El año 1968 marcó un punto de inflexión en la historia reciente. Fue un año de movilizaciones estudiantiles, protestas obreras y cuestionamientos radicales al orden establecido en numerosos países del mundo. En ese contexto de efervescencia social e intelectual, el joven sociólogo Manuel Castells publicó un artículo provocador titulado «¿Existe una sociología urbana?» (Y a-t-il une sociologie urbaine?), donde extendía el cuestionamiento también al ámbito académico.
Su reflexión iba más allá del simple análisis de la ciudad: Castells se preguntaba si tenía sentido hablar de una disciplina autónoma dedicada al estudio de lo urbano o si, en realidad, la llamada “sociología urbana” no estaba encubriendo procesos mucho más amplios como la industrialización, la modernización o las transformaciones del capitalismo. En un momento histórico donde todo lo tradicional parecía tambalearse, Castells planteaba un reto incómodo a la academia: revisar críticamente sus objetos de estudio, sus métodos y sus marcos teóricos.
SociologiaUrbana.
Traducción del artículo
«No son las relaciones “materiales” de las cosas las que constituyen la base de delimitación de los ámbitos del trabajo científico, sino las relaciones conceptuales de los problemas: sólo cuando se aborda un problema nuevo con un método nuevo, y de esa manera se descubren verdades que abren horizontes nuevos e importantes, es cuando nace una “ciencia” nueva».
Max Weber
I. Demanda social y crisis científica
Es un hecho conocido: existen modas sociológicas, generalmente provocadas por una demanda social. La toma de conciencia que se produce en Francia respecto a los problemas planteados por el crecimiento urbano desemboca en una exigencia creciente de investigaciones en este ámbito. La consecuencia es una auténtica proliferación, desde hace algún tiempo, de lo que se llama “sociología urbana”, quizá menos en investigaciones terminadas y publicadas que en proyectos de estudio.
Una evaluación sistemática de este esfuerzo nos parece no sólo prematura, sino también fuera de nuestro alcance. Lo que intentaremos hacer es preguntarnos por la pertinencia científica de esta tendencia intelectual, fundamentalmente originada por la evolución social. La cuestión aparece con aún más fuerza cuando observamos que este desarrollo de la sociología urbana en Francia coincide con la casi desaparición de la misma como entidad autónoma en la investigación anglosajona, no tanto por una falta de interés por los “problemas urbanos” como por un estallido de la sociología urbana en varios objetos de estudio, bien diferenciados entre sí.
Dicho de forma muy general: si dejamos de lado la gran cantidad de estudios técnicos, económicos y urbanísticos sobre problemas de ordenación del espacio, los trabajos sociológicos o para-sociológicos agrupados bajo la etiqueta de “urbano” abarcan:
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por un lado, los estudios sobre el proceso global de urbanización, casi siempre en términos demográficos al estilo de Hauser o, mejor aún, los estudios del International Urban Research (Berkeley), dirigido por Kingsley Davis;
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después, las investigaciones sobre desorganización social y aculturación en la perspectiva de la Escuela de Chicago, continuadas con un enfoque renovado por investigadores como Leo Srole, Clinard, Killian o Ruth Glass, entre otros;
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finalmente, la vieja tradición de los community studies ha adquirido un estatus propio, ya sea mediante el estudio exhaustivo de una pequeña ciudad o, lo que es más frecuente, de una unidad urbana concreta.
Los trabajos del Institute of Community Studies de Londres representan un enfoque sistemático de los problemas de sociabilidad en un marco espacial definido, mientras que en los estudios norteamericanos sobre la vida suburbana —en particular los de Seeley, Berger y Dobriner— predomina un interés por explorar la unidad espacial como tal, incluso si los resultados obtenidos cuestionan la validez de dicho enfoque. Por otro lado, la ciencia política ha encontrado en la comunidad residencial un terreno privilegiado para el estudio de los procesos de decisión, lo que a veces lleva al análisis del poder local y, otras veces, a la delimitación de los sistemas de influencia. Un poco al margen del ámbito estrictamente sociológico, la ecología humana ha recuperado un nuevo impulso con Leo F. Schnore y los investigadores de la Universidad de Wisconsin, un impulso más cargado de significado de lo que su carácter aparentemente descriptivo deja entrever. Pero esto plantea un problema de fondo, sobre el que volveremos más adelante, relativo al estatus teórico de la ecología humana.
