un artículo del Dr. Mariano Restivo
Durante el proceso de la Guerra de Independencia de Argentina del dominio español, numerosos actores desempeñaron un papel fundamental, no solo desde el ámbito militar y político, sino también desde el religioso y social. Entre ellos se destaca la figura del Fray Francisco Inalicán, un sacerdote de origen mapuche que supo combinar su rol religioso con un fuerte compromiso con la causa independentista. Su participación en este proceso refleja la complejidad del conflicto y la diversidad de voces que se unieron en la lucha por la emancipación del dominio español. Esta presentación busca explorar su vida, su influencia dentro de las comunidades indígenas y su contribución a la independencia de Argentina y Chile colaborando con San Martín para contactarse con los pehuenches y el cruce de la Cordillera de los Andes, reconociendo la importancia de visibilizar figuras históricas muchas veces relegadas por la historiografía tradicional.
Por la intensidad que adquirió en esos años, la lucha emancipadora alentó a participar de ella a varios religiosos que se convirtieron en capellanes de los ejércitos de la revolución. Algunos de ellos son hoy más conocidos, como el fraile Félix Aldao, fray Luis Beltrán, o “fray Vulcano”, un apodo merecido por su importante papel en la fabricación de armas para el Ejército de los Andes y Fray Inalicán.

Fray Francisco Inalicán fue el intérprete del Gral. San Martín con el pueblo pehuenche nació en La Imperial, en la zona de Chillán en Chile, hijo de Felipe Quiñelicán, cacique mapuche principal de La Imperial, y de Juana Villa. Su nombre en mapudungun significa “el que está cerca de la piedra solar”. Vistió el hábito franciscano en 1794 e hizo su profesión solemne el 26 de marzo de 1795. Fue capellán y cura de la primera iglesia que estuvo regida en el Fuerte San Rafael del Diamante durante su tiempo de servicio. El fraile con raíces indias había sido formado en un colegio de curas en Chile (su padre había sido amigo del padre de Bernardo O´Higgins) e hizo las veces del traductor oficial. Era imprescindible su tarea porque indefectiblemente «los conversadores» debían ser aceptados por ambas partes para formar parte de los oficios y ceremonias parlamentarias. Se ordenó de presbítero en Santiago de Chile como miembro de la Orden franciscana en 1800. Su primer destino fue el de capellán del Fuerte San Rafael del Diamante en Mendoza, ejerciendo su ministerio entre los pehuenches. En 1805 era padre maestro dentro de su Orden y enseñaba gramática en el convento franciscano de la ciudad de Mendoza. En ese mismo año acompañó al comandante de Milicias Urbanas Miguel Félix Meneses en una expedición pacificadora de los indios del sur de Cuyo. No sabemos exactamente en qué fecha fue capellán del fuerte de San Carlos, también en Mendoza. Hablaba con facilidad las lenguas, Pehuenches, Puelches, Ranquelche, por lo que el Virrey del Río de la plata Marqués de Sobremonte, lo designó capellán de las fuerzas expedicionarias y cura párroco en la capilla a erigirse en el nuevo fuerte de San Rafael.
Años posteriores durante la guerra de independencia de Argentina, Inalicán siguiendo la orden de sus superiores consiguió además que los pehuenches recapturarán al coronel español Agustín Huici, quien se había fugado de su prisión en Río Cuarto (Córdoba) tras haber sido apresado por Díaz Vélez en el combate de Las Piedras (1812) y se marchaba a Chile con valiosa información estratégica y militar para comunicársela a los realistas. Y San Martín, por entonces gobernador intendente de Cuyo, en su intervención parlamentaria siempre reconoció y agradeció este hecho. Sobre la gran investigación y análisis de Martín Vilariño continuaremos:
«Para lograr su objetivo (Huici) tenía que atravesar Cuyo o hacerlo a través de ‘tierra adentro’. Ante tal situación, San Martín ordenó al Comandante de Frontera que hablara con los caciques, para la captura del jefe realista, y les ofreciese ‘quantos premios y gratificaciones le dicte su prudencia para que activamente cooperen a esta captura interesante’. Ante esto, Susso envió al fray Inalican para que hablara con los principales caciques (Millaguin, Neycuñan y Pañichiñe) y les ofreciera trecientas yeguas, tres arrobas de tabaco, papel, diez frenos (seis con copa y cuatro sin ella) a lo que estos accedieron. El Coronel fue capturado por los pehuenches y entregado por el Cacique Gobernador a las autoridades patriotas». (Martín Vilariño: «Reactualizando alianzas al pie de la Cordillera de los Andes: el parlamento de 1816 entre pehuenches y patriotas». Memoria Americana. Cuadernos de Etnohistoria. Volumen 28 – Nº1 / 2020).
