El frío es insoportable en aquella esquina del mundo, y sin embargo sus habitantes han sufrido algunos de los conflictos más descarnados que ha visto la Historia. El interés de varias potencias en la región la ha convertido en campo de batalla y tablero de ajedrez geopolítico. De todos los actores que concurren en las disputas territoriales del Extremo Oriente, Rusia y Japón destacan por haber mantenido una vecindad tormentosa, recorrida por declaraciones de guerra, tratados de paz, invasiones, odios y relaciones comerciales. La disputa por el archipiélago de las Islas Kuriles centra la relación de ambas potencias, que oficialmente nunca firmaron la paz tras la Segunda Guerra Mundial.
Tanto las pequeñas islas Kuriles como la Isla de Sajalín están a tan sólo 40 kilómetros de Japón, por lo que su control no es una cuestión menor. Afecta directamente a la seguridad nacional del país nipón, y actualmente siguen ocupadas por población -y tropas- rusas. Además de su localización estratégica frente a las costas de Japón, estas islas ofrecen acceso a bancos de pesca y a varias minas. Pese al renovado interés por estos territorios, su existencia pasó inadvertida durante siglos.
En los años treinta del siglo XVII exploradores japoneses cartografiaron el sur de la isla de Sajalín, pero no se inició una colonización. A partir de 1780 la presencia nipona en aquellas tierras se intensificó al iniciarse el comercio con el pueblo Ainu, oriundo de la isla. También en la primera mitad del siglo XVII los rusos, de la mano de Iván Moskvitin, exploraron la zona. Sin embargo no fue hasta el siglo XIX cuando ambos países repararon en la utilidad de aquellos trozos de roca desnuda y helada. A partir de 1849, Rusia comenzó a explotar minas de carbón en Sajalín, y en 1857 estableció una katorga (una colonia penal en la que los presos realizaban trabajos forzados). Dos años antes los dos vecinos habían firmado el Tratado de Shimoda, el primero entre ambos imperios, que entre otras cosas establecía el reparto de las Islas Kuriles y la soberanía compartida sobre Sajalín: tanto japoneses como rusos podrían habitar la isla. Las relaciones parecían ir bien cuando, además, en 1875 se firmó el Tratado de San Petersburgo: la Isla de Sajalín quedaba en manos rusas y, a cambio, Japón pasaba a controlar las Islas Kuriles. Sin embargo, al ser redactado en francés, el tratado originaría controversias en el futuro sobre a qué islas se refiere el nombre de “Islas Kuriles”.
Tras un periodo de estabilidad, las ansias expansionistas de ambos vecinos les hicieron chocar. Todo se inició en Port Arthur (llamado Lüshunkou en chino), un puerto que los británicos tenían en la costa china. En 1895, tras la Primera Guerra Chino-japonesa, Japón ocupó este estratégico enclave, pero tuvo que devolverlo a China tras presiones diplomáticas de Alemania, Francia y Rusia. Dos años después, Rusia obtuvo el protectorado del puerto tras firmar un contrato por 25 años con el gobierno chino. Necesitaban un puerto que estuviera todo el año disponible, ya que las aguas del puerto de Vladivostok pasaban varios meses congeladas. Los rusos no tardaron en fortificar Lüshunkou y establecer allí su Flota del Pacífico. La humillación para Japón fue evidente: su esfera de influencia había recibido un duro golpe. En junio de 1900 llegó otra mala noticia para Japón: el Imperio ruso ocupó Manchuria con 100.000 soldados. La esfera de influencia rusa no dejaba de crecer en el Extremo Oriente.
Rusia nunca consideró a Japón un contendiente serio, pero tras la firma de la Alianza Anglo-japonesa de en 1902 parecía claro que su pequeño vecino se estaba moviendo y tenía un plan. Japón propuso reconocer la soberanía rusa sobre Manchuria a cambio de que Rusia aceptara la Península de Corea como parte de la esfera de influencia nipona. El viejo y gigante Imperio ruso rechazó la oferta, convencido de que el Extremo Oriente entraba dentro de su órbita geopolítica y de que ninguna nación podía arrebatárselo. La soberbia de la decimonónica potencia fue su maldición, y cuando en 1904 un Japón decidido a defender sus aspiraciones imperialistas comenzó a atacar a la flota rusa en Port Arthur, Rusia estaba completamente desprevenida. Con la armada de su enemigo paralizada o hundida, Japón pudo controlar el Mar Amarillo y desembarcar en las costas rusas. En menos de veinte meses el Ejército japonés encadenó una victoria tras otra y humilló al Imperio ruso. Aunque perdieron un número similar de soldados, a ojos de todo el mundo el resultado era claro: el viejo Imperio ruso salió derrotado y Japón se confirmó como una nueva potencia en la región. El prestigio de Rusia fue mermado internacional e internamente (tanto, que la Rusia de los zares tuvo sus días contados a partir de esta derrota), mientras que Japón se ganó su derecho a reclamar una esfera de influencia propia, a la altura de cualquier otra potencia.
En septiembre de 1905, el Tratado de Portsmouth promovido por Theodore Roosevelt -quien recibió el Premio Nobel de la Paz por sus esfuerzos para la firma del texto- selló la paz entre los dos países y, entre otras cosas, partió la isla de Sajalín por el paralelo 50ºN y la repartió entre los dos imperios: la mitad sur pasaba a formar parte del territorio japonés, mientras que el norte seguía siendo ruso. El apretón de manos entre Rusia y Japón inició una década de paz entre los vecinos. Aun así, muchos japoneses entendieron que el Tratado de Portsmouth perjudicaba al país y frenaba sus posibilidades expansionistas, y por todo el país hubo manifestaciones. Especialmente graves fueron los disturbios de Hibiya, que terminaron con 17 muertos e iniciaron una crisis política. El gobierno tuvo que dimitir y Japón entró en una página de su historia nacional conocida como la Era de la Violencia Popular, que terminó en 1918 con los disturbios por el arroz.