Este breve panorama, que intenta únicamente mostrar la fragmentación teórica de los estudios urbanos en varias ramas centradas en objetos científicos muy diferentes, da la falsa impresión de una proliferación de estudios, incluso a través de esta diversidad. Sin embargo, un repaso rápido de la literatura anglosajona reciente muestra la muy escasa proporción de artículos sobre el fenómeno urbano en las principales revistas y el escaso número de investigaciones originales publicadas. Por el contrario, encontramos una gran cantidad de manuales y recopilaciones sobre la vida urbana, que se convierten en realidad en obras sobre procesos sociales generales: unas adoptan la forma de exposiciones sistemáticas de la “realidad social” codificada según las categorías funcionalistas clásicas; otras se convierten en exposiciones historicistas sobre la evolución social. Esta facilidad para pasar de la “sociedad urbana” a la “sociedad global” ilustra bien, desde otro ángulo, la desaparición de la sociología urbana como objeto autónomo de investigación: identificar su objeto con la sociedad urbana conduce inevitablemente a estudiar, sin más, la sociedad en general.
Esto es justamente lo que Martindale observaba al relacionar la desaparición de la ciudad como unidad social autónoma con la desaparición de la sociología urbana como cuerpo teórico. La crisis científica de la sociología urbana es un hecho, subrayado por uno de sus principales representantes en Estados Unidos, Albert J. Reiss Jr., en su introducción a uno de los textos más conocidos sobre este tema. También lo aborda Scott Greer, cuando expone brillantemente lo que para él constituye una verdadera crisis intelectual. En el fondo, se trata —como Louis Wirth había destacado en su momento y, más recientemente, ha señalado el joven sociólogo británico Peter Mann— del problema de la existencia hipotética de un objeto científico. Sin embargo, incluso autores como los que acabamos de citar, que han sabido plantear la cuestión, no han logrado una respuesta satisfactoria. Lo cual parece indicar que no se trata de una falta de imaginación sociológica, sino de una dificultad real.
El problema no es puramente académico. Saber si la ciudad es simplemente un objeto real que debe ser descompuesto a partir de objetos propiamente científicos, o si posee una entidad sociológica propia, es una cuestión previa que condiciona toda estrategia de investigación. En un terreno donde un enfoque puramente deductivo nos parece tan inútil como pretencioso en el estado actual, debemos recurrir a lo que realmente se ha hecho hasta ahora en sociología urbana y prestar especial atención a las aportaciones recientes de la investigación en Francia. Estas adquirirán sentido en relación con la problemática que intentamos esbozar.
II. La ciudad como variable sociológica
Pocas disciplinas han sido tan dependientes de una escuela teórica determinada como la sociología urbana lo ha sido de la Escuela de Chicago. No es sorprendente, por tanto, que las dos perspectivas teóricas fundamentales que han dominado hasta ahora sean el desarrollo lógico de los dos textos pioneros de dicha escuela: el de Robert Park, The City: Suggestions for the Investigation of Human Behavior in the Urban Environment y el de Ernest Burgess, The Growth of the City: An Introduction to a Research Project. Podríamos resumirlas usando dos términos: urbanismo y urbanización. El urbanism as a way of life (urbanismo como forma de vida) y la urbanization como proceso organizado mediante un patrón de interacción entre el hombre y su entorno: he aquí, en términos propiamente sociológicos, el objeto real de lo que ha sido y sigue siendo la sociología urbana.
1. La ciudad como variable independiente
En el programa de investigación propuesto explícitamente por Robert Ezra Park se pueden encontrar prácticamente todos los procesos reales a los que la sociología ha dedicado su esfuerzo de comprensión. Es objeto de estudio todo lo que sucede en un contexto urbano. Ahora bien, dado el crecimiento constante de la población urbana en las sociedades industriales, toda la ciencia de la sociedad pasaría entonces a ser sociología urbana. Es un poco la línea seguida por los estudios de comunidades, en particular por los primeros grandes estudios (Lynd, Warner, Hollingshead, William F. Whyte, etc.): análisis exhaustivo de una sociedad local según una tradición propiamente etnológica.
