La Iglesia Adventista del Séptimo Día
Vidriera de la Segunda Venida de Cristo en la Iglesia Evangélica de San Mateo en Charleston, Carolina del Sur.

Hace siglos, un Hijo de Dios caminó entre mortales, proclamando un mensaje de amor y redención. Con lágrimas en sus ojos y ternura en su voz, prometió regresar. Sus palabras resonaron a través de los siglos, anclándose en corazones anhelantes. Pero el mundo se sumió en sombras. Guerras, dolor y desesperanza se extendieron como una plaga, y la humanidad ansiaba la luz de la prometida redención. En el silencio de los siglos, el eco de la promesa persistió, un faro titilante en medio de la oscuridad.

Y entonces, cuando la desesperación amenazaba con sofocar la fe, los cielos se abren con una luz deslumbrante. En el escenario cósmico, entre nubes de gloria y tronos celestiales, el Hijo de Dios regresa. La Parusía, la presencia divina que se había desvanecido, ahora se manifiesta con una majestuosidad indescriptible. Los ángeles entonan himnos de triunfo mientras las estrellas titilan en reconocimiento. La tierra tiembla ante la presencia divina, y el aire mismo parece vibrar con expectación. Las almas fieles, tanto las que yacen en tumbas como las que aún caminan sobre la tierra, se estremecen ante la magnificencia de la Parusía.

En un instante, el juicio se despliega como un pergamino cósmico. La justicia divina barre sobre la creación, separando el bien del mal con la certeza de un amanecer eterno. Las lágrimas son enjugadas y los corazones rotos son restaurados en la luz de la gracia divina. La Parusía, como un epílogo celestial, transforma el lamento en alegría, la desesperanza en esperanza. El Reino de Dios se establece con una gloria indescriptible, y la redención se consuma en un abrazo eterno. La historia de la humanidad encuentra su clímax en la Parusía, cuando el Hijo de Dios cumple su promesa y restaura la creación a su propósito divino.

Así podría relatarse lo que esperan los cristianos -y musulmanes- de todo el mundo: la Parusía. El término proviene del griego parousia, que significa «presencia» o «venida». En el contexto religioso, especialmente en el cristianismo, la Parusía se refiere a la Segunda Venida de Jesucristo a la Tierra al final de los tiempos. Esta creencia está basada en varias referencias bíblicas, como las palabras de Jesús en el Nuevo Testamento, donde se habla de su regreso para juzgar a los vivos y a los muertos.

La idea de la Parusía implica que, después de su Primera Venida como el Salvador, Jesucristo regresará para cumplir con las promesas y propósitos divinos, estableciendo el reino de Dios de manera completa y final. Este concepto es particularmente relevante en las doctrinas cristianas escatológicas, que se centran en las creencias sobre el fin de los tiempos y el destino final de la humanidad. Según la doctrina cristiana, en su Segunda Venida, Jesucristo vendrá como Rey y Juez para juzgar a los vivos y a los muertos. Esta venida también está vinculada a la instauración del Reino de Dios en su plenitud, donde se restablecerá la justicia divina y se cumplirán las promesas divinas.

La idea de la Segunda Venida es central en el adventismo, una rama del cristianismo protestante que remonta su origen al Movimiento Millerista ocurrido en Estados Unidos a mediados del siglo XIX.

El Movimiento Millerita

William Miller (1782–1849)

A mediados del siglo XIX, en un rincón remoto de Nueva Inglaterra, Estados Unidos, surgía un fervor religioso que cambiaría la vida de muchos: el movimiento millerita. Todo comenzó con un hombre llamado William Miller, un granjero y predicador autodidacta, que, tras intensas reflexiones sobre las profecías bíblicas, llegó a una conclusión asombrosa.

Miller proclamó que, según sus estudios, Jesucristo regresaría a la Tierra en un evento conocido como la Segunda Venida, y estableció el cálculo de esa fecha basándose en el Libro de Daniel. Su predicción específica apuntaba al año 1843, y más tarde ajustó la fecha a 1844. La noticia de esta profecía se propagó como un incendio, capturando la imaginación y el fervor de miles de seguidores.

La anticipación creció exponencialmente conforme se acercaba la fecha predicha. Milleritas de todas partes aguardaban con expectación la llegada del día señalado. Sin embargo, cuando la fecha pasó sin la esperada manifestación divina, el evento se conoció como el Gran Chasco. La decepción fue palpable, y muchos seguidores, conocidos como los milleritas, tuvieron que enfrentar el desafío de reconciliar sus creencias con la realidad.