ARTÍCULO RELACIONADO: San Martín, el parlamento y la guerra: la alianza entre patriotas y pehuenches (Gustavo Capone, 2022)
En los primeros días de octubre de 1814 San Martín les comunicaba a los caciques pehuenches a través de fray Francisco Inalicán que Chile había caído en manos de los españoles, enemigo común, pidiéndoles que informaran sobre cualquier movimiento de la frontera. Los pehuenches son un pueblo indígena del sur de Chile y el sudoeste de Argentina, parte del pueblo mapuche, cuyo nombre significa «gente del pehuén» debido a que su cultura y alimentación giraban en torno a la recolección de sus piñones. Son recolectores, cazadores y pastores que habitan la zona montañosa de los Andes y son conocidos por su relación con los árboles de araucaria y su antigua cultura. Lo concreto es que «el parlamento» se producirá en setiembre de 1816 y durará varios días. En realidad, el encuentro no fue en el propio Fuerte de San Carlos, sino en un campo a una distancia aproximada de diez kilómetros del lugar histórico establecido tradicionalmente. Hasta allí llegó San Martín y ese será el lugar de «la consulta».

«Encontramos en la nómina de participantes un total de catorce Caciques y siete Capitanejos. Caciques: Neycuñam, Millatrin, Carripil, Lignancu, Paillayan, Calbical, Cathituen, Mañqueliu, Huirriñancu, Neyulem, Antiñan, Lincoñam, Caniuman, Llamiñamcu. Capitanejos: Lemunila, Antical, Lebianty, Reyñamcu, Huemical, Llamcan y Millatur. También figura Inalican en la nómina de Capitanejos. Como se puede apreciar, aquí están ausentes Caciques de relevancia política para la época como Millaguin, Pañichiñe, Pichicolemilla o la familia Goyco. Su ausencia nos estaría sugiriendo que en este parlamento con los patriotas solamente participaron los Caciques y Capitanejos de la parcialidad que respondía directamente a Neycuñan» (Martín Vilariño – extraído de Archivo General de la Provincia de Mendoza. Carpeta 234, Doc.80).
Destaquemos que los parlamentos seguían un celoso protocolo y ritual (recibimiento, regalos, lugares de asiento de cada uno en la plaza de reunión, disposición de los testigos y las guardias en sus caballos alrededor del encuentro, establecimiento de las jerarquías, actos de demostración como destrezas o habilidades, propósitos y promesas) y que quedaban asentados y registrados doblemente en forma oral (compromiso y promesa mediante) según el insoslayable rito indio y en forma escrita según el acto administrativo criollo.
«He creído del mayor interés tener un parlamento general con los indios pehuenches, con doble objeto, primero, el que si se verifica la expedición a Chile, me permitan el paso por sus tierras; y segundo, el que auxilien al ejército con ganados, caballadas y demás que esté a sus alcances, a los precios o cambios que se estipularán: al efecto se hallan reunidos en el Fuerte de San Carlos el Gobernador Necuñan y demás caciques, por lo que me veo en la necesidad de ponerme hoy en marcha para aquel destino». Textual de una carta de San Martín a Pueyrredón, Director Supremo (16 de setiembre de 1816).

