Una exposición realizada por alumnos de primaria en el pueblo tradicional de Yangdong ofrece una inesperada ventana hacia la sociedad surcoreana.
Hay lugares que visitamos por aquello que aparece en las guías y que, sin embargo, terminamos recordando por algo completamente distinto. A mí me ocurrió en Yangdong, un pequeño pueblo tradicional situado cerca de Gyeongju, en Corea del Sur. Había llegado hasta allí para recorrer sus calles, conocer sus viviendas históricas y contemplar uno de los conjuntos arquitectónicos mejor conservados de la dinastía Joseon. No esperaba acabar reflexionando sobre bitcoins, coches de lujo, exámenes escolares y cuentas bancarias.
Yangdong forma parte, junto con Hahoe, de los pueblos históricos de Corea reconocidos como Patrimonio Mundial. Sus casas con tejados de teja, sus caminos de tierra y sus antiguos edificios confucianos conservan la memoria de una sociedad rural organizada durante siglos alrededor de grandes linajes familiares. En este contexto, la llegada de la educación moderna se produjo relativamente pronto. La escuela de Yangdong fue fundada en 1909 y continúa funcionando a la entrada del pueblo.
Fue precisamente allí, en el exterior de la Yangdong Elementary School, donde encontré una exposición de dibujos y poemas realizados por sus alumnos. Estaban colocados en paneles, al alcance de cualquier visitante. Algunos hablaban de la lluvia, otros del dinero, otros de los exámenes. Los leí con ayuda del traductor del teléfono y me quedé un buen rato observándolos. No eran simples dibujos infantiles.
Cuando llueve sobre un examen
Uno de los poemas había sido escrito por Park Se-wan, estudiante de quinto curso. Se titulaba Llueve a cántaros sobre el examen:
Sobre el examen llueve a cántaros.
En mi corazón también llueve a cántaros.
Cuando, pregunta tras pregunta, la lluvia cae con fuerza,
en mi corazón también llueve a cántaros.
Cuando deja de llover sobre el examen
y aparece un sol redondo,
en mi corazón también deja de llover
y sale un sol redondo.
El dibujo representaba una hoja de examen bajo una lluvia intensa. La metáfora parecía jugar con las marcas utilizadas para corregir las respuestas: las equivocaciones caían sobre el papel como gotas, mientras que los círculos de las respuestas correctas se convertían en pequeños soles. Cuando el examen iba mal, también llovía dentro del alumno. Cuando aparecían los resultados positivos, volvía a salir el sol.
Me pareció un poema bonito, pero también bastante triste. El autor apenas tendría diez u once años y ya era capaz de relacionar el resultado de una prueba académica con un cambio profundo en su estado de ánimo. El examen no aparecía como una actividad escolar más, sino como un acontecimiento capaz de oscurecer o iluminar el mundo.
Corea del Sur es conocida por la importancia que concede a la educación. El extraordinario desarrollo económico del país estuvo acompañado por una enorme inversión familiar y social en la formación de las nuevas generaciones. Obtener buenas calificaciones, acceder a una universidad prestigiosa y conseguir después un buen empleo forman parte de una cadena competitiva que comienza muy pronto. En aquel dibujo no había estadísticas ni grandes explicaciones sobre el sistema educativo coreano. Había algo más sencillo: un niño diciendo que, cuando falla una pregunta, llueve dentro de él.
Un sueño hecho de activos
Unos metros más adelante encontré otro trabajo completamente diferente. Se titulaba Un sueño de ensueño y estaba firmado por Son Chae-eun. El dibujo mostraba varios rascacielos, gráficos bursátiles, bitcoins y los logotipos de algunas de las marcas automovilísticas más caras del mundo. Junto a las imágenes aparecía una lista:
7.000 millones de wones.
Cuatro BMW M4.
Siete Rolls-Royce Phantom.
Cuatro Porsche 911.
57 bitcoins.
Acciones en las que solo se vea el color rojo.
Un 20 % de Samsung y LG.
¡Tirín! ¡Tirín!
Es hora de ir al colegio.
El último verso revelaba el sentido de la escena. Toda aquella fortuna había sido un sueño interrumpido por la alarma que anunciaba el comienzo de la jornada escolar.
Lo más sorprendente no era que un niño soñara con ser rico. Eso ha ocurrido siempre. Lo interesante era la forma tan precisa en que imaginaba la riqueza. No aparecía un cofre lleno de monedas ni una casa grande con piscina. Aparecían participaciones empresariales, criptomonedas, gráficos de cotización y una selección minuciosa de automóviles de lujo. No se limitaba a querer un coche deportivo: quería cuatro BMW M4, siete Rolls-Royce Phantom y cuatro Porsche 911. Tampoco deseaba simplemente “mucho dinero”: especificaba 57 bitcoins y un 20 % de Samsung y LG. Era el sueño de un niño, pero estaba expresado mediante el vocabulario de un inversor.
La imagen me hizo mucha gracia, aunque también me pareció reveladora. Mostraba hasta qué punto las conversaciones sobre acciones, criptomonedas, grandes empresas y acumulación de patrimonio han penetrado en la vida cotidiana. El éxito ya no se representaba mediante una profesión. El alumno no decía que quisiera ser médico, astronauta, futbolista o cantante. Su sueño era directamente una cartera de activos.
