El poder que hoy tiene China en el escenario global se hace mucho más sorprendente cuando se repasa de dónde viene el país. Las últimas décadas son una pequeña gota en el océano de una historia milenaria, pero el increíble desarrollo que se ha vivido en este periodo ha permitido que el gigante asiático pase de una sociedad agrícola a dominar la economía mundial.
Cuando el 1 de octubre de 1949 se estableció la República Popular China tras décadas de lucha dirigida por el Partido Comunista, el país vivía una situación tercermundista: el 80% de la población era analfabeta, más del 90% vivía en el medio rural y la economía se basaba en la agricultura de subsistencia. Para librarse de la excesiva dependencia de la Unión Soviética, en 1958 Mao Zedong, máximo dirigente del país, inició un ambicioso programa económico conocido como el Gran Salto Adelante, con el objetivo de desarrollar la industria pesada. El Líder Supremo esperaba que en quince años China superara la producción industrial del Reino Unido. Para empezar, contaban con lo más importante: la fuerza del trabajo. Se calcula que a finales de los cincuenta el país tenía unos 600 millones de habitantes.
El Gran Salto Adelante colectivizó la agricultura y promovió la industria a pequeña escala. De manera artificial y dirigida, millones de obreros poco cualificados fueron colocados en las fábricas para producir cantidades enormes de acero. Aunque efectivamente la productividad cumplía con los objetivos establecidos, era de muy baja calidad. A este problema se sumaron el deterioro de las relaciones chino-soviéticas y la llegada de varias épocas de sequía. Sin la asistencia técnica de la Unión Soviética y con una agricultura poco productiva, entre 1959 y 1961 la conocida como Gran Hambruna provocó alrededor de treinta millones de muertos. Hasta los años ochenta el Gobierno chino no reconoció los evidentes errores en la gestión de Mao.
El maoísmo (conocido en China como “pensamiento de Mao”) fue la ideología que estructuró la política, economía y sociedad chinas. Se basaba en la idea que el campesinado debía protagonizar la revolución y que ésta debía ser permanente, una creencia que provocó la llamada “Revolución Cultural”. Iniciado en 1966, este proceso (que oficialmente duró tres años pero que de facto se alargó hasta la muerte de Mao) tuvo como objetivo eliminar a los revisionistas e impedir que la burguesía alterase el rumbo decidido hacia el socialismo. Durante esta campaña millones de personas fueron perseguidas y se realizaron purgas masivas.
El 9 de septiembre de 1976 murió el Líder Supremo y se inició una lucha de poder en el seno del Partido Comunista. Finalmente los reformistas, liderados por Den Xiaoping, tomaron el timón de China. El maoísmo fue sustituido por la idea del “socialismo con características chinas”, y los dirigentes iniciaron un cambio en el modelo económico. Pese a que oficialmente se seguía persiguiendo el objetivo final de alcanzar una sociedad comunista, los intelectuales y economistas plantearon que China necesitaba participar en el crecimiento económico antes de alcanzar una etapa más avanzada e igualitaria de socialismo.
Procurando no caer en los mismos errores que Mao, Den Xiaoping tomó las riendas del Partido Comunista de China en 1978 y comenzó una histórica reforma económica. Entonces un 80% de la población del país seguía viviendo en el medio rural, pero esta realidad cambiaría rápidamente. Gracias a la fórmula de las zonas económicas especiales (ZEE), el Gobierno pensó una manera de sumarse al libre mercado global sin abandonar el sistema comunista. La idea era establecer una serie de puntos concretos de la geografía china como zonas especiales donde las empresas extranjeras podían hacer negocios. La mayor parte de las ZEE se situaron en ciudades costeras, aprovechando la posibilidad de desarrollar el comercio marítimo.
En 1980 se inauguró la primera zona económica especial en la ciudad de Shenzhen, una localidad de 30.000 habitantes. Las medidas de apertura económica se acompañaron con mejoras en el clima de inversiones, favoreciendo y atrayendo los flujos de dinero. En la actualidad, Shenzhen es el paradigma del milagro chino: con más de 12 millones de habitantes está llamada a ser el Silicon Valley del país, debido a la gran cantidad de empresas tecnológicas que se han establecido en la ciudad. Otras megaciudades como Shanghai o Cantón también disfrutan desde los años ochenta de ese estatus especial que les permite recibir inversiones extranjeras y participar del comercio global.

