Oriente Medio es un tablero donde cada movimiento altera el equilibrio global. En pocas décadas, la región ha pasado de los viejos enfrentamientos árabe-israelíes a una «partida de ajedrez» mucho más compleja, en la que confluyen rivalidades religiosas, ambiciones energéticas y disputas ideológicas. Para entender bien esta partida, proponemos diferenciar tres bloques que compiten por la influencia en la región:
- el Bloque del Orden, liderado por Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, que busca estabilidad y alianzas con Occidente.
- el Bloque Islamista, impulsado por Qatar y Turquía, que defiende el islam político como alternativa.
- el Eje Iraní, que mantiene viva la resistencia chií contra Israel y Estados Unidos.
En este escenario, cada país es una pieza con un papel específico (rey, torre, peón o alfil) y cualquier movimiento en falso puede desatar una crisis regional con repercusiones mundiales.
El Bloque del Orden
Llamamos «Bloque del Orden» al eje árabe que se consolidó tras las primaveras de 2011 y que hoy actúa como garante de la estabilidad regional frente a las turbulencias internas y externas. Su origen se encuentra en la reacción contra el auge del islam político, en particular los Hermanos Musulmanes, movimiento político que durante unos meses pareció convertirse en el principal beneficiario de las protestas árabes. La llegada de Mohamed Morsi a la presidencia de Egipto en 2012 supuso un terremoto para las monarquías del Golfo: de repente, un partido islamista accedía al poder por vías electorales, legitimado por la calle y con capacidad de arrastrar a otros países hacia un modelo político radicalmente distinto. No duró mucho: un golpe de Estado en 2013, encabezado por el general Abdel Fattah al-Sisi con el apoyo financiero de Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, terminó con el breve gobierno de Morsi y marcó el inicio de una alianza contrarrevolucionaria cuyo objetivo era frenar cualquier deriva islamista en el mundo árabe.
Desde entonces, el Bloque del Orden ha funcionado como una coalición informal pero consistente. Arabia Saudí, su miembro más poderoso, aporta el peso religioso y económico que da la condición de custodio de los Santos Lugares y primer exportador de petróleo del planeta. Los Emiratos, mucho más pequeños en territorio y población, se han erigido sin embargo en el verdadero “arquitecto ideológico” del bloque. Han desarrollado una política exterior hiperactiva, combinando músculo financiero con estrategias de intervención en Libia, Yemen y el Cuerno de África, siempre con el mismo propósito de limitar la influencia del islamismo político y de proyectar una imagen de modernidad pragmática. Egipto, por su parte, aporta el brazo militar. Su economía depende en gran medida de la ayuda saudí y emiratí, pero su peso demográfico y geográfico le convierte en pieza indispensable: ningún equilibrio en Gaza, Sudán o Libia puede alcanzarse sin la mediación de El Cairo.
Otros miembros desempeñan papeles complementarios. Baréin es un pequeño satélite, completamente dependiente de Riad, pero con un valor estratégico enorme: allí se ubica la Quinta Flota de Estados Unidos, garante de la seguridad marítima en el Golfo. Marruecos, que se sumó a la dinámica con los Acuerdos de Abraham de 2020, refuerza la dimensión magrebí del bloque y obtuvo a cambio un reconocimiento crucial: la administración estadounidense aceptó su soberanía sobre el Sáhara Occidental. Jordania, con su tratado de paz con Israel desde 1994, actúa como bisagra diplomática, aunque vive atrapada en una paradoja permanente: el régimen hachemita necesita la cooperación con Occidente e Israel para sobrevivir, pero la población jordana, mayoritariamente palestina, es hostil a cualquier aproximación con el Estado hebreo. Incluso Kuwait, tradicionalmente más cercano a la causa palestina y más tolerante con partidos islamistas en su parlamento, ha terminado por alinearse en lo esencial con el bloque, aunque manteniendo un perfil bajo y una autonomía relativa.
