Entre las altas cumbres de los Apeninos y la calurosa costa del Adriático se levanta la villa milenaria de Urbino. Desde que la familia que habitaba las estancias del Palacio Ducal se había dejado inspirar por el humanismo, la ciudad vivía en un ambiente culto, artístico y literato que le había dado fama en toda Italia. El joven Guidobaldo de Montefeltro había sucedido a su padre como Duque de Urbino, y para estar al corriente de la moda de la época se interesó por el arte en todas sus formas. Guidobaldo contrató los servicios del polifacético Giovanni Santi, un pintor que también escribía poemas.

Tras años en la corte de Urbino, Giovanni Santi pasó a ser uno más de la familia. Es por eso que cuando en 1483 nació su hijo Rafael, éste fue rápidamente educado dentro de la ideología cortesana. El pequeño Rafael Sanzio recibió una educación basada en las maneras delicadas y el correcto trato con la gente, y en el taller de su padre aprendió el oficio de pintor. Todos los que le conocían hablaban de él como un niño prodigio. Un gran futuro esperaba a ese joven genio. De pronto, en el verano de 1491 murió su madre, y tres años después, su padre.

Solo en el mundo, y viviendo temporadas con su tío y otras con su madrastra, Rafael encontró en los talleres de los maestros pintores el refugio que necesitaba. Como un nómada pasó por varios lugares y trabajó junto a distintos artistas, hasta que con 17 años llegó a caer en el estudio del gran Pietro Perugino. En 1501 realizó su primera obra importante: La resurrección de Cristo, un trabajo para la iglesia de Città di Castello, cerca de su Urbino natal.

En 1504 se instaló en la rica y cosmopolita Florencia, una gran urbe de 80.000 habitantes, capital cultural de Europa en esos años del Renacimiento. Rafael tenía solo 21 años, pero ya se encontraba en el lugar adecuado para llegar a lo más alto. En Florencia recibió muchos encargos, estableció amistad con maestros como Fray Bartolomeo y conoció la obra de Leonardo da Vinci, que también vivía en la ciudad.

No sabemos si Rafael llegó a establecer contacto directo con Leonardo, mucho mayor que él y que en aquellos años mantenía una intensa rivalidad con otro genio italiano, Miguel Ángel Buonarroti. Al margen de las batallas entre maestros -en las que no tardaría en verse involucrado-, Rafael siguió creciendo y trabajando. Se dejaba influenciar con facilidad para mejorar su técnica pictórica, combinando la suavidad de Perugino, incorporando el sfumato de Leonardo y la monumentalidad de Bartolomeo.

Entre 1506 y 1508 pintó gran cantidad de madonnas, Vírgenes acompañadas por el Niño Jesús y otros elementos, como corderos u otros Santos. Escogió un diseño fijo para todas ellas y las vistió de rojo y azul, dándoles un rostro cándido y delicado, y una mirada terrenal y comprensiva. Muchas de ellas fueron encargos privados, otras para edificios de la Iglesia católica. En cambio La Virgen del jilguero fue un regalo de bodas para un amigo.

El trabajo del joven Rafael ya había llamado atención de muchos clientes de toda Italia, siendo requerido para trabajar en la Catedral de Siena y otras ciudades, cuando en 1508 recibió la llamada de la ciudad más importante de todas: Roma. Otro oriundo de Urbino, el arquitecto Donato Bramante, que para entonces trabajaba en basílica de San Pedro, recomendó al papa Julio II que contratara los servicios de Rafael. El papa llevaba tiempo queriendo redecorar varias estancias que habían sido diseñadas por encargo del anterior pontífice, Alejandro VI, un gran enemigo suyo. Julio II detestaba a Alejandro VI, miembro de la familia Borgia, y quería borrar todo rastro de su papado. Mandó a Rafael un duro encargo: sustituir las pinturas que Perugino había realizado para el anterior papa.

El joven se encontró con que debía sustituir la obra de su maestro. Y lo hizo a lo grande: se puso al frente de un equipo de pintores y comenzó a diseñar una gran cantidad de nuevos frescos que decorarían la segunda planta del Palacio Apostólico, donde Julio II quería ubicar su residencia personal. Este encargo le ocuparía el resto de su vida. Uno de los frescos más importantes de las llamadas Estancias de Rafael es La escuela de Atenas.

