Acostumbrados a encender la calefacción sin pensar en cómo ocurre el milagro del calor durante el frío invierno, los europeos nos fijamos en otoño de 2021 en uno de esos países a los que no solemos prestar atención. La noticia de que Argelia cortaba el envío de gas natural a través de Marruecos alertó a todo el sur de Europa. En la decisión se mezclaba una interesante combinación de intereses geopolíticos, rencillas históricas y cuestiones naturales.
El 98% de las exportaciones que Argelia hace al mundo son hidrocarburos. El país más grande de África produce 1,1 millones de barriles de petróleo al día, aunque en realidad su fortaleza reside en el gas natural. Es el undécimo país del mundo con mayores reservas (estimadas en unos 4,5 billones de metros cúbicos) y el séptimo exportador (43.000 millones de metros cúbicos al año). Entre los yacimientos petrolíferos que llenan los barriles argelinos están el de Hassi Messaoud, descubierto en 1956, el de Rhourde El Baguel, en 1963, o el yacimiento de Ourhoud, en 1994. Por encima de todos destaca el yacimiento gasístico de Hassi R’Mel, en el norte del país, es el cuarto más grande del mundo. Explotado desde 1961, sus reservas se estiman en unos 2,5 billones de metros cúbicos de gas natural. Este número tan inimaginable otorga a Argelia una riqueza sin fecha de caducidad. Alrededor de 10.000 millones de metros cúbicos de gas natural son extraídos cada año y enviados a clientes internacionales a través de gasoductos como el Maghreb-Europe, el Megdaz, el Trans-Mediterranean o el gasoducto Galsi.
Mientras que el Trans-Mediterranean y el Galsi calientan los hogares italianos y llevan gas hasta el centro de Europa, los países ibéricos nos beneficiamos del gas argelino gracias a los gasoductos Medgaz y Maghreb-Europe. Desde la década de 1970 Argelia se ha dedicado a suministrar gas a sus vecinos del norte a cambio de lucrativos contratos. En 1996 el Maghreb-Europe comenzó a funcionar tras la firma de un contrato que había requerido años de negociaciones y que tenía una duración de 25 años. El acuerdo no fue firmado por gobiernos, sino por la empresa argelina Sonatrach y la española Enagás, aunque es cierto que el Reino de Marruecos también fue partícipe. Sonatrach se comprometía a enviar 12.000 millones de metros cúbicos de gas hasta Tarifa, pasando por Marruecos. Una vez en la Península, Enagás se encargaría del suministro al resto de España, así como a Portugal. El contrato terminaría convirtiendo a Sonatrach en la empresa más grande de todo África, con más de 120.000 empleados y unos ingresos anuales que actualmente superan los 76.000 millones de dólares. Operada por el Gobierno argelino, Sonatrach supone el 30% del PIB del país. Sonatrach es igualmente importante para España. Aunque la cifra va variando cada año, en lo que llevamos de 2021 el 47% del gas consumido en España procede de Argelia.
Esta dependencia crítica obliga a España a mantener buenas relaciones con el país árabe, algo que no sería difícil de conseguir si no estuviera por medio el tercer actor de esta partida: Marruecos. 2021 no solo marca el fin de los 25 años de contrato para el uso del gasoducto Maghreb-Europe, sino también uno de los años más convulsos en las relaciones entre Marruecos y Argelia. Los dos países han estado tradicionalmente enfrentados como potencias regionales en conflictos como el del Sáhara Occidental, la relación con Israel o la propia definición de las fronteras. La frontera entre ambos países es una de las más difusas del mundo, al combinarse dos factores letales: disputa y desierto. El conflicto de una frontera no acordada en una zona desértica es de muy difícil resolución. De hecho, desde 1994 esta frontera está cerrada a todo tipo de tráfico.