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El Bloque del Orden no se limita a contener al islamismo: también ha tejido un entramado de relaciones pragmáticas con Israel, Estados Unidos y, en menor medida, con Europa y China. Los Acuerdos de Abraham son el ejemplo más visible: Emiratos, Baréin y Marruecos normalizaron relaciones con Israel, sumándose así a Egipto y Jordania, que lo habían hecho décadas antes. Esa convergencia responde a intereses concretos: cooperación en seguridad frente a Irán, acceso a tecnología israelí en agricultura y ciberdefensa, inversiones cruzadas y, sobre todo, la necesidad de mostrar a Washington que ellos son los socios más fiables en la región.
La relación con Occidente sigue siendo asimétrica, pero el bloque ha aprendido a diversificar: mientras EE. UU. aporta la protección militar y el paraguas diplomático, China se ha convertido en un socio económico y tecnológico cada vez más importante, especialmente en infraestructura y energía. Rusia también mantiene vínculos útiles, sobre todo en el ámbito petrolero a través de la OPEP+, aunque sin llegar al mismo nivel de penetración.
El Bloque Islamista
El bloque que etiquetamos como «Islamista» es el contrapeso natural al Bloque del Orden. Su existencia responde a una convicción central: el islam político debe tener un papel legítimo en la vida pública de las sociedades musulmanas. Sus raíces se encuentran en los años posteriores a la Guerra Fría, cuando Turquía y Qatar empezaron a perfilarse como actores con ambiciones de autonomía dentro del mundo musulmán. Turquía, bajo el liderazgo del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) de Recep Tayyip Erdogan desde 2002, ha tratado de presentarse como un modelo alternativo: un país musulmán que combina democracia parlamentaria, crecimiento económico y una identidad islámica visible. Qatar, por su parte, utiliza su riqueza gasista para proyectar poder blando a través de la cadena de televisión internacional Al Jazeera, con la que da voz a corrientes islamistas y a actores políticos marginados en otros países árabes.
Las primaveras árabes de 2011 marcaron el punto de eclosión. Allí donde el islam político emergió como fuerza ganadora (Egipto con los Hermanos Musulmanes, Túnez con Ennahda, o las milicias islamistas en Siria y Libia), Turquía y Qatar estuvieron en primera línea apoyando, financiando o legitimando a esos actores. Frente a las monarquías del Golfo y al ejército egipcio, que veían en esos movimientos una amenaza existencial, Ankara y Doha apostaron por presentarlos como una vía de renovación legítima y popular. El golpe militar en Egipto en 2013 fue una derrota dolorosa para este bloque, pero también consolidó su identidad: desde entonces, Turquía y Qatar se perciben a sí mismos como los protectores de los islamistas perseguidos. Doha ofreció refugio a exiliados de los Hermanos Musulmanes, mientras Erdogan multiplicaba su discurso contra la “dictadura militar” en El Cairo y contra la pasividad de Occidente.
INTERESANTE: «El peligroso juego geopolítico del presidente egipcio en Oriente Medio» (Mehmet Seyfettin Erol, 2020)
El conflicto alcanzó un punto álgido en 2017, cuando Arabia Saudí, Emiratos, Baréin y Egipto lanzaron un bloqueo diplomático y económico contra Qatar, acusándolo de financiar terrorismo y de estar demasiado cerca de Irán. Lejos de ceder, Qatar encontró en Turquía un salvavidas: el Parlamento turco aprobó de urgencia el envío de tropas a la base militar que ya existía en Doha, y Erdogan proclamó que no dejaría caer a su aliado. A partir de ese momento, la alianza Qatar-Turquía dejó de ser solo una convergencia de intereses y se convirtió en un eje estratégico, capaz de resistir incluso las presiones más duras del resto de países árabes. El bloqueo se levantó en 2021, pero la huella de aquel episodio sigue marcando la cohesión del bloque hasta hoy.
El punto de inflexión más reciente llegó a finales de 2024 con la caída del régimen de Bashar al-Assad en Siria y la llegada al poder de Ahmed al-Sharaa, antiguo dirigente de la oposición islamista en el país. Aunque al-Sharaa trata de proyectar una imagen de apertura y transición, su ascenso significó de facto la incorporación de Siria al espacio de influencia de Qatar y Turquía. La historia tiene un simbolismo poderoso: durante más de una década, Ankara y Doha apoyaron a las facciones rebeldes islamistas contra Assad, y ahora uno de esos líderes ocupa la presidencia. Este cambio no solo debilita al Eje iraní, que pierde a un socio clave, sino que revitaliza al Bloque Islamista al darle un nuevo miembro estatal con peso geopolítico en el Levante. Durante 2025 ya se han reportado inversiones cataríes en el proceso de reconstrucción de Siria.
