El arsenal misilístico iraní, con modelos como el Shahab-3, el Ghadr-1 o el Sejjil, puede alcanzar objetivos a más de 2.000 km de distancia, cubriendo prácticamente toda la región del Gran Oriente Medio. Sin embargo, a pesar de esta capacidad de disuasión estratégica, Irán ha apostado de forma prioritaria por una red de aliados y milicias sobre el terreno. Esta elección ofrece varias ventajas: permite una acción directa y sostenida en escenarios concretos sin agotar sus reservas de misiles; evita el riesgo de que estos sean interceptados; y facilita operaciones de precisión adaptadas a cada contexto, algo difícil de lograr con ataques a distancia. Además, el uso de milicias reduce la exposición directa de Irán en conflictos, dispersa los focos de tensión y dificulta la atribución clara de responsabilidades, al tiempo que mantiene una presión constante y localizada sobre sus adversarios. De esta manera, mientras sus misiles garantizan capacidad de represalia o disuasión, son sus aliados en Irak, Líbano, Gaza y Yemen quienes actúan como herramientas tácticas de su influencia regional.
Esta estrategia iraní no puede entenderse sin atender a una de las fracturas fundamentales del mundo islámico: la división entre suníes y chiíes. Esta escisión remonta al siglo VII, inmediatamente después de la muerte del profeta Mahoma en el año 632. La disputa original giró en torno a quién debía sucederle al frente de la comunidad musulmana. La mayoría (los futuros suníes) aceptó a Abu Bakr, compañero cercano del Profeta, como primer califa, mientras que una minoría defendía que el liderazgo debía recaer en Alí, primo y yerno de Mahoma, por considerar que el mando debía permanecer dentro de su familia. Alí se convirtió en el cuarto califa, pero su mandato fue breve y marcado por la guerra civil. Su asesinato en 661 y, sobre todo, la muerte de su hijo Husein en la batalla de Kerbala en 680 a manos de tropas omeyas, selló la ruptura definitiva. Para los chiíes, Kerbala representa un momento fundacional, un martirio que simboliza la lucha contra la injusticia y el poder ilegítimo.
Con el paso del tiempo, estas diferencias se volvieron doctrinales y estructurales. Los suníes desarrollaron un islam basado en la comunidad y la tradición mayoritaria (sunna), mientras que los chiíes centraron su fe en la figura del imán, considerado una guía espiritual infalible descendiente de Alí. Además, el clero chií —especialmente en su rama duodecimana, predominante en Irán e Irak— ha adquirido un peso político mucho mayor que su contraparte suní. Esta diferencia permitió, por ejemplo, que tras la Revolución Islámica de 1979 en Irán, el ayatolá Ruhollah Jomeiní instaurara una teocracia basada en la doctrina del Wilayat al-Faqih (gobierno del jurista islámico), en la que el poder político reside en el clero chií.
En términos geopolíticos, esta fractura religiosa se ha traducido en una profunda rivalidad estratégica entre Irán, como principal potencia chií, y Arabia Saudí, guardiana de los lugares sagrados del islam y defensora del islam suní. Esta rivalidad no se limita a lo religioso, sino que se expresa en múltiples escenarios regionales. Arabia Saudí ha promovido una red de alianzas con países del Consejo de Cooperación del Golfo (como Emiratos Árabes Unidos y Baréin), además de Egipto y Jordania, y ha invertido enormes recursos en la difusión del wahabismo, una versión rigorista del islam suní. Irán, en cambio, ha apostado por construir una red alternativa basada en vínculos ideológicos, confesionales y estratégicos que desafían el orden regional dominante.
Así nace lo que se ha denominado el “Eje de la Resistencia”, una constelación de aliados de Irán articulada desde la década de 1980 y consolidada tras la caída del régimen de Sadam Huseín en Irak en 2003. Este eje se define por varios rasgos comunes: su hostilidad hacia Estados Unidos e Israel, su oposición a la presencia occidental en Oriente Medio, y su afinidad (ya sea confesional, táctica o ideológica) con el modelo revolucionario iraní. Los principales componentes del eje incluyen a Hezbolá en Líbano, los hutíes en Yemen, milicias chiíes en Irak y, de forma más pragmática, Hamás en Gaza. Hasta 2024, Siria también fue un aliado clave, especialmente durante la guerra civil, pero el cambio de gobierno en Damasco y su distanciamiento progresivo de Teherán marcaron su salida del bloque.
Este eje no constituye una alianza formal ni estructurada como una coalición militar al uso. No hay un tratado ni un mando centralizado. Sus integrantes tienen grados diversos de autonomía y lealtad, y sus intereses no siempre coinciden. Algunos, como Hezbolá o las milicias iraquíes, están fuertemente vinculados al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) y a su rama especial, la Fuerza Quds. Otros, como Hamás, mantienen una relación más táctica y coyuntural. Pero lo que les une es la existencia de un enemigo común y la lógica del «frente múltiple»: presionar a Israel y a sus aliados desde distintos frentes al mismo tiempo, con métodos asimétricos, desde ataques con drones o misiles hasta sabotajes, insurgencia o guerra cibernética.
Cabe destacar que, aunque Irán ha logrado sumar a actores no chiíes como Hamás o la Yihad Islámica Palestina, la base sociológica del eje se asienta casi exclusivamente en comunidades chiíes o en contextos donde el mensaje de resistencia a las potencias dominantes resuena con fuerza. Esta dimensión sectaria contribuye tanto a la solidez de las alianzas como a la intensidad del rechazo que generan entre las poblaciones y gobiernos suníes de la región. En definitiva, la rivalidad suní-chií, lejos de ser un simple cisma religioso, es hoy una de las claves estructurales para entender la política de alianzas, conflictos armados y tensiones estratégicas que atraviesan Oriente Medio.
