Las parábolas de Jesús

Las parábolas de Jesús son breves narraciones que él utilizó como herramientas de enseñanza durante su ministerio en la Tierra. Son relatos sencillos y concretos que ilustran principios espirituales y morales más profundos. Jesús empleaba elementos de la vida cotidiana, como la agricultura, el pastoreo, la familia y el comercio, para transmitir mensajes sobre el Reino de Dios, la relación con Dios, el prójimo y la vida ética. Las parábolas eran una forma efectiva de comunicar verdades espirituales de manera accesible para sus seguidores, y a menudo desafiaban las percepciones convencionales de justicia, amor y comportamiento ético.

Las parábolas pueden aparecer en unos evangelios y no en otros debido a una variedad de factores. Estos incluyen la perspectiva única de cada evangelista, las fuentes disponibles que tuvieron acceso al escribir sus evangelios, los énfasis temáticos que deseaban destacar y su estilo literario particular. Cada evangelista seleccionó y organizó las enseñanzas de Jesús de manera diferente para adaptarse a las necesidades y contextos de sus lectores, lo que llevó a variaciones en la presencia y presentación de las parábolas en los evangelios.

Parábola del buen samaritano

En esta parábola, Jesús cuenta la historia de un hombre que es asaltado por ladrones y dejado herido al borde del camino. Tanto un sacerdote como un levita, figuras religiosas respetadas en la sociedad judía de aquel tiempo, pasan junto al hombre herido sin prestarle ayuda. Sin embargo, un samaritano, a pesar de ser despreciado por los judíos, se compadece del hombre y lo cuida, pagando por sus cuidados médicos y asegurándose de que esté atendido.

Esta parábola enseña sobre la importancia de la compasión y la bondad hacia los demás, independientemente de su origen o posición social. Además, desafía las percepciones preconcebidas sobre quiénes son los «vecinos» a los que se debe amar y servir, mostrando que el amor al prójimo trasciende barreras culturales y sociales.

«Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto. Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y viéndole, pasó de largo. Asimismo, un levita, llegando cerca de aquel lugar, y viéndole, pasó de largo. Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia; y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él. Otro día al partir, sacó dos denarios, y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídalo; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese. ¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?» (Lucas 10:25-37)

La elección de la figura de un samaritano, considerado un herético para los sectores más ortodoxos de la religión hebrea, sirve para redefinir el concepto de prójimo que se manejaba entonces. Jesús, mediante esta parábola muestra que la fe debe manifestarse a través de las obras, revolucionando el concepto de fe en la vida religiosa judía. El contraste establecido entre los prominentes líderes religiosos inmisericordes y el samaritano misericordioso es un recordatorio a los maestros de la ley de que estaban olvidando el principio de la verdadera religión. La parábola del buen samaritano es un tema recurrente en la Historia del Arte:

Parábola del sembrador

En esta parábola, Jesús compara la Palabra de Dios con semillas sembradas en diferentes tipos de suelo. Representa cómo las personas reciben y responden a la Palabra de Dios en sus vidas. La semilla que cae en el camino representa a aquellos que escuchan la Palabra pero no la entienden, y Satanás la quita de sus corazones. La semilla en terreno pedregoso representa a aquellos que reciben la Palabra con gozo, pero cuando enfrentan dificultades, la abandonan. La semilla entre espinos representa a aquellos cuyas vidas están abrumadas por preocupaciones mundanas y riquezas, ahogando la Palabra y evitando que dé fruto. Y finalmente, la semilla en tierra buena representa a aquellos que escuchan, entienden y aceptan la Palabra, produciendo fruto en abundancia. Esta parábola es una de las ocho que se encuentran tanto en el evangelio de Mateo como en el de Marcos y el de Lucas.

«Otro día salió Jesús de la casa y se sentó junto al mar. Y se reunió tanta gente junto a él que tuvo que subirse a una barca; y toda la gente estaba en la costa. Y les enseñaba muchas cosas en parábolas. Les decía en su enseñanza: ‘Escuchen. Salió el sembrador a sembrar. Y al sembrar, una parte cayó junto al camino, y vinieron las aves y la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde no tenía mucha tierra, y brotó enseguida, porque no tenía profundidad de tierra; pero cuando salió el sol, se quemó y, por falta de raíz, se secó. Otra parte cayó entre los espinos, y los espinos crecieron, la ahogaron, y no dio fruto. Y otra parte cayó en tierra buena y dio fruto, que brotaba y crecía; y uno producía treinta, otro sesenta y otro ciento’. Y decía: ‘El que tiene oídos para oír, que oiga’.» (Marcos 4:3-9)

Parábola del hijo pródigo

En esta parábola, Jesús relata la historia de un padre que tiene dos hijos. El hijo menor decide pedirle a su padre su parte de la herencia y se marcha a una tierra lejana, donde vive una vida de excesos y derroche. Sin embargo, pronto cae en la pobreza y se ve obligado a trabajar cuidando cerdos, una tarea despreciada por los judíos de aquel tiempo.

