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El Cisma en la Iglesia Ortodoxa

  • 13 marzo, 2020
  • 10.8K views
  • Juan Pérez Ventura

El cisma de 2018 en el seno de la Iglesia Ortodoxa fue un evento crucial que marcó una profunda división en el mundo ortodoxo, centrándose en la cuestión de la autocefalia de la Iglesia Ortodoxa de Ucrania y la subsiguiente ruptura entre el Patriarcado de Constantinopla y el Patriarcado de Moscú. El cisma más grande dentro de la cristiandad desde el Gran Cisma del año 1054. Parece que cada 1000 años se vive una ruptura dentro de los seguidores de Jesucristo.

Para comprender este cisma en profundidad, es necesario analizar el contexto histórico, las dinámicas eclesiológicas y las implicaciones geopolíticas. Nos proponemos con este artículo hacer un análisis profundo y que sirva para entender un episodio clave en el mundo ortodoxo, hogar para más de 250 millones de personas.

NOTICIA: Russia-Ukraine tensions set up the biggest Christian schism since 1054 (The New York Times, 2018)

Contexto Histórico y Eclesiológico

Orígenes de la cristiandad en el Rus de Kiev

El cisma de 2018 en el seno de la Iglesia Ortodoxa debe ser comprendido en el contexto de una historia eclesiástica que se remonta a más de un milenio. Para entender las raíces profundas de esta división, es esencial examinar los orígenes de la cristianización del Rus de Kiev y la evolución de la autoridad eclesiástica en la región que hoy comprende Ucrania, Rusia y Bielorrusia.

La cristianización del Rus de Kiev, que abarcaba un territorio que incluía la actual Ucrania, fue un hito en la historia religiosa y política de Europa del Este. Según la tradición, el príncipe Vladimiro I de Kiev adoptó el cristianismo en el año 988, marcando el inicio de la conversión masiva de los pueblos eslavos orientales. Este evento es considerado el bautismo del Rus y es fundamental tanto para la historia religiosa como para la identidad nacional de Ucrania, Rusia y Bielorrusia.

Inicialmente, la Iglesia del Rus de Kiev estaba bajo la jurisdicción del Patriarcado de Constantinopla, que envió obispos y clérigos para supervisar el proceso de cristianización. La importancia de esta relación con Constantinopla no puede ser subestimada, ya que estableció un vínculo duradero entre el Rus y el mundo bizantino, tanto en términos religiosos como culturales.

La fragmentación del poder en el Rus de Kiev y el surgimiento del Principado de Moscú

El Rus de Kiev comenzó a fragmentarse políticamente a partir del siglo XII, y con la invasión mongola en el siglo XIII, el centro de poder se desplazó hacia el noreste, donde surgieron nuevos principados. Entre estos, el Principado de Moscú (Moscovia) se destacó y, con el tiempo, se convirtió en el principal centro político y religioso de los pueblos eslavos orientales.

A medida que Moscú ganaba poder, los príncipes moscovitas buscaban consolidar su autoridad sobre las demás tierras rusas, tanto en términos políticos como espirituales. Este proceso culminó en 1325, cuando el Metropolitano de Kiev trasladó su sede a Moscú. Este movimiento marcó un paso crucial en el establecimiento de Moscú como el nuevo centro de la ortodoxia rusa, lo que sentó las bases para la eventual afirmación de Moscú como la «Tercera Roma» después de la caída de Constantinopla en 1453.

MÁS INFORMACIÓN: Historia de la frontera entre Rusia y Ucrania (Juan Pérez Ventura, 2019)

Vista del Kremlin hacia 1320, sede del poder en el Principado de Moscú

La autocefalia del Patriarcado de Moscú y su ascenso como potencia eclesiástica

En 1589, bajo el zar Fiódor I, el Metropolitano de Moscú fue elevado al rango de Patriarca, con el consentimiento del Patriarca Ecuménico de Constantinopla. Esta elevación significó la autocefalia de facto del Patriarcado de Moscú, que se convirtió en uno de los cinco patriarcados principales del mundo ortodoxo, junto con Constantinopla, Alejandría, Antioquía y Jerusalén.