Sin embargo, un examen de los principales trabajos de la Escuela de Chicago muestra que su tema central no es tanto todo lo que ocurre en la ciudad, sino —señalemos simplemente un hecho conocido— los procesos de desorganización social y desadaptación de los individuos, la persistencia de subculturas autónomas, desviantes o no, y su resistencia a la integración. Se comprende fácilmente el impacto que debió de causar en los observadores de la vida social la ciudad de Chicago, creciendo entre 1900 y 1930 a razón de medio millón de habitantes cada diez años, en su mayoría inmigrantes. Pero este sesgo excepcional en su observación no solo produjo una delimitación particular de la realidad a analizar, sino también una orientación teórica específica. Fue especialmente Louis Wirth quien supo explicitar lo que en realidad era implícito en los trabajos clásicos de Zorbaugh, Anderson, Thrasher, Reckless, etc.
La ciudad no es solo un marco de estudio, un laboratorio conveniente —para usar la expresión de Park—. La ciudad, traducida sociológicamente en términos de cultura urbana (según la expresión urbanism as a way of life), es una variable explicativa. El asentamiento permanente de una colectividad humana con alta densidad y suficiente heterogeneidad asegura la aparición de una nueva cultura caracterizada por el paso de relaciones primarias a relaciones secundarias, la segmentación de roles, el anonimato, el aislamiento, las relaciones instrumentales, la ausencia de control social directo, la diversidad y fugacidad de los vínculos sociales, el debilitamiento de los lazos familiares y la competencia individualista. Es este contexto sociocultural el que explica, en definitiva, las nuevas formas del comportamiento humano. Naturalmente, esto obliga a contraponer esta cultura a otra cultura preexistente: la cultura rural.
Pese a la escasa consistencia de esta tesis, el carácter ante todo polémico de las críticas que se le han dirigido no ha permitido aclarar del todo un malentendido importante. En efecto, después de haber demostrado en los hechos la falta de base científica de estos trabajos, varios sociólogos no han podido evitar reaccionar únicamente contra el carácter nostálgico e ideológico de las obras de Wirth o contra el bucólico Redfield, sin llevar a cabo una crítica propiamente teórica. Así, Wilensky, tras señalar la confusión de Wirth entre los efectos de la industrialización y de la urbanización, se limita a negar los efectos de desorganización social en las ciudades, basándose en el examen de las nuevas formas de control social, conectando de hecho a la Escuela de Chicago con la teoría de la sociedad de masas.
Ahora bien, el punto esencial es el siguiente: todo lo que, en la tesis de Wirth, se denomina “cultura urbana” es, en realidad, la traducción cultural de la industrialización capitalista, la emergencia de la economía de mercado y el proceso de racionalización de la sociedad moderna. Un autor como Stein, al analizar los trabajos de los pioneros en el estudio de comunidades (Park, Lynd, Warner), muestra cómo, en realidad, estudiaron respectivamente los procesos de urbanización, industrialización y burocratización de la sociedad estadounidense. Gist y Fava no dudan en equiparar los términos “urbanización” y “modernización”, y este último término se vuelve perfectamente claro cuando se usa de forma equivalente el término “occidentalización”, aplicado al desarrollo de sociedades no modernas y no urbanas. De manera más o menos explícita, toda la sociología urbana “culturalista”, con su referencia al “contexto urbano”, se basa en este principio, especialmente cuando trata los problemas de desorganización social. La deducción lógica es clara: no se trata únicamente de la falta de especificidad del objeto científico (todo lo que ocurre en un marco urbano), sino de la existencia de un objeto científico diferente y no explicitado: el proceso de aculturación a la “sociedad moderna”, es decir, a la sociedad estadounidense.
Esto es lo que, por ejemplo, diferencia a la sociología urbana de la sociología industrial. En efecto, parte de la crítica que dirigimos contra la sociología urbana podría aplicarse a cualquier rama especializada de la sociología definida por un objeto real y no por un campo teórico. Sin embargo, podría justificarse cierta organización de la investigación en la que los “sociólogos urbanos” se especializan en un concreto urbano que debe ser descompuesto y recompuesto teóricamente según cada objetivo de investigación. Esto plantea, no obstante, sus propios problemas, que veremos más adelante. Pero incluso aceptando este criterio, una buena parte de los estudios de sociología urbana tienen como objeto —científico, no solo real— algo que no es urbano. Se trata de una sociología de la integración. A pesar de las apariencias, no estamos aquí acusando a la sociología urbana de ideologización —aunque ésta sea evidente—; la integración social es un objeto de estudio perfectamente legítimo. Pero no se debería pretender agotar con su estudio la comprensión de la vida social urbana.
