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El puerto de Cartago, capital del Mediterráneo

  • 13 noviembre, 2017
  • 44.4K views
  • Juan Pérez Ventura

En la actualidad la vieja Cartago sigue viva a través de ruinas y restos arqueológicos repartidos por la ciudad de Túnez. El recuerdo de su época dorada está anclado en el antiguo puerto, y las historias que se han ido contando por generaciones todavía resuenan en los callejones estrechos. Hubo un tiempo en el que esas calles eran las de la capital de todo el Mar Mediterráneo, una ciudad que resistió hasta tres guerras contra la República Romana.

Originalmente Cartago fue una colonia fenicia, establecida alrededor del año 825 a.C. por hombres y mujeres de la ciudad de Tiro, en el Líbano. En la Eneida de Virgilio se cuenta que la primera reina de Cartago fue Dido, según la leyenda también fundadora de la ciudad. Tuvieron que pasar tres siglos para que este puerto ganara preponderancia sobre el resto de colonias fenicias. Gracias al rey Magón I (550-530 a.C.) y a sus sucesores, Cartago vivió una época de imperialismo mercantilista, que trajo guerras, riquezas, victorias y derrotas. El nuevo pretendiente a dominar el Mediterráneo se enfrentó a los griegos de Siracusa, a los focenses de Córcega, a los indígenas libios del Magreb… y sobre todo a Roma. Entre los años 264 a.C. y 146 a.C. tuvieron lugar las tres guerras púnicas, con famosos hitos como la Travesía de los Alpes de Aníbal.

En su máximo apogeo Cartago fue una gran ciudad, con alrededor de 400.000 habitantes y edificios de hasta siete alturas. Durante los siglos de mayor esplendor Cartago estuvo casi siempre gobernada por una oligarquía de ricos mercaderes, aunque hubo una etapa antigua de Monarquía. La organización política cartaginesa durante la mayor parte de la historia del Estado púnico se basó en un sistema republicano. Aristóteles, en su obra Política, señaló que Cartago tenía “una buena constitución, más completa que la de otros muchos Estados”. Gracias al papel del Senado se conseguía equilibrar la ambición de las familias más poderosas. En este sentido fue muy importante la creación del Consejo de los Ciento Cuatro, una especie de tribunal supremo, en la que una serie de personas vigilaban la actividad de los “sufetes” (los miembros del Senado), que pertenecían en su gran mayoría a la aristocracia. Este Consejo trató de prevenir la acumulación de poder en manos de pocas familias, repartiéndolo entre todos los sufetes y vigilando la actividad del Senado.

Durante toda su historia, los gobernantes cartagineses decidieron primar la actividad marinera y mirar hacia el Mediterráneo, dando la espalda al desierto que tenían detrás. Irónicamente, en sus dos primeros siglos de existencia Cartago no tuvo puerto. El propio relieve de la ciudad otorgaba una amplia playa en la que los barcos podían atracar y que facilitaba la carga y descarga de mercancías. Conforme la actividad comercial se fue consolidando como primera fuente de riqueza para la urbe las instalaciones portuarias fueron mejorándose, hasta terminar construyendo un macro-puerto comercial-militar del que todavía hoy quedan vestigios. Desde la ciudadela fortificada de Byrsa, en una colina cercana a la costa, se vigilaba y administraba la urbe.

Topografía de Cartago. Emplazamiento primigenio, hacia el siglo VI a.C. Se observa la colina de Byrsa en el centro de la imagen.

El imperio que estableció Cartago era una talasocracia, es decir, un imperio marítimo. En pocos puntos de sus dominios los cartagineses se adentraron en el continente (algo al sur del actual Túnez y al norte de lo que hoy es Andalucía), la mayor parte eran enclaves portuarios. Si bien Cartago no era oficialmente la ciudad capital de este imperio, sí lo era de facto. En su Senado se tomaban las decisiones más importantes y desde su puerto partían las flotas más grandes.

Se conoce como “Puertos púnicos de Cartago” a la zona portuaria de la antigua ciudad. Era un complejo de muelles con una particularidad: estaban fortificados. Las ilustraciones que se han hecho para intentar imaginar cómo era esta zona de Cartago son muy llamativas, y reflejan un puerto realmente único en el Mundo Antiguo. Constaba de dos zonas: una dársena rectangular que hacía de puerto comercial y otra dársena circular para los navíos de guerra. Ambos espacios estaban conectados por un canal artificial, por el que pasaban y se mezclaban buques mercantes y militares.

