El 23 de agosto de 2023 India consiguió algo que solo tres países habían logrado antes: posar suavemente una nave sobre la superficie de la Luna. El módulo Vikram de la misión Chandrayaan-3 descendió en las altas latitudes del hemisferio sur lunar y, poco después, el pequeño rover Pragyan comenzó a recorrer el terreno y analizar su composición. El éxito situó a India entre las grandes potencias espaciales y ofreció al mundo una imagen muy distinta de aquella que durante buena parte del siglo XX había acompañado al país: ya no la India del hambre, la superpoblación y el subdesarrollo, sino la India de los ingenieros, los satélites y la alta tecnología. La propia agencia espacial india presentó el acontecimiento como una demostración de la capacidad científica, tecnológica e industrial alcanzada por el país.
Aquel mismo país que había conseguido llegar a la Luna seguía albergando, sin embargo, una cantidad de pobreza difícil de asimilar desde la escala europea. No es necesario detenerse demasiado en la batalla estadística sobre dónde empieza exactamente a ser pobre una persona: utilizando el umbral de 4,20 dólares diarios en paridad de poder adquisitivo, considerado por el Banco Mundial apropiado para economías de renta media-baja, en 2023-2024 todavía había alrededor de 232 millones de indios por debajo de la línea de pobreza, aproximadamente el 16% de la población. El dato debe acompañarse de otro igualmente importante: desde 2011-2012 casi 500 millones de personas habían superado ese mismo umbral. India está reduciendo la pobreza a una velocidad histórica y, al mismo tiempo, continúa teniendo una población pobre mayor que la población completa de Brasil. Ambas cosas son ciertas.
Y esa es la cuestión verdaderamente interesante. ¿Cómo puede una sociedad mantener semejantes niveles de pobreza y, simultáneamente, diseñar reactores nucleares, fabricar medicamentos para todo el mundo, construir portaaviones, desarrollar software, levantar metros y aeropuertos gigantescos, formar millones de ingenieros y enviar vehículos a la Luna? ¿Cómo puede una de las grandes potencias tecnológicas emergentes del planeta convivir con cientos de millones de habitantes que apenas participan de esa prosperidad? La aparente contradicción desaparece cuando dejamos de imaginar el desarrollo como un proceso homogéneo que eleva simultáneamente a toda una sociedad. India no se está desarrollando como un bloque. Se está desarrollando por capas, territorios y grupos sociales a velocidades extraordinariamente diferentes.

Una economía gigantesca que todavía no es una sociedad rica
La primera explicación es puramente matemática. India es una de las mayores economías del planeta porque reúne a casi 1.500 millones de personas, no porque sus habitantes sean individualmente ricos. En 2025 su PIB alcanzó aproximadamente 3,96 billones de dólares y creció un 7,6%, pero su renta por habitante apenas rondaba los 2.700 dólares anuales en términos nominales. El mismo país puede aparecer así entre los gigantes económicos cuando observamos el volumen total de producción y muy lejos de las sociedades desarrolladas cuando dividimos esa producción entre todos sus habitantes.
Esta distinción entre magnitudes agregadas e individuales explica una parte enorme de la paradoja india. Para construir un programa espacial, una industria informática o unas fuerzas armadas avanzadas no es necesario que 1.500 millones de personas tengan estudios universitarios ni altos ingresos. Hace falta disponer de suficientes científicos, ingenieros, empresas, universidades, recursos fiscales e infraestructuras para sostener esos sectores. Y en India incluso una minoría diminuta constituye una masa humana gigantesca: el 1% de la población son unos quince millones de personas; el 5%, más de setenta millones; el 10%, cerca de 150 millones. Un país puede disponer de decenas de millones de profesionales altamente cualificados y seguir teniendo cientos de millones de trabajadores pobres porque ambos grupos caben sobradamente dentro de una población de semejantes dimensiones.
Esto cambia por completo nuestra manera habitual de pensar el desarrollo. En un pequeño país europeo, una sociedad con niveles bajos de alfabetización, pobreza masiva o una clase media reducida difícilmente podría reunir suficientes consumidores, científicos, inversores y profesionales para sostener sectores enormemente sofisticados. India sí puede. Basta con que una fracción relativamente pequeña de la población alcance determinados niveles educativos y económicos para formar, en términos absolutos, un universo social comparable al de un país entero. Una élite urbana formada por el 10% de los indios tendría por sí sola casi tantos habitantes como Rusia. Una clase media que representase únicamente una quinta parte de la sociedad constituiría un mercado de casi 300 millones de consumidores.