Con trabajo asegurado para muchos años, Rafael se dedicó a la pintura y a su otra pasión: las relaciones sociales. Celebraba los encargos invitando a amigos y compañeros a beber en las tabernas más populares de Roma, y cada noche conocía a una dama distinta. Con 25 años se ganó la fama de seductor en la capital italiana, y llegó a pasar veladas acompañado por varias mujeres. No tenía reparo en que su actividad sexual fuera bien conocida en toda la ciudad, y su nombre atraía a muchas jóvenes. Una de sus amantes predilectas fue Margarita Luti, llamada “La Fornarina” por ser hija de un panadero. Ella se convirtió en la compañía nocturna y en la modelo diurna para el joven de Urbino, que estaba viviendo en Roma los mejores años de su vida.

Su época de mayor éxito personal se vio acompañada por un auge de su imagen social. A su fama de amante total y a su prestigio como maestro pintor se le sumó su carisma bondadoso y amable, fruto de aquella educación humanista en la aristocracia. Si se encontraba con pintores en situación de necesidad los contrataba para trabajar en su taller y les daba clases de pintura, incluso regalaba dibujos a personas en apuros económicos. Era un buen regalo, pues los dibujos de Rafael eran muy cotizados. Aunque ha pasado a la historia por sus frescos y lienzos, los grabados y esbozos del genio de Urbino destacan por su calidad, tanto en la fidelidad anatómica como en la delicadeza de las formas.

En febrero de 1513 muere Julio II, y tras una larga deliberación la fumata blanca anuncia que León X es el nuevo cabeza de la Iglesia católica. Bajo su papado, Rafael siguió siendo el pintor favorito de Roma. León X le realizó un importante encargo al pedirle que diseñara una serie tapices para decorar las paredes de la Capilla Sixtina, la estancia que Miguel Ángel había pintado con su famoso techo lleno de frescos. Entre 1515 y 1516 el joven de Urbino diseñó diez cartones que más tarde se enviarían a Bruselas para ser bordados en tela. Rafael cobró 16.000 ducados por este trabajo, más que Miguel Ángel por sus frescos. Ambos artistas compitieron en la Capilla Sixtina por crear las mejores obras. Se sabe que Miguel Ángel no entabló amistad con el joven.

Los tapices de Rafael fueron robados durante el saqueo que sufrió Roma en 1527 a manos de las tropas españolas y alemanas de Carlos I. La mayoría fueron repartidos por Europa y pasaron por muchas manos. Siete de ellos fueron comprados finalmente en 1623 por Carlos I de Inglaterra, por ello se conservan actualmente en Londres. Algunos como La pesca milagrosa fueron muy populares, debido a que se publicitaron en formato de grabado.

En La pesca milagrosa Rafael incorpora muchos animales, dando profundidad al significado de la pintura. Los cuervos que sobrevuelan el río hacen referencia a pecado, recordando al cuervo que Noé soltó desde el arca y que nunca regresó; las grullas de la costa están cuidando unas de otras, como el papa vela por los fieles; los peces simbolizan la piedad cristiana y a las almas liberadas del mal; la pareja de cisnes en segundo plano representan el orgullo y el engaño… Además de estos mensajes, vemos en las formas de los cuerpos la grande maniera típica de Miguel Ángel, con brazos musculares y cuerpos que no esconden las imperfecciones humanas.

Famoso en toda Roma por ser el pintor del Vaticano y perseguido por su leyenda de una vida nocturna de fiestas y orgías, Rafael recibió varias propuestas de matrimonio. El joven no se dejó seducir por ninguna, y prefirió seguir siendo él quien sedujera. Así llegó su perdición, entre los brazos de tantos amores.

Una noche de celebración, tras haber terminado el vino de la taberna más cercana y después de invitar a Margarita “La Fornarina” a subir a su habitación, la fogosidad de un encuentro que duró hasta el amanecer produjo unas fiebres al pintor. Enfermó gravemente y durante quince días luchó por mantenerse en ese mundo de éxitos y placeres que había sido Roma para él. Finalmente la fiebre se lo llevó un Viernes Santo de 1520. El mismo día en el que, 37 años atrás, había nacido en la pequeña Urbino. Roma se despertó llorando la muerte de su vecino más querido, hijo adoptivo de la ciudad y ciudadano conocido y amado por todos. Un genio que tuvo unos funerales dignos de su figura: fue enterrado en el Panteón, arropado por miles de personas. En su sarcófago de mármol todavía hoy se lee la inscripción en latín: Aquí yace Rafael, por el que en vida temió ser vencida la Naturaleza, y al morir él, temió morir ella.