Entre 1975 y 1991 Argelia apoyó al Frente Polisario saharaui en su guerra contra Marruecos, por lo que las relaciones entre los dos países fueron prácticamente de estado de guerra. Pese a la tensión histórica, el único momento de guerra directa tuvo lugar entre 1963 y 1964 durante la llamada Guerra de las Arenas, tras varios meses de incidentes en la frontera. Los siguientes cincuenta años han sido de calma tensa, con relaciones comerciales mínimas (ninguno de los dos países tiene al otro entre sus diez principales socios comerciales, pese a ser vecinos) y unas relaciones diplomáticas que se han roto definitivamente este año 2021.
La normalización de las relaciones entre Marruecos e Israel en 2020 (a cambio de que Israel y Estados Unidos apoyaran al reino alauita en sus reclamaciones sobre el Sáhara Occidental) dio un nuevo argumento a Argelia para condenar a su vecino y reafirmar su enemistad. Tradicionalmente los países árabes han apoyado la causa palestina y criticado la política israelí, y la decisión de Marruecos escandalizó a muchas naciones del mundo árabe. En 2021 otros tres elementos se sumaron al historial de desencuentros: en julio salió a la luz un escándalo de espionaje marroquí sobre teléfonos móviles de altos cargos políticos y militares argelinos, el mismo mes el presidente de Argelia acusó a Marruecos de estar detrás de los graves incendios que sufrió el país y en agosto una nueva acusación argelina situaba a Marruecos y a Israel como colaboradores del Movimiento para la Autodeterminación de Cabilia, un movimiento independentista que promueve la separación de la región de La Cabilia, al norte del país. Cuando en octubre llegó la hora de renovar el contrato por el gasoducto Maghreb-Europe, el gobierno argelino lo tenía claro: no iba a hacerlo.
El 31 de octubre el presidente Abdelmedjid Tebboune confirmó el cierre del gasoducto y las alertas saltaron en los países del sur de Europa, víctimas colaterales de una decisión que pretendía atacar a Marruecos. Sin embargo la respuesta del gobierno marroquí fue muy diferente: “Las consecuencias de este corte van a ser insignificantes para Marruecos”. Tras el menosprecio a la decisión argelina, el ejecutivo marroquí añadió que sus planes estaban en el autoabastecimiento (explotando sus yacimientos gasísticos con tecnología israelí) y en cerrar contratos con empresas cataríes. En el comunicado oficial, el presidente argelino argumentó la decisión por “las prácticas de carácter agresivo del Reino de Marruecos hacia Argelia”.

La red de alianzas internacionales se está tejiendo rápidamente y dos bloques parecen haberse conformado alrededor del conflicto entre Argelia y Marruecos. Estados Unidos e Israel apoyan a Marruecos, lo cual da una enorme confianza y autoestima al reino alauita. Por su parte, Argelia cuenta con el respaldo del mundo árabe y de la Unión Europea, dependiente de su gas. Por su parte España ocupa una incómoda posición que la sitúa en el medio. No puede enemistarse con ninguno de sus dos vecinos.
Argelia se ha comprometido a seguir enviando gas a través del Medgaz, que conecta con Almería evitando el territorio marroquí, aunque tiene mucha menos capacidad. Tras una visita de la Ministra para la Transición Energética, Teresa Ribera, a Argelia, los dos países confirmaron el suministro de gas a la Península, aunque para ello hubiera que recurrir al transporte marítimo. Aunque muchos titulares sensacionalistas atraían lectores anunciando un posible corte del suministro, lo cierto es que a ninguna de las dos partes le conviene que eso ocurra. Argelia tiene en España, además de a un importante comprador de gas, un buen aliado geopolítico contra las aspiraciones de Marruecos sobre el Sáhara Occidental, como se observó en la crisis diplomática del pasado abril a cuenta del líder del Frente Polisario Brahim Gali. La relevancia de esta nueva crisis no debería ser tanto por la dimensión energética (ningún país se va a quedar sin gas, al circuito comercial global no le conviene), sino por la geopolítica: Argelia y Marruecos están en plena guerra fría por el control de la región, y será muy interesante seguir de cerca sus movimientos. Está por ver cuál será el siguiente, pero este año tanto Marruecos con la gestión de las fronteras y Argelia con la gestión de la energía han hecho temblar a Europa.


