En el contexto de una España aislada internacionalmente y sometida al control ideológico del régimen franquista, el surgimiento del grupo El Paso en 1957 representó una de las iniciativas artísticas más significativas de la segunda mitad del siglo XX. Este colectivo, que integró a algunos de los principales exponentes del informalismo español, se constituyó como una plataforma de renovación estética, pero también como un acto de resistencia cultural frente a la oficialidad academicista y el vacío expresivo de la España de posguerra. Aunque su existencia formal fue breve —entre marzo de 1957 y 1960—, su impacto fue duradero y decisivo en la apertura del arte español a las corrientes internacionales.
La fundación del grupo fue anunciada el 16 de marzo de 1957 con un manifiesto publicado en el catálogo de su primera exposición en la Galería Buchholz de Madrid. Este texto, redactado con una retórica combativa y visionaria, proclamaba la necesidad de «sacar el arte español de su aislamiento», y proponía una práctica artística comprometida con la autenticidad, la libertad expresiva y la ruptura de las formas tradicionales. El grupo adoptó el nombre El Paso como metáfora de avance, tránsito y superación. Su núcleo inicial estaba compuesto por Rafael Canogar, Luis Feito, Juana Francés, Manolo Millares, Manuel Rivera, Antonio Saura, Antonio Suárez y Pablo Serrano, a los que se sumaron más adelante críticos como José Ayllón y el influyente Manuel Conde, auténtico ideólogo del grupo.

Desde un punto de vista estilístico, El Paso se inscribió en la órbita del informalismo europeo, particularmente en diálogo con el tachismo francés y el expresionismo abstracto norteamericano. Frente a la figuración tradicional, sus miembros exploraron lenguajes matéricos, gestuales y abstractos, cargados de tensión expresiva. La materia —con frecuencia violenta, erosionada, fragmentada— se convirtió en un vehículo de significación autónomo, más allá de cualquier referencia figurativa. La gestualidad, la improvisación y el accidente controlado pasaron a ser estrategias fundamentales del proceso creativo.
Rafael Canogar, uno de los fundadores y principales teóricos del grupo, fue también uno de los artistas más coherentes en su evolución. Inicialmente vinculado a la abstracción informalista, en obras como Materia y forma (1958) exploró los límites entre pintura y objeto, incorporando elementos matéricos como la arena o el yeso. Sin embargo, a partir de los años 60 su trayectoria dio un giro hacia el arte político y la figuración crítica, manteniendo siempre una voluntad experimental. Su obra articula una tensión constante entre lo matérico y lo conceptual, entre lo individual y lo colectivo.

Antonio Saura, por su parte, desarrolló un lenguaje personalísimo marcado por una figuración deformada y expresionista. A través de series como Crucifixiones, Multitudes o Retratos imaginarios, Saura exploró los límites del cuerpo y la identidad, recurriendo a una paleta monocroma dominada por el negro, el blanco y el gris. Influido por Goya, el surrealismo y el existencialismo, su obra manifiesta una profunda angustia ontológica. Como él mismo declaró, buscaba representar “lo humano como herida”, no como forma reconocible.
Pablo Serrano, el escultor más relevante del grupo, aportó una dimensión tridimensional y existencial al proyecto de El Paso. Su serie Hombres con puerta o sus Bóvedas para el hombre exploran la noción del ser como espacio, como vacío, como apertura. En su escultura, el metal es trabajado con crudeza, manteniendo la huella del proceso, en consonancia con la estética informalista. Serrano reivindicó el arte como expresión esencial del hombre y lo entendió como un medio de conocimiento y comunicación, no como representación.

Aunque el grupo funcionaba como colectivo, cada uno de sus miembros mantuvo una voz personal. Manolo Millares, por ejemplo, realizó una de las aportaciones más radicales del arte español contemporáneo con sus arpilleras cosidas, desgarradas y pigmentadas, como en Homúnculo nº 6 (1959). Influido por la cultura guanche y por la experiencia traumática de la guerra, su trabajo evidenciaba una voluntad de exorcismo histórico y denuncia. Luis Feito, por su parte, se centró en la abstracción lírica, con una obra caracterizada por formas circulares, uso de tierras y empastes densos. La obra de Juana Francés introdujo materiales poco convencionales y una visión personal del informalismo, en diálogo con cuestiones existenciales y sociales. Manuel Rivera utilizó mallas metálicas y estructuras de alambre para crear superficies que jugaban con la luz, el espacio y la percepción, como en su serie Metamorfosis. Y Antonio Suárez, el más solitario y lírico, construyó una pintura gestual y matérica de fuerte carga introspectiva.
Durante su breve existencia, El Paso organizó varias exposiciones clave: además de la inaugural en Buchholz, destacan la muestra de 1958 en la Galería Atenas de Roma, la participación en la Bienal de Venecia (1958), la Feria de Basilea o la Exposición Universal de Bruselas (1958). Estas presencias internacionales consolidaron su prestigio y permitieron una progresiva inserción del arte español en el circuito europeo tras años de ostracismo.
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La disolución del grupo en 1960 no respondió a una ruptura traumática, sino a la maduración de trayectorias individuales. Cada artista prosiguió su camino, en ocasiones divergente, pero la huella de El Paso quedó inscrita en la historia del arte español como símbolo de apertura, riesgo y compromiso estético. En un contexto de represión ideológica y atraso cultural, el grupo supo articular una respuesta desde la radicalidad artística, proponiendo no solo un cambio de lenguaje, sino también una nueva actitud del artista frente a la realidad.
Hoy, las obras de sus integrantes forman parte de los fondos del Museo Reina Sofía, del Museo de Arte Abstracto de Cuenca, del Guggenheim de Nueva York o del Pompidou de París. Su legado continúa siendo objeto de estudio por su relevancia no solo estética, sino también ética y política. El Paso no fue únicamente un grupo de artistas: fue, en muchos sentidos, el puente entre la modernidad europea y la vanguardia española que el franquismo había tratado de silenciar.