En un nivel más bajo de teorización, la utilización del contexto urbano como variable independiente podría partir de una diferencia en el comportamiento según el tipo de zona urbana. Pero los resultados obtenidos en ese sentido tienden a mostrar la irrelevancia del contexto como variable explicativa. Así, si tomamos como ejemplo el estudio clásico de la sociabilidad según el contexto urbano, Sweetser encontró que los factores determinantes de la sociabilidad en la unidad de vecindad eran la edad y el sexo; Form mostró que la intensidad de las relaciones variaba según el estatus social de la zona de residencia; y Dotson atribuyó el modelo de participación social local a las clases media y alta. Willmott y Young pusieron de relieve la diferencia de comportamiento de las clases sociales respecto a las relaciones de amistad y de familia, incluso dentro del mismo contexto urbano. Dobriner, en su excelente estudio sobre los suburbios, afirma que las características de las zonas urbanas dependen de las características sociales.
Encontramos resultados similares, que sería demasiado largo enumerar, en los trabajos de Ross, Catton y Smircich, Axelrod sobre participación social; en la investigación de Boggs sobre zonas criminales; y en el interesante estudio comparativo de Elias y Scotson. En cuanto se descompone el contexto urbano —incluso usando categorías tan burdas como clases sociales, edad o intereses— los procesos que parecían característicos de la unidad urbana se explican mejor por otros factores. Sin embargo, cuando hay coincidencia entre unidad social y unidad espacial, encontramos un modelo específico de sociabilidad. Por ejemplo, para Whyte, el patrón de socialización diario (“coffee klatsch”) observado en la clase media de Park Forest se debe a la coincidencia de clase socioeconómica, grupo de edad, proximidad espacial y similitud del hábitat. Vemos conclusiones similares en los estudios de Seeley (Toronto) y Berger (clase obrera).
Estas últimas observaciones muestran que quizás sería un error descartar totalmente cualquier influencia de las condiciones espaciales sobre las conductas. Pero lo que parece ya claro es la necesidad de incluir el espacio dentro de las estructuras sociales, no como una variable en sí misma, sino como un elemento del mundo real que debe ser traducido cada vez en términos de proceso social.
2. La ciudad como variable dependiente
El trabajo de Burgess sobre el modelo de crecimiento urbano en zonas concéntricas es el punto de partida de otra perspectiva teórica, que va más allá de la ecología urbana estrictamente dicha. En efecto, concebir la ciudad como producto de la acción del complejo ecológico (un sistema interdependiente entre entorno, población, tecnología y organización social) significa analizarla como producto de la dinámica social dentro de una formación histórico-geográfica específica.
Lo irritante de la formulación de Burgess es que presenta —de manera implícita— como un rasgo universal de orden natural lo que en realidad es un proceso social específico. De hecho, este análisis explica cierta dinámica urbana, como lo prueban algunos estudios realizados en otros países y, en particular, en París por Chombart de Lauwe. Léo F. Schnore estudió recientemente la adaptación de las ciudades latinoamericanas al modelo de Burgess: tras siete estudios en profundidad y el análisis general de otros cincuenta casos, concluye que existe también otro modelo urbano (con las clases altas en el centro y las “personas marginales” en la periferia), pero que ambos modelos representan momentos diferentes de un mismo proceso: un proceso de industrialización rápida, dentro de una economía de mercado y sin control voluntario sobre el crecimiento urbano.
En realidad, las tesis de Burgess se basan en ciertos presupuestos implícitos que Quinn, ortodoxo entre los ecólogos, ha expuesto con claridad: heterogeneidad social, una ciudad comercial-industrial, propiedad privada del suelo, ausencia de diferencias importantes en los medios de transporte, disponibilidad de suelo barato en la periferia, y libertad de implantación guiada únicamente por las leyes del mercado. Desde esta perspectiva, la crítica de Sjoberg —quien siguiendo a Max Weber, muestra la relación entre tipos urbanos preindustriales y sus valores sociales— obliga a la ecología humana a situar históricamente estos procesos supuestamente “naturales”. Walter Firey, por su parte, ya había mostrado la influencia de los patrones culturales sobre la ocupación del suelo en el centro de Boston. Así, cuando Kolb analiza la estructura dinámica de una ciudad como expresión de la orientación hacia valores universalistas y de éxito, no cambia el enfoque fundamental, aunque introduce un “factor más”: las valores sociales en la formación del espacio urbano.