La India moderna puede construirse, por tanto, sin esperar a que toda India se modernice. Puede disponer de algunas de las mejores facultades de ingeniería del continente mientras millones de niños reciben una educación deficiente; puede tener hospitales de primer nivel capaces de atraer pacientes internacionales mientras enormes áreas rurales carecen de una atención sanitaria comparable; puede producir software para empresas estadounidenses mientras decenas de millones de trabajadores continúan desempeñando actividades de bajísima productividad. No se trata de una anomalía temporal. Es una característica estructural de un desarrollo enormemente desigual.
Islas de altísima tecnología
La segunda clave se encuentra en la manera en la que se organiza esa economía. India no necesita que todo su territorio alcance el mismo nivel tecnológico para convertirse en una potencia tecnológica. Lo que necesita son nodos capaces de conectarse directamente con la economía global. Bangalore es posiblemente el ejemplo más conocido. En unas pocas décadas pasó de ser una ciudad administrativa e industrial a convertirse en uno de los mayores centros mundiales de software y servicios tecnológicos, sede de empresas indias como Infosys y Wipro y de grandes instalaciones de multinacionales extranjeras. Hyderabad desarrolló un ecosistema tecnológico y farmacéutico similar; Chennai se especializó en automoción, servicios y manufacturas; Pune combinó industria, ingeniería y tecnologías de la información; Mumbai reforzó su posición financiera y empresarial; Gurgaon levantó junto a Delhi un paisaje de oficinas, centros comerciales y sedes corporativas que podría encontrarse en cualquier gran metrópolis global.
En estos espacios funciona una economía que en determinados sectores no tiene prácticamente nada de «subdesarrollada». Empresas indias gestionan redes informáticas de multinacionales occidentales, producen medicamentos genéricos para mercados internacionales, fabrican componentes industriales, desarrollan sistemas de telecomunicaciones, participan en cadenas aeronáuticas y gestionan gigantescas infraestructuras. El país lleva décadas formando ingenieros y especialistas en matemáticas, informática y ciencias, mientras el inglés facilita la conexión de una parte de esos trabajadores con los mercados globales. El resultado es una capa productiva altamente competitiva que puede convivir con otra economía completamente diferente situada apenas a unas calles de distancia.
Ese contraste resulta especialmente visible en las ciudades. Un empleado puede salir de un moderno campus tecnológico de Bangalore y atravesar barrios con infraestructuras muy deficientes antes de llegar a su casa; un ejecutivo puede trabajar en una torre financiera de Mumbai rodeado por una economía informal que sostiene buena parte del funcionamiento cotidiano de la ciudad. Restaurantes, reparto, construcción, servicio doméstico, transporte, pequeñas manufacturas, comercio ambulante o reciclaje aportan enormes cantidades de trabajo barato a la misma metrópolis que alberga compañías conectadas con Londres, Nueva York o Singapur. La modernidad india no sustituye a la economía pobre: con frecuencia se apoya sobre ella.
Aquí aparece una diferencia importante respecto a la imagen clásica del desarrollo europeo. La industrialización occidental terminó generando, con enormes conflictos y a lo largo de muchas décadas, amplias sociedades salariales, Estados del bienestar y grandes clases medias. En India, una parte del salto hacia la economía digital y de servicios se ha producido antes de que desaparecieran estructuras laborales propias de una economía mucho más pobre. El país puede exportar software sin haber formalizado todo su mercado laboral y construir centros de datos mientras millones de personas siguen trabajando en pequeños negocios familiares, explotaciones agrícolas o actividades informales. En lugar de sustituirse unas fases por otras, varias fases del desarrollo coexisten en el mismo espacio y en el mismo momento histórico.
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Ingenieros excelentes, educación desigual
El sistema educativo reproduce una lógica parecida. India posee instituciones de élite capaces de producir capital humano extraordinariamente cualificado. Los Indian Institutes of Technology, los Indian Institutes of Management y una extensa red universitaria han formado durante décadas a ingenieros, científicos, empresarios y directivos que después han ocupado posiciones importantes tanto en India como en Silicon Valley, universidades occidentales o grandes multinacionales. Ese éxito es real y explica parte de la potencia tecnológica del país, pero puede crear una imagen engañosa si se extrapola al conjunto de la sociedad.
