El capitalismo industrial surgió con la Revolución Industrial a finales del siglo XVIII y principios del XIX, transformando sociedades agrarias en sociedades industrializadas y urbanas. Fue un periodo marcado por la expansión de la industria pesada, el desarrollo de nuevas tecnologías (máquinas de vapor, telares mecánicos, ferrocarriles) y la creación de grandes fábricas que concentraban a miles de trabajadores. Este sistema se organizó alrededor del trabajo asalariado, donde los trabajadores vendían su fuerza de trabajo a cambio de un salario, generando una relación de dependencia entre capital y trabajo. Se implementaron métodos de producción más eficientes, desde la mecanización inicial hasta el taylorismo (división científica del trabajo en tareas repetitivas) y el fordismo (líneas de montaje que permitían la producción en masa). Esto posibilitó la fabricación de grandes cantidades de productos a menor coste, ampliando los mercados de consumo.

El capitalismo industrial reconfiguró las ciudades, que crecieron alrededor de fábricas y redes de transporte, formando barrios obreros y zonas industriales. Ciudades como Manchester o Detroit se convirtieron en símbolos de esta transformación. Como indica Eric Hobsbawm en Industria e Imperio (p. 67), “las ciudades industriales se convirtieron en el corazón palpitante de la nueva economía, pero también en el escenario de las tensiones sociales”. A nivel político y económico, el capitalismo industrial consolidó mercados nacionales protegidos gracias a políticas arancelarias y a la inversión estatal en infraestructuras, apoyando el desarrollo de la industria interna. Este modelo generó las clases sociales modernas, con una burguesía industrial que controlaba los medios de producción y un proletariado asalariado que reclamaba derechos laborales y mejores condiciones, impulsando el nacimiento de sindicatos y movimientos obreros que marcarían profundamente la historia social y política de los siglos XIX y XX.
Por su parte, el capitalismo avanzado -también conocido como capitalismo tardío- se refiere a la fase del capitalismo que surge a partir de mediados del siglo XX, marcada por profundas transformaciones en la estructura económica, social y espacial de las sociedades industrializadas. Como explica Ernest Mandel en El capitalismo tardío (1972, p. 10), esta fase se caracteriza por “la internacionalización de la producción, la expansión del consumo de masas y el predominio de las finanzas sobre la producción industrial”. En este paso, el predominio de la industria cede lugar al predominio del sector servicios y las finanzas, con empresas tecnológicas, bancos de inversión y fondos de capital gestionando flujos de capital que superan el tamaño de las economías nacionales. Las redes globales de producción sustituyen a los mercados nacionales, fragmentando las cadenas de valor en múltiples países para reducir costes, como se observa en la fabricación de dispositivos electrónicos que se diseñan en un país, se ensamblan en otro y se distribuyen globalmente. Los trabajos estables y protegidos del fordismo se transforman en empleos precarios y flexibles, caracterizados por la temporalidad, la subcontratación y la falta de protección social, una tendencia que se intensifica con el avance de las plataformas digitales y la automatización. Al mismo tiempo, el auge del consumo de masas se sostiene gracias al crédito y la expansión del endeudamiento de los hogares, que se convierten en piezas fundamentales para mantener la demanda en economías orientadas al consumo.