Este desarrollo fue crucial porque consolidó la independencia eclesiástica de Moscú y su capacidad para ejercer una influencia significativa sobre las tierras eslavas orientales. Moscú comenzó a promover la idea de ser la sucesora legítima del Imperio Bizantino y la defensora de la ortodoxia en el mundo, especialmente frente a la expansión del catolicismo romano y el islam.

Durante los siglos XVII y XVIII, el Patriarcado de Moscú expandió su influencia sobre las tierras ucranianas. En 1686, en un contexto de complejas alianzas políticas y eclesiásticas, el Patriarca de Constantinopla Dionisio IV transfirió la jurisdicción de la metrópoli de Kiev al Patriarcado de Moscú. Esta transferencia se realizó bajo circunstancias controvertidas, ya que Constantinopla estaba bajo presión política, y la validez canónica del acto ha sido cuestionada por algunos historiadores y líderes eclesiásticos. Sin embargo, este acto estableció la dominación rusa sobre la Iglesia en Ucrania, un control que persistiría durante siglos.

Las tensiones religiosas en el siglo XX: comunismo y nacionalismo

El siglo XX trajo consigo una serie de desafíos sin precedentes para la Iglesia Ortodoxa en Ucrania y Rusia. La Revolución Bolchevique de 1917 y la posterior creación de la Unión Soviética impusieron un régimen ateo que persiguió a la Iglesia con brutalidad. Muchos clérigos fueron asesinados, iglesias destruidas y la práctica religiosa fue severamente restringida. Durante este periodo, la Iglesia Ortodoxa Rusa operó bajo un control estricto del Estado soviético, lo que debilitó su autoridad moral y espiritual. Sin embargo, a pesar de la represión, la Iglesia Ortodoxa Rusa logró sobrevivir, y después del colapso de la Unión Soviética en 1991, experimentó un renacimiento significativo.

En Ucrania, la disolución de la Unión Soviética en 1991 abrió la puerta para un resurgimiento del sentimiento nacionalista, que incluía la cuestión de la independencia eclesiástica. El surgimiento de la Iglesia Ortodoxa Ucraniana – Patriarcado de Kiev (UOC-KP) en 1992, liderada por el Patriarca Filaret, fue una manifestación directa de este deseo de independencia tanto política como espiritual de Rusia.

Este periodo vio el inicio de una larga disputa entre las distintas facciones ortodoxas en Ucrania: la UOC-MP, que permanecía leal a Moscú, y la UOC-KP, que buscaba el reconocimiento como una Iglesia autocéfala independiente. Este conflicto eclesiástico reflejaba y amplificaba las tensiones políticas entre Ucrania y Rusia, especialmente en un momento en que Ucrania estaba tratando de afirmarse como un Estado soberano independiente de la influencia rusa.

El Patriarcado Ecuménico y su rol en la autocefalia

El Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, históricamente considerado el «primus inter pares» (primero entre iguales) entre los patriarcados ortodoxos, ha tenido un papel central en la cuestión de la autocefalia. A lo largo de los siglos, Constantinopla ha otorgado la autocefalia a varias Iglesias ortodoxas, incluyendo a la Iglesia Ortodoxa Rusa en el siglo XVI, a la Iglesia Ortodoxa Griega en el siglo XIX o a la Iglesia Ortodoxa de Bulgaria en el siglo XIX.

Sin embargo, la autoridad de Constantinopla para otorgar la autocefalia ha sido cuestionada, especialmente por el Patriarcado de Moscú, que ha argumentado que las Iglesias locales deben tener más autonomía en estas decisiones. Este desacuerdo sobre la autoridad de Constantinopla se ha convertido en una fuente importante de tensión en el mundo ortodoxo, particularmente en relación con la cuestión de Ucrania.