La excelencia de la cúspide no implica necesariamente calidad uniforme en la base. India puede formar cada año enormes cantidades de graduados y mantener al mismo tiempo diferencias educativas profundas entre territorios, clases sociales y entornos rurales y urbanos. Nuevamente actúa la escala: incluso aunque solo una fracción de cada generación reciba una formación extraordinaria, esa fracción proporciona cientos de miles de ingenieros, médicos, programadores e investigadores. Desde el punto de vista de una industria tecnológica, puede ser suficiente. Desde el punto de vista de la igualdad de oportunidades de casi 1.500 millones de personas, es algo muy diferente.
Este mecanismo permite comprender uno de los rasgos más desconcertantes de India: la coexistencia de excelencia y carencia no representa necesariamente un fallo del sistema; en cierta medida es precisamente la forma en que el sistema funciona. La economía selecciona, concentra y conecta con el mercado mundial a una parte enorme en términos absolutos pero minoritaria en términos relativos. Millones ascienden, pero cientos de millones permanecen mucho más abajo. Las oportunidades existen, aunque están distribuidas de forma extremadamente desigual.
El Estado que llega a la Luna
Existe además una cuestión fundamental: la capacidad de un Estado tampoco tiene por qué ser uniforme. India demuestra que un país puede poseer instituciones extraordinariamente eficaces en determinados ámbitos y ofrecer resultados mucho más modestos en otros. La agencia espacial ISRO es probablemente el ejemplo más espectacular. Desde los años sesenta el país construyó pacientemente capacidades propias en lanzamiento de satélites, telecomunicaciones, observación terrestre y exploración planetaria. Chandrayaan-3 no surgió de la nada: fue el resultado de décadas de acumulación de conocimiento, universidades, centros de investigación, empresas proveedoras y políticas públicas mantenidas durante gobiernos muy diferentes.
Preguntar por qué un país pobre «gasta dinero en ir a la Luna» puede parecer razonable, pero simplifica excesivamente el problema. El programa espacial indio no es simplemente una extravagancia de prestigio. Sus satélites sirven para telecomunicaciones, meteorología, agricultura, navegación, cartografía, control de recursos y prevención de catástrofes; además, las tecnologías desarrolladas alrededor de él fortalecen industrias que después pueden tener otras aplicaciones. La propia filosofía original del programa espacial indio vinculaba la tecnología espacial con el desarrollo nacional. ISRO presenta hoy esa continuidad entre investigación científica, capacidades tecnológicas y aplicaciones económicas.
La cuestión crítica no es, por tanto, preguntarse si India debería renunciar a sus cohetes para repartir ese dinero entre los pobres. Esa comparación conduce a una falsa elección. Lo realmente interesante es observar que el Estado indio ha demostrado ser capaz de concentrar recursos, conocimiento y planificación durante décadas cuando identifica un sector como estratégico, pero esa misma capacidad no produce resultados igualmente espectaculares en todos los aspectos del bienestar colectivo. Es más fácil construir una organización de alta tecnología formada por algunos miles de especialistas que garantizar educación excelente, empleo estable, sanidad y vivienda adecuada a casi 1.500 millones de personas. Una misión lunar exige una extraordinaria complejidad técnica; eliminar la pobreza exige una extraordinaria complejidad social.
Esta diferencia ayuda a entender por qué las grandes obras de ingeniería suelen avanzar más deprisa que las transformaciones distributivas. Una línea de metro, una presa, una central nuclear o un aeropuerto pueden diseñarse, presupuestarse y construirse. Cambiar la estructura del mercado laboral, reducir desigualdades educativas, ofrecer vivienda asequible en unas megaciudades que reciben millones de habitantes o elevar persistentemente los ingresos de centenares de millones de personas requiere modificar millones de relaciones económicas simultáneamente. India puede ser excelente ejecutando determinados megaproyectos y continuar encontrando enormes dificultades ante problemas sociales dispersos por millones de hogares y cientos de miles de localidades.
Carreteras, metros, aeropuertos y una India que corre
La India contemporánea también está siendo reconstruida físicamente. Autopistas, corredores ferroviarios, metros urbanos, puertos, terminales aeroportuarias, centrales eléctricas y nuevas áreas industriales modifican el territorio a una velocidad que recuerda otros grandes procesos históricos de modernización. Es difícil visitar Delhi, Mumbai, Bangalore, Hyderabad o Ahmedabad sin encontrarse con enormes proyectos de infraestructura. Esa acumulación de capital físico facilita el crecimiento, atrae inversión y permite a la economía india competir en actividades que requieren redes logísticas cada vez más sofisticadas.
