Florencia olía a cera caliente y a piedra antigua. El sol, cada mañana, se filtraba con obstinación por la ventana de mi taller, y se posaba como una bendición sobre los moldes que reposaban en las mesas. Yo tenía cuarenta y tantos cuando me llamaron de nuevo. Los canónigos de Santa Maria del Fiore me querían para una nueva puerta. La del Este. La que mira de frente al Duomo. “Haz algo digno de Florencia”, me dijeron. Como si no supieran que Florencia se inventa a sí misma cada día, que no hay genio que esté a su altura más de una semana seguida.
Pero acepté, claro. ¿Cómo no iba a aceptar? El bronce me había salvado de todo lo demás. Me había dado nombre, comida, respeto. Lo que no sabía es que esa puerta iba a tragarme la vida entera.
Al principio creí que podría terminarla en unos diez años. Ya tenía experiencia, después de todo. La puerta norte había sido mi prueba de fuego. Pero esta era otra cosa. Era como si me hubieran pedido que contara la historia del mundo con solo diez respiraciones. Diez paneles. Diez pasajes. Y en cada uno, no una escena, sino muchas. Un relato entero comprimido como una sinfonía en miniatura.
Los primeros años fueron de dibujos, de pensar más que hacer. Noches en vela, dudas, discusiones con Lionardo, mi hijo, que por entonces aún creía que la escultura era solo una forma de ganarse el pan. “Padre, si lo haces demasiado complicado, nadie entenderá nada”, me decía. Pero yo insistía. Quería que la puerta hablara incluso cuando nadie la mirase.
Fundir el primer panel fue como tocar el principio del mundo. El Génesis cobró forma bajo mis dedos como si yo también fuera un dios menor modelando a Adán. Los ayudantes trabajaban sin descanso. Algunos se fueron, otros murieron. Y la puerta seguía, creciendo como una criatura imposible. Me volví obsesivo. Desconfiaba de las proporciones, del relieve, de mi pulso. Cada figura debía ser precisa, viva, contenida. Aprendí que el bronce perdona menos que la carne.
Mientras tanto, Florencia cambiaba. Cosme de Médici empezaba a murmurar desde las sombras, las calles se llenaban de artistas que venían a buscar fortuna. Vi llegar a Donatello, altivo como una estatua griega, y a Masaccio, que pintaba como si conociera la luz desde dentro. A veces pensaba: “Yo soy del siglo pasado”. Pero entonces tocaba el bronce ya enfriado y me decía: “Todavía no. Todavía tengo cosas que decir”.
El taller se convirtió en mi casa. Mis hijos crecieron entre moldes de cera y ruido de martillos. Uno de ellos, Tommaso, decía que el bronce le hablaba por las noches. Y yo pensaba que, si era verdad, entonces estaba en el camino correcto.
Pasaban los años. Me dolía la espalda. Se me dormían las manos. Pero seguía. Cada panel era una etapa. Al principio los hacía con furia. Luego con paciencia. Los últimos, casi con melancolía. Ya no me importaba tanto la gloria. Me importaba que, al tocarlos, alguien pudiera sentir lo que yo sentí al esculpirlos: miedo, duda, asombro, fe. La fe de quien no ve a Dios pero le modela el rostro.
Cuando terminé el último, sentí un vacío espantoso. No sabía si llorar o dormir tres días seguidos. En total habían pasado veintisiete años. Mi cabello se había vuelto blanco. Muchos de los que me encargaron la obra estaban muertos. Lionardo ya era maestro por derecho propio. Tommaso, el de los susurros del bronce, se había ido a Venecia. Y yo, viejo, cansado, aún daba vueltas por el taller como un alma en pena, tocando los bordes de cada marco, como si pudiera corregirlos con solo desearlo.
El día que instalaron la puerta, el sol estaba alto. Era verano. Yo no pude acercarme. Me quedé a lo lejos, bajo la sombra de un ciprés, mirando cómo la encajaban en sus goznes. Brillaba. Un brillo dorado que no era solo pan de oro, sino sudor, horas, familia, pérdida. Escuché a alguien decir: “Parece la puerta del Paraíso”. Sonreí. Pensé: ojalá el Paraíso se parezca a esto. A algo que uno hace con amor, aunque nunca sepa si lo hizo bien.
Desde entonces, paso por delante algunas mañanas. Los turistas se arremolinan. Los niños señalan los relieves. Alguna vez me detengo a escuchar lo que dicen. A veces aciertan. A veces inventan. Pero eso también es arte, ¿no? Lo que uno deja para que otros sigan imaginando.
Y yo sigo aquí. Viejo, torpe, feliz. Escultor hasta el final.
Porque el bronce, cuando te elige, ya no te suelta.
— Lorenzo Ghiberti,
Florencia, 1452