Esto no significa necesariamente que aquel niño fuera especialmente materialista. Los niños dibujan con los materiales que les proporciona la sociedad en la que crecen. Escuchan las conversaciones de los adultos, observan los anuncios, conocen las marcas, ven los gráficos en las pantallas y aprenden qué cosas simbolizan el éxito. El dibujo no hablaba únicamente de una aspiración individual. También mostraba el imaginario económico que rodeaba a su autor.
La cuenta bancaria siempre está vacía
El tercer trabajo había sido realizado por Yang Jin-ho, también estudiante de quinto curso. El título jugaba con la idea de una cuenta bancaria abandonada por el dinero. En el dibujo aparecía una gran bolsa tachada con una cruz roja y, junto a ella, una cartera casi vacía. El texto decía:
Cuando intento comprar algo:
«¿Eh? ¿Por qué no tengo dinero?»Después de comprar algo:
«¡Ah! Tenía que comprarle un regalo a mi amigo…»Mi cuenta bancaria siempre está vacía.
¿Cómo sería si tuviera mucho dinero?
Aunque tuviera mucho,
seguramente seguiría gastándolo, ¿verdad?
Aquí no aparecía la fantasía de la riqueza, sino la experiencia cotidiana de la escasez. El alumno quería comprar cosas, recordaba demasiado tarde que también debía adquirir un regalo para un amigo y descubría una y otra vez que su cuenta estaba vacía. Al final llegaba a una conclusión sorprendentemente adulta: quizá tener más dinero no solucionaría el problema, porque probablemente continuaría gastándolo.
El texto contenía humor, pero también una pequeña reflexión sobre el consumo. El deseo no desaparece cuando conseguimos aquello que queríamos. Inmediatamente surge una nueva necesidad, un nuevo producto o una nueva obligación. La cuenta vuelve a quedarse vacía y el proceso comienza otra vez.
Entre el segundo y el tercer dibujo se establecía casi sin querer un diálogo. En uno, el dinero parecía infinito: miles de millones de wones, bitcoins, acciones y coches de lujo. En el otro, desaparecía constantemente de la cuenta bancaria. Eran las dos caras de una misma relación con la economía: el sueño de acumular y la dificultad de conservar.
Tres dibujos no representan a todos los niños coreanos
Conviene hacer una aclaración evidente. Tres trabajos escolares no constituyen una encuesta y no permiten afirmar que todos los niños de Corea del Sur piensen de esta manera. Tampoco sabemos hasta qué punto los temas habían sido propuestos por los profesores ni qué otros poemas formaban parte de la exposición. Seleccionar únicamente estas imágenes y presentarlas como un retrato completo de la infancia coreana sería una generalización injustificable.
Sin embargo, que no sean representativas en términos estadísticos no significa que carezcan de valor. Los dibujos infantiles pueden enseñarnos qué palabras, símbolos y preocupaciones circulan por una sociedad. No demuestran lo que piensan todos los niños, pero sí muestran algunos de los elementos con los que aprenden a imaginar el futuro.
En estos tres trabajos aparecían dos fuerzas muy poderosas. Por un lado, la presión académica: el examen que determina si dentro del alumno llueve o sale el sol. Por otro, la financiarización de la vida cotidiana: el dinero, las acciones, las criptomonedas, las grandes corporaciones, el consumo y la cuenta bancaria como formas de pensar el éxito y la seguridad.
Ambas fuerzas están relacionadas. El rendimiento escolar se presenta como el primer paso de una carrera que debería conducir a una buena universidad, un empleo estable, una vivienda y una posición económica favorable. Pero esa promesa resulta cada vez más difícil de cumplir. La competencia educativa continúa siendo enorme, mientras que el acceso a la vivienda y a determinados niveles de bienestar se ha vuelto más complicado para una parte de la población joven. En ese contexto, la inversión, la bolsa o las criptomonedas pueden aparecer como caminos alternativos —y aparentemente más rápidos— hacia la prosperidad.
Los niños no permanecen al margen de estas transformaciones. Las observan, aunque no siempre las comprendan completamente. Y después las convierten en poemas.
El futuro dibujado en un pueblo del pasado
Lo que más me llamó la atención fue el lugar donde encontré aquellos trabajos. Yangdong conserva casas históricas, antiguos linajes, arquitectura tradicional y una fuerte herencia confuciana. Es uno de esos lugares que parecen construidos para mirar hacia el pasado. Sin embargo, en la entrada del pueblo, los alumnos de su escuela estaban dibujando rascacielos, bitcoins, automóviles alemanes y participaciones en Samsung y LG.
En apenas unos metros convivían dos Coreas. La Corea de los tejados tradicionales y la Corea de los gráficos bursátiles. La de la antigua educación confuciana y la de los exámenes competitivos. La de una pequeña escuela rural y la de las grandes corporaciones globales.
Había llegado a Yangdong interesado por su patrimonio arquitectónico, pero terminé deteniéndome ante una exposición escolar. Continué pensando en aquellos dibujos después de abandonar el pueblo. Me habían divertido, pero también me habían dejado cierta inquietud. Resultaba sorprendente que niños tan pequeños manejaran con tanta familiaridad símbolos relacionados con el dinero, la inversión y el rendimiento.
Quizá una sociedad también pueda conocerse de esta manera: observando aquello que sus niños temen, aquello con lo que bromean y aquello que han aprendido a desear. En Yangdong, la lluvia caía sobre los exámenes, las cuentas bancarias estaban vacías y los sueños estaban llenos de bitcoins y Rolls-Royce.
Y entonces sonó la alarma.
Era hora de volver al colegio.