Pero una autopista puede atravesar una región pobre sin convertir automáticamente a sus habitantes en población acomodada. Un aeropuerto internacional puede conectar una ciudad con medio planeta mientras los trabajadores encargados de construirlo regresan a hogares con ingresos muy modestos. Una fábrica tecnológicamente avanzada puede tener una cadena de proveedores y servicios donde predominan salarios mucho más bajos. La infraestructura genera oportunidades, pero no establece por sí misma cómo se distribuyen sus beneficios. Esta distinción entre modernización del territorio y modernización social es fundamental para comprender India.
También explica por qué las fotografías de nuevas infraestructuras pueden transmitir simultáneamente una verdad y una ilusión. Son verdad porque el país está transformándose físicamente a enorme velocidad. La ilusión aparece cuando suponemos que el paisaje moderno significa necesariamente que toda la sociedad que lo habita se ha vuelto igualmente próspera. Un viaducto de hormigón, una estación de metro o una terminal ultramoderna pueden superponerse sobre una estructura económica en la que millones de trabajadores continúan sobreviviendo con ingresos muy reducidos.
Una potencia militar construida sobre una sociedad desigual
La contradicción adquiere quizá su dimensión más visible cuando observamos el poder militar. India posee armas nucleares, desarrolla misiles balísticos, construye buques de guerra y submarinos y mantiene una de las mayores fuerzas armadas del planeta. En 2025 dedicó aproximadamente 92.100 millones de dólares al gasto militar, convirtiéndose en el quinto mayor presupuesto de defensa del mundo. El gasto aumentó además un 8,9% respecto al año anterior.

No resulta especialmente misterioso por qué India dedica tantos recursos a su defensa. Comparte una extensa frontera con China, otra con Pakistán, mantiene disputas territoriales con ambos países y se proyecta sobre un océano que lleva su propio nombre. Por sus proximidades circulan algunas de las principales rutas energéticas y comerciales del planeta: hacia el oeste se encuentra el golfo Pérsico y el estrecho de Ormuz; hacia el este, el estrecho de Malaca y las conexiones marítimas con Asia oriental. Si India pretende convertirse en una gran potencia comercial e industrial, necesita también proteger sus rutas marítimas y aumentar su capacidad de influencia en el Índico.
Pero la fotografía de los portaaviones adquiere una dimensión muy diferente cuando recordamos los niveles de pobreza existentes en el país. Conviene evitar el razonamiento simplista de dividir el presupuesto militar entre los pobres y concluir que bastaría con transferir el dinero de un sitio a otro. Los problemas del desarrollo no funcionan así. Lo que sí demuestra el contraste es que pobreza nacional y capacidad estatal no son necesariamente la misma cosa. India puede obtener los recursos suficientes para mantener armas nucleares y una marina oceánica porque el tamaño total de su economía es gigantesco, aunque esos mismos recursos representen una cantidad reducida cuando se distribuyen entre casi 1.500 millones de habitantes.

Esta es otra de las respuestas a la pregunta central del artículo. Un país no necesita ser rico por habitante para tener un Estado poderoso. Necesita disponer de una base económica total suficientemente grande como para extraer una parte de ella y concentrarla en sectores estratégicos. La Unión Soviética ya demostró durante décadas que era posible competir militar y espacialmente con una economía mucho menos próspera que la estadounidense. India lo hace bajo unas condiciones económicas completamente diferentes, pero el principio permanece: los recursos necesarios para producir poder pueden concentrarse; el bienestar necesita distribuirse.
La economía que no aparece en las fotografías
Debajo de aquella India tecnológica existe otra que emplea a una parte inmensa de la sociedad. Agricultura de pequeñas explotaciones, construcción, pequeños comercios, talleres, transporte, servicio doméstico, venta ambulante, microempresas y múltiples formas de autoempleo constituyen todavía una parte esencial de la economía. El India Employment Report 2024, elaborado por el Institute for Human Development junto con la Organización Internacional del Trabajo, subraya precisamente la persistencia de problemas relacionados con la informalidad, la calidad del empleo y la dificultad para transformar el crecimiento económico en suficientes puestos de trabajo de alta productividad.