Llegados a este punto, nos situamos al borde de una tendencia muy historicista, muy europea, muy francesa: la ciudad como producto de la Historia, reflejo de la sociedad, expresión de la acción del ser humano sobre el espacio para construir su morada, y así, tranquilos, reconectamos la sociología urbana con el devenir universal. Y, en efecto, ¿qué podría reprocharse a afirmaciones tan sensatas? Nada en realidad, salvo asentir ante la sensatez general de esta declaración de principios. Pero el verdadero problema empieza después, cuando se trata de precisar el objeto de estudio, o más exactamente, cuando debemos formular una hipótesis. Una vez aceptada la afirmación demasiado general de que existe una relación estrecha entre el proceso social y el espacio —en este caso, el espacio urbano—, hay que especificar el carácter de dicha relación. ¿Es el espacio urbano una página en blanco sobre la que la acción social se proyecta sin más mediación que los acontecimientos de cada coyuntura? ¿O existen, por el contrario, ciertas regularidades en este proceso dialéctico de una acción social que modela un contexto, pero que a su vez es influenciada por las formas ya establecidas?
La hipótesis según la cual el espacio sería una construcción puramente social equivale a hacer nacer la naturaleza de la cultura, del mismo modo que las formulaciones más primitivas de la ecología humana caían en la determinación directa de la cultura por la naturaleza. Sin embargo, hoy se acepta de forma general que la sociología empieza justamente cuando se comprende el mundo social como un conjunto integrado de elementos “naturales” y elementos “construidos”, no solo inseparables en la realidad, sino también analíticamente indisociables. La propia formulación de Robert Park contiene ya las advertencias necesarias contra ese doble peligro de una historia natural de las sociedades o de una interpretación idealista del mundo:
“La ciudad posee una organización moral tanto como una organización física, y estas dos organizaciones están atrapadas en un proceso de interacción que las modela y transforma mutuamente. La estructura de la ciudad es lo primero que llama nuestra atención debido a su amplitud y complejidad. Pero esta estructura se basa en la naturaleza humana, de la cual es una de sus formas de expresión. Por otro lado, esta vasta organización surge para responder a las necesidades de sus habitantes, pero una vez formada, se les impone como un hecho externo y bruto, y los modela a su vez según las intenciones e intereses que expresa. Estructura y tradición son, por tanto, aspectos diferentes de un complejo cultural único, que determina lo característico y específico de la ciudad”.
Nos alejamos aquí de los terrenos cómodos de la simple recolección de datos, tan cultivados por la sociología urbana. Sin embargo, pensamos que es únicamente a un cierto nivel de teorización donde pueden encontrarse verdaderas líneas de investigación que permitan descubrir lo que puede haber de científico dentro del confuso amasijo de estudios sobre lo urbano.
III. Algunas aportaciones recientes de la sociología francesa
La cuestión a la que no daremos respuesta es la siguiente: ¿tiene algún otro significado el creciente auge de la sociología urbana en Francia aparte de la simple disponibilidad (relativa) de fondos para financiar investigaciones sobre estos problemas? ¿Hasta qué punto podemos encontrar, en algunos de los trabajos más recientes en Francia, aportaciones teóricas o elementos que permitan abrir nuevos caminos? ¿O, por el contrario, estamos ante el simple reconocimiento de un fracaso intelectual? Es evidente que resulta demasiado difícil responder directamente a estas preguntas. Preferimos, adoptando un enfoque “empírico”, revisar algunos estudios que nos han parecido más interesantes entre los publicados en Francia en los dos últimos años.
Nuestra lectura es selectiva por dos motivos: primero, lo es en función de nuestro propio objetivo de investigación, ya que buscamos el anclaje teórico de cada trabajo más que una simple descripción —inevitablemente esquemática— de los resultados obtenidos; y segundo, porque no examinaremos aquí ni la enorme masa de estudios urbanísticos y descripciones sobre la estructura social urbana, ni algunas obras muy importantes pero que no encajan en nuestro propósito.
