En los últimos años han proliferado propuestas urbanísticas que se presentan como soluciones amables a los problemas de nuestras ciudades: calles más caminables, barrios más diversos, servicios más cercanos y espacios públicos pensados para el bienestar cotidiano. Libros como Soft City de David Sim, Happy City de Charles Montgomery y The 15-Minute City de Carlos Moreno han contribuido a popularizar la idea de que la ciudad puede -y debe- diseñarse para la felicidad y la vida a escala humana.
Sin embargo, estas visiones optimistas esconden una tensión latente. La mejora de la habitabilidad urbana, cuando no se acompaña de políticas redistributivas y mecanismos de protección social, puede convertirse en un catalizador de procesos de gentrificación. Lo que se plantea como un urbanismo para todos puede terminar favoreciendo a quienes ya disponen de mayores recursos, expulsando indirectamente -en el mejor de los casos- a los sectores populares y transformando los barrios en espacios más exclusivos.
Este artículo propone un análisis crítico de estas tres obras de referencia, explorando cómo sus principios, aunque inspiradores y necesarios, pueden ser cooptados por dinámicas de especulación, turistificación y exclusión. La pregunta central es inevitable: ¿hasta qué punto las ciudades amables pueden convertirse, sin quererlo, en el terreno fértil de nuevas formas de desigualdad urbana?
Soft City
Con prólogo de Jan Gehl —una de las voces más influyentes del urbanismo a escala humana—, Soft City se presenta como un manifiesto para repensar la ciudad contemporánea en clave de habitabilidad, proximidad y bienestar cotidiano. Sim contrapone la “hard city” del automóvil y la infraestructura rígida con la “soft city”: densa, diversa, caminable y abierta a la convivencia. Su propuesta pivota en torno a la idea de que la verdadera calidad de vida urbana surge de la combinación de densidad y diversidad, aplicadas de manera que todo quede al alcance en pocos minutos.

Uno de los aportes más destacados del libro es su capítulo final, donde resume su visión en nueve criterios para la densidad vivible: diversidad de formas construidas, diversidad de espacios exteriores, flexibilidad de usos, escala humana, caminabilidad, sentido de identidad y control local, microclimas agradables, menor huella de carbono y mayor biodiversidad. Estos principios, acompañados de ejemplos internacionales, buscan demostrar que es posible conciliar compacidad urbana con confort, sostenibilidad y cohesión comunitaria.
No obstante, la lectura crítica que proponemos desde la teoría urbana contemporánea invita a preguntarse si estos criterios —tan atractivos en el papel— pueden convertirse, en la práctica, en vectores de exclusión. La diversidad tipológica puede ser aprovechada por promotores para segmentar el mercado inmobiliario; la caminabilidad y la escala humana suelen revalorizar barrios hasta volverlos inaccesibles a sus residentes originales; los microclimas agradables y la biodiversidad urbana corren el riesgo de convertirse en elementos de marketing verde asociados a la gentrificación climática; y la flexibilidad de usos facilita que espacios comunitarios o de bajo coste sean transformados en cafés boutique o alojamientos turísticos.
El propio aval de Gehl, tanto a Soft City como años después a The 15-Minute City de Carlos Moreno, muestra la fuerza que tienen estas ideas en el debate global sobre el futuro de las ciudades. Sin embargo, desde la perspectiva crítica que guía nuestra investigación, se impone la necesidad de preguntarse: ¿pueden estas propuestas “blandas” ser absorbidas por las dinámicas “duras” de la financiarización urbana y la especulación inmobiliaria? La paradoja es evidente: lo que se concibe como un urbanismo para mejorar la vida cotidiana puede terminar alimentando procesos de gentrificación simbólica, verde y turística, reforzando la exclusión que pretende combatir.
Happy City
Publicado en 2015, Happy City: Transforming Our Lives Through Urban Design de Charles Montgomery combina periodismo narrativo, psicología ambiental y urbanismo para defender una idea clara: el diseño de la ciudad influye directamente en nuestra felicidad. Montgomery recurre a ejemplos de distintas partes del mundo —desde las ciclovías de Bogotá hasta la reconversión de autopistas en París— para mostrar cómo las decisiones urbanísticas afectan nuestras emociones, relaciones sociales y sentido de pertenencia. Su tesis central es que la ciudad puede ser un instrumento de bienestar colectivo si se apuesta por barrios densos, caminables, mixtos y sostenibles, capaces de reducir el estrés y fomentar la interacción social.