Y aquí aparece una relación incómoda: una parte del dinamismo de la India moderna se beneficia precisamente de esa abundancia de trabajo barato. Las grandes ciudades funcionan gracias a ejércitos de trabajadores que construyen edificios, limpian oficinas, transportan mercancías, cocinan, reparten pedidos, conducen vehículos, cuidan viviendas o producen en pequeños talleres por salarios muy inferiores a los de las capas profesionales. Las clases medias y altas pueden consumir enormes cantidades de servicios personales porque el coste del trabajo continúa siendo reducido. Las compañías internacionales pueden localizar determinadas actividades en India porque encuentran ingenieros cualificados con costes laborales menores que en Estados Unidos o Europa, mientras que toda la economía urbana descansa sobre capas todavía más baratas de trabajadores.
En ese sentido, pobreza y desarrollo tecnológico no solo coexisten independientemente; en algunos ámbitos pueden estar económicamente conectados. El país ofrece a la vez mano de obra altamente cualificada y barata en comparación con los países ricos, y una masa mucho mayor de trabajadores de baja remuneración que reduce los costes de innumerables servicios. La desigualdad crea enormes diferencias de capacidad de consumo, pero también una estructura de precios que hace posible un determinado tipo de crecimiento. Esto no significa que la pobreza sea necesaria para que India se desarrolle, sino que parte del modelo existente ha aprendido a funcionar alrededor de ella sin necesidad de eliminarla inmediatamente.
La riqueza se acumula arriba
La distribución de los ingresos permite observar con mayor claridad esta estructura. Según el World Inequality Report 2026, el 10% más rico de India recibe el 57,7% de todos los ingresos y posee aproximadamente el 65% de la riqueza. El 1% superior concentra por sí solo el 22,6% de los ingresos y algo más del 40% del patrimonio. En el extremo contrario, la mitad más pobre de la sociedad —más de 700 millones de personas— recibe alrededor del 15% de los ingresos y posee únicamente el 6,4% de la riqueza.
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Estas cifras son especialmente importantes porque permiten comprender que el crecimiento de un país no puede identificarse automáticamente con el enriquecimiento proporcional de sus habitantes. India puede generar cada año cientos de miles de millones de dólares adicionales y reducir simultáneamente la pobreza, pero una parte enorme de la nueva riqueza puede concentrarse en los sectores superiores. No existe ninguna contradicción matemática. Los ingresos de un trabajador pobre pueden aumentar un 20% mientras los del propietario de una gran empresa aumentan un 200%; ambos son más ricos que antes, la pobreza puede disminuir y, sin embargo, la distancia entre ellos puede hacerse mayor.
Es precisamente esa posibilidad la que obliga a mirar con cuidado el relato del «milagro indio». Hay un milagro real en la velocidad de crecimiento, en la expansión de las infraestructuras, en la reducción de la pobreza y en la incorporación de cientos de millones de personas a nuevos bienes y servicios. Pero también existe una formidable concentración de riqueza. El problema no es negar los avances, sino preguntar quién avanza más deprisa. Una sociedad puede mejorar en términos absolutos y hacerse más desigual en términos relativos.
Muchas Indias dentro de India
La desigualdad tampoco se distribuye de manera homogénea por el territorio. La India de Kerala no es la misma que la de Bihar; la del sur tecnológico no coincide exactamente con la de algunos estados del cinturón del Ganges; el Mumbai financiero presenta una estructura económica radicalmente distinta de la de miles de localidades rurales. Una federación de 1.460 millones de habitantes contiene inevitablemente realidades que, si estuvieran separadas por fronteras internacionales, describiríamos como países en niveles de desarrollo completamente diferentes. El propio Banco Mundial señala importantes diferencias territoriales en la incidencia de la pobreza y en la estructura del empleo.
La urbanización intensifica esas diferencias en lugar de ocultarlas. Mumbai concentra capital financiero, sedes empresariales, producción audiovisual y algunas de las propiedades inmobiliarias más valiosas de Asia, mientras millones de personas viven en tejidos urbanos extremadamente densos y dependen de economías populares e informales. Gurgaon posee rascacielos de cristal, hoteles internacionales y oficinas tecnológicas junto a asentamientos donde residen parte de los trabajadores que mantienen diariamente aquel paisaje corporativo. La ciudad india permite recorrer físicamente las distintas capas del desarrollo en cuestión de minutos.
