Avicena (Ibn Sīnā), un destacado filósofo musulmán que vivió entre 980 y 1037 en Persia, y Anselmo de Canterbury, un influyente monje y teólogo cristiano que vivió entre 1033 y 1109 en Europa, son dos figuras clave de la Edad Media. Ambos abordaron una pregunta fundamental: ¿Es posible demostrar la existencia de Dios usando únicamente la razón, sin recurrir a observaciones del mundo físico? Sus enfoques, centrados en lo que se conoce como el argumento ontológico, comparten ciertas similitudes, pero también presentan diferencias significativas.
Primero, dejemos claro qué significa «argumento ontológico». La palabra «ontología» viene del griego y se refiere al estudio del ser o la existencia. Un argumento ontológico es una forma de probar que Dios existe basándose únicamente en la idea de Dios, sin necesidad de observar el mundo físico (como los árboles, las estrellas o los «milagros»). Es como si dijéramos: «Si pienso en Dios de cierta manera, esa misma idea me demuestra que Dios tiene que existir». Esto es diferente de otros argumentos, como los que dicen que el orden del universo implica un diseñador divino (argumento teleológico), aquellos que dicen que todo tiene una causa y debe existir una causa primera incausada (argumento cosmológico) o aquellos que se basan en la supuesta existencia de valores universales (argumento moral).
Tanto Avicena como Anselmo desarrollaron versiones del argumento ontológico, y si analizamos los capítulos relevantes de al-Ishārāt wal-Tanbīhāt de Avicena y los capítulos II-IV del Proslogion de Anselmo lo fascinante es que, aunque vivieron en mundos distintos (uno en el islam medieval y otro en la cristiandad europea), llegaron a ideas sorprendentemente parecidas.
CONTEXTO HISTÓRICO: ¿QUIÉNES ERAN AVICENA Y ANSELMO?
Nacido en lo que hoy es Uzbekistán, Avicena fue un polímata (es decir, sabía de todo: medicina, astronomía, filosofía, poesía…). En su tiempo, el mundo islámico era un centro de conocimiento, con grandes bibliotecas y debates filosóficos. Avicena se inspiró en Aristóteles, pero también en el islam y en pensadores neoplatónicos. Su obra al-Ishārāt wal-Tanbīhāt no es un libro para principiantes; está escrita para pensadores avanzados que ya entienden conceptos complejos de metafísica (el estudio de la realidad más allá de lo físico).
Por su parte, Anselmo era un monje italiano que se convirtió en arzobispo de Canterbury, en Inglaterra. Vivió en una Europa cristiana donde la fe era central, pero también había un creciente interés en usar la razón para entender a Dios. Su libro Proslogion es una especie de meditación filosófica escrita como una oración. Anselmo quería mostrar que la fe y la razón podían ir de la mano, y su argumento ontológico es uno de los más famosos.
Ambos pensadores vivieron en épocas donde la religión moldeaba la vida, pero también donde los filósofos se preguntaban: «¿Podemos probar lo que creemos?». Sus argumentos reflejan ese esfuerzo por conectar la mente humana con lo divino.
EL ARGUMENTO DE AVICENA EN AL-ISHARAT WAL-TANBIHAT
En su libro al-Ishārāt wal-Tanbīhāt, Avicena desarrolla una prueba de la existencia de Dios basada en conceptos metafísicos. Avicena divide todo lo que existe en dos categorías:
- Lo necesario en sí mismo: Esto es Dios. Es un ser que tiene que existir, porque su esencia (lo que es) incluye la existencia. Imagina un castillo de naipes: para que las cartas se mantengan en pie, necesitas una base sólida que no se tambalee. Para Avicena, Dios es esa base sólida que sostiene todo lo demás. Sin Dios, nada existiría.
- Lo posible en sí mismo: Esto incluye todo lo demás: personas, animales, plantas, planetas. Estas cosas podrían existir o no existir; su existencia depende de algo más. Por ejemplo, tú existes porque tus padres te trajeron al mundo, y ellos existen porque sus padres hicieron lo mismo, y así sucesivamente. Pero esta cadena no puede seguir infinitamente; debe haber algo que no dependa de nada más, y eso es Dios.