NOTICIA: «Syria signs $7 billion power deal with Qatar’s UCC Holding» (Reuters, 2025)
ANÁLISIS: «How Qatar and Turkey will shape post-Assad Syria» (Amwaj, 2025)
En este bloque, cada miembro cumple un papel distinto pero complementario. Qatar es el “banco y altavoz”: con sus enormes reservas de gas financia proyectos políticos y sociales, mientras que a través de Al Jazeera moldea el discurso público regional y legitima la narrativa del islam político. Turquía es el “brazo armado y político”: su ejército respalda a gobiernos aliados en Libia y Siria, y su diplomacia da cobijo a figuras islamistas que encuentran en Estambul un centro de operaciones. Siria, bajo al-Sharaa, es la “pieza recién incorporada”, todavía frágil y necesitada de apoyos, pero con capacidad de alterar equilibrios en el Levante. Y Hamás en Gaza, aunque no es un Estado, actúa como la “bandera simbólica”: su resistencia contra Israel se convierte en argumento central para todo el bloque, permitiendo que Qatar y Turquía se presenten como defensores de la causa palestina frente a la pasividad del resto del mundo árabe.
En el plano internacional, el bloque mantiene un juego de equilibrios delicado. Ni Qatar ni Turquía pueden prescindir de Occidente: Doha alberga la mayor base aérea estadounidense en la región y Ankara sigue siendo miembro de la OTAN, a pesar de sus constantes tensiones con Washington y Bruselas. Ambos explotan esa dualidad: se presentan como aliados estratégicos, al mismo tiempo que mantienen vínculos con actores rivales como Rusia o incluso, en ciertos momentos, Irán.
Con Israel, la relación era hasta hace poco de choque ideológico pero de pragmatismo parcial: Qatar canalizaba fondos hacia Gaza con la aprobación de Tel Aviv y Turquía alternaba rupturas diplomáticas con periodos de restablecimiento de embajadores. Sin embargo, el reciente ataque israelí contra territorio qatarí ha roto ese equilibrio y marca un precedente inédito: por primera vez, Doha pasa de mediador tolerado a objetivo directo. Ese hecho tensiona al bloque, porque convierte en insostenible la ambigüedad tradicional y obliga a Qatar y Turquía a redefinir hasta qué punto pueden seguir integrados en un sistema internacional que, al mismo tiempo que garantiza su supervivencia, ya no protege su margen de maniobra frente a Israel.
La geopolítica no es estática
El ataque israelí contra Qatar (algo sin precedentes en la historia reciente) ha reordenado varias piezas del tablero regional. Hasta ahora, Israel había mantenido una relación parcialmente funcional con Doha: permitía que el emirato canalizara fondos hacia Gaza para aliviar tensiones humanitarias y, de paso, contener a Hamás bajo una supervisión indirecta. Esa dinámica convertía a Qatar en un “intermediario incómodo”, tolerado por Israel y por Estados Unidos pese a su cercanía con el islam político. La decisión israelí de golpear directamente territorio qatarí rompe ese esquema y abre un escenario de consecuencias profundas.
1. Impacto en el Bloque Islamista
Para Qatar, el ataque representa un golpe a su imagen de actor protegido por su rol de mediador. Hasta ahora podía jugar en dos tableros: mantener la mayor base aérea estadounidense en la región y, al mismo tiempo, financiar a Hamás y dar voz a islamistas a través de Al Jazeera. El ataque cuestiona esa inmunidad tácita. En términos domésticos, refuerza la narrativa de resistencia del emirato y puede aumentar su legitimidad popular como “víctima de agresión”, pero en términos estratégicos lo obliga a radicalizar su posición o perder credibilidad. Turquía, como socio principal, se enfrenta al dilema de responder retóricamente con firmeza (para sostener la narrativa islamista) sin cruzar un umbral militar que la enfrente directamente con Israel y, por extensión, con Washington. ANÁLISIS: «After Israel’s strike in Qatar, is Turkey next?»