No existen, por tanto, una India moderna y otra atrasada perfectamente separadas. Se encuentran constantemente entrelazadas. Los trabajadores pobres utilizan teléfonos inteligentes; los pagos digitales llegan a pequeños comercios; una familia de bajos ingresos puede disponer de Internet mientras vive en una vivienda precaria; un empleado de una plataforma tecnológica puede desarrollar su actividad mediante una de las infraestructuras digitales más avanzadas del mundo sin disfrutar de una seguridad laboral comparable a la de un asalariado europeo. La tecnología puede difundirse mucho más rápido que la riqueza. Un teléfono móvil cuesta unas centenas de euros; construir una sociedad con sanidad, educación, vivienda, protección social y empleos de alta productividad para 1.500 millones de personas requiere generaciones de transformación económica.
El verdadero significado de ser una superpotencia
Quizá por eso India obliga a revisar qué queremos decir cuando hablamos de desarrollo. Durante buena parte del siglo XX las potencias más avanzadas coincidían aproximadamente con los países cuyos ciudadanos disfrutaban de mayores ingresos. Estados Unidos, Europa occidental y Japón combinaban poder militar, industria sofisticada, innovación tecnológica y altos niveles de vida. Parecía lógico pensar que ambas cosas tenían que avanzar juntas. India demuestra que no necesariamente.
Un Estado puede acumular poder antes de que su sociedad acumule prosperidad. Puede disponer de recursos fiscales, empresas, científicos y población suficientes para convertirse en una potencia internacional mientras enormes capas de ciudadanos continúan viviendo con ingresos modestos. Puede construir la cúspide tecnológica sin haber elevado todavía toda la base social. Y puede hacerlo durante bastante tiempo porque los beneficios estratégicos de una agencia espacial, una industria nuclear o una armada dependen de concentrar capacidades en lugares concretos, mientras que el bienestar exige distribuir recursos y oportunidades entre cientos de millones de personas.
Esta es posiblemente la clave de toda la paradoja india. Un cohete necesita unos cuantos miles de ingenieros excelentes; una sociedad desarrollada necesita cientos de millones de buenas escuelas, empleos, viviendas, hospitales y oportunidades. Diseñar un misil requiere conocimientos extraordinariamente complejos, pero esos conocimientos pueden concentrarse en un pequeño número de instituciones. Reducir la desigualdad requiere actuar simultáneamente sobre millones de empresas, familias, ciudades, pueblos y relaciones laborales. La complejidad tecnológica puede concentrarse. La prosperidad debe extenderse.
Por eso Chandrayaan-3 y la pobreza no constituyen en realidad una contradicción. Tampoco lo hacen los rascacielos de Mumbai y sus asentamientos informales, los campus tecnológicos de Bangalore y los trabajadores de bajos salarios, o los portaaviones del océano Índico y los cientos de millones de ciudadanos económicamente vulnerables. Todos esos elementos son posibles precisamente porque el desarrollo indio es extraordinariamente desigual. Los recursos económicos, educativos y tecnológicos necesarios para alcanzar la frontera científica están disponibles; simplemente no están distribuidos de manera uniforme por toda la sociedad.
La pregunta importante para las próximas décadas no será, por tanto, si India consigue convertirse en una superpotencia. En muchos aspectos ya lo es. La cuestión será determinar hasta qué punto el poder acumulado por India acaba convirtiéndose en bienestar para los indios. El país ha demostrado que puede crecer, construir, innovar y reducir la pobreza. Pero tendrá que demostrar también que el extraordinario desarrollo de sus sectores más avanzados puede extenderse hacia la enorme base social que todavía permanece lejos de ellos.
Porque el gran desafío indio ya no consiste únicamente en fabricar mejores cohetes, construir más autopistas o disponer de una armada más poderosa. Consiste en conseguir que la distancia entre las dos Indias deje de crecer. En lograr que el ingeniero que diseña un satélite, el trabajador que construye el edificio donde trabaja y la familia que vive en el barrio que rodea ese edificio formen parte de una misma historia de progreso. India ya ha demostrado que un país puede alcanzar la Luna sin haber eliminado la pobreza. La verdadera medida de su desarrollo será comprobar cuánto de aquella extraordinaria capacidad tecnológica, económica e ingenieril consigue finalmente llegar también a la Tierra.