Lo cierto es que el parlamento («el tavun», «consulta») sirvió para refrescar las relaciones entre patriotas y pehuenches, restableciendo un ámbito de consenso y cooperación. En el encuentro San Martín se presentó como paisano, oriundo de las tierras de los guaraníes y mostrando respeto por los pueblos indios. Generó un marco de confianza imprescindible para la concreción de los objetivos. Habló de la libertad que todos merecían y debían conquistar. Y debió ser lógico que ambas partes sintieran al principio una prejuiciosa desconfianza y como siempre pasa en este tipo de relaciones y reuniones, no todos dirán todo lo piensan e imaginan. Pero lo concreto es que San Martín pudo desarrollar su plan, base sustancial para el desarrollo político que anhelaba.
«El día señalado para el parlamento a las ocho de la mañana empezaron a entrar cada cacique por separado con sus hombres de guerra, y las mujeres y niños a retaguardia. Los primeros con el pelo suelto, desnudos de medio cuerpo para arriba y pintados hombres y caballos de diferentes colores; es decir, en el estado en que se ponen para pelear con sus enemigos. Cada cacique y sus tropas debían ser precedidos (y esta es una prerrogativa que no perdonan jamás porque creen que es un honor que debe hacérseles) por una partida de caballería de cristianos, tirando tiros en su obsequio. Al llegar a la explanada, las mujeres y niños se separan a un lado, y empiezan a escaramucear al gran galope y otros a hacer bailar sus caballos de un modo sorprendente. El fuerte tiraba cada seis minutos un tiro de Cañón, lo que celebraban golpeándose la boca, y dando espantosos gritos; un cuarto de hora duraba esta especie de torneo, y retirándose donde se hallaban sus mujeres, se mantenían formados, volviéndose a comenzar la misma maniobra que la anterior por otra nueva tribu». (Crónicas de Willian Miller publicadas en Londres – 1828).
Por El Portillo (Tunuyán) y El Planchón (Malargüe) pasarían escuadras de pocos soldados con la autorización de los pehuenches, sumando guerreros y caballos provenientes del «país indio»; logrando a la par, extender estratégicamente la defensa de los españoles a lo largo de mil kilómetros, lo cual permitió desconcentrar y dividir las fuerzas realistas, desarticulando el eje central español por donde pasaría el grueso del ejército libertador (Los Patos y Uspallata). La misma estrategia del sur (Portillo – Planchón) para dividir la defensa de los españoles cabría para el norte con los pasos de Come – Caballos y Guana.
Inalicán expresaba durante el parlamento:
“Yo soy de ustedes señores
aunque vista de algodón,
soy mapuche y no me olvido
de mi tierra y de mi Dios.
Ahora estoy trabajando
con la sombra y con la luz
para un señor que por todos
supo morir en su cruz
Tengo dos luces del cielo
a Ngenechén y Jesus
los dos me dicen que es tiempo
de que el cielo sea azul
y blanco como bandera
Los dos dicen, levantad
el cielo hasta la frontera
y que sea libertad.
Hablo la lengua pehuenche
y hablo la lengua cristiana
pero sé leer los ojos
de esos que llaman indiada
He de hablar conmigo mismo
lo mismo con dos palabras
dos miradas y dos lenguas
para una sola patria.
Mi nombre es Inalicán
soy el.que está más cerca
de las piedras de los dioses
Mi nombre nace en las piedras
Tierra es igual que mapú,
trüm es igual que igualdad,
para mi decir meñaln
es decir la libertad
Soy boca que anda dos lenguas
pero es la misma idea
defender lo que es tan nuestro
como la nube y la arena,
como el viento, como el río,
como la herida y la pena.
Como ese cielo wenu
que se sube a la bandera.
Inalicán por Mapuche
y Francisco por Asís
Soy el que dice y lo entienden
los de allá y los de aquí.
Hay dos patrias repartidas,
hay dos dioses en mi dios,
hay dos pueblos separados
y el que los une soy yo”.
