Mumbai es hoy la capital financiera de la India y una de las grandes ciudades globales del planeta. Desde sus rascacielos se toman decisiones que repercuten en toda Asia y su puerto sigue siendo uno de los más activos del océano Índico. Pero detrás de esa imagen de megalópolis se esconde una historia de transformaciones radicales: lo que en otro tiempo fueron siete islas pobladas por pescadores se convirtió, a lo largo de los siglos, en una de las urbes más densas y vibrantes del mundo.
La trayectoria de Mumbai está marcada por cambios de mano sucesivos. Primero formó parte de reinos y dinastías indias antiguas, después pasó al control del islam con los sultanatos del Gujarat, más tarde se integró en el imperio portugués y, desde 1661, en el británico. Cada etapa dejó huellas visibles en la religión, la arquitectura, el comercio y la vida cotidiana. Con la independencia de 1947, la ciudad inició un nuevo ciclo: de enclave colonial a motor económico de la India.
De los Maurya a los Shilahara (S. III a. C. – S. IX d. C.)
El origen de Mumbai se remonta a mucho antes de su conversión en ciudad portuaria moderna. Durante siglos, el territorio no fue más que un conjunto de siete islas bajas, salpicadas de marismas y habitadas por comunidades pesqueras koli, que aprovechaban la abundancia de peces y el abrigo natural de la bahía. En este paisaje aparentemente periférico comenzaron, sin embargo, a llegar influencias de algunos de los grandes imperios de la India antigua.
En el siglo III a. C., el área quedó bajo el dominio del Imperio Maurya, cuyo emperador Ashoka impulsó la difusión del budismo. Desde el cercano puerto de Sopara se enviaban misioneros hacia el oeste de la India y el sudeste asiático, y se levantaron las primeras inscripciones budistas en la región. Este legado se expandió en los siglos siguientes con los Satavahanas, que gobernaron buena parte del Decán entre el siglo I a. C. y el siglo II d. C. Bajo su influencia se construyeron importantes monasterios y santuarios rupestres, como las cuevas de Kanheri, que se convirtieron en un centro religioso y comercial, visitado por mercaderes, monjes y viajeros que transitaban las rutas del Índico.
Tras la caída de los Satavahanas, el control pasó a dinastías regionales como los Chalukyas y los Kalachuris, que consolidaron la expansión del hinduismo, especialmente del culto a Shiva. En este contexto se empezaron a excavar templos rupestres dedicados a deidades hindúes, un proceso que culminaría siglos después con las espectaculares esculturas de la isla de Elephanta. Así, durante este largo periodo, el budismo y el hinduismo convivieron como religiones dominantes, dejando un paisaje sagrado en la roca que aún hoy constituye uno de los patrimonios más valiosos de Mumbai.
Entre tanto, la vida cotidiana de las islas seguía marcada por la pesca, la agricultura de subsistencia y el comercio marítimo. Los aldeanos koli, con sus aldeas costeras, eran los habitantes originales de un territorio que aún no imaginaba su destino como metrópoli. En su entorno, los templos y monasterios no solo fueron espacios de culto, sino también puntos de encuentro entre culturas, mercaderes y creencias. Así, en estos primeros siglos, Mumbai fue un cruce temprano de espiritualidad y comercio, donde las siete islas comenzaron a tejer la compleja historia que las transformaría en ciudad.
Sultanes y dinastías locales (S. IX – 1534)
En los albores de la Edad Media, el archipiélago de islas que hoy forma Mumbai pasó a integrarse en el territorio gobernado por los Shilahara, una dinastía que dominó el Konkan entre los siglos IX y XIII. Bajo su mandato se levantaron templos dedicados al hinduismo y al jainismo, y se consolidaron aldeas agrícolas y pesqueras en torno a los estuarios. Aunque vasallos de grandes poderes del Decán —como los Rashtrakutas y más tarde los Chalukyas occidentales—, los Shilahara ejercieron una administración estable que permitió el florecimiento de la vida religiosa y del comercio costero.
El cambio llegó en el siglo XIV con la expansión musulmana en el oeste de India. Tras la caída de los Yadava de Devagiri, la región pasó primero al Sultanato de Delhi y, poco después, al Sultanato de Gujarat, fundado en 1407. Este nuevo poder convirtió las islas de Bombay y la vecina Thane en enclaves estratégicos del Índico, integrados en las redes comerciales que unían el Golfo Pérsico con el sur de Asia. Comerciantes árabes y persas recalaban con regularidad en sus puertos, intercambiando caballos, dátiles y perlas por arroz, pescado seco y textiles de algodón.