La decisión del Patriarcado Ecuménico de intervenir en Ucrania en 2018 y conceder la autocefalia a la nueva Iglesia Ortodoxa de Ucrania fue un acto cargado de significación histórica. Fue visto como una reafirmación del rol de Constantinopla como la autoridad suprema en el otorgamiento de la autocefalia, pero también como una provocación directa al Patriarcado de Moscú, que consideraba a Ucrania dentro de su esfera canónica y cultural.

Bartolomé I, Patriarca de Constantinopla, es el Patriarca Ecuménico de la Iglesia Ortodoxa

El proceso de autocefalia en Ucrania

La situación religiosa en Ucrania tras la independencia

Con la disolución de la Unión Soviética en 1991, Ucrania emergió como un Estado independiente por primera vez en su historia moderna, lo que generó un contexto de cambios profundos tanto a nivel político como religioso. La nueva soberanía ucraniana trajo consigo una renovada discusión sobre la independencia eclesiástica, ya que la Iglesia Ortodoxa en Ucrania permanecía dividida en varias jurisdicciones.

En la Ucrania post-soviética, la estructura religiosa ortodoxa se dividía principalmente en tres ramas:

  1. La Iglesia Ortodoxa Ucraniana del Patriarcado de Moscú (UOC-MP): Era la rama más grande y estaba bajo la jurisdicción del Patriarcado de Moscú. A pesar de la independencia política de Ucrania, esta Iglesia mantenía su lealtad a Moscú, lo que era visto por muchos ucranianos como un símbolo de la continua influencia rusa.
  2. La Iglesia Ortodoxa Ucraniana del Patriarcado de Kiev (UOC-KP): Fundada en 1992 tras la declaración de independencia de Ucrania, bajo el liderazgo del Patriarca Filaret. Esta Iglesia buscaba la autocefalia y se consideraba la verdadera representante de la nación ucraniana, pero no fue reconocida canónicamente por las demás Iglesias Ortodoxas.
  3. La Iglesia Ortodoxa Autocéfala Ucraniana (UAOC): Fundada inicialmente en el período de entreguerras, la UAOC fue restaurada en 1990. Aunque tenía una menor cantidad de fieles, también promovía la idea de una Iglesia Ortodoxa ucraniana independiente.

Estas divisiones reflejaban no solo diferencias teológicas, sino también profundas cuestiones de identidad nacional y lealtades geopolíticas. Para muchos ucranianos, el Patriarcado de Moscú representaba una continuidad con el pasado imperial ruso y soviético, mientras que las Iglesias que buscaban la autocefalia encarnaban un deseo de independencia y autodeterminación.

El surgimiento de un movimiento pro-autocefalia

El deseo de autocefalia en Ucrania no era nuevo, pero cobró una nueva urgencia tras la independencia. A lo largo de la década de 1990 y principios de la década de 2000, los líderes de la UOC-KP y la UAOC hicieron repetidos llamamientos para que el Patriarcado Ecuménico de Constantinopla reconociera la independencia eclesiástica de Ucrania. Sin embargo, Constantinopla, enfrentada a la posibilidad de un cisma con Moscú, fue cautelosa y no respondió de inmediato a estas solicitudes.

El conflicto entre la UOC-MP y las Iglesias no reconocidas se intensificó, particularmente en el contexto de la lucha por el control de las parroquias y la propiedad eclesiástica. Las tensiones religiosas a menudo reflejaban las divisiones políticas más amplias dentro de Ucrania, donde las regiones occidentales tendían a ser más pro-ucranianas y favorables a la autocefalia, mientras que las regiones orientales y del sur tenían vínculos más estrechos con Rusia y apoyaban al Patriarcado de Moscú.

La situación se volvió aún más compleja debido a la influencia del Estado. Durante los años 1990 y 2000, los gobiernos ucranianos, que a menudo estaban divididos en cuanto a su orientación hacia Rusia o Europa, jugaron un papel importante en la configuración de la política religiosa. Algunos líderes políticos apoyaron abiertamente la idea de una Iglesia autocéfala ucraniana como un componente esencial de la identidad nacional y la independencia del país, mientras que otros preferían mantener el statu quo para evitar conflictos con Moscú.

