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Bhendi Bazaar (Mumbai): cuando la gentrificación promete realojo

  • 11 julio, 2026
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  • Juan Pérez Ventura

Hay barrios que desaparecen de golpe. Una mañana llegan las máquinas, las vallas, los policías, los planos, los promotores, y el lugar que existía hasta entonces queda convertido en solar, en promesa, en maqueta. Otros barrios, en cambio, no desaparecen exactamente. Siguen ahí. Sus vecinos están llamados a volver. Sus comercios pueden reabrir. Sus símbolos se conservan. Sus calles mantienen el nombre. Incluso se presenta el proceso como una historia de mejora, dignidad y rehabilitación. Pero bajo esa continuidad aparente puede estar gestándose una transformación profunda. El barrio no se borra, pero puede regresar convertido en otra cosa. Eso es lo que hace tan interesante el caso de Bhendi Bazaar, en el sur de Mumbai: no estamos ante una historia simple de expulsión, ni ante una historia cerrada de éxito urbano. Estamos ante un proceso en marcha, todavía abierto, que permite pensar una forma más ambigua de transformación: la gentrificación informal.

Bhendi Bazaar es uno de los barrios históricos más densos de Mumbai. Durante décadas ha sido un tejido de callejuelas estrechas, edificios antiguos, chawls, pequeños talleres, comercios familiares, mezquitas, puestos de comida y vida de calle. No era solo un barrio residencial: era una ecología urbana completa, donde vivienda, trabajo, religión, sociabilidad y comercio se mezclaban a pocos metros de distancia. Buena parte de su identidad ha estado vinculada a la comunidad musulmana Dawoodi Bohra, aunque también han convivido otros grupos y trayectorias urbanas. Era un barrio precario, sí, con edificios deteriorados, habitaciones diminutas, baños compartidos, mala ventilación y problemas graves de seguridad. Pero también era un espacio vivo, denso, reconocible, con una economía cotidiana sostenida por la proximidad, la clientela, la confianza y redes informales de apoyo mutuo.

En 2009, el Saifee Burhani Upliftment Trust (SBUT) impulsó un enorme proyecto de renovación urbana sobre unas 16,5 acres de terreno. La operación prevé sustituir alrededor de 250 edificios antiguos por torres modernas de gran altura, realojando a unas 3.200 familias y entre 1.200 y 1.250 negocios. La magnitud del proyecto es enorme, pero su singularidad no está solo en el tamaño. Lo peculiar es la promesa: no se trata, al menos oficialmente, de expulsar a los habitantes para abrir paso a otros, sino de reconstruir el barrio manteniendo a su comunidad. Los residentes censados recibirían nuevas viviendas; los comerciantes serían reubicados; la identidad Bohra y el carácter del bazar se conservarían en una versión modernizada. La operación se presenta así como una rehabilitación social, comunitaria y urbana.

Y aquí aparece la pregunta incómoda: ¿cuándo una mejora urbana puede convertirse también en un proceso de gentrificación? En Bhendi Bazaar no conviene negar los problemas materiales que el proyecto intenta resolver. Muchas familias han vivido durante años en condiciones muy duras, en habitaciones pequeñas, con instalaciones deficientes y edificios inseguros. La promesa de una vivienda más amplia, con baño propio, ascensores, ventilación, servicios modernos y mayor seguridad estructural no puede despreciarse desde una mirada romántica de la pobreza urbana. Nadie debería defender el hacinamiento como si fuera patrimonio. Pero tampoco basta con afirmar que, porque existe una promesa de realojo, no habrá conflicto. La cuestión no es solo si los vecinos podrán volver. La cuestión decisiva es a qué barrio volverán, bajo qué condiciones y con qué posibilidades reales de seguir viviendo, trabajando y relacionándose como antes.

Por eso Bhendi Bazaar obliga a distinguir entre dos derechos que parecen parecidos, pero no lo son: el derecho a volver y el derecho a permanecer. El primero puede cumplirse sobre el papel: una familia recibe un piso nuevo; un comerciante obtiene un local; una mezquita se reconstruye; la comunidad mantiene presencia física. El segundo es más profundo: significa poder sostener las redes, los ritmos, los costes, los cuidados, las clientelas, los usos de la calle y las formas de vida que hacían posible habitar ese barrio. En la presentación académica del caso lo formulamos así: el retorno formal puede coexistir con una transformación radical de las condiciones de permanencia. Los residentes pueden regresar, pero a un entorno verticalizado y regulado; los comerciantes pueden reabrir, pero en espacios comerciales planificados; el patrimonio puede conservarse, pero convertido en estética curada; la comunidad puede seguir presente, pero con sus relaciones cotidianas reorganizadas.

