El argumento cosmológico trata de responder a una de las preguntas más fundamentales de la filosofía: ¿por qué existe el universo? ¿Por qué hay algo en lugar de nada? Según este razonamiento, todo lo que comienza a existir tiene una causa, y como el universo comenzó a existir, debe tener también una causa externa: Dios.
El origen de este argumento se remonta a la filosofía griega, especialmente a Aristóteles, quien hablaba de un “Primer Motor Inmóvil” que pone en marcha el movimiento sin ser movido por nada. Esta idea fue adoptada y desarrollada por Tomás de Aquino en la Suma Teológica, en sus “cinco vías” para demostrar la existencia de Dios. La segunda de estas vías es el argumento de la causa eficiente: “Nada puede causarse a sí mismo, porque sería anterior a sí mismo, lo cual es imposible. Por tanto, debe existir una causa primera no causada, que llamamos Dios.”
En la era contemporánea, una de las formulaciones más conocidas es la del argumento cosmológico Kalam, defendido por filósofos como William Lane Craig. Esta versión se estructura así: 1.Todo lo que comienza a existir tiene una causa; 2. El universo comenzó a existir; 3. Por tanto, el universo tiene una causa. Craig argumenta que esta causa debe ser inmaterial, atemporal, poderosa y personal.
Evidencias a favor del argumento cosmológico
Existen varios elementos que, según los defensores del argumento cosmológico, respaldan la idea de que el universo tuvo un comienzo y, por tanto, necesita una causa externa a sí mismo. Estos elementos provienen tanto del ámbito científico como de la filosofía, y se utilizan para sustentar la premisa de que no todo puede explicarse desde dentro del propio universo.
Uno de los pilares más citados es la expansión del universo, tal como lo describe la teoría del Big Bang, desarrollada en el siglo XX. Según esta teoría, el universo tuvo un origen en un punto extremadamente denso y caliente, y desde entonces se ha estado expandiendo. El descubrimiento de la radiación de fondo de microondas en 1965, así como la observación del corrimiento al rojo de las galaxias, ofrecieron una confirmación empírica de que el universo no es eterno, sino que tuvo un comienzo finito en el tiempo. Esta conclusión refuerza la segunda premisa del argumento cosmológico: si el universo comenzó a existir, entonces necesita una causa.
A ello se suma la segunda ley de la termodinámica, uno de los principios más sólidos de la física. Esta ley establece que, en un sistema cerrado, la cantidad de energía utilizable tiende a disminuir con el tiempo, aumentando la entropía (el desorden). Aplicado al universo, esto significa que está avanzando hacia un estado de equilibrio térmico, donde ya no sería posible realizar trabajo útil. Si el universo fuera eterno, habría llegado a ese estado hace mucho tiempo. El hecho de que aún no lo haya hecho sugiere que no ha existido eternamente, sino que tuvo un comienzo temporal.
Otro pilar del argumento cosmológico es el principio de causalidad, una intuición fundamental en la experiencia humana: todo lo que comienza a existir tiene una causa. Negar este principio, sostienen los defensores del argumento, implicaría aceptar que algo puede surgir de la nada, lo cual se considera metafísicamente absurdo. Esta intuición no solo es común al sentido común, sino que también ha sido una base estructural del pensamiento científico durante siglos. La idea de que el universo pueda surgir sin causa resulta, para muchos, filosóficamente inaceptable.
Finalmente, el argumento cosmológico encuentra apoyo en la contingencia del universo, una idea desarrollada por pensadores como Gottfried Wilhelm Leibniz. Para Leibniz, el universo es contingente, es decir, podría no haber existido: no es necesario por sí mismo. Por tanto, debe haber una razón suficiente para su existencia, una explicación última que no se halle dentro del propio universo. Esa razón no puede ser otra cosa que un ser necesario, cuya existencia esté contenida en su propia naturaleza. Como él mismo escribió en Principios de la naturaleza y de la gracia (1714): “La gran pregunta es: ¿Por qué hay algo y no más bien nada? […] La respuesta debe hallarse en un ser necesario que lleva en sí la razón de su existencia.”
Desde esta perspectiva, el universo no puede explicarse totalmente desde dentro de sí mismo. Necesita una causa o fundamento que no sea contingente como él, sino eterno, incausado y necesario: lo que tradicionalmente se ha llamado Dios.
Críticas contra el argumento cosmológico
A pesar de su fuerza intuitiva y su larga tradición filosófica, el argumento cosmológico ha sido objeto de numerosas críticas. Estas objeciones provienen tanto de la cosmología moderna como de la lógica filosófica, y cuestionan varias de sus premisas fundamentales.
Una de las primeras objeciones es la posibilidad de que el universo no haya tenido un comienzo absoluto, o que al menos la noción de un “comienzo” no se aplique en el sentido que suponemos. Algunos modelos cosmológicos, como el del universo oscilante, proponen ciclos infinitos de expansión y contracción, sin un principio en el tiempo. Por otra parte, ciertas teorías en física cuántica, como las formuladas por Stephen Hawking y James Hartle, sugieren que el tiempo mismo podría ser una propiedad emergente, que solo tiene sentido dentro del universo pero no antes del Big Bang. En este marco, hablar de “antes” del universo o de una “primera causa” podría carecer de sentido físico.
Otra crítica importante es que, aunque el universo tuviera una causa, no está claro que esa causa deba ser Dios, y menos aún el Dios personal, consciente y moral que proponen las religiones teístas. Algunos filósofos y científicos sostienen que la causa del universo podría ser una entidad impersonal, una fluctuación cuántica, o incluso una ley natural fundamental aún desconocida. El filósofo Bertrand Russell, en su célebre obra Why I Am Not a Christian (1927), resumía esta postura con contundencia: “El universo está simplemente ahí, y eso es todo». Desde esta perspectiva, buscar una causa trascendente sería innecesario o incluso erróneo.
Otra objeción se refiere al principio de causalidad en sí mismo. Algunos físicos han planteado que, en el mundo subatómico, los conceptos clásicos de causa y efecto no se aplican de manera clara. En la mecánica cuántica, ciertos fenómenos parecen producirse sin una causa determinista inmediata. Por tanto, aplicar el principio de causalidad al universo entero —especialmente a su estado inicial, donde las leyes físicas tal como las conocemos podrían no regir— puede ser problemático. Algunos críticos sostienen que esto convierte al argumento cosmológico en una extrapolación no justificada de nuestras intuiciones cotidianas a escalas cósmicas o cuánticas.
Por último, una objeción clásica y popular al argumento cosmológico es la pregunta: ¿quién causó a Dios? Si todo lo que existe necesita una causa, entonces ¿por qué Dios no la necesitaría también? Esta crítica apunta a una posible incoherencia en la formulación del argumento. Los defensores del argumento responden que Dios no es un ente contingente, como el universo, sino un ser necesario, cuya existencia no depende de nada más. Sin embargo, esta respuesta no resulta satisfactoria para todos. El filósofo ateo J. L. Mackie lo expresó con claridad en su crítica: “Decir que todo necesita una causa excepto Dios es introducir una excepción arbitraria.”
Esta objeción invita a examinar con más cuidado si es legítimo postular un ser necesario como explicación última, o si esto simplemente desplaza el problema un paso más atrás.