Los hutíes en Yemen: un frente inesperado
El movimiento hutí, también llamado Ansar Allah, nació en los años 90 entre los zaidíes del norte de Yemen, una rama del islam chií con tradiciones propias. En sus orígenes, los hutíes defendían la identidad religiosa y cultural de los zaidíes frente al avance del salafismo suní promovido por Arabia Saudí. Con el paso del tiempo, el movimiento adquirió un carácter más insurgente y comenzó a enfrentarse al Estado yemení.
En 2014, los hutíes tomaron la capital, Saná, y en 2015 Arabia Saudí intervino militarmente al frente de una coalición regional para restaurar el gobierno reconocido internacionalmente. Desde entonces, Yemen vive una guerra devastadora que ha provocado una crisis humanitaria sin precedentes.
Aunque Irán niega una relación directa con los hutíes, múltiples informes internacionales han demostrado que Teherán les ha suministrado armas, entrenamiento, asesoramiento técnico e inteligencia. Los hutíes han utilizado misiles y drones iraníes para atacar a Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos e incluso, desde 2023, a buques vinculados a Israel y a Estados Unidos en el mar Rojo. Su participación en este frente naval ha convertido a Yemen en una pieza clave del Eje de la Resistencia, en un punto estratégico de tráfico marítimo mundial.
Hezbolá en Líbano: el bastión chií
Hezbolá (Partido de Dios) surgió en 1982 como respuesta a la invasión israelí del Líbano, en un contexto donde la comunidad chií libanesa —tradicionalmente marginada— buscaba protagonismo político. Inspirado en la revolución iraní de 1979 y con apoyo directo del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC), Hezbolá se consolidó rápidamente como un actor militar eficaz y un movimiento con discurso islámico chií militante.
Desde entonces, Hezbolá ha librado varios conflictos armados con Israel, incluyendo la guerra de 2006, que le dio una reputación de «resistencia victoriosa» en el mundo árabe. Además, ha ampliado su capacidad militar con decenas de miles de misiles de corto y medio alcance, algunos de ellos fabricados por Irán o Siria.
En la política interna libanesa, Hezbolá ha logrado construir un bloque parlamentario, alianzas con partidos cristianos (como el Movimiento Patriótico Libre) y una amplia red de servicios sociales que incluyen escuelas, hospitales y medios de comunicación. Aunque es considerado una organización terrorista por Estados Unidos, Israel y la UE, también es parte del sistema político legal libanés. Hezbolá representa el pilar más sólido del Eje de la Resistencia fuera del propio Irán.
Milicias chiíes en Irak: influencia post-Sadam
La invasión estadounidense de Irak en 2003 abrió la puerta a una transformación radical del equilibrio sectario en el país. Los chiíes, mayoría demográfica, pasaron a controlar las principales instituciones del nuevo Estado. Irán, con históricos lazos religiosos, culturales y políticos con la comunidad chií iraquí, aprovechó esta oportunidad para expandir su influencia.
Grupos como Kataib Hezbolá, Asaib Ahl al-Haq o Harakat al-Nujaba surgieron como milicias chiíes inicialmente para combatir la ocupación estadounidense, pero posteriormente se integraron (parcialmente) en las Fuerzas de Movilización Popular (Hashd al-Shaabi) durante la guerra contra el Estado Islámico (2014-2017). Estas milicias son instrumentalizadas por Irán para actuar contra intereses estadounidenses, contener a los suníes y mantener una influencia geopolítica clave.
Muchas de estas milicias han atacado bases militares de Estados Unidos en Irak y Siria, y han servido como corredores logísticos para transferir armas desde Irán hacia Siria y el Líbano. Aunque el gobierno iraquí ha intentado controlar a estas fuerzas, su autonomía real es significativa, y su fidelidad a Teherán las convierte en actores relevantes dentro del Eje de la Resistencia.
Hamás en Gaza: una alianza pragmática
Hamás, acrónimo de Harakat al-Muqawama al-Islamiya, fue fundado en 1987 como rama palestina de los Hermanos Musulmanes. A pesar de su ideología suní y de su pasado conflictivo con Irán (especialmente durante la guerra de Siria), Hamás ha cultivado una relación táctica con Teherán basada en el interés común de oponerse a Israel.
Después de que Hamás se hiciera con el control de la Franja de Gaza en 2007, Irán comenzó a proporcionar apoyo militar en forma de armas, formación y financiación. Las Brigadas al-Qassam, brazo armado de Hamás, han desarrollado capacidades para producir cohetes y túneles subterráneos, en gran parte con conocimientos y materiales proporcionados por Irán o sus intermediarios.
Aunque la relación sufrió un enfriamiento tras el estallido de la guerra civil siria (Hamás apoyó a la oposición suní, enemiga del régimen pro-iraní de Al-Ásad), desde 2021 ambos actores han reactivado su coordinación. La guerra de Gaza iniciada en octubre de 2023 mostró una retórica más coordinada entre Hamás, Hezbolá y los hutíes, todos presentándose como parte de un frente común antiisraelí. Irán, sin intervenir directamente, respaldó discursivamente la operación y alentó a sus aliados a presionar a Israel desde otros frentes.
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