La crisis de 2014 y el renacimiento de la causa autocefalista

La crisis ucraniana de 2014, que comenzó con las protestas de Euromaidán y culminó con la anexión rusa de Crimea y la guerra en el este de Ucrania, tuvo un impacto profundo en el movimiento pro-autocefalia. La agresión rusa reforzó entre muchos ucranianos la percepción de que la Iglesia Ortodoxa Ucraniana del Patriarcado de Moscú era un instrumento de la influencia rusa en el país. Esta situación llevó a un aumento del apoyo popular y político a la creación de una Iglesia Ortodoxa nacional independiente.

MÁS INFORMACIÓN: Ucrania y Rusia, tensiones del pasado (Juan Pérez Ventura, 2019)

Durante la presidencia de Petro Poroshenko, elegido en 2014 tras la destitución de Viktor Yanukóvich, el Estado ucraniano adoptó una postura decididamente pro-autocefalista. Poroshenko veía la creación de una Iglesia Ortodoxa ucraniana independiente como una cuestión de seguridad nacional y una manera de fortalecer la identidad ucraniana frente a la agresión rusa.

En 2016, durante el Concilio Panortodoxo en Creta, el Patriarcado Ecuménico de Constantinopla reafirmó su compromiso con la unidad del mundo ortodoxo, pero también se refirió a su papel histórico en la concesión de la autocefalia. Aunque el concilio no resolvió la cuestión ucraniana, dejó en claro que Constantinopla se veía a sí misma como la autoridad suprema en estos asuntos.

Las negociaciones con Constantinopla y una decisión histórica

El año 2018 marcó un punto de inflexión en la búsqueda de la autocefalia. En abril de ese año, el presidente Poroshenko, junto con líderes de la UOC-KP y la UAOC, formalizó una petición al Patriarca Ecuménico Bartolomé I para que concediera el Tomos de Autocefalia a la Iglesia Ortodoxa de Ucrania. Este documento, conocido como Tomos, es un decreto eclesiástico que otorga la independencia canónica a una Iglesia local.

La decisión de Poroshenko de buscar la autocefalia se produjo en un contexto de creciente tensión entre Ucrania y Rusia, y se percibió como un acto de afirmación de la independencia ucraniana frente a Moscú. Constantinopla, después de años de evitar tomar una decisión clara, comenzó a considerar seriamente la petición ucraniana.

En septiembre de 2018, el Patriarcado Ecuménico de Constantinopla anunció que revocaba el acto de 1686 que había transferido la jurisdicción de la metrópoli de Kiev al Patriarcado de Moscú, declarando que esta transferencia había sido una medida temporal y que, por lo tanto, la Iglesia de Kiev nunca había dejado de estar bajo la jurisdicción de Constantinopla. Este anuncio fue un golpe significativo para Moscú, ya que minaba su afirmación de control legítimo sobre la Iglesia en Ucrania.

El Patriarca Kirill de toda Rusia (izquierda) afirma que la iglesia de Ucrania pertenece al territorio del Patriarcado de Moscú. Por su parte, el Patriarca Ecuménico de Constantinopla, Bartolomé I (derecha), asegura que la Iglesia de Ucrania está bajo territorio canónico de Constantinopla.

El 11 de octubre de 2018, el Santo Sínodo del Patriarcado Ecuménico tomó la decisión de conceder la autocefalia a la Iglesia en Ucrania. Como parte de este proceso, el Patriarcado también decidió restaurar a los líderes de la UOC-KP y la UAOC, incluyendo al Patriarca Filaret, en su plena comunión con la Iglesia Ortodoxa, borrando así las acusaciones de cisma contra ellos. Esta medida fue vista como un paso preparatorio crucial para la unificación de las facciones ortodoxas ucranianas bajo una única Iglesia autocéfala.