Avicena argumenta que si hay cosas «posibles» (como nosotros), debe haber algo «necesario» que explique por qué existen. Si todo fuera «posible», nada existiría, porque siempre necesitaríamos algo más para sostener la cadena. Es como si intentaras explicar por qué hay luz en una lámpara: las bombillas dependen de cables, los cables de una batería, pero en algún momento necesitas una fuente última de energía. Para Avicena, Dios es esa fuente última.
Un detalle importante es que Avicena no basa su argumento en mirar el mundo (como decir «el cielo es hermoso, entonces Dios existe»). Para él todo ocurre en el terreno de la razón pura: piensa en la idea de existencia y necesidad. Además, Avicena escribe para los şiddīqūn, un grupo de personas que él llama «veraces» o sabios, capaces de entender estas ideas no solo con lógica, sino también con una especie de intuición profunda. Es como si dijera: «Si entrenas tu mente, puedes ver que Dios tiene que existir».
EL ARGUMENTO DE ANSELMO EN EL PROSLOGION
Anselmo, en los capítulos II-IV de su Proslogion, presenta su argumento ontológico, que es uno de los más conocidos en la historia de la filosofía. Anselmo empieza pidiéndonos que pensemos en «aquello mayor que lo cual nada puede pensarse». En latín, lo llama aliquid quo maius nihil cogitari potest (lo abreviamos como «AM»). En otras palabras, imagina el ser más perfecto, grande y absoluto posible. Puede ayudarte pensar en el mejor pastel de chocolate del mundo: tiene todos los ingredientes perfectos, no le falta nada, y no puedes imaginar uno mejor. Ahora, Anselmo dice:
Si este ser (el AM) solo existe en tu mente (como una idea), pero no en la realidad, entonces no es el ser más perfecto. ¿Por qué? Porque un ser que existe en la realidad es «mayor» (o más perfecto) que uno que solo está en tu imaginación.
Siguiendo con el ejemplo del pastel: un pastel que puedes comer es mejor que uno que solo imaginas, porque puedes disfrutarlo de verdad. Por lo tanto, si el AM es realmente «aquello mayor que lo cual nada puede pensarse», tiene que existir en la realidad, no solo en tu mente. Si no existiera, no sería el ser más perfecto, y eso sería una contradicción. En resumen, Anselmo argumenta que la sola idea de Dios (como el ser más perfecto) implica que Dios debe existir, porque la existencia es parte de la perfección. Si Dios no existiera, no sería Dios.
A diferencia de Avicena, Anselmo escribe su argumento como si estuviera hablando con un «insensato», una figura basada en un versículo de los Salmos que dice: «El insensato dijo en su corazón: no hay Dios». Anselmo quiere convencer incluso a alguien que duda, mostrando que negar a Dios lleva a una contradicción lógica. Además, su tono es casi como una oración: está reflexionando sobre Dios mientras escribe, lo que le da un carácter devocional.
MÁS INFORMACIÓN: San Anselmo de Canterbury y el argumento ontológico (Juan Pérez Ventura, 2018)
SIMILITUDES ENTRE AVICENA Y ANSELMO
Tanto Avicena como Anselmo construyen sus pruebas sin mirar al mundo exterior. No dicen: «Mira qué bonito es el amanecer, eso prueba que Dios existe». En cambio, sus argumentos son como un rompecabezas mental: todo se resuelve pensando en conceptos como «existencia», «necesidad» o «perfección». Es como resolver un problema de matemáticas sin usar una calculadora, solo con tu cabeza. Además, ambos concluyen que Dios no es un ser que «podría» existir o no, como nosotros. Para Avicena, Dios es «necesario en sí mismo», el fundamento de todo. Para Anselmo, Dios es el ser más perfecto, y la perfección incluye existir. En los dos casos, Dios no puede no existir.
Aunque ambos eran profundamente religiosos (Avicena musulmán, Anselmo cristiano), no se conformaron con decir: «Cree en Dios porque lo dice la fe». Querían mostrar que la razón humana puede llegar a la misma conclusión. Es como si construyeran un puente entre la mente y lo divino. Y aunque sus argumentos son lógicos, también hay un elemento de comprensión profunda. Avicena habla de los şiddīqūn, que «ven» la verdad casi intuitivamente. Anselmo, al escribir como si rezara, parece sugerir que entender su argumento es también una experiencia espiritual. Es como cuando resuelves un acertijo y de repente todo «hace clic».