En el plano religioso, el hinduismo siguió siendo mayoritario, pero el islam avanzó con fuerza: se levantaron mezquitas en Thane y se asentaron comunidades musulmanas bohra y khoja, integradas en la vida portuaria. Al mismo tiempo, la comunidad judía de los Bene Israel, presente desde hacía siglos en el Konkan, convivía con hindúes y musulmanes en un entorno plural. Hacia el siglo XV, Thane y las islas de Bombay eran ya un puerto comercial clave del océano Índico, punto de contacto entre culturas y religiones. El equilibrio se mantuvo hasta 1534, cuando las luchas entre los sultanatos de Gujarat y Delhi abrieron la puerta a una nueva potencia que transformaría por completo el destino de la ciudad: el Imperio portugués.
Portugueses y británicos (1534 – 1818)

En 1534, el sultán Bahadur Shah de Gujarat cedió las islas de Bombay al Imperio portugués mediante el Tratado de Bassein. A partir de entonces, los europeos se instalaron en un territorio todavía rural y poco poblado, pero estratégico en las rutas del Índico. Los portugueses construyeron iglesias, capillas y fortalezas —como la de Castella de Aguada en Bandra—, introdujeron el catolicismo y promovieron conversiones, especialmente entre las comunidades pesqueras koli. La huella de esta etapa sigue viva en barrios como Bandra o Mazagaon, donde aún se conservan iglesias coloniales y tradiciones católicas locales.
El segundo gran giro llegó en 1661, cuando las islas de Bombay pasaron a Inglaterra como parte de la dote de Catalina de Braganza al casarse con el rey Carlos II. Pocos años después, en 1668, el monarca entregó el control de las islas a la Compañía Británica de las Indias Orientales, que comprendió su valor como puerto natural y comenzó a invertir en su desarrollo.
Uno de los grandes retos de los británicos fue transformar las siete islas separadas en un territorio continuo. El mar entraba por estuarios y marismas, dividiendo la ciudad en pequeños núcleos aislados. La solución llegó mediante un ambicioso programa de land reclamation, es decir, relleno de marismas y construcción de diques y calzadas. Entre 1715 y 1784 se acometieron proyectos como el Hornby Vellard, un gran dique que cerró la brecha de Worli y permitió ganar tierra al mar. A lo largo del siglo XVIII se levantaron también diversas causeways (calzadas elevadas) que unieron barrios antes separados por el agua.
Estos trabajos se prolongaron durante el siglo XIX: entre los años 1860 y 1900 se llevaron a cabo nuevos proyectos de relleno y construcción de calzadas que terminaron de unir físicamente las antiguas islas. El proceso no fue inmediato, sino resultado de varias fases de ingeniería hidráulica: se levantaron diques de contención para frenar el avance de las mareas, se rellenaron estuarios con tierra y escombros procedentes de canteras y desmontes, y se construyeron calzadas de piedra —conocidas como causeways— que conectaron barrios antes separados por marismas. Obras como la Colaba Causeway (1838) y la Mahim Causeway (1845) fueron esenciales para cerrar los últimos brazos de mar, transformando las siete islas en una sola península continua.
La magnitud del proyecto fue enorme: se calcula que, gracias a estas intervenciones, Bombay ganó más de 500 hectáreas de terreno al mar, creando espacio para nuevos barrios, fábricas y almacenes portuarios. El avance urbanístico coincidió con el auge del comercio algodonero, especialmente durante la Guerra de Secesión estadounidense (1861–1865), cuando Bombay se convirtió en principal proveedor de algodón para la industria textil británica. El crecimiento económico justificó nuevas inversiones en infraestructura, como los muelles de Ballard Pier y la expansión de la red ferroviaria, que conectaba directamente los campos del Decán con el puerto.
Gracias a esta labor, Bombay dejó de ser un conjunto disperso de islas para convertirse en una ciudad compacta y planificada. El trazado urbano comenzó a organizarse en torno al Fort, el núcleo colonial británico, desde donde se expandieron barrios residenciales y comerciales. Al terminar el siglo XIX, Bombay ya estaba lista para consolidarse como el gran puerto colonial del oeste de India, puerta de entrada al comercio global y laboratorio de modernidad urbana en el subcontinente.