El libro insiste en que el urbanismo no es solo cuestión de infraestructuras, sino también de emociones: calles que invitan a detenerse, plazas que propician encuentros, barrios que reducen el tiempo de desplazamiento y devuelven horas a la vida cotidiana. Montgomery subraya que la ciudad feliz, la ciudad verde y la ciudad baja en carbono son, en realidad, la misma ciudad. Se trata de un urbanismo centrado en el ser humano y en su bienestar psicológico, con un fuerte componente ético y ambiental.
Sin embargo, desde una mirada crítica, cabe señalar la ambivalencia de estas propuestas. Lo que Montgomery presenta como “felicidad urbana” puede convertirse en un recurso simbólico para el marketing de ciudad, donde la promesa de bienestar colectivo se utiliza para atraer turismo, inversión y nuevos residentes de ingresos medios y altos. Las intervenciones que mejoran la calidad del espacio público —peatonalizaciones, ciclovías, parques—, si no van acompañadas de políticas redistributivas, tienden a encarecer los barrios y provocar desplazamientos indirectos de los sectores populares.
En este sentido, Happy City conecta con las preocupaciones de nuestras hipótesis sobre gentrificación simbólica y turistificación: el bienestar, convertido en mercancía, refuerza dinámicas de exclusión en lugar de democratizar la ciudad. La pregunta, entonces, no es solo cómo construir ciudades felices, sino para quiénes serán esas ciudades felices. Porque, como advierte la teoría urbana crítica, la felicidad colectiva no puede desligarse de la justicia espacial ni de la capacidad de los barrios populares de resistir la presión del capital urbano y turístico.
The 15-minute City
En 2024, el urbanista franco-colombiano Carlos Moreno publica The 15-Minute City: A Solution to Saving Our Time and Our Planet, donde desarrolla a fondo el concepto que él mismo acuñó años antes: la ciudad de 15 minutos. Su planteamiento es sencillo pero ambicioso: garantizar que cualquier persona pueda acceder a los servicios esenciales —trabajo, educación, salud, ocio, comercio— en un máximo de quince minutos a pie o en bicicleta desde su hogar. Inspirado por el crono‑urbanismo y la cronotopía, el modelo busca devolver tiempo a la vida cotidiana, reducir la dependencia del automóvil y construir comunidades más cohesionadas y sostenibles.
El libro recoge ejemplos de aplicación, especialmente en París bajo la alcaldía de Anne Hidalgo, y se presenta como una hoja de ruta global para enfrentar los retos del cambio climático, la crisis energética y la pérdida de cohesión social. No es casual que Jan Gehl haya avalado el proyecto, igual que lo hizo con Soft City, pues la propuesta de Moreno se sitúa en la continuidad de su legado: ciudades diseñadas a escala humana, donde caminar, pedalear y convivir sean las formas centrales de habitar.
INTERESANTE: Why has the ‘15-minute city’ taken off in Paris but become a controversial idea in the UK? (The Guardian, 2024)
Ahora bien, desde la perspectiva crítica de la teoría urbana contemporánea, emergen dudas importantes. La creación de barrios altamente deseables gracias a la proximidad de servicios y la calidad del espacio público puede elevar sustancialmente el valor del suelo, generando procesos de gentrificación verde y turística. El riesgo es que las inversiones necesarias para convertir barrios en “ciudades de 15 minutos” se concentren en zonas ya prósperas, mientras las áreas con mayor desigualdad y presencia de informalidad queden relegadas. Además, la mercantilización de la proximidad convierte la vida cotidiana en un producto de marketing urbano, donde la promesa de bienestar atrae turismo e inversión sin resolver necesariamente las necesidades de los sectores populares.
Así, la propuesta de Moreno —aunque inspiradora y necesaria— corre el peligro de ser absorbida por las lógicas de la financiarización y la competitividad global. En lugar de reducir desigualdades, podría reforzarlas si no se acompaña de políticas de vivienda asequible, regulación del mercado inmobiliario y una genuina participación comunitaria. La paradoja, como en Soft City y Happy City, es clara: el urbanismo amable puede convertirse en urbanismo excluyente si se desentiende de las estructuras económicas y sociales que condicionan la vida en la ciudad.
MÁS INFORMACIÓN: A guide to 15-minute cities: why are they so controversial? (University of the Built Environment, 2024)