El puerto comercial estaba rodeado de almacenes y muelles para la descarga de cajas, sacos y toneles. Podemos imaginarlo bullicioso, envuelto en gritos de los vendedores y en el ruido crujiente de la madera. Cada mañana llegarían sacos de trigo, redes llenas de pescado y jaulas con esclavos de otras costas. Era el corazón económico de la ciudad más importante del Mediterráneo. La entrada al puerto tenía veintiún metros de anchura, lo que permitía el paso de varios barcos al mismo tiempo, y se podía cerrar con un sencillo mecanismo consistente en una cadena de hierro. Herodoto apuntó que los barcos mercantes cartagineses podían recorrer 100 millas por día y que contaban con una tripulación de unos veinte hombres.

Una vez atravesada la zona de amarres mercantes la dársena rectangular se abría en una especie de “plaza de agua” rodeada por un porche de columnas jónicas que hacía las veces de puerto militar. Con unos 330 metros de diámetro, en su muelle circular cabían hasta 220 barcos de guerra. Una isla techada en el centro de esta plaza acuática servía como muelle de reparación de barcos y como sede del Almirantazgo. Desde este edificio en medio del agua se dirigía la estrategia naval y se dibujaban las líneas de exploración que seguirían los barcos cartagineses.

El famoso puerto púnico de la ciudad era una obra de ingeniería digna de admirar, una de las instalaciones portuarias más impresionantes de la historia. Una magnífica entrada a la ciudad, eficaz para la organización de la flota y preparada para la defensa. Y si bien su propia existencia está todavía envuelta en misterio y discusión historiográfica, las excavaciones realizadas a partir de 1975 demostraron que las dos lagunas que hay junto al mar en el cabo norte de la ciudad de Túnez son el resto de los puertos cartagineses. Se encontraron trozos de cerámica que confirmaron la datación del siglo II a.C. y que probaron la presencia de la civilización púnica.

En las Historias de Polibio, escritas por este historiador griego entre los años 264 a.C. y 146 a.C. se dice que la flota cartaginesa llegó a tener 350 naves, entre las que se contaban pentecónteras de cincuenta remeros o los famosos trirremes de ciento setenta remeros y 36 metros de eslora. Aunque sin duda la joya de la marina cartaginesa era el quinquerreme. El diseño titánico de este buque debía impresionar tan sólo con su presencia. Cinco filas de remos para mover un gigante de madera que transportaba a 400 hombres, la mayoría de ellos los propios remeros. Un destacamento de entre 70 y 120 soldados podía ser movilizado gracias al quinquerreme. Tal bestia surcó el Mediterráneo conquistando costas y asaltando puertos. Cuando los romanos consiguieron capturar uno de los quinquerremes cartagineses el Senado mandó imitarlos y construir un centenar. Sin embargo nunca pudieron igualar a la técnica y eficacia púnica, según cuenta Polibio.

Gracias a estas embarcaciones, los cartagineses fueron durante siglos los dueños absolutos del mar, tanto comercial y como militarmente. No tuvieron rival e impusieron su comercio sobre los demás pueblos mediterráneos. Basaron su imperio en el control de enclaves asociados y vasallos, y formaron sus ejércitos mediante mercenarios, aunque las tripulaciones de las naves estaban formadas exclusivamente por cartagineses.

Todo este poder púnico era visto con recelo por Roma, el nuevo Imperio que crecía en el Mediterráneo. Los historiadores coinciden en que el casus beli de las Guerras Púnicas (o ‘Guerras Romanas’ según los cartagineses) fue el conflicto de intereses geopolíticos que mantenían ambos imperios. El Mediterráneo Occidental era demasiado pequeño para dos imperios tan grandes.