La unificación de las Iglesias Ortodoxas Ucranianas

El proceso de autocefalia culminó en un concilio unificador celebrado el 15 de diciembre de 2018 en la Catedral de Santa Sofía en Kiev. Este concilio reunió a representantes de la UOC-KP, la UAOC y a algunos miembros de la UOC-MP que estaban dispuestos a unirse a la nueva Iglesia. El concilio proclamó la creación de la Iglesia Ortodoxa de Ucrania (OCU), y eligió como su primado a Epifanio, un joven y carismático obispo que había sido protegido del Patriarca Filaret.

La creación de la OCU fue celebrada como un logro histórico por muchos en Ucrania, quienes la vieron como el cumplimiento de un anhelo de larga data por una Iglesia nacional independiente. La elección de Epifanio como primado también fue significativa, ya que representaba una nueva generación de liderazgo que buscaba unificar a los ortodoxos ucranianos bajo una única Iglesia independiente.

El 6 de enero de 2019, en una ceremonia solemne en la Catedral de San Jorge en Estambul, el Patriarca Bartolomé I entregó formalmente el Tomos de Autocefalia al Metropolitano Epifanio. Este documento confirmó la independencia de la OCU y su subordinación espiritual al Patriarcado Ecuménico, aunque con un alto grado de autonomía en su gobernanza interna.

Bartolomé I firma y confirma en Estambul (su residencia) la autocefalia de la Iglesia Ortodoxa de Ucrania

Las implicaciones de la autocefalia: unidad y desafíos

La concesión de la autocefalia a la OCU no solo representó un acto de independencia religiosa, sino también un evento cargado de significados políticos y sociales. Para muchos ucranianos, la OCU simbolizaba la ruptura final con la influencia rusa y un paso hacia la consolidación de una identidad nacional ucraniana distinta.

Sin embargo, el proceso de unificación de las Iglesias ortodoxas ucranianas no fue sencillo. La UOC-MP, que sigue siendo la mayor Iglesia en términos de parroquias y fieles, se negó a unirse a la nueva Iglesia y continuó su lealtad a Moscú. Esto creó una situación de cisma en el interior del país, con dos Iglesias ortodoxas rivales compitiendo por la legitimidad y la lealtad de los fieles.

Además, la autocefalia también suscitó reacciones mixtas dentro de la comunidad ortodoxa global. Mientras que algunas Iglesias ortodoxas locales reconocieron la OCU, otras, incluyendo los Patriarcados de Moscú, Serbia y Antioquía, la rechazaron, considerándola una violación de la tradición canónica y una interferencia en la jurisdicción de Moscú. Esto generó tensiones significativas dentro de la Ortodoxia mundial, lo que algunos han descrito como el mayor cisma en la Iglesia Ortodoxa desde 1054.

En Ucrania, la autocefalia condujo a un aumento de la tensión religiosa en el terreno, con casos de disputas por la propiedad de las iglesias y conflictos entre los fieles de las distintas jurisdicciones. Aunque la creación de la OCU fue un gran paso hacia la autocefalia, también dejó claro que la plena unidad y el reconocimiento universal dentro de la ortodoxia ucraniana seguirían siendo un desafío a largo plazo.

Reacción del Patriarcado de Moscú

La decisión del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla de conceder la autocefalia a la Iglesia Ortodoxa de Ucrania (OCU) en 2018 fue recibida con incredulidad, furia y un rechazo inmediato por parte del Patriarcado de Moscú. Esta reacción no fue meramente una disputa teológica o canónica; estaba profundamente enraizada en cuestiones de poder, identidad y geopolítica.

Desde el primer momento, el Patriarcado de Moscú consideró la intervención de Constantinopla en Ucrania como una violación directa de su jurisdicción canónica, que consideraba incuestionable desde 1686, cuando recibió la autoridad sobre la metrópoli de Kiev. Para Moscú, el acto de Constantinopla no solo minaba su autoridad sobre uno de sus territorios eclesiásticos más antiguos y significativos, sino que también representaba una amenaza existencial para su influencia en el mundo ortodoxo.

