El argumento ontológico es uno de los más singulares de toda la historia de la filosofía, ya que no se basa en la observación del mundo, sino en el análisis del concepto de Dios. La idea básica es que, si podemos concebir a Dios como el ser más perfecto imaginable, entonces no puede no existir, porque la existencia es una cualidad que aumenta la perfección. Por tanto, Dios debe existir necesariamente.
El primero en formularlo fue San Anselmo de Canterbury, en el siglo XI, en su obra Proslogion. Allí escribe: “Dios es aquello mayor que lo cual nada puede pensarse. Y si existe solo en el entendimiento, entonces podría pensarse que existe también en la realidad, lo cual sería mayor. Por tanto, Dios debe existir no solo en el entendimiento, sino también en la realidad.”
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Anselmo no se basaba en la experiencia empírica, sino en la lógica pura. Su argumento fue muy influyente, y en siglos posteriores fue defendido o reformulado por filósofos como René Descartes, Leibniz y, más recientemente, Alvin Plantinga. Descartes, por ejemplo, en sus Meditaciones metafísicas (1641), escribe: “La existencia no puede separarse de la esencia de Dios, como no puede separarse la idea de montaña de la de valle.” Plantinga, por su parte, ofreció en el siglo XX una versión “modal” del argumento ontológico, utilizando la lógica de los mundos posibles para sugerir que si es posible que Dios exista necesariamente, entonces existe necesariamente en todos los mundos posibles, incluido el nuestro.
Evidencias a favor del argumento ontológico
Quienes defienden el argumento ontológico suelen destacar, en primer lugar, su fuerza lógica y conceptual. A diferencia de otros argumentos a favor de la existencia de Dios —como el teleológico o el cosmológico— que parten de la observación empírica del mundo natural, el argumento ontológico se apoya exclusivamente en la razón. Parte de una definición del concepto de Dios y, mediante una deducción lógica, concluye que debe existir. No necesita pruebas del mundo externo ni fenómenos observables, lo que lo convierte en un razonamiento puramente a priori.
Otro de los elementos que sus defensores consideran clave es la coherencia del concepto de Dios. Si se acepta la definición clásica de Dios como un ser absolutamente perfecto, necesario, omnipotente, omnisciente y moralmente bueno, entonces —argumentan— no es coherente concebirlo como inexistente. La existencia, en este contexto, se presenta como una propiedad que completa la perfección. Un ser que careciera de existencia sería menos perfecto que uno que la tuviera, por lo que, si Dios es el ser más perfecto concebible, no puede no existir.
El argumento ontológico ha sido además respaldado por algunos de los más influyentes filósofos racionalistas. René Descartes, en el siglo XVII, lo incorporó a sus Meditaciones metafísicas, defendiendo que la idea de un Dios perfecto incluye necesariamente su existencia, de forma análoga a como la idea de un triángulo incluye que tenga tres lados. Posteriormente, Gottfried Wilhelm Leibniz refinó el argumento, introduciendo la idea de que la existencia de un ser necesario no solo es lógicamente posible, sino también real. En sus propias palabras: “El ser necesario tiene como esencia la existencia, y si es posible, entonces existe.”
En tiempos más recientes, el filósofo Alvin Plantinga ofreció una reformulación moderna del argumento en clave de lógica modal. Utilizando el concepto de «mundos posibles», Plantinga planteó que si es posible que exista un ser con existencia necesaria, entonces tal ser debe existir en todos los mundos posibles, incluido el nuestro. Aunque Plantinga no afirma que su versión del argumento pruebe de forma definitiva la existencia de Dios, sí la presenta como una demostración válida y sólida desde el punto de vista lógico. En su opinión, contribuye a mostrar que el teísmo es filosóficamente respetable dentro del marco de la filosofía analítica contemporánea.
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Críticas contra el argumento ontológico
Desde su formulación en el siglo XI, el argumento ontológico ha sido objeto de numerosas críticas, tanto en su planteamiento original como en sus versiones posteriores. La más temprana y célebre de estas objeciones fue planteada por el monje Gaunilón de Marmoutiers, contemporáneo de San Anselmo. En su obra En nombre del insensato, Gaunilón propuso una analogía para mostrar lo que consideraba una falacia en el razonamiento de Anselmo: la idea de una isla perfecta. Argumentó que uno podría imaginar “la isla más perfecta posible” —rica en tesoros, con clima ideal, belleza sin igual— y, aplicando la lógica de Anselmo, concluir que debe existir. Sin embargo, esto resulta absurdo. El simple hecho de imaginar algo como lo “más perfecto” no implica su existencia real. La crítica de Gaunilón se convirtió en un modelo clásico para señalar los posibles abusos de la lógica cuando se aplican a entes definidos por la imaginación.
Uno de los ataques más influyentes provino de Immanuel Kant, en su Crítica de la razón pura (1781). Kant no negó directamente la posibilidad de Dios, pero sí cuestionó la validez del argumento ontológico. Su crítica clave consistía en negar que la existencia pueda considerarse una propiedad o atributo que se sume al concepto de algo para hacerlo más perfecto. Usó un ejemplo económico para ilustrarlo: cien táleros (monedas de plata) reales no valen más, como concepto, que cien táleros imaginarios. Es decir, añadir «existencia» al concepto de un objeto no lo hace más completo. Según Kant, la existencia no es un predicado real que aumente la grandeza de un ser, y por tanto no puede formar parte del concepto definitorio de Dios como si fuera una cualidad más.
Otra objeción fundamental es la que señala una confusión entre lógica y realidad. Muchos filósofos sostienen que no basta con analizar conceptos para determinar hechos del mundo real. La transición del plano lógico-conceptual al plano ontológico (es decir, a la existencia real) requiere algún tipo de conexión empírica o verificable. El hecho de que podamos imaginar o definir a un ser como necesariamente existente no garantiza que ese ser exista efectivamente. De lo contrario, podríamos “definir” la existencia de cualquier cosa simplemente por atribuírsela en su concepto.
Relacionado con esto, algunos críticos han señalado que el argumento ontológico podría aplicarse a otros entes definidos de forma arbitraria como “necesarios” o “perfectos”, lo que llevaría a resultados absurdos o contradictorios. Por ejemplo, si uno define a un “dragón necesario” como aquel que debe existir en todos los mundos posibles, la lógica del argumento ontológico lo llevaría a concluir que ese dragón existe. Esta crítica busca mostrar que el argumento no puede distinguir entre lo que es genuinamente necesario y lo que simplemente es descrito como tal mediante definiciones humanas.
Finalmente, incluso entre quienes aceptan la validez lógica del argumento, hay muchos que reconocen que no resulta persuasivo fuera de un marco teísta. Es decir, el argumento puede ser internamente coherente, pero no consigue convencer a quienes no comparten previamente ciertas intuiciones filosóficas sobre la perfección, la necesidad o el concepto de Dios. El propio Bertrand Russell, quien estudió profundamente estos razonamientos, expresó una reacción reveladora: “Me pareció completamente válido, hasta que me di cuenta de que no me convencía. Entonces supe que debía haber algún error.”
Esta frase resume bien el sentimiento de muchos filósofos: que el argumento ontológico, aunque elegante y desafiante, no logra imponer su conclusión más allá del círculo de quienes ya creen o están dispuestos a aceptar ciertas premisas muy específicas.