Para comenzar, salgamos de la ciudad histórica. A su sombra, se perfila una nueva civilización en la periferia del viejo núcleo. Pero ¿es autónoma esta periferia? ¿Existen realmente “ciudades” o más bien una ciudad principal y múltiples subciudades? Para medir la atracción de París sobre su periferia, el equipo del CEGS (hoy, Centro de Sociología Urbana) realizó una encuesta mediante cuestionario a 1053 hogares, siguiendo una muestra estratificada según cinco variables: distancia respecto a París, facilidad de comunicación con el centro, tipo de vivienda, edad y categoría socioprofesional. Desde el punto de vista técnico, la realización y explotación de esta encuesta parece haber estado muy por encima de la media habitual en Francia.
Bernard Lamy estudia la imagen de París según la residencia y la categoría socio-profesional. La periferia es preferida como medio de vida residencial; los barrios centrales de París son apreciados como núcleo comercial y de ocio. El París monumental ejerce escaso atractivo. El centro de la aglomeración sería, por tanto, puramente funcional, a pesar de la afirmación del autor —en el texto mecanografiado no publicado— sobre su carácter simbólico. Bernard Lamy intentó demostrar, en un trabajo posterior, cómo la frecuencia de visitas al centro está en realidad ligada a la estratificación social y ecológica. En esta misma línea se sitúa la investigación de Michel Imbert sobre la vida de ocio. Si los habitantes de la periferia frecuentan menos las actividades de ocio debido al subdesarrollo del entorno donde viven, la distancia al centro refuerza el carácter selectivo de la atracción hacia diferentes tipos de espectáculos: cuanto más se asciende en la jerarquía social, menos influye la distancia como obstáculo a la hora de frecuentar ciertos tipos de ocio propios del centro, sobre todo el teatro. Pero, en esencia, la atracción del centro parisino se basa en una oferta de ocio superior. Como consecuencia lógica, se desea una descentralización de estas instalaciones de ocio hacia la periferia.
Existe, por tanto, entre los habitantes de la periferia, una cierta indiferencia hacia el entorno parisino y una conciencia clara de estar infraequipados y limitados por obstáculos materiales (distancia, situación familiar, etc.). Esta autonomía potencial de los núcleos periféricos la encontramos igualmente en el minucioso informe de Cornuau y Rendu sobre las compras poco habituales (achats anomaux) de los habitantes de la periferia: la proporción de compras realizadas en París varía según el potencial comercial de la comuna de residencia. Sin embargo, cuando se compra en París, los factores decisivos (que actúan de manera acumulativa) son: tener el lugar de trabajo en París, pertenecer a la categoría de cuadros o empleados, y tener origen parisino.
El estudio que nos parece más sociológico es el de J.O. Retel sobre las relaciones sociales en la aglomeración parisina. En efecto, después de haber mostrado la importancia de las relaciones de parentesco, plantea la cuestión —verdaderamente fundamental— de la estructura espacial de las relaciones sociales. Retel descubre, por un lado, un tipo de sociabilidad replegada sobre el espacio inmediato, característico de los antiguos pueblos de la periferia, y particularmente de aquellos donde reside la población obrera. Por el contrario, los residentes parisinos, y en menor medida los habitantes de los barrios nuevos de la periferia, se caracterizan por una dispersión de sus relaciones familiares y de amistad en toda la aglomeración, a pesar del descontento que provocan los largos desplazamientos. Lo que se desea no es la creación de un microentorno social a nivel del barrio o del distrito, sino una mayor facilidad de comunicación dentro de la aglomeración. Retel constata entonces —según sus propios términos— que:
“La vida social urbana, tras haber pasado por una fase de estructuración territorial, encuentra un nuevo dinamismo en una estructuración puramente sociológica de los grupos urbanos entre sí.”