En medio de su miseria, el hijo pródigo reflexiona sobre su situación y decide regresar a la casa de su padre, no para reclamar su posición como hijo, sino para ofrecerse como un simple jornalero. Reconociendo su pecado y su indignidad, se prepara para enfrentar las consecuencias de sus acciones. Cuando el padre divisa a su hijo a lo lejos, corre hacia él, lo abraza y lo besa. En lugar de rechazarlo o castigarlo, lo recibe con amor y alegría. Ordena que se preparen festividades para celebrar su regreso, simbolizando el gozo del padre por la restauración de su hijo perdido. El hijo mayor, al enterarse de la fiesta, se molesta y se niega a participar. Sin embargo, el padre lo insta a unirse a la celebración, recordándole que su hermano, que estaba perdido, ha sido encontrado y restaurado.

Esta parábola enseña varias lecciones importantes:

  1. La misericordia y el amor incondicional de Dios: El padre representa a Dios, quien, a pesar de nuestras transgresiones y errores, siempre está dispuesto a perdonarnos y recibirnos de vuelta en su amor.
  2. El arrepentimiento y la gracia: El hijo pródigo muestra el proceso de arrepentimiento genuino y humildad, y cómo este acto lleva a la restauración y el perdón.
  3. La actitud del hermano mayor: La reacción del hijo mayor ilustra la tendencia humana a la autocomplacencia y la falta de comprensión hacia la gracia de Dios hacia los pecadores arrepentidos.

En resumen, la Parábola del Hijo Pródigo destaca la naturaleza compasiva y amorosa de Dios, su disposición a perdonar y restaurar a aquellos que se vuelven a él con corazones arrepentidos, y la importancia de celebrar la redención y el perdón en lugar de resentirlos o juzgarlos.

«Un hombre tenía dos hijos, y el menor de ellos dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde.’ Y él les repartió los bienes. No muchos días después, juntando todo, el hijo menor partió lejos, y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente. Después de haberlo perdido todo, hubo una gran hambruna en aquella provincia, y él comenzó a pasar necesidad. Entonces fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de esa provincia, quien lo envió a sus campos a apacentar cerdos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada. Cuando vino en sí, dijo: ‘¡Cuántos jornaleros en la casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y ante ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo. Trátame como a uno de tus jornaleros.’ Y levantándose, fue a su padre. Pero cuando aún estaba lejos, su padre lo vio y fue movido a misericordia. Corrió, se echó sobre su cuello y lo besó. Y el hijo le dijo: ‘Padre, he pecado contra el cielo y ante ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo.’ Pero el padre dijo a sus siervos: ‘Traigan el mejor vestido y vístanlo; pongan un anillo en su mano y calzado en sus pies. Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y alegrémonos, porque este mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida; se había perdido y fue hallado.’ Y comenzaron a alegrarse.» (Lucas 15:11-32)

Parábola de la oveja perdida

Esta parábola es una de las más conmovedoras y reveladoras de la compasión de Jesús por los pecadores arrepentidos y su deseo de que todos vuelvan a Dios. Jesús utiliza la figura de un pastor y su rebaño para ilustrar este punto. En aquel tiempo, los pastores tenían una relación cercana con sus ovejas y las conocían individualmente. Cuando una de ellas se perdía, el pastor se sentía personalmente responsable de buscarla y rescatarla, incluso poniendo en riesgo su propia seguridad. Al mencionar un rebaño de cien ovejas, Jesús enfatiza la idea de que ninguna persona es insignificante para Dios; cada una es valiosa y amada por él. Cuando una oveja se extravía, el pastor no se conforma con las noventa y nueve restantes, sino que se embarca en una búsqueda determinada y persistente de la perdida.

Cuando el pastor encuentra a la oveja perdida, su alegría es inmensa. La carga sobre sus hombros simboliza su cuidado y protección hacia ella, así como su deseo de llevarla de vuelta al rebaño y a un lugar seguro. La oveja perdida representa a los pecadores que se han alejado de Dios y necesitan ser rescatados y restaurados a su relación con él. La parábola culmina con una celebración en la casa del pastor. Jesús destaca que el gozo por el regreso de un pecador arrepentido es tan grande en el cielo como lo sería para el pastor terrenal y sus amigos. Esta imagen refleja la profunda alegría y el amor de Dios por cada persona que se arrepiente y vuelve a él.

«¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso; y al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos, y les dice: ‘Alégrense conmigo, porque he encontrado mi oveja que se había perdido.’ Les digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento.» (Lucas 15:4-6)

Parábola del tesoro escondido

«El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, que al encontrarlo un hombre, lo ocultó de nuevo; y de alegría por ello, va y vende todo lo que tiene y compra aquel campo.» (Mateo 13:44)

En esta breve parábola, Jesús compara el Reino de los Cielos con un tesoro escondido en un campo. En tiempos antiguos, cuando no había bancos ni cajas de seguridad, era común que las personas escondieran sus tesoros en lugares seguros, como campos o cuevas. El hombre que encuentra este tesoro oculto en el campo se da cuenta de su inmenso valor y, lleno de alegría, decide vender todo lo que tiene para poder comprar ese campo y así asegurarse la posesión del tesoro. Esta parábola enseña varias lecciones:

  1. El valor incomparable del Reino de Dios: Jesús compara el Reino de Dios con un tesoro de valor incalculable. Sugiere que nada en este mundo se puede comparar con la riqueza espiritual y la relación con Dios que ofrece el Reino.
  2. La necesidad de sacrificio y entrega: El hombre de la parábola está dispuesto a renunciar a todo lo que tiene para obtener el tesoro. Esta acción ilustra la necesidad de priorizar el Reino de Dios por encima de todas las demás posesiones y deseos terrenales.
  3. La alegría del descubrimiento espiritual: El hombre experimenta una gran alegría al descubrir el tesoro. Esto refleja la alegría y la satisfacción que se encuentran al encontrar y seguir a Jesús y experimentar la plenitud de vida que ofrece el Reino de Dios.

En resumen, la Parábola del Tesoro Escondido invita a reflexionar sobre el valor del Reino de Dios y la disposición necesaria para comprometerse completamente con él, reconociendo que seguir a Jesús trae una alegría incomparable y una recompensa eterna.

El tesoro escondido (Rembrandt, 1630)

Parábola de los trabajadores de la viña

Esta parábola nos presenta a un propietario de una viña que sale temprano por la mañana a contratar trabajadores para su viña. Acuerda con los primeros trabajadores pagarles un denario por el día de trabajo, lo cual era un salario justo para ese tiempo. Más tarde, a lo largo del día, contrata a más trabajadores, incluso hasta la última hora de la jornada. Al final del día, cuando llega la hora de pagar, el propietario comienza por los últimos contratados y les paga un denario, a pesar de que solo trabajaron una hora. Cuando llega el turno de los trabajadores que fueron contratados primero y que han trabajado todo el día bajo el sol, también reciben un denario. Esto crea incomodidad y protestas entre los primeros trabajadores, quienes sienten que merecen más por haber trabajado más tiempo y haber soportado el calor del día.

Sin embargo, el propietario defiende su acción, señalando que él cumplió con el acuerdo inicial y que tiene el derecho de ser generoso con su dinero. Enfatiza que no está siendo injusto con los primeros trabajadores, sino que está demostrando su generosidad al darles a los últimos trabajadores la misma paga. Esta parábola ilustra la generosidad y la gracia de Dios, que no se basan en el mérito humano. Nos enseña que en el Reino de los Cielos, todos, independientemente de su pasado o sus obras, pueden recibir la misma bendición y recompensa, gracias al amor y la generosidad de Dios. Además, nos advierte sobre la actitud de envidia y celos, recordándonos que Dios tiene el derecho de ser generoso con su gracia como él lo desee.

«Porque el reino de los cielos es semejante a un hombre, padre de familia, que salió por la mañana a contratar obreros para su viña. Y habiendo convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. Salió también alrededor de la hora tercera y vio a otros que estaban en la plaza desocupados; y les dijo: ‘Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo’. Fueron, pues, y él salió otra vez cerca de la hora sexta y de la hora novena, e hizo lo mismo. Y alrededor de la hora undécima salió y halló a otros que estaban desocupados; y les dijo: ‘¿Por qué estáis aquí todo el día desocupados?’. Le dijeron: ‘Porque nadie nos ha contratado’. Él les dijo: ‘Id también vosotros a la viña, y recibiréis lo que sea justo’. Cuando llegó la noche, el señor de la viña dijo a su mayordomo: ‘Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando desde los últimos hasta los primeros’. Y al venir los que habían ido cerca de la hora undécima, recibieron cada uno un denario. Al venir también los primeros, pensaron que habían de recibir más; pero también ellos recibieron cada uno un denario. Y al recibirlo, murmuraban contra el padre de familia, diciendo: ‘Estos últimos han trabajado una sola hora, y los has hecho iguales a nosotros, que hemos soportado la carga y el calor del día’. Pero él respondiendo, dijo a uno de ellos: ‘Amigo, no te hago agravio; ¿no conviniste conmigo en un denario? Toma lo que es tuyo, y vete; pero quiero dar a este postrero como a ti. ¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? ¿O tienes tú envidia, porque yo soy bueno?’ Así, los últimos serán los primeros, y los primeros, los últimos.» (Mateo 20:1-16)

Los trabajadores de la viña (De Wet, 1650)