NOTICIA: Fuertes tensiones entre los patriarcados de Rusia y Constantinopla (Aleteia, 2018)

El 15 de octubre de 2018, en una medida que reflejaba la gravedad de la situación, el Santo Sínodo del Patriarcado de Moscú decidió romper la comunión eucarística con el Patriarcado Ecuménico de Constantinopla. Esta decisión implicaba que los fieles y clérigos del Patriarcado de Moscú ya no podían participar en los sacramentos en las iglesias bajo la jurisdicción de Constantinopla, y viceversa. Este acto de ruptura, conocido como cisma, fue uno de los más significativos en la historia moderna de la Ortodoxia y señaló una crisis profunda en las relaciones entre las Iglesias ortodoxas.

El Patriarca Kirill de toda Rusia

La narrativa rusa: autocefalia como «intervención extranjera»

El Patriarcado de Moscú presentó la concesión de la autocefalia a la OCU como un acto de intervención extranjera en los asuntos internos de la Iglesia Ortodoxa Rusa. Esta narrativa fue reforzada por el Estado ruso, que condenó la decisión de Constantinopla como un intento de socavar la unidad ortodoxa y desestabilizar a Ucrania.

Según Moscú, el Patriarcado Ecuménico había actuado de manera unilateral y sin respeto por las normas canónicas establecidas. La Iglesia Ortodoxa Rusa argumentó que la transferencia de la jurisdicción sobre Kiev en 1686 había sido legítima y definitiva, y que Constantinopla no tenía el derecho de revocarla más de tres siglos después. Además, se sostuvo que la intervención de Constantinopla respondía a presiones políticas y a una agenda occidental para debilitar a Rusia.

La idea de que la autocefalia era un proyecto político, más que una cuestión puramente eclesiástica, fue un tema recurrente en las declaraciones de los líderes rusos y los medios de comunicación controlados por el Estado. Esta retórica buscaba deslegitimar la OCU al presentarla como un instrumento de los intereses occidentales en la región, en lugar de un legítimo movimiento religioso ucraniano.

MÁS INFORMACIÓN: La dimensión geopolítica de la crisis de Ucrania (Juan Pérez Ventura, 2014)

La consolidación de la UOC-MP y el rechazo interno a la OCU

En respuesta a la creación de la OCU, el Patriarcado de Moscú trabajó para consolidar la UOC-MP dentro de Ucrania, presentándola como la única Iglesia ortodoxa legítima en el país. La UOC-MP, liderada por el Metropolitano Onufriy, rechazó categóricamente la legitimidad de la OCU y continuó considerando a los clérigos y fieles de la nueva Iglesia como cismáticos.

La UOC-MP mantuvo su control sobre la mayoría de las parroquias ortodoxas en Ucrania, especialmente en las regiones orientales y meridionales, donde el sentimiento prorruso era más fuerte. A pesar de la presión para que se unieran a la OCU, la mayoría de las parroquias permanecieron leales a Moscú, lo que reflejaba la profunda división en la sociedad ucraniana y las diferencias regionales en cuanto a la identidad religiosa y política.

El Patriarcado de Moscú también utilizó su considerable influencia internacional para intentar aislar a la OCU dentro del mundo ortodoxo. Las Iglesias ortodoxas en Serbia, Antioquía y otros lugares se alinearon con Moscú y se negaron a reconocer la OCU, lo que complicó aún más la situación y profundizó el cisma dentro de la Ortodoxia global.

NOTICIA: Nearly a thousand communities left the UOC-MP to join the OCU (Religious Information Service of Ukraine, RISU)

Las consecuencias geopolíticas del Cisma Eclesiástico

El cisma entre Moscú y Constantinopla tuvo profundas implicaciones geopolíticas, no solo para Ucrania y Rusia, sino para la Ortodoxia y las relaciones internacionales en general. Este conflicto eclesiástico se entrelazó con la crisis más amplia entre Rusia y Occidente, exacerbando las tensiones existentes y creando nuevas dinámicas de confrontación.