A pesar del desengaño inicial, algunos seguidores persistieron en su fe, reinterpretando las profecías y reajustando las expectativas. De este grupo surgieron varias ramas del adventismo:

  1. Adventistas del Séptimo Día: Después del Gran Chasco en 1844, algunos seguidores de Miller, liderados por figuras como Ellen G. White, reinterpretaron las profecías y formaron la Iglesia Adventista del Séptimo Día en la década de 1860. Esta denominación destaca por observar el sábado como el día de reposo y por sus enseñanzas sobre la pronta venida de Cristo.
  2. Adventistas del Séptimo Día Movimiento Reformado: Este grupo se separó de la Iglesia Adventista del Séptimo Día principal debido a desacuerdos teológicos y organizativos en la década de 1920.
  3. Movimiento Davidiano: Fundado por Victor Houteff en la década de 1930, este movimiento se separó de la Iglesia Adventista del Séptimo Día y tiene creencias distintivas, incluyendo la creencia en un mensaje apocalíptico.
  4. Movimiento Shepherdiano: Surgió en la década de 1950 con la enseñanza de A. Leroy Moore, quien abogaba por una reforma dentro de la Iglesia Adventista del Séptimo Día.
  5. Movimiento Adventista del Séptimo Día Reformado: Un grupo que se separó de la denominación principal en la década de 1980 debido a desacuerdos teológicos.
  6. Movimiento Adventista del Séptimo Día Independiente: Otro grupo que se distanció de la denominación principal en la década de 1980.
Capilla donde predicaba William Miller, al norte del Estado de Nueva York

La Iglesia Adventista del Séptimo Día

En la tranquila atmósfera de Nueva Inglaterra, en el siglo XIX, se gestó un movimiento que cambiaría la faz del cristianismo: la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Su nacimiento está entrelazado con el fervor y la expectación que brotaron de las enseñanzas de William Miller, un agricultor y predicador autodidacta que proclamó una fecha trascendental: el retorno de Jesucristo en 1844. Sin embargo, la fecha llegó y pasó sin la apoteosis esperada, dejando a sus seguidores sumidos en el desconcierto y la desilusión.

No obstante, de las cenizas del desencanto, surgió un grupo resiliente de seguidores que, liderados por figuras como Ellen G. White, comenzaron a reinterpretar las profecías y a dar forma a una nueva identidad religiosa: la Iglesia Adventista del Séptimo Día.

La teología adventista, moldeada por la pluma inspirada de Ellen G. White, abraza creencias distintivas. La observancia del sábado como día de reposo, el énfasis en la importancia de la salud y un enfoque apasionado en la segunda venida de Cristo se convirtieron en pilares fundamentales. La doctrina del juicio investigador y la comprensión de la mortalidad del alma tejieron la rica tela teológica de esta denominación.

Con millones de fieles en todo el mundo, la Iglesia Adventista del Séptimo Día se ha consolidado como una de las denominaciones cristianas de más rápido crecimiento. Su enfoque en la educación, la salud y el servicio comunitario ha resonado en comunidades diversas. La iglesia ha aprovechado la tecnología moderna para llegar a nuevos seguidores, manteniendo un fuerte énfasis en la participación activa de los jóvenes para garantizar su continuo crecimiento y relevancia. La Iglesia Adventista del Séptimo Día ha trascendido las fronteras geográficas para convertirse en una fuerza global. Desde las vastas llanuras de América del Norte hasta las selvas de África, la iglesia ha establecido su presencia en casi todos los continentes. Estados Unidos y Brasil destacan como epicentros de su influencia, con una red vibrante de congregaciones y fieles.

Miembros de la Iglesia Adventista del Séptimo Día por millón de habitantes en cada país

La Iglesia Adventista del Séptimo Día se ha erigido sobre una estructura organizativa cuidadosamente diseñada. Desde la Asociación General hasta las congregaciones locales, cada nivel desempeña un papel crucial en la dirección y administración de la iglesia. Este esquema jerárquico ha permitido la coordinación eficaz de misiones, educación y servicios comunitarios en todo el mundo. Sin embargo la Iglesia Adventista ha recibido críticas por su organización.

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Sede Central de la Delegación de Sudamérica de la Iglesia Adventista, en Sao Paulo

La teología del remanente es un concepto teológico que está estrechamente asociado con la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Esta doctrina se basa en la idea de que en los últimos días antes del retorno de Jesucristo, habrá un grupo de creyentes, llamado «remanente», que mantendrá la fe y seguirá los mandamientos de Dios de manera fiel.

La teología del remanente se deriva de la interpretación adventista de ciertos pasajes bíblicos, particularmente aquellos encontrados en el libro de Apocalipsis y en los escritos de Ellen G. White. Según esta enseñanza, el remanente son aquellos que, en medio de las crisis espirituales y morales del mundo, permanecen leales a Dios y a sus enseñanzas. Se espera que este grupo fiel proclame el mensaje del evangelio, prepare a las personas para la segunda venida de Cristo y contribuya a la restauración del carácter divino en la vida de los creyentes.

La Iglesia Adventista del Séptimo Día ve a sí misma como parte de este remanente y abraza la responsabilidad de llevar a cabo la misión de difundir el mensaje adventista y preparar al mundo para la Segunda Venida. Esta doctrina refuerza la importancia de la fidelidad a las Escrituras y la observancia de los principios bíblicos, así como la misión activa de compartir el evangelio.

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