«El parlamento» entre San Martín y los Pehuenches hubo respeto en pos de intereses comunes. En el medio afloró la visión, la misión y el propósito de un estadista de verdad: San Martín, que lidió con hombres inteligentes y tan pragmáticos como él: esos caciques. De ahí el respeto mutuo y la cooperación para que en poco tiempo se logrará la emancipación. Después vino la reunión. Fray Francisco Inalicán era de sangre americana, de los pueblos originarios, su padre cacique mapuche de la zona chilena de Chillán lo había cedido para que supiera más con los españoles, para que creciera entre aquellos que más de una vez habían sido sus enemigos. Inalicán se destacó en la Iglesia de San Francisco en Santiago de Chile y aprendió las bondades del Santo, sobre todo su vida de ayuda y de pobreza, su búsqueda incesante de la verdad. Después la vida lo había hecho cruzar la cordillera y ahora estaba allí, en el mismo recinto en el que estaban sus hermanos aborígenes.
Ñacuñán escuchaba lo que Fray Inalicán decía en un correcto mapundungun, pero sus ojos estaban clavados en ese hombre de uniforme azul del cual hablaba toda la tribu el general San Martín. “Huinca Señor”, lo había nombrado y eso era como un título de honor entre los pehuenches. Los capitanejos, los jefes guerreros, sentados a su alrededor, también escuchaban sin hacer un gesto. Inalicán, en el nombre del “Huinca Señor”, prometía y pedía. Prometía ayudarlos a defender sus tierras, prometía alimento, prometía ganado, prometía remedios para la viruela. Pedía que se hiciera un acuerdo de amigos y que los pehuenches ayudaran a ese ejército que se estaba preparando para luchar contra aquéllos que los habían tratado tan mal: los españoles. Pedía Inalicán que dejaran pasar las tropas por sus dominios sin hostilidades y, si podían, que se unieran a ellos en la lucha que iba a darse detrás de las montañas grandes. Ñacuñán, el anciano sabio, conocía bien a los huincas. Les conocía sus mañas, sus mentiras y sus traiciones. Incluso sabía que el “Huinca Señor”, a través de su intérprete, en ese mismo momento, le estaba mintiendo.
MÁS INFORMACIÓN: El parlamento del General San Martín con los pehuenches del Norte Neuquino y Sur de Mendoza

Inalicán terminó su discurso. Hubo un silencio largo. Habló el anciano brevemente y después hablaron todos sus hombres. Todos escuchaban a todos, nadie fue interrumpido en su decir. San Martín también escuchaba con cierta ansiedad en sus ojos. Era muy importante contar con los pehuenches, la guerra de las armas los necesitaría dentro de un tiempo, pero la guerra de zapa los necesitaba ya, dando a los españoles una información falsa acerca de los pasos por los cuales iba a cruzar San Martín. Cuando el último de los jefes habló, otra vez el silencio se apoderó del recinto.
Ñacuñán levantó su mano pidiendo atención. El gran cacique iba a hablar. Y habló. Dijo que aceptaban la amistad y los regalos. Dijo que haría todo para que los huincas de Chile tuvieran su merecido. Dijo, también, que no todos estaban de acuerdo, que tres de sus jefes se oponían, y eso era respetado entre los pehuenches. Dijo también que él podía controlar a los disidentes. San Martín sonrió, hubo un abrazo de Jefe a Jefe y Ñacuñán ordenó que sus hombres entregaran en custodia a los soldados, sus armas y sus caballos. El gesto era definitivo, nunca un pehuenche haría eso de no sentirse entre amigos. Después se desató la fiesta que describimos antes, de alcohol y gritos, de bailes y cantos, de placer y lujuria hasta que todos quedaron desparramados por el patio del fuerte de San Carlos.