DIFERENCIAS ENTRE AVICENA Y ANSELMO
Avicena se centra en la metafísica, especialmente en la diferencia entre esencia (lo que algo es) y existencia (el hecho de que algo exista). Para él, en las cosas creadas (como una mesa o una persona), la esencia no garantiza la existencia: una mesa podría no existir, y seguiría siendo una «mesa» en tu mente. Pero en Dios, la esencia y la existencia son lo mismo: Dios no puede no existir, porque ser Dios implica existir. Es como decir que el fuego no puede no ser caliente; la «calidez» es parte de lo que significa ser fuego. Anselmo, en cambio, se enfoca en la perfección. Su argumento gira en torno a la idea de un ser tan perfecto que no puedes imaginar nada mejor. Para él, la existencia es una cualidad que hace a un ser más perfecto, como añadirle el ingrediente final a una receta para que sea la mejor.
Avicena escribe para los şiddīqūn, un grupo selecto de sabios que ya están familiarizados con ideas filosóficas complejas. Es como un profesor que da una clase avanzada solo para estudiantes que ya dominan el tema. Su lenguaje es técnico y abstracto. Anselmo, por otro lado, parece querer llegar a un público más amplio, incluso a alguien que niega a Dios (el «insensato»). Su argumento es más directo y accesible, como si estuviera explicando algo a un amigo que no está convencido. Además, su tono es más personal, casi como si estuviera conversando con Dios mientras escribe. Mientras que Avicena es más sistemático y analítico, como un científico que descompone un problema en partes, Anselmo se muestra más contemplativo, como un poeta que reflexiona sobre lo divino. Su Proslogion no es solo un tratado lógico, sino una meditación espiritual. Avicena en cambio quiere construir un sistema filosófico completo.
Avicena trabaja en un entorno islámico, donde la filosofía estaba influenciada por Aristóteles, el neoplatonismo y el Corán. Su argumento refleja un esfuerzo por armonizar la razón griega con la fe islámica. Anselmo escribe en un contexto cristiano, donde la teología estaba más centrada en la Biblia y los Padres de la Iglesia. Su argumento está profundamente conectado con la idea cristiana de Dios como el ser supremo.
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DEBATES INTERPRETATIVOS
Filósofos como Miguel Cruz Hernández y Abdurrahman Badawi argumentan que Avicena desarrolló una versión del argumento ontológico antes que Anselmo. Dicen que su idea de un ser «necesario en sí mismo» es muy parecida a la de Anselmo, porque ambos parten de la reflexión sobre la existencia necesaria. Además, en la Europa medieval, las obras de Avicena fueron traducidas al latín y eran conocidas por los escolásticos (los filósofos cristianos de la época). Es posible que Anselmo, o al menos sus contemporáneos, hayan leído algo de Avicena, aunque no hay pruebas directas de que Anselmo lo citara. Para estos estudiosos, Avicena es como un pionero que abrió el camino para el argumento ontológico. Es como si Avicena hubiera inventado una receta básica, y Anselmo la hubiera adaptado con su propio estilo.
Otros expertos, como Amélie-Marie Goichon y Louis Gardet, dicen que los argumentos son diferentes en su esencia. Argumentan que Avicena no está haciendo un argumento ontológico puro, como Anselmo, porque su enfoque es más intuitivo y menos lógico-formal. Para Avicena, entender la existencia de Dios no es solo un ejercicio mental, sino una experiencia casi mística, especialmente para los şiddīqūn. Es como si Avicena invitara a sus lectores a «sentir» la verdad, no solo a deducirla. Además, estos estudiosos destacan que Avicena y Anselmo tienen contextos filosóficos distintos. Avicena está más cerca de la tradición aristotélica y neoplatónica, mientras que Anselmo está influenciado por San Agustín y la teología cristiana. Para ellos, las similitudes son más una coincidencia que una influencia directa.
