En 2003, la geógrafa urbana Loretta Lees acuñó un término que captaba un cambio inquietante en la dinámica de las ciudades globales: super-gentrification. No se trataba ya del conocido proceso por el que barrios degradados eran ocupados por clases medias profesionales, rehabilitados y encarecidos, sino de algo distinto: “the transformation of already gentrified, prosperous and solidly upper-middle-class neighbourhoods into much more exclusive and expensive enclaves”. Es decir, un segundo ciclo de inversión y exclusión, pero esta vez protagonizado por una élite financiera global capaz de movilizar sumas inéditas.
Su caso de estudio fue Brooklyn Heights, en Nueva York, un barrio que ya había pasado por la gentrificación clásica desde los años sesenta. Lees documenta la biografía de una vivienda concreta: adquirida en 1962 por un joven abogado por 28.000 dólares, rehabilitada con esmero y habitada durante tres décadas, fue vendida en los noventa a una corredora de Wall Street que pagó en efectivo casi 600.000 dólares. La nueva propietaria invirtió “a minimum of three-quarters of a million” en reformas de lujo, eliminó elementos históricos y transformó incluso el jardín en un césped tipo suburbio. Apenas un año después, vendió la casa por más de 1,75 millones.
Este ejemplo, explica Lees, muestra cómo los nuevos compradores —a los que denomina financifiers— no dependen de hipotecas ni de la aprobación de bancos, sino que utilizan capital procedente de las industrias financieras y de servicios corporativos globales. Además de su capacidad económica, sus valores y estilos de vida contrastan con los de la primera ola de gentrificadores, lo que provoca tensiones culturales: “Us ‘old-timers’ in the neighborhood are fewer in number now”, lamentaba un residente veterano.
Lees sitúa la supergentrificación dentro de lo que Hackworth y Neil Smith habían definido como la tercera ola de gentrificación, caracterizada por la implicación activa del Estado y por la conexión directa con los circuitos globales de capital. En Brooklyn Heights, esta conexión era literal: a pocos minutos de Wall Street, el barrio atrajo a profesionales con salarios y bonus desorbitados. Según Lees, esto lo convierte en un “peculiarly positioned global space/place”, comparable a zonas de Londres como Barnsbury, estudiadas por Butler y Robson, donde se observa una “second generation (re)gentrification” igualmente vinculada al sector financiero.
Los datos respaldan la narrativa. Entre 1990 y 2000, el valor medio de las viviendas unifamiliares superó el millón de dólares, y el 65 % de los propietarios declaró que su casa valía más de esa cifra. Más de la mitad de las familias del barrio estaban entre el 10 % con mayores ingresos de toda la ciudad. Lees documenta incluso compras al contado de propiedades ruinosas por casi un millón de dólares, reformas inmediatas y reventas rápidas con beneficios astronómicos.
El impacto social, sin embargo, va más allá de las cifras. Los precios expulsan a jóvenes familias de ingresos medios, reducen la diversidad y alteran las redes comunitarias construidas por las generaciones anteriores. Para Lees, la supergentrificación cuestiona las teorías que conciben la gentrificación como un proceso con un punto final estable (mature gentrification). En su lugar, muestra la “power of capital to drive successive waves of redevelopment”, incluso en barrios que ya estaban plenamente consolidados.
En resumen, la supergentrificación según Loretta Lees es un recordatorio de que las dinámicas de desigualdad urbana no se detienen con la “recuperación” de un barrio. Al contrario, pueden intensificarse en una espiral donde el capital global, los estilos de vida de élite y la exclusión social se combinan para redefinir, una vez más, el paisaje urbano.