El puerto de Cartago envió flotas enormes a las costas de Sicilia para librar la Primera Guerra Púnica, que fue principalmente naval. En la Batalla de las Islas Eolias se demostró el poderío marítimo de Cartago, que aplastó a los trirremes romanos. También en la Batalla de Drépano los quinquerremes cartagineses se llevaron la victoria. Sin embargo en tierra el general Amílcar Barca sólo cosechó derrotas. Roma ganó la Primera Guerra Púnica, y entonces Cartago dirigió la mirada de sus ambiciones expansionistas hacia la Península Ibérica. Ocupó con un ejército de mercenarios el sur de la actual España y tomó también las Islas Baleares y la costa norte de Marruecos.

En el año 219 a.C., Aníbal, hijo de Amílcar, inició la Segunda Guerra Púnica atacando Sagunto, ciudad aliada de la República Romana. Con treinta y siete elefantes atravesó los Alpes y atacó Roma recorriendo el norte de Italia. Al igual que su padre, perdió la guerra. Tras la famosa Batalla de Zama, Aníbal huyó de vuelta a Cartago. Este fue el principio del fin de Cartago como centro de poder. Roma impidió que la ciudad volviera a construir una flota y forzó su completo desarme militar. El puerto quedó inservible y ya no se construyeron más quinquerremes.

Pero el espíritu de Cartago como ciudad comerciante siguió vivo y, con el paso de los años, se reforzó. Aun teniendo al Ejército romano vigilando de cerca y de alguna manera sometida ya al nuevo Imperio que dominaba los mares, Cartago supo crecer y sobrevivir. Esto lo apreció el viejo senador Catón, al que se le atribuye la frase Carthago delenda est (“Cartago debe ser destruida”), y que según cuenta la historia iba repitiendo una y otra vez. Con miedo a que la ciudad de Dido resurgiera, el Senado aprobó dar el golpe final.

Escipión Emiliano atacó Cartago durante la Tercera Guerra Púnica (149-146 a.C). El que fuera nieto adoptivo del mismísimo Escipión “el Africano”, que había derrotado a Aníbal en Zama durante la Segunda Guerra Púnica, emuló a su abuelo y consiguió una importante victoria. El general Escipión Emiliano arrasó primero la ciudad de Neferis, principal enclave de abastecimiento para Cartago, y después se dirigió hacia la capital. Las tropas romanas atravesaron la muralla y se hicieron control del puerto militar, obligando a los cartagineses a retirarse a la ciudadela de Byrsa. No tardó en caer la fortaleza y con ella toda la ciudad. Los barcos no pudieron salir de los hangares y fueron quemados.

El objetivo de los romanos en la Tercera Guerra Púnica (149-146 a.C.), que consistió principalmente en la Batalla de Cartago, fue borrar del mapa la ciudad que tantos dolores de cabeza les había supuesto durante dos siglos. El sitio duró tres años, y terminó con la destrucción total del enemigo de Roma. Los historiadores de los siglos siguientes dejaron dramáticos relatos de cómo, efectivamente, Cartago había desaparecido físicamente y hasta del recuerdo de las personas. No quedó nada de la urbe ni de su magnífico puerto.

Muchos años después se intentó reconstruir una ciudad romana en el mismo emplazamiento. Augusto, el primer emperador, fundó la nueva Cartago, Colonia Iulia, que tuvo su máximo esplendor entre los siglos I y II d.C. Después, la crisis del s.III trajo luchas políticas y religiosas y en el año 439 los vándalos se hicieron con la ciudad. El Imperio Bizantino recuperó Cartago en el 534 pero la peste terminó con la que una vez había sido una capital cosmopolita y perla del Mediterráneo. Cuando los árabes provenientes de Qayruwan llegaron a Cartago en el año 698 se encontraron una ciudad despoblada y casi aniquilada. Los fundadores de Túnez hicieron de Cartago una inmensa cantera. Ahora su recuerdo perdura en el famoso Museo del Bardo.

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Juan Pérez Ventura

Juan Pérez Ventura es profesor por las mañanas y divulgador por las tardes. Le interesa todo. Absolutamente todo. En 2012 fundó la página web 'El orden mundial en el S.XXI', el medio de análisis internacional más leído en español. En 2023 publicó el libro 'Música y cine, año a año', una obra única que repasa de manera anual la historia de la música y el cine. En 2025 publicó el libro 'VENTURA: 100 artículos de divulgación multidisciplinar', un compendio que celebra sus 15 años como divulgador. Actualmente prepara una tesis doctoral sobre geografía urbana.

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