BhendiBazaar

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La clave del caso está en lo que podríamos llamar formalización selectiva. Bhendi Bazaar no elimina toda la informalidad de golpe. La filtra. La clasifica. La vuelve administrable. Los residentes pasan a ser “beneficiarios elegibles”; los comerciantes son censados, trasladados y reasignados; las viviendas antiguas se convierten en unidades nuevas; el bazar se reorganiza en locales, podios y calles más legibles. Algunas prácticas populares se incorporan porque aportan valor, identidad y continuidad. Otras, en cambio, pueden quedar fuera porque son demasiado flexibles, demasiado improvisadas, demasiado difíciles de gobernar o demasiado poco presentables para el nuevo paisaje urbano. Lo informal no desaparece necesariamente: entra en un embudo administrativo y puede salir convertido en una versión más limpia, regulada y rentable de sí mismo.

Este proceso se observa con claridad en la vivienda. El paso de los chawls y edificios antiguos a torres de gran altura puede suponer una mejora física evidente, pero también una mutación social. En el viejo Bhendi Bazaar, la vida cotidiana dependía de corredores, escaleras, umbrales, patios, calles y tiendas a pie de calle. La frontera entre casa, comercio y espacio público era porosa. La calle funcionaba como extensión de la vivienda y del negocio. En las torres, en cambio, la vivienda tenderá a separarse más claramente del mercado y de la calle; la circulación dependerá de ascensores; los espacios comunes serán gestionados; aparecerán cuotas, reglas internas, vigilancia, mantenimiento y formas nuevas de convivencia. La vivienda puede mejorar, pero el barrio cambiará de gramática. La pregunta, entonces, no es si el nuevo piso será mejor que la vieja habitación. Muchas veces lo será. La pregunta es qué puede perderse cuando una forma horizontal, densa y comunitaria de vida urbana se convierte en un régimen vertical, formal y administrado.

Algo parecido puede ocurrir con el comercio. Bhendi Bazaar no era un centro comercial al aire libre, sino una economía de proximidad: tiendas pequeñas, talleres, joyerías, puestos, comida, suministros, negocios familiares y clientelas construidas a lo largo de años. El proyecto promete continuidad comercial, pero esa continuidad no será neutra. Un negocio puede sobrevivir jurídicamente y, aun así, perder parte de su mundo. No es lo mismo vender desde una tienda abierta a una calle llena de peatones que hacerlo desde un local asignado en un podio o en una galería planificada. La visibilidad, el paso espontáneo, el almacenamiento flexible, la cercanía con otros proveedores y las relaciones de confianza forman parte del valor económico del bazar. Si esas condiciones se alteran, el comerciante podrá seguir “incluido” en el proyecto, pero su modo de vida puede quedar desplazado. La expulsión no siempre adopta la forma de una puerta cerrada; a veces adopta la forma de un local nuevo donde quizá ya no pase la misma gente.

La tercera dimensión es simbólica. El viejo Bhendi Bazaar no se presenta únicamente como un problema de caos, hacinamiento o ruina. También se aprovecha su atractivo: su identidad Bohra, sus mezquitas, su comida, su densidad, su aire de bazar, su valor histórico. Pero esa autenticidad se reordena. Las nuevas torres incorporan referencias arquitectónicas islámicas, arcos, celosías, guiños patrimoniales y una estética que busca conectar modernidad y tradición. El bazar no se borra, sino que se rediseña como experiencia urbana: más limpia, más segura, más legible, más fotografiable, más vendible. La autenticidad deja de ser solo una práctica cotidiana desbordante y puede convertirse en marca.

Ahí está el núcleo de la gentrificación informal. En los modelos clásicos de gentrificación solemos imaginar un proceso relativamente claro: llega capital, suben los precios, se rehabilitan edificios, entran clases medias o altas, salen los residentes populares. En contextos del Sur Global, sin embargo, la informalidad urbana no siempre desaparece de inmediato. A veces se incorpora. A veces se estetiza. A veces se convierte en atractivo cultural. A veces se utiliza como prueba de autenticidad. Bhendi Bazaar encaja en esta lógica: la informalidad no es simplemente sustituida por formalidad; está siendo seleccionada, empaquetada y puesta a trabajar dentro de un nuevo régimen de valor urbano.

Esto no significa que Bhendi Bazaar sea un caso “puro” ni que deba reducirse a una etiqueta. Tiene rasgos de rehabilitación real, de mejora habitacional y de proyecto comunitario. También tiene rasgos de gentrificación autoritaria: demolición, verticalización, planificación a gran escala, fuerte aparato normativo y transformación física intensa. Pero su interés está precisamente en esa ambigüedad. No es el barrio arrasado sin retorno, pero tampoco puede leerse todavía como el barrio simplemente mejorado. Es un caso fronterizo que muestra cómo la inclusión puede convertirse en una forma de transformación. Se incluye a los residentes, pero bajo nuevas reglas. Se incluye a los comerciantes, pero bajo otra geografía comercial. Se incluye la identidad local, pero bajo una estética curada. Se incluye la informalidad, pero solo aquella que pueda hacerse legible, rentable y compatible con el nuevo orden urbano.