Otro debate fascinante es si el argumento de Avicena es completamente racionalista (basado en la lógica pura) o si incluye elementos místicos. Algunos ven su referencia a los şiddīqūn como una pista de que Avicena cree que la verdad sobre Dios requiere una especie de iluminación espiritual, no solo razonamiento. Es como si dijera: «Puedes llegar a Dios con la lógica, pero los verdaderos sabios lo ven de una manera más profunda». Otros, sin embargo, insisten en que Avicena es un racionalista estricto, porque su argumento se basa en conceptos metafísicos claros y no apela a experiencias sobrenaturales. Este debate muestra lo complejo que es Avicena: sus ideas no encajan fácilmente en una sola categoría.
Uno de los críticos más famosos del argumento ontológico de Anselmo es Immanuel Kant, un filósofo alemán del siglo XVIII. Kant dijo que Anselmo comete un error al tratar la «existencia» como si fuera una cualidad o característica, como el color o el tamaño. Según Kant, decir que algo existe no lo hace más perfecto; la existencia no es algo que se «añade» a un concepto. Por ejemplo, si imaginas un unicornio con cuerno dorado, añadirle «existencia» no cambia lo que es un unicornio; solo significa que está en el mundo real. Para Kant, el argumento de Anselmo no prueba que Dios exista, solo juega con ideas.
Otro crítico importante fue el monje Gaunilo, contemporáneo de Anselmo, quien dijo que el argumento podría usarse para probar cosas absurdas. Por ejemplo, podrías imaginar «la isla más perfecta posible» y decir que debe existir porque la perfección incluye existencia. Anselmo respondió que su argumento solo aplica a Dios, no a cosas finitas como islas, pero el debate sigue vivo. A pesar de estas críticas, filósofos modernos como Emmanuel Falque han defendido a Anselmo desde otra perspectiva. Falque dice que el argumento no es solo un ejercicio lógico, sino una «experiencia teofánica», es decir, una forma de acercarse a Dios que combina fe, razón y contemplación. Para Falque, el Proslogion es como una oración que invita al lector a vivir la idea de Dios, no solo a analizarla.
El argumento de Avicena ha recibido menos críticas directas, pero también ha sido interpretado de formas distintas. Algunos filósofos modernos lo ven como un argumento ontológico muy sofisticado, porque se basa en una distinción metafísica clara entre esencia y existencia. Para ellos, Avicena ofrece una prueba más «técnica» que la de Anselmo, porque no depende de la idea de perfección, sino de la necesidad lógica. Otros, sin embargo, destacan el lado intuitivo de Avicena. Su referencia a los şiddīqūn sugiere que entender la existencia de Dios no es solo un cálculo mental, sino una experiencia profunda que trasciende la lógica. Esto lo hace relevante para debates contemporáneos sobre la relación entre razón y espiritualidad. Además, Avicena ha sido comparado con filósofos modernos como Leibniz, quien también habló de un «ser necesario» para explicar la existencia del mundo. Esto muestra que las ideas de Avicena siguen siendo actuales.
LA RIQUEZA DE AVICENA Y ANSELMO
Aunque Avicena y Anselmo tienen enfoques diferentes, sus argumentos comparten una intuición poderosa: la existencia de Dios no es algo que dependa de pruebas físicas, sino que puede entenderse reflexionando sobre la idea misma de Dios.
Avicena nos enseña que la existencia de Dios es como el cimiento de una casa: sin ese cimiento, nada más puede sostenerse. Su argumento es técnico, pero también nos invita a pensar en la «necesidad» de una manera profunda, casi como si pudiéramos tocar la verdad con la mente. Por su parte, Anselmo nos lleva a imaginar a Dios como el ser más perfecto, como el punto más alto al que puede llegar nuestra imaginación. Su argumento es más emocional y directo, como una conversación con Dios que nos hace sentir su presencia.
Lo que hace especiales a ambos es que no se limitan a la lógica fría. Sus argumentos combinan la razón con algo más: una experiencia espiritual, una intuición, un sentido de maravilla ante lo divino. Es como si nos dijeran: «Usa tu mente para pensar en Dios, pero también abre tu corazón para entenderlo».
Las ideas de Avicena y Anselmo no son solo reliquias del pasado. Siguen siendo relevantes porque nos hacen preguntarnos: ¿Qué significa existir? ¿Podemos conocer a Dios con la razón? ¿La fe y la lógica son enemigas o aliadas? Estas preguntas no tienen respuestas fáciles, pero Avicena y Anselmo nos dan herramientas para explorarlas.