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Del Raj británico a la independencia (1818 – 1947)

En 1818, tras la derrota del Imperio Maratha en la Tercera Guerra Anglo-Maratha, los británicos consolidaron su dominio sobre el Decán. A partir de ese momento, Bombay se transformó en un centro colonial clave, administrado directamente por la Compañía Británica de las Indias Orientales y, desde 1858, por la Corona tras la Rebelión de los Cipayos.
El siglo XIX fue la etapa de mayor despegue de la ciudad. La construcción del puerto moderno y la apertura del ferrocarril Bombay–Thane en 1853 —el primero de la India— conectaron la ciudad con el interior algodonero del Decán. El algodón, exportado masivamente a Inglaterra, convirtió a Bombay en un nodo comercial vital. La urbe vivió un boom industrial con la apertura de fábricas textiles, lo que le valió el apodo de “el Mánchester de Oriente”. Este auge atrajo a decenas de miles de migrantes de toda India, que se asentaron en chawls (bloques de viviendas obreras) y barrios populares.
El crecimiento económico vino acompañado de luchas sociales. A finales del siglo XIX surgieron los primeros movimientos sindicales y huelgas de trabajadores textiles, que reclamaban mejores salarios y condiciones de vida en una ciudad que ya empezaba a mostrar fuertes desigualdades. Bombay se convirtió en un laboratorio de conflictos urbanos, donde la riqueza colonial convivía con la precariedad de sus barrios obreros. Paralelamente, la ciudad fue también un epicentro político. En 1885 se fundó en Bombay el Congreso Nacional Indio, germen del movimiento independentista. En el siglo XX, la figura de Mahatma Gandhi dio un nuevo impulso a la movilización política: desde Bombay lanzó campañas de desobediencia civil como el Quit India Movement de 1942, que exigía la retirada inmediata de los británicos.
Cuando la India alcanzó la independencia en 1947, Bombay era ya una metrópoli de tres millones de habitantes. Había pasado de ser un archipiélago de islas a convertirse en el gran puerto del Raj británico y, finalmente, en uno de los motores de la nueva nación india.

Mumbai independiente (1947 – 2025)
Con la independencia de India en 1947, Bombay se convirtió en capital del recién creado Estado de Bombay, que reunía territorios de habla gujaratí y maratí. Durante esos primeros años, la ciudad consolidó su papel como principal centro industrial y portuario del país, atrayendo inversiones y migración desde todo el subcontinente.
Las tensiones lingüísticas y regionales marcaron un punto de inflexión. Tras intensas protestas, en 1960 el Estado de Bombay fue dividido, dando lugar a Maharashtra y Gujarat. Bombay pasó a ser capital de Maharashtra, afianzando su identidad maratí aunque sin perder su carácter cosmopolita. Las décadas siguientes estuvieron marcadas por la industrialización y la llegada de oleadas de migrantes rurales en busca de empleo. La ciudad creció sin planificación suficiente, lo que derivó en una crisis de vivienda. Millones de personas se instalaron en asentamientos informales, siendo Dharavi —hoy una de las mayores barriadas de Asia— el caso más emblemático. En estos espacios autoconstruidos floreció una intensa actividad económica informal que, con el tiempo, se volvió inseparable del funcionamiento cotidiano de la ciudad.
El gran cambio llegó con la liberalización económica de 1991, que impulsó a Mumbai como ciudad financiera global. Sede de la Bolsa de Valores de Bombay y de grandes conglomerados como Tata o Reliance, la ciudad se convirtió en el motor económico de India. Al mismo tiempo, consolidó su papel como capital cultural gracias a la expansión de Bollywood, la mayor industria cinematográfica del mundo en volumen de producción. Hoy, Mumbai es una megalópolis de más de 20 millones de habitantes que combina modernidad y desigualdad. Sus rascacielos y centros financieros conviven con barrios informales y profundas brechas sociales. La ciudad enfrenta desafíos críticos: el acceso a vivienda, la congestión urbana, la contaminación y la vulnerabilidad climática. Al mismo tiempo, es un espacio de resistencias y luchas urbanas, donde comunidades, sindicatos y movimientos sociales reivindican el derecho a la ciudad frente a la presión del capital inmobiliario y la turistificación.
De capital regional a ciudad global del siglo XXI, Mumbai refleja las contradicciones de la India contemporánea: prosperidad y precariedad, innovación y desigualdad, espectáculo y supervivencia, todo entrelazado en una metrópoli que nunca se detiene.
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