los grandes estudios dejaron claro el tablero sobre el que se iba a jugar la partida. El cine clásico iba a tener una localización y unos jugadores determinados e inamovibles. La palabra inamovible da una buena idea de lo que vamos a hablar. Los estudios escogerían las fichas y las moverían a su antojo. Todo quedaría en Hollywood, bajo la atenta mirada del mundo entero.

Lo que hace del cine clásico un periodo identificable es que una película hecha en 1930 tiene las mismas características que una producida en 1940 o en 1950. Un buen ejemplo es Los diez mandamientos, que tanto en su versión de 1923 como en la de 1956 presenta las mismas características, de forma y de fondo. La tecnología había mejorado, pero la lógica del cine clásico seguía imponiéndose a la hora de presentar la historia. Pasaban las décadas y el cine no evolucionaba. Aun así, millones de espectadores seguían llenando las salas con cada estreno. Todavía no se había masificado el televisor en los hogares.

Por el hecho de mantener unas maneras de hacer, el cine clásico se entiende también como un estilo narrativo y técnico dentro de la historia del cine. Así, hacer una película clásica no es cualquier cosa, sino algo muy concreto: es producir, escribir y dirigir una película al estilo clásico. Pero, ¿qué es exactamente el cine clásico en tanto una corriente? Volviendo a lo inamovible, el cine clásico fijó en sus inicios una serie de ideas que entonces se habían demostrado eficaces para producir éxitos en taquilla, y desde ese momento ya no se cambiaron. Los productores dieron con la tecla del éxito y no dejaron de pulsarla durante 40 años.

El hecho de que el 80% del mercado estuviera en manos de cinco estudios facilitó el establecimiento de la lógica clásica. La idea era que las películas buscaran ser creíbles, realistas. En la trama no debía haber giros inesperados radicales, los héroes y villanos tenían que quedar claros, la cronología sería lineal y continua, y la moralidad dominaría el guión: violencia de baja intensidad y nada de relaciones amorosas descaradas o atrevidas.

La idea de la inamovilidad vuelve a aparecer cuando descubrimos que durante el cine clásico se apostó por no cambiar lo que funcionaba bien: el compositor Alfred Newman siempre trabajó para 20th Century Fox, el diseñador de vestuario Cedric Gibbons fue un fijo de Metro-Goldwyn-Mayer, el cine de aventuras producido por la Warner Bros. siempre contó con Errol Flynn como héroe, Cecil B. DeMille era el director de cabecera de Paramount, Henry King el de la Fox, Ginger Rogers y Fred Astaire solo bailaban a sueldo de RKO, las películas de terror siempre llevaban la firma de Universal Studios, Humphrey Bogart siempre aparecía con Lauren Bacall para la Warner… y así cientos de asociaciones que se repetían una y otra vez.

Los estudios cinematográficos eran empresas con un único objetivo: ingresar dinero. La innovación y lo artístico quedaban en un segundo plano una vez se había encontrado la fórmula mágica que atraía al público. ¿Para qué dejar de aplicarla en cada nuevo estreno? Cada vez más viejos, los productores que habían hecho florecer Hollywood no tenían ninguna intención de arriesgarse a cambiar lo que funcionaba bien.

Con este clima funcionando como una inevitable maquinaria sistémica, el cine de las décadas de 1930, 1940 y 1950 siguió produciendo películas a un ritmo frenético. Los géneros que mejor funcionaban entre el público eran el wéstern y el musical, personificados por John Wayne y Judy Garland. El cine de animación dominado por Walt Disney se limitó a ciertos rangos de edad y el cine negro tuvo que tener cuidado con las reglas morales establecidas por el Código Hays en 1930. El cine bélico se utilizó como herramienta de exaltación patriótica en los tiempos de guerra, y la comedia, que había vivido con el cine mudo años de gran calidad, se combinó con el musical gracias a Bing Crosby.

Broadway Melody of 1938, dirigida por Roy Del Ruth, ejemplo de cine musical

La poca preparación que había tras los guiones, pensados para las masas y para el entretenimiento, contrastaba con el minucioso proceso de entrenamiento al que se sometían los actores una vez fichados por un gran estudio. Descubiertos en su gran mayoría gracias al teatro, los actores y actrices de Hollywood solían firmar un contrato de exclusividad temporal -normalmente siete años- con la productora. Por ello, la compañía invertía en ellos dinero y tiempo. Los intérpretes recibían clases de oración, baile, canto… e incluso entrenamientos físicos para mantenerse en forma. La preparación no era opcional, y las dietas y hasta la vida privada estaban supervisadas por los productores. Habían hecho una inversión y debía salir todo bien.