Con la reforma económica de Den Xiaoping, durante la década de 1980 los negocios propiedad de la diáspora china en el Sudeste Asiático -la conocida como “red de Bambú”- empezaron a desarrollar lazos con empresas basadas en la China continental. Las facilidades económicas, sumadas a los lazos culturales (lengua, ética…), propiciaron rápidamente una relación de éxito. En la actualidad, la red de Bambú está formada por 100.000 empresas que operan tanto en el Sudeste Asiático como en China y que financian el 80% de los proyectos de inversión extranjera en el país. Los más de 30 millones de chinos que viven en países como Tailandia, Camboya, Indonesia, Filipinas o Vietnam controlan una riqueza de 700.000 millones de dólares que están en flujo continuo con la actividad económica de China.
Las protestas de la Plaza de Tiananmén de 1989 y su violenta represión por parte del Gobierno no tuvieron ningún efecto en el rumbo ni en el ritmo del avance decidido por Den Xiaoping, que en 1992 trató de pasar página realizando su famosa “gira por el sur”. Con 88 años, el anciano líder visitó sin previo aviso ciudades como Cantón y Shenzhen, donde realizó discursos confirmando que la apertura económica no tenía marcha atrás. Este anuncio inició una masiva ola de inversiones extranjeras. Los sucesos de Tiananmén se habían olvidado rápidamente, como lágrimas en una lluvia de billetes.

La fuerza laboral y la gran cantidad de dinero han permitido que China lleve a cabo algunas de las construcciones más impresionantes del mundo. Sorprenden los datos de proyectos como la Presa de las Tres Gargantas, la central hidroeléctrica más grande del planeta, completada en el año 2012 tras inversiones que superaron los 22.000 millones de dólares, el nuevo Aeropuerto Internacional de Pekín, que abrirá sus puertas a finales de 2019 y espera recibir 100 millones de pasajeros cada año, o el Radiotelescopio de Guizhou, de 500 metros de diámetro, terminado en 2016 como parte del plan de China para desarrollar la exploración espacial.
En 1981 el 62% de la población china vivía en situación de pobreza, un porcentaje que cayó drásticamente hasta el 7% en 2012. Además, según datos del Banco Mundial, más de 500 millones de chinos han abandonado la pobreza extrema en los últimos treinta años. Aunque en 2018 los datos apuntaban a que todavía 30 millones de personas viven en situación de pobreza (el 2% de la población), se espera llegar a erradicar la pobreza hacia el año 2021, que precisamente es el centenario de la fundación del Partido Comunista de China. El presidente Xi Jinping se marcó al inicio de su mandato 2021 como fecha límite para conseguir que toda la población del país viviera en condiciones de moderada comodidad, es decir, que disfrutaran de una vida digna. Los análisis realizados por la consultora McKinsey apuntan a que hacia 2022 más del 75% de los chinos tendrán un salario anual que oscile entre los 9.000 y 34.000 dólares.
Habiendo conseguido el bienestar básico de su población (trabajo, educación, sanidad), China se fija ahora más allá de sus fronteras. Su capacidad económica y sus intereses geopolíticos han hecho que el gobierno de Xi Jinping de el paso definitivo para convertirse en el banquero mundial. Actualmente el país lidera tres macro-proyectos financieros que esperan hacer sombra a instituciones como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional: sin que los medios de comunicación occidentales presten demasiada atención, China está desarrollando el Asian Infrastructure Investment Bank (para financiar la construcción de grandes infraestructuras en Asia), el New Development Bank (para prestar dinero a países en vías de desarrollo) y el New Silk Road Fund (con el que China pretende relanzar la histórica Ruta de la Seda).
Y el gigante asiático tiene la mirada puesta, también, más allá de su propio planeta. El día 3 de enero de 2019 marcó un nuevo hito en el desarrollo del país, que consiguió alunizar en la Cara Oculta de la Luna. Nunca antes se había conseguido posar una nave en esa región de nuestro satélite, permanentemente opuesta a la Tierra. China, un país de población analfabeta hace unas décadas, se adelantaba a todas las demás naciones del mundo con un logro histórico de gran dificultad técnica. El nombre de la sonda, Chang’e 4, es un recuerdo de la misteriosa diosa que según la mitología china habita en la Luna. Un ejemplo de que China avanza hacia el futuro sin olvidar sus tradiciones. ¿A caso será esa esa la clave de su éxito?


