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Traducción y análisis del artículo «¿Existe una sociología urbana?» (Manuel Castells, 1968)

  • 19 mayo, 2025
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  • Juan Pérez Ventura

El año 1968 marcó un punto de inflexión en la historia reciente. Fue un año de movilizaciones estudiantiles, protestas obreras y cuestionamientos radicales al orden establecido en numerosos países del mundo. En ese contexto de efervescencia social e intelectual, el joven sociólogo Manuel Castells publicó un artículo provocador titulado «¿Existe una sociología urbana?» (Y a-t-il une sociologie urbaine?), donde extendía el cuestionamiento también al ámbito académico.

Su reflexión iba más allá del simple análisis de la ciudad: Castells se preguntaba si tenía sentido hablar de una disciplina autónoma dedicada al estudio de lo urbano o si, en realidad, la llamada “sociología urbana” no estaba encubriendo procesos mucho más amplios como la industrialización, la modernización o las transformaciones del capitalismo. En un momento histórico donde todo lo tradicional parecía tambalearse, Castells planteaba un reto incómodo a la academia: revisar críticamente sus objetos de estudio, sus métodos y sus marcos teóricos.

SociologiaUrbana

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Traducción del artículo

«No son las relaciones “materiales” de las cosas las que constituyen la base de delimitación de los ámbitos del trabajo científico, sino las relaciones conceptuales de los problemas: sólo cuando se aborda un problema nuevo con un método nuevo, y de esa manera se descubren verdades que abren horizontes nuevos e importantes, es cuando nace una “ciencia” nueva».

Max Weber

I. Demanda social y crisis científica

Es un hecho conocido: existen modas sociológicas, generalmente provocadas por una demanda social. La toma de conciencia que se produce en Francia respecto a los problemas planteados por el crecimiento urbano desemboca en una exigencia creciente de investigaciones en este ámbito. La consecuencia es una auténtica proliferación, desde hace algún tiempo, de lo que se llama “sociología urbana”, quizá menos en investigaciones terminadas y publicadas que en proyectos de estudio.

Una evaluación sistemática de este esfuerzo nos parece no sólo prematura, sino también fuera de nuestro alcance. Lo que intentaremos hacer es preguntarnos por la pertinencia científica de esta tendencia intelectual, fundamentalmente originada por la evolución social. La cuestión aparece con aún más fuerza cuando observamos que este desarrollo de la sociología urbana en Francia coincide con la casi desaparición de la misma como entidad autónoma en la investigación anglosajona, no tanto por una falta de interés por los “problemas urbanos” como por un estallido de la sociología urbana en varios objetos de estudio, bien diferenciados entre sí.

Dicho de forma muy general: si dejamos de lado la gran cantidad de estudios técnicos, económicos y urbanísticos sobre problemas de ordenación del espacio, los trabajos sociológicos o para-sociológicos agrupados bajo la etiqueta de “urbano” abarcan:

  • por un lado, los estudios sobre el proceso global de urbanización, casi siempre en términos demográficos al estilo de Hauser o, mejor aún, los estudios del International Urban Research (Berkeley), dirigido por Kingsley Davis;

  • después, las investigaciones sobre desorganización social y aculturación en la perspectiva de la Escuela de Chicago, continuadas con un enfoque renovado por investigadores como Leo Srole, Clinard, Killian o Ruth Glass, entre otros;

  • finalmente, la vieja tradición de los community studies ha adquirido un estatus propio, ya sea mediante el estudio exhaustivo de una pequeña ciudad o, lo que es más frecuente, de una unidad urbana concreta.

Los trabajos del Institute of Community Studies de Londres representan un enfoque sistemático de los problemas de sociabilidad en un marco espacial definido, mientras que en los estudios norteamericanos sobre la vida suburbana —en particular los de Seeley, Berger y Dobriner— predomina un interés por explorar la unidad espacial como tal, incluso si los resultados obtenidos cuestionan la validez de dicho enfoque. Por otro lado, la ciencia política ha encontrado en la comunidad residencial un terreno privilegiado para el estudio de los procesos de decisión, lo que a veces lleva al análisis del poder local y, otras veces, a la delimitación de los sistemas de influencia. Un poco al margen del ámbito estrictamente sociológico, la ecología humana ha recuperado un nuevo impulso con Leo F. Schnore y los investigadores de la Universidad de Wisconsin, un impulso más cargado de significado de lo que su carácter aparentemente descriptivo deja entrever. Pero esto plantea un problema de fondo, sobre el que volveremos más adelante, relativo al estatus teórico de la ecología humana.