Ñacuñán conocía a los blancos. Él era un blanco también, porque Ñacuñán significa “águila blanca”. El nombre le caía bien, tal vez por su poder de lonco o tal vez por esos ojos avizores que le permitían conocer a las personas de solo mirarlas. Lo había mirado a San Martín en la profundidad de sus ojos negros y esa mirada lo hizo confiar. “No es bueno confiar en un huinca”, había dicho muchas veces Ñacuñán, pero él confió de entrada en ese que se decía indio, como ellos. Ñacuñán se sorprendió de que San Martín no hubiera puesto objeciones cuando él dijo que tres de sus capitanejos no aceptaban el trato. La situación daba para pedir fidelidad total, pero el Huinca Señor no la pidió, hasta pareció quedar satisfecho al enterarse de que había pehuenches que no lo apoyarían. Pensó Ñacuñán: “Este hombre quiere algo más de nosotros, algo más que permiso y abastecimiento”.

Dos semanas después del encuentro en San Carlos, en las tolderías de los pehuenches, un joven guerrero se acercó al galope hasta el toldo del anciano. Le dijo que dos de los que se oponían al acuerdo habían cruzado hacia Chile. Preguntó si los perseguían. Ñacuñán sonrió y le hizo un gesto tranquilizándolo. Antes de que finalizara aquel año 1816, los caciques devolvieron la visita en el Plumerillo. Jugarían un papel muy importante en desinformar a las tropas realistas que estaban tanto en Santiago de Chile como en expediciones hacia la cordillera, advertidos de que el Ejército de los Andes no daría marcha atrás en su cometido.
No se puede librar una guerra sin un plan y sin el mínimo consenso interno. Obviamente para todo eso es siempre necesario un liderazgo convencido y convincente, representativo, coherente y con el coraje que la situación amerita como el que tuvo San Martín. «(…) grande fue cuando el sol lo alumbraba / y más grande en la puesta del sol». San Martín logró firmar acuerdos de paz y solicitar su ayuda en el parlamento de 1816, obteniendo su participación activa en la empresa libertadora para la independencia de América. San Martín se preparaba su propio desayuno, almorzaba con vino, no sonreía nunca y administraba con órdenes breves y precisas el quehacer patriótico. Y en un momento, cuando se acercaba la hora de partir hacia Chile, debió conferenciar con los indios pehuenches de la zona para que le permitiesen atravesar la cordillera.
INTERESANTE: El General José de San Martín, el cruce de los Andes y 204 años de negación mapuche-pehuenche
El entonces gobernador de Mendoza, que preparaba su ejército en el Plumerillo, le enviaba a Juan Martín de Pueyrredón una carta que pone de relieve varios asuntos: el jefe del Ejército de los Andes era un militar profesional de sólida formación, un estratega estudioso y audaz y, al mismo tiempo, un revolucionario que creía en la igualdad de los seres humanos. El mensaje, fechado el 10 de septiembre de 1816, cuatro meses antes de iniciar la travesía, decía, entre otras cosas:
“He creído del mayor interés tener un parlamento general con los indios pehuenches, con doble objeto, primero, el que si se verifica la expedición a Chile, me permitan el paso por sus tierras; y segundo, el que auxilien al ejército con ganados, caballadas y demás que esté a sus alcances, a los precios o cambios que se estipularán: al efecto se hallan reunidos en el Fuerte de San Carlos el Gobernador Necuñan y demás caciques, por lo que me veo en la necesidad de ponerme hoy en marcha para aquel destino”.
San Martín miraba y aprendía, miraba y guardaba en su memoria abierta. Jamás había visto tamaño descalabro. Lo contaría años más tardes, en 1826 cuando residía en Bruselas al también militar Miller, quien realizó un trabajo de investigación sobre la vida y la campaña del general. Las crónicas de Miller fueron publicadas en Londres en 1828 y San Martín jamás desmintió nada de lo publicado por su amigo, mientras Inalicán continuaba su obra evangélica, que se repartió en Chile y el sur de Mendoza. Murió en el fuerte de San Rafael. Sus restos nunca se encontraron.

un artículo del Dr. Mariano Restivo