Esto equivale a reconocer la separación entre la unidad urbana y la vida social, y en consecuencia, a equiparar el análisis de las relaciones sociales urbanas con el estudio de las relaciones sociales en general. Si las relaciones sociales se difunden en el espacio, si la atracción del centro es más funcional que simbólica, si la asistencia a actividades de ocio no responde a la existencia de un núcleo urbano sino a un problema de accesibilidad, si las compras en París se realizan también según la posibilidad cotidiana de desplazamiento, vemos cómo desaparece todo lo que hacía de una zona urbana un núcleo social. Se trata realmente de un acumulado geográfico de funciones, que más bien debería descentralizarse para facilitar el acceso.
La conclusión de los autores, que sostienen la necesidad de crear nuevos centros urbanos en la Región Parisina, nos parece entonces una opción personal. En efecto, nada obliga a una nueva concentración de funciones, salvo el prejuicio contra “un conjunto humano que se ha vuelto demasiado vasto y anónimo por estar mal estructurado” (p. 274). En el fondo, esta amplia investigación aporta muchos conocimientos nuevos: por un lado, sobre los procesos socio-ecológicos de la Región Parisina; por otro, sobre algunas actitudes y representaciones respecto a ciertas partes de la aglomeración. Pero nos decepciona en la medida en que se prohíbe desde el principio toda explicación sociológica, al no construir variables ad hoc y al utilizar como variables de análisis lo que no deberían ser más que categorías de muestreo.
Sin un marco teórico específico, no se puede establecer una conexión entre las categorías socio-profesionales y los comportamientos espaciales, a menos que se recurra a unas vagas subculturas, cuya existencia no está generalmente demostrada ni establecida en este caso. Entonces, se acaba recurriendo a una teoría de las necesidades y aspiraciones, frustradas o satisfechas según los obstáculos naturales (como la distancia) o las barreras sociales (como el nivel socioeconómico). Para mostrar la falta de coordinación y el profundo particularismo de los diversos equipos que trabajan en sociología urbana, pasemos ahora a un mundo completamente distinto, prácticamente sin ningún vínculo teórico con el que acabamos de explorar.
Sigamos a los investigadores del Instituto de Sociología Urbana (ISU) a través del mundo del pavillón (las viviendas unifamiliares). Esta investigación se basa en el análisis semántico de 265 entrevistas no directivas realizadas a residentes de viviendas unifamiliares en 11 municipios repartidos por toda Francia. También se entrevistó a un pequeño grupo de habitantes de viviendas colectivas y copropietarios. La muestra busca reflejar cierta variedad de situaciones sociales, aunque no es representativa, ya que no se pretendía explicar las conductas de los individuos, sino captar la ideología del pavillón. Sin embargo, en una primera parte, apoyada en un análisis histórico y documental muy serio, se relaciona la evolución del pavillón en Francia con la política del Estado y de las fuerzas sociales, así como con las expresiones ideológicas de la literatura urbanística.
Al reubicar el pavillón en su contexto histórico, se pueden apreciar fácilmente los vínculos entre una urbanización desordenada y el éxito del mito del pavillón: a la vez reacción reformista contra el colectivismo e instrumento de una ideología del orden y de la austeridad; un individualismo replegado sobre la familia, fomentado tanto por una burguesía integradora como por los efectos negativos de la vivienda colectiva sin vida comunitaria real. Sin embargo, si resulta relativamente fácil relacionar el desarrollo del pavillón con la evolución social en los casos de política explícita o doctrina manifiesta, es más difícil cuando no existe una voluntad organizada, es decir, cuando hay que detectar en la estructura social los elementos que vinculan una dinámica social con un hecho concreto: el apego al pavillón.
Para los investigadores del I.S.U., no se trata de un estudio de motivaciones, sino del enraizamiento social de una ideología: la ideología del pavillón. Por ello, como primer paso de lo que parece un amplio proyecto de investigación, este estudio se presenta esencialmente como un análisis del pavillón como objeto expresivo, del espacio interior del pavillón como sistema simbólico, y de la ideología del pavillón como código de comunicación entre el residente y la sociedad.
A partir de la codificación de las entrevistas, este sistema simbólico es minuciosamente reconstruido. Aunque nos parece que la metodología no es completamente rigurosa —especialmente por la falta de definición previa del campo semántico de cada término antes de elegirlo como significante o significado—, no podemos dejar de reconocer la profundidad de ciertos análisis. Este estudio pertenece claramente a lo que podríamos denominar una “sociología clínica”, más inclinada a la observación en profundidad que a la búsqueda de regularidades generales.