Para el gobierno ruso, la pérdida de control sobre la Iglesia en Ucrania fue vista como una seria derrota en su esfuerzo por mantener influencia en el país. La Iglesia Ortodoxa Rusa ha sido históricamente un pilar del poder blando ruso, actuando como un vehículo para la cultura y la identidad rusa en las ex repúblicas soviéticas. La autocefalia de la OCU amenazaba con debilitar este papel y reducir la capacidad de Rusia para proyectar su influencia en Ucrania.

A nivel global, el cisma también complicó las relaciones entre los países ortodoxos. Por ejemplo, Serbia, un aliado cercano de Rusia, apoyó firmemente a Moscú, mientras que otros países con Iglesias Ortodoxas importantes, como Grecia y Chipre, eventualmente reconocieron a la OCU, alineándose con Constantinopla. Esta fragmentación creó una situación en la que las relaciones eclesiásticas comenzaron a reflejar, e incluso influenciar, las relaciones políticas internacionales.

El impacto en el mundo ortodoxo: un cisma en expansión

El cisma entre Moscú y Constantinopla no solo afectó a las dos Iglesias directamente involucradas, sino que también tuvo un efecto dominó en todo el mundo ortodoxo. La ortodoxia, a diferencia del catolicismo, no tiene una figura central como el Papa, lo que significa que las decisiones y la autoridad se distribuyen entre varias Iglesias autocéfalas, cada una con un alto grado de autonomía. Esto ha permitido una rica diversidad dentro del mundo ortodoxo, pero también ha hecho que las disputas sobre jurisdicción y autoridad sean particularmente divisivas.

Después del cisma, el Patriarcado de Moscú se esforzó por establecer una red de apoyo entre las Iglesias ortodoxas que compartían su posición. Estas Iglesias, que incluyen a las de Serbia, Antioquía y algunas otras en Europa del Este, se alinearon con Moscú en su rechazo a la OCU y en su crítica a la intervención de Constantinopla. Esta alianza informal contribuyó a una polarización creciente dentro del mundo ortodoxo, donde las Iglesias se vieron obligadas a tomar partido en una disputa que parecía cada vez más irresoluble.

Por otro lado, Constantinopla buscó reafirmar su autoridad tradicional y su papel como «primus inter pares» en el mundo ortodoxo. A pesar de las críticas de Moscú, el Patriarcado Ecuménico logró obtener el reconocimiento de la OCU por parte de varias Iglesias ortodoxas, aunque este apoyo fue más lento y limitado de lo que Constantinopla había anticipado.

La situación también trajo consigo un debate más amplio sobre la naturaleza de la autocefalia y la autoridad dentro del mundo ortodoxo. Algunos líderes y teólogos ortodoxos comenzaron a cuestionar si el modelo tradicional de administración eclesiástica, basado en la idea de la sinodalidad y el consenso entre las Iglesias autocéfalas, era suficiente para manejar los desafíos contemporáneos. Este debate no solo reflejó las tensiones sobre Ucrania, sino también las preguntas más profundas sobre el futuro del cristianismo ortodoxo en un mundo globalizado y cada vez más interconectado.

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Juan Pérez Ventura

Juan Pérez Ventura es profesor por las mañanas y divulgador por las tardes. Le interesa todo. Absolutamente todo. En 2012 fundó la página web 'El orden mundial en el S.XXI', el medio de análisis internacional más leído en español. En 2023 publicó el libro 'Música y cine, año a año', una obra única que repasa de manera anual la historia de la música y el cine. En 2025 publicó el libro 'VENTURA: 100 artículos de divulgación multidisciplinar', un compendio que celebra sus 15 años como divulgador. Actualmente prepara una tesis doctoral sobre geografía urbana.

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