Esta realidad afectaba a la gran mayoría de los actores. Sin embargo, las verdaderas estrellas podían utilizar su estatus para desafiar a los grandes estudios. Le ocurrió a Metro-Goldwyn-Mayer en 1942 cuando Ava Gardner y Mickey Rooney decidieron casarse -una unión que la productora no veía con buenos ojos- y también a Warner Bros. con Bette Davis en 1937 y con Olivia de Havilland en 1946, enfrentándose a sendas denuncias por parte de las actrices por incumplimientos de sus contratos. Si bien Davis perdió el juicio -y siguió atada a la Warner durante 18 años-, con su atrevimiento sentó precedente para que otros colegas se decidieran a plantarse frente a la dictadura de los estudios.

De lo que ningún actor ni actriz, secundario o estrella, podía escapar era de la afilada pluma de los críticos que cada día publicaban sus columnas en periódicos y revistas especializadas. Inseparable del mundo del cine, la prensa jugó un papel importante durante el periodo clásico. Millones de lectores se levantaban por la mañana y, mientras desayunaban, leían la nueva crítica de Hedda Hopper, Louella Parsons o Sheilah Graham. «Era lo primero que hacía todo el mundo en la industria del show business» aseguró una vez Bob Hope. Sin importar la posición que un nombre ocupara en el póster de la película, las tres columnistas más influyentes en Hollywood disparaban su envenenada tinta conscientes de que podían destruir la carrera de cualquier actor. Sus dardos muchas veces se apuntaban entre sí. Famosa es la enemistad que mantenían Hopper y Parsons, retratada en películas como Trumbo (2015) y ¡Ave, César! (2016).

En 1948, la conocida como Paramount Decision debilitó enormemente el sistema de los grandes estudios y permitió el crecimiento de otras muchas compañías dentro del sector, y en 1954 la retirada del ultra-católico Joseph Breen como encargado de aplicar el Código Hays (establecido en 1930) relajó la censura que había dominado durante el periodo clásico. Dos pilares clave de Hollywood se derrumbaban para facilitar la transición a una etapa moderna caracterizada por la libertad. A ello ayudó también la llegada de la televisión a millones de hogares durante la década de 1950 y el paso inevitable del tiempo: las sucesivas muertes de varias estrellas (Humphrey Bogart en 1957, Clark Gable en 1960, Gary Cooper en 1961 o Marilyn Monroe en 1962) fueron tristes metáforas del fin de una era protagonizada por galanes viriles y mujeres ideales cosificadas.

La lógica del cine clásico se verá desafiada en sus pilares básicos con distintos estrenos clave que fueron un éxito entre el público: la integridad del héroe en Rebelde sin causa (1955), la narrativa esperable con Psicosis (1960), la violencia de baja intensidad con Bonnie y Clyde (1967) y la limitación de temas siguiendo la moral conservadora en Easy Rider (1969). En 1970 ya no quedaba rastro del cine clásico -algunos apuntan a Hello, Dolly! (1969) como última película hecha con los cánones tradicionales- y una nueva generación de directores dieron vía libre a su imaginación para fundar el llamado New Hollywood, que consiguió mantener el éxito comercial apostando por el atrevimiento. La fama de los grandes estudios se vio sustituida por una serie de nombres propios entre los que destacan Steven Spielberg, Francis Ford Coppola, George Lucas, Martin Scorsese, Stanley Kubrick, Roman Polanski, Woody Allen o Brian De Palma.

ARTÍCULO RELACIONADO: Steven Spielberg, el Rey Midas del cine (Juan Pérez Ventura, 2021)

En el New Hollywood el objetivo principal ya no era el comercial, y se trató de hacer honor al nombre de Séptimo Arte para que el cine fuera, efectivamente, un arte. Aparecieron así el cine de autor y el cine independiente, en los que la lógica industrial se sustituía por la búsqueda de calidad puntual. En 1978 se fundó el Festival de Cine de Sundance para promocionar esta nueva forma de entender el sector, que se demostró comercialmente exitosa gracias a productoras como American Zoetrope (1969), New World Pictures (1970) o Lucasfilm (1971).

artículo extraído del libro ‘Música y cine, año a año’ (2013)

Juan Pérez Ventura

Juan Pérez Ventura es profesor por las mañanas y divulgador por las tardes. Le interesa todo. Absolutamente todo. En 2012 fundó la página web 'El orden mundial en el S.XXI', el medio de análisis internacional más leído en español. En 2023 publicó el libro 'Música y cine, año a año', una obra única que repasa de manera anual la historia de la música y el cine. En 2025 publicó el libro 'VENTURA: 100 artículos de divulgación multidisciplinar', un compendio que celebra sus 15 años como divulgador. Actualmente prepara una tesis doctoral sobre geografía urbana.

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