David Harvey, en El nuevo imperialismo (2003, p. 145), analiza cómo esta fase del capitalismo se sostiene mediante la “acumulación por desposesión”, que incluye privatizaciones, especulación inmobiliaria y desplazamiento de poblaciones en beneficio de la rentabilidad financiera. La financiarización, entendida como el peso creciente de las finanzas sobre la economía real, genera burbujas especulativas que desembocan en crisis sistémicas, como ocurrió en 2008. Immanuel Wallerstein, desde la perspectiva del sistema-mundo, señala que el capitalismo avanzado profundiza las desigualdades entre el centro y la periferia, con los países centrales controlando las finanzas y las tecnologías mientras externalizan los costes ambientales y laborales hacia los países periféricos, perpetuando una división internacional del trabajo que refuerza las asimetrías globales. El paso al capitalismo avanzado implica, por tanto, una transformación estructural que reconfigura las ciudades, el trabajo, las relaciones internacionales y las formas de consumo, abriendo nuevas tensiones sociales y ecológicas en un sistema que prioriza la rentabilidad financiera sobre las necesidades sociales y ambientales.
El capitalismo avanzado ha profundizado una serie de contradicciones internas y externas que ponen en tensión su funcionamiento y sostenibilidad. Internamente, ha generado desigualdades entre clases sociales, barrios y regiones, dado que la acumulación de capital se concentra en manos de las élites financieras y empresariales, mientras amplias capas de la población enfrentan precarización laboral, salarios estancados y dificultades de acceso a la vivienda. En las ciudades, procesos como la gentrificación desplazan a las clases populares de los centros urbanos en favor de proyectos inmobiliarios rentables, aumentando la segregación socioespacial. Externamente, el sistema refuerza las desigualdades entre países del centro y de la periferia, como analiza Immanuel Wallerstein en su teoría del sistema-mundo, en la que los países centrales controlan el capital, las tecnologías y los flujos financieros, mientras los países periféricos son relegados a roles de extracción de materias primas y mano de obra barata, absorbiendo los impactos ambientales y laborales del crecimiento global.
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El capitalismo avanzado vive en una tensión constante entre el crecimiento económico y sus crisis. Las crisis financieras, como la de 2008, evidencian la inestabilidad de un sistema basado en la especulación y la financiarización, mientras que las crisis sociales y laborales muestran el deterioro de las condiciones de vida de millones de personas. Además, las crisis ecológicas son el límite material de un sistema que necesita crecer de forma infinita en un planeta con recursos finitos, como subraya Naomi Klein en Esto lo cambia todo (2014, p. 23), donde señala que «el cambio climático y la lógica de acumulación infinita del capitalismo están en curso de colisión». Estos elementos abren debates sobre la sostenibilidad del sistema: ¿es posible un capitalismo verde que logre desacoplar crecimiento y emisiones? ¿Puede el sistema reformarse para reducir desigualdades o es necesario pensar en alternativas que prioricen la justicia social y ambiental? Las tensiones entre las promesas de innovación y riqueza del capitalismo avanzado y las desigualdades estructurales que genera son parte de las discusiones contemporáneas sobre el futuro de un sistema que enfrenta sus propios límites.

Para comprender de forma concreta el funcionamiento del capitalismo avanzado, podemos observar cómo operan empresas como Amazon y Apple, que integran la producción global, la logística y el consumo digital, maximizando beneficios mediante plataformas tecnológicas. Amazon, por ejemplo, ha redefinido el comercio minorista global a través de algoritmos, envíos rápidos y externalización de costes laborales, mientras Apple coordina cadenas de valor globales y obtiene márgenes de beneficio elevados gracias a la marca y al control tecnológico, como analizan Srnicek y Williams en Inventing the Future (2015, p. 123).
El trabajo de plataformas representa otra cara del capitalismo avanzado, con la precarización de las condiciones laborales bajo la apariencia de flexibilidad. Empresas como Uber o Glovo dependen de trabajadores que asumen riesgos y costes, mientras el capital se concentra en las plataformas digitales que capturan los beneficios. Por su parte, el papel de la deuda y el crédito en sostener el consumo es central en este sistema, ya que permite mantener la demanda agregada en sociedades con salarios estancados. Las tarjetas de crédito, las hipotecas y los préstamos al consumo sostienen un ciclo de consumo que alimenta los beneficios empresariales, a costa de un endeudamiento creciente de los hogares.
Las crisis financieras recientes muestran la relación entre el capitalismo avanzado y la financiarización. La crisis de 2008 reveló cómo la especulación y los productos financieros opacos pueden generar burbujas que, al estallar, tienen consecuencias globales, afectando a millones de personas con desempleo, recortes sociales y pérdida de viviendas. David Harvey, en El enigma del capital (2010, p. 73), señala que «el capitalismo necesita crear crisis para resolver sus contradicciones internas», ilustrando cómo la inestabilidad es una característica estructural del capitalismo avanzado.
Podemos concluir que el capitalismo avanzado no es un concepto abstracto, sino un sistema con manifestaciones tangibles en la vida cotidiana, en las ciudades que habitamos, en el consumo que realizamos y en las deudas que adquirimos, reflejando tanto su capacidad de innovación como sus límites y sus contradicciones.