2. Impacto en el Bloque del Orden
Para Arabia Saudí, Emiratos y sus aliados, el ataque tiene un doble efecto. Por un lado, debilita a su rival interno (Qatar), reduciendo su margen de maniobra como mediador en Gaza y en Siria. Por otro, genera un riesgo: si Israel puede atacar a Qatar, un emirato rico, aliado de Washington y con bases militares estadounidenses, ¿qué impide que haga lo mismo con otros vecinos? Esto tensiona la narrativa de seguridad que el Bloque del Orden intenta vender: la idea de que la normalización con Israel aporta estabilidad. Jordania y Marruecos, donde la calle es muy sensible a la causa palestina, pueden ver sus posiciones aún más complicadas, pues cualquier cooperación abierta con Israel queda expuesta a un coste político mayor. NOTICIA: Qatar’s emir visits Jordan to discuss cooperation after Israel attack
3. Impacto en el Eje Iraní
Para Irán, el ataque es un regalo narrativo. Le permite denunciar que Israel no solo agrede a chiíes o a regímenes hostiles, sino también a monarquías suníes aliadas de Estados Unidos. Esto refuerza su discurso de que el “sionismo” es una amenaza común y no un problema sectario. Sin embargo, también hay una paradoja: si Qatar y Turquía se ven empujados a radicalizarse, su espacio de convergencia con Irán crecerá, pero a costa de diluir las diferencias estratégicas que les separan (laicos islamistas frente a teocracia chií). Es decir, el Eje iraní gana en narrativa, pero no necesariamente en control de aliados. ANÁLISIS: Israeli Strike In Qatar Fuels Iranian Doubts Over Diplomacy
4. Impacto en Estados Unidos y actores globales
El golpe a Qatar es también un golpe indirecto a Washington. La base aérea de Al Udeid es la mayor instalación estadounidense en Oriente Medio, pieza central para operaciones en Irak, Siria y Afganistán hasta hace poco. Que Israel ataque un Estado que alberga esa base envía un mensaje incómodo: Tel Aviv actúa con autonomía incluso a costa de comprometer infraestructuras críticas de su propio aliado. Esto abre debates en el Congreso estadounidense y en la administración sobre los costes de dar a Israel un cheque en blanco. China y Rusia, por su parte, aprovecharán la situación para presentarse como socios más “previsibles” y ganar terreno en Doha y Ankara con inversiones y acuerdos de seguridad.
PARA AMPLIAR: «The Israeli strike on Doha and its strategic implications for the Gulf» (Netherlands Institute of International Relations, 2025)
El Bloque del Eje Iraní
Al tercer bloque en disputa lo denominamos Eje Iraní, una red de alianzas estatales y milicianas que se articula en torno a la República Islámica de Irán y a su visión revolucionaria del islam chií. Desde 1979, Teherán se concibe a sí mismo como un actor distinto del resto del mundo árabe: no es una monarquía rentista ni una república laica, sino un Estado teocrático que busca exportar su modelo y confrontar a lo que desde Irán entienden como una dominación estadounidense e israelí en la región. La revolución de Jomeini no solo cambió la política interna de Irán, sino que activó una estrategia de proyección hacia sus vecinos, especialmente allí donde existían comunidades chiíes marginadas que podían convertirse en socios naturales. De esa semilla nacería la llamada “Media Luna Chií”, un corredor de influencia que va desde Teherán hasta el Mediterráneo.
La guerra Irán-Irak (1980-1988) fue la primera gran prueba. Durante ocho años, Irán resistió a Sadam Huseín (apoyado por las monarquías del Golfo y por Occidente), consolidando la narrativa de la resistencia. En paralelo, la Guardia Revolucionaria creó en Líbano a Hezbolá, un movimiento político-militar que en pocos años se convertiría en la fuerza dominante del país y en la punta de lanza contra Israel. Más tarde, la invasión estadounidense de Irak en 2003 abrió una oportunidad histórica: la caída de Sadam permitió a Irán expandir su influencia mediante partidos chiíes y milicias locales, transformando a Irak de enemigo mortal en esfera de influencia. A partir de entonces, cada conflicto regional fue utilizado como palanca: Siria, Yemen, Gaza… todos se convirtieron en escenarios de expansión para el eje iraní.