El Estado juega también un papel decisivo. Aunque el proyecto esté impulsado por un trust comunitario, no puede entenderse sin el marco público del cluster redevelopment, especialmente la regulación DCR 33(9), después incorporada al DCPR 2034. Esa normativa permite agrupar edificios antiguos, aumentar edificabilidad, desbloquear valor del suelo y financiar la rehabilitación mediante nuevos aprovechamientos inmobiliarios. En otras palabras, la operación no es solo filantropía ni solo comunidad: es también planificación urbana, captura de valor y producción de una nueva centralidad inmobiliaria. El Estado no borra la informalidad directamente, pero ayuda a decidir qué parte de ella será regularizada, qué parte será reubicada y qué parte quedará fuera del nuevo Bhendi Bazaar.

Por eso el caso resulta tan útil para pensar la ciudad contemporánea. Nos enseña que la gentrificación no siempre empieza expulsando. A veces empieza prometiendo retorno. A veces no destruye la cultura local, sino que la convierte en argumento de venta. A veces no elimina el comercio popular, sino que lo traslada a un formato más controlado. A veces no niega el pasado, sino que lo convierte en fachada, en marca, en patrimonio administrado. Es una forma más sofisticada de transformación urbana: menos brutal que el desalojo directo, pero quizá más difícil de detectar porque habla el lenguaje de la mejora, de la seguridad, de la dignidad y de la inclusión.

El balance final de Bhendi Bazaar todavía no puede escribirse. El proceso sigue en marcha. Algunas fases ya han materializado realojos y nuevas torres; otras continúan desarrollándose; y sus efectos sociales, comerciales y generacionales solo podrán evaluarse con el tiempo. Por eso sería precipitado decir que Bhendi Bazaar ha mejorado o ha empeorado. La pregunta correcta es otra: ¿mejorará Bhendi Bazaar sin expulsar —directa o indirectamente— las formas de vida que lo hicieron posible? ¿O la mejora material acabará produciendo una pérdida más lenta, más sutil y más difícil de medir?

La cuestión no se resolverá únicamente mirando los edificios. Habrá que mirar quién puede volver, quién puede quedarse, quién puede pagar los nuevos costes, qué comercios sobreviven, qué jóvenes podrán formar hogar allí, qué prácticas de calle permanecerán, qué redes se debilitarán y qué tipo de “autenticidad” será finalmente permitida. Si el nuevo Bhendi Bazaar conserva solo la imagen del viejo bazar, pero no sus condiciones sociales y económicas de existencia, estaremos ante una transformación mucho más problemática de lo que su discurso oficial sugiere.

Quizá la imagen más justa, por ahora, sea esta: Bhendi Bazaar está volviendo, pero puede volver distinto. Volverán algunos vecinos, volverán algunos comercios, volverá parte de la identidad Bohra, volverá el nombre del barrio. Pero el viejo ecosistema de callejuelas, proximidad, informalidad y vida cotidiana está siendo traducido a otro idioma urbano: el de la torre, el podio comercial, la normativa, el render, el patrimonio curado y el valor inmobiliario. Y esa traducción nunca es inocente.

Por eso Bhendi Bazaar merece ser observado con cuidado. No como ejemplo simple de éxito ni como caso evidente de fracaso. Sino como advertencia sobre el urbanismo del presente: incluso cuando la ciudad promete incluir, puede estar transformando profundamente las condiciones de vida de quienes dice proteger. La gentrificación del siglo XXI no siempre llega expulsando primero. A veces llega con una llave nueva, un piso nuevo, una fachada nueva y una promesa: “podrás volver”. La pregunta es si, al volver, el barrio seguirá siendo habitable para la vida que lo hizo existir.

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Juan Pérez Ventura

Juan Pérez Ventura es profesor por las mañanas y divulgador por las tardes. Le interesa todo. Absolutamente todo. En 2012 fundó la página web 'El orden mundial en el S.XXI', el medio de análisis internacional más leído en español. En 2023 publicó el libro 'Música y cine, año a año', una obra única que repasa de manera anual la historia de la música y el cine. En 2025 publicó el libro 'VENTURA: 100 artículos de divulgación multidisciplinar', un compendio que celebra sus 15 años como divulgador. Actualmente prepara una tesis doctoral sobre geografía urbana.

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