Durante la guerra civil rusa (1917-1923) una coalición de países anti-comunistas ayudó al Ejército Blanco en su lucha contra el Ejército Rojo. Entre las potencias aliadas con los contrarrevolucionarios estaban Estados Unidos, Francia, Reino Unido… y Japón, que aprovechó su vecindad para ocupar varios territorios en el Extremo Oriente ruso, entre ellos la mitad norte de Sajalín. Aunque nunca las reclamó para sí, Japón siguió ocupando zonas de Siberia, ciudades como Vladivostok y varias islas rusas incluso después de que los aliados se retiraran del conflicto. Cuando el Ejército Rojo triunfó, las tropas japonesas se retiraron definitivamente.
La guerra sino-soviética de 1929 acercó a los dos vecinos, así como un acuerdo de pesca ratificado en 1928, pero en cuanto el Imperio nipón ocupó Manchuria en 1931 las relaciones volvieron a tensarse. Entre 1932 y 1939 una serie de conflictos fronterizos enfrentaron de manera no oficial (no hubo en ningún momento una declaración formal de guerra) a Japón y su estado títere Manchukuo contra la Unión Soviética y Mongolia. En 1931 un Japón deseoso de convertirse en un imperio había ocupado la región china de Manchuria tras el Incidente de Mukden, un falso ataque contra los intereses nipones que sirvió de pretexto a la nación para crear un nuevo estado en aquella vasta zona del norte de China. Manchukuo se mantuvo como estado títere de Japón durante 14 años, hasta ser disuelto con el fin de la Segunda Guerra Mundial. Aprovechando el control de facto sobre Manchukuo, el Imperio japonés preparó el Plan Kantokuen en 1941, con el que pretendió invadir el Extremo Oriente ruso. Finalmente el plan se canceló.
El mismo año se firmó en Moscú el Pacto de Neutralidad Soviético-japonés, por el que ambos países daban por terminado el conflicto fronterizo y se comprometían a no atacarse durante la Segunda Guerra Mundial. Podrían atacar a los aliados del vecino, pero no al vecino directamente. Sin embargo, en la Conferencia de Yalta en febrero de 1945 -con la victoria Aliada sobre Alemania muy cercana-, Stalin aceptó atacar a Japón junto a Estados Unidos y el Reino Unido a cambio de que éstos reconocieran ciertas reclamaciones territoriales de la Unión Soviética en Asia. Así, en agosto las tropas rusas invadieron Manchuria, las Islas Kuriles y la mitad sur de la Isla de Sajalín.
Perder la guerra terminó con las aspiraciones imperialistas de Japón, que en tratados como el de San Francisco (1951) o la Declaración Conjunta con la Unión Soviética (1956) tuvo que renunciar a las demandas de soberanía sobre las Kuriles y Sajalín. Estos acuerdos fueron redactados en japonés y en ruso para evitar repetir errores del pasado, pero aun así la Declaración de 1956 también produciría tensiones. En las charlas previas a la firma del texto, la URSS llegó a ofrecer las pequeñas islas de Habomai y Shikotan a Japón a cambio de que renunciaran a reclamar soberanía sobre el conjunto de las Kuriles. En aquel momento el gobierno nipón rechazó la oferta.
Más de medio siglo después, en Japón un importante movimiento nacionalista exige la devolución de la totalidad de las Kuriles. En 2006 el propio Vladimir Putin volvió a ofrecer a Japón las islas de Habomai y Shikotan con la misma condición, y de nuevo el gobierno japonés rechazó la oferta. En Habomai apenas hay 100 pescadores, pero en Shikotan existen un par de asentamientos que suman más de 2.000 habitantes y alguna industria aceitera, además de una pequeña guarnición con varios tanques preparados para una posible invasión. En Japón el conjunto de las Kuriles se conoce como Territorios del Norte, y se cuentan como parte de la prefectura de Hokkaido.
La disputa territorial por las Kuriles ha impedido en varias ocasiones la firma de un tratado de paz entre los dos vecinos, que formalmente no han terminado la guerra. La Declaración de 1956 no llegó a suponer técnicamente un tratado de paz, sino una declaración del fin del estado de guerra. Esta curiosidad histórica no tiene efectos en las relaciones comerciales o diplomáticas entre los dos países, pero da cuenta de la inmovilidad de las dos posiciones en cuanto al conflicto de las Kuriles, especialmente de la posición japonesa.
En un mundo globalizado y basado en la circulación de bienes, Rusia necesita la tecnología japonesa y Japón los recursos naturales rusos. Así pues, su relación está asegurada. Sin embargo, las encuestas más recientes del Pew Research Center muestran que un 64% de los japoneses tienen una opinión negativa de Rusia. Los dos gobiernos seguirán cooperando a pesar de las disputas territoriales, pero en realidad la tensión nunca se calmará. Si algo ha demostrado la Historia es que, por encima incluso de los intereses económicos, no hay nada que iguale la fuerza del sentimiento nacionalista. Dos trozos de roca con una bandera diferente a la tuya despiertan sentimientos que ninguna suma de dinero puede llegar a contener.
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