Durante la guerra civil siria, Irán jugó un papel decisivo al sostener a Bashar al-Assad con asesores militares, milicias extranjeras y un puente logístico que conectaba directamente con Hezbolá en Líbano. Esa línea de aprovisionamiento era el corazón de su estrategia regional: un corredor terrestre que garantizaba presencia permanente en la frontera norte de Israel. Yemen se convirtió en el otro frente de expansión, con el apoyo a los hutíes, que tomaron Saná en 2014 y desde entonces han hostigado a Arabia Saudí y a la navegación en el mar Rojo. En todos los casos, la lógica es la misma: aprovechar las grietas de Estados frágiles para introducir milicias, financiar movimientos armados y consolidar gobiernos afines.
El ataque directo de Irán contra Israel en abril de 2024 marcó un antes y un después. Por primera vez en décadas, Teherán decidió no actuar a través de sus proxies, sino lanzar directamente misiles y drones contra territorio israelí. Aunque la respuesta israelí y estadounidense contuvo la ofensiva, el gesto mostró que el Eje está dispuesto a escalar el conflicto más allá de las guerras en la sombra. Sin embargo, apenas unos meses después, la caída de Assad en Siria supuso un golpe devastador para su arquitectura regional: sin Damasco, Irán pierde su eslabón más valioso en el Mediterráneo y ve debilitado su corredor logístico hacia Hezbolá. Ese vacío ha sido rápidamente aprovechado por Qatar y Turquía, dejando al Eje iraní en una posición defensiva inédita.
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Los miembros del Eje cumplen funciones diferenciadas pero interconectadas. Irán es el núcleo ideológico, financiero y militar; a través de la Guardia Revolucionaria coordina a todos los demás. Irak funciona como la retaguardia: las milicias chiíes integradas en las Fuerzas de Movilización Popular garantizan que Teherán pueda proyectar poder hacia Siria y el Golfo. Hezbolá en Líbano es la joya de la corona: una milicia con capacidad militar comparable a la de un ejército regular y con gran influencia política en Beirut, que mantiene a Israel bajo constante amenaza. En Yemen, los hutíes cumplen la función de abrir un frente sur contra Arabia Saudí y de alterar el comercio global a través de ataques al mar Rojo. Cada uno de estos actores es un peón de sacrificio o un alfil de largo alcance, dispuesto a tensar la partida según las necesidades de Teherán.
En el plano internacional, el Eje ha sabido aprovechar la multipolaridad emergente que define el mundo del siglo XXI. Con Estados Unidos y Europa mantiene una relación de hostilidad permanente: sanciones, choques militares indirectos y ausencia de confianza diplomática. Con Israel, la confrontación es existencial: Teherán no reconoce su legitimidad y basa parte de su identidad en la resistencia contra el “régimen sionista”. En cambio, con Rusia y China, Irán ha tejido alianzas pragmáticas: Moscú necesita a Teherán como socio militar y energético, mientras Pekín garantiza mercados para su petróleo y ofrece inversiones a cambio de estabilidad en el suministro. No se trata de alianzas incondicionales, sino de conveniencias estratégicas que permiten a Irán resistir el aislamiento occidental.
Hoy, el Eje iraní atraviesa un momento contradictorio: mantiene una red poderosa de milicias y aliados, pero ha perdido a Siria como pilar y enfrenta cada vez más presión militar de Israel y Estados Unidos. Su narrativa sigue siendo atractiva para parte del mundo árabe y musulmán, al presentarse como el único bloque dispuesto a enfrentarse de manera frontal a Israel, pero su capacidad de expansión parece haber tocado techo. En el ajedrez de Oriente Medio, el Eje iraní es la estrategia de ataque más arriesgada: despliega piezas en todo el tablero, amenaza constantemente al rey contrario, pero corre el riesgo de sobreextenderse y quedar expuesto en su retaguardia.
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