Este breve panorama, que intenta únicamente mostrar la fragmentación teórica de los estudios urbanos en varias ramas centradas en objetos científicos muy diferentes, da la falsa impresión de una proliferación de estudios, incluso a través de esta diversidad. Sin embargo, un repaso rápido de la literatura anglosajona reciente muestra la muy escasa proporción de artículos sobre el fenómeno urbano en las principales revistas y el escaso número de investigaciones originales publicadas. Por el contrario, encontramos una gran cantidad de manuales y recopilaciones sobre la vida urbana, que se convierten en realidad en obras sobre procesos sociales generales: unas adoptan la forma de exposiciones sistemáticas de la “realidad social” codificada según las categorías funcionalistas clásicas; otras se convierten en exposiciones historicistas sobre la evolución social. Esta facilidad para pasar de la “sociedad urbana” a la “sociedad global” ilustra bien, desde otro ángulo, la desaparición de la sociología urbana como objeto autónomo de investigación: identificar su objeto con la sociedad urbana conduce inevitablemente a estudiar, sin más, la sociedad en general.

Esto es justamente lo que Martindale observaba al relacionar la desaparición de la ciudad como unidad social autónoma con la desaparición de la sociología urbana como cuerpo teórico. La crisis científica de la sociología urbana es un hecho, subrayado por uno de sus principales representantes en Estados Unidos, Albert J. Reiss Jr., en su introducción a uno de los textos más conocidos sobre este tema. También lo aborda Scott Greer, cuando expone brillantemente lo que para él constituye una verdadera crisis intelectual. En el fondo, se trata —como Louis Wirth había destacado en su momento y, más recientemente, ha señalado el joven sociólogo británico Peter Mann— del problema de la existencia hipotética de un objeto científico. Sin embargo, incluso autores como los que acabamos de citar, que han sabido plantear la cuestión, no han logrado una respuesta satisfactoria. Lo cual parece indicar que no se trata de una falta de imaginación sociológica, sino de una dificultad real.

El problema no es puramente académico. Saber si la ciudad es simplemente un objeto real que debe ser descompuesto a partir de objetos propiamente científicos, o si posee una entidad sociológica propia, es una cuestión previa que condiciona toda estrategia de investigación. En un terreno donde un enfoque puramente deductivo nos parece tan inútil como pretencioso en el estado actual, debemos recurrir a lo que realmente se ha hecho hasta ahora en sociología urbana y prestar especial atención a las aportaciones recientes de la investigación en Francia. Estas adquirirán sentido en relación con la problemática que intentamos esbozar.

II. La ciudad como variable sociológica

Pocas disciplinas han sido tan dependientes de una escuela teórica determinada como la sociología urbana lo ha sido de la Escuela de Chicago. No es sorprendente, por tanto, que las dos perspectivas teóricas fundamentales que han dominado hasta ahora sean el desarrollo lógico de los dos textos pioneros de dicha escuela: el de Robert Park, The City: Suggestions for the Investigation of Human Behavior in the Urban Environment y el de Ernest Burgess, The Growth of the City: An Introduction to a Research Project. Podríamos resumirlas usando dos términos: urbanismo y urbanización. El urbanism as a way of life (urbanismo como forma de vida) y la urbanization como proceso organizado mediante un patrón de interacción entre el hombre y su entorno: he aquí, en términos propiamente sociológicos, el objeto real de lo que ha sido y sigue siendo la sociología urbana.

1. La ciudad como variable independiente

En el programa de investigación propuesto explícitamente por Robert Ezra Park se pueden encontrar prácticamente todos los procesos reales a los que la sociología ha dedicado su esfuerzo de comprensión. Es objeto de estudio todo lo que sucede en un contexto urbano. Ahora bien, dado el crecimiento constante de la población urbana en las sociedades industriales, toda la ciencia de la sociedad pasaría entonces a ser sociología urbana. Es un poco la línea seguida por los estudios de comunidades, en particular por los primeros grandes estudios (Lynd, Warner, Hollingshead, William F. Whyte, etc.): análisis exhaustivo de una sociedad local según una tradición propiamente etnológica.

Sin embargo, un examen de los principales trabajos de la Escuela de Chicago muestra que su tema central no es tanto todo lo que ocurre en la ciudad, sino —señalemos simplemente un hecho conocido— los procesos de desorganización social y desadaptación de los individuos, la persistencia de subculturas autónomas, desviantes o no, y su resistencia a la integración. Se comprende fácilmente el impacto que debió de causar en los observadores de la vida social la ciudad de Chicago, creciendo entre 1900 y 1930 a razón de medio millón de habitantes cada diez años, en su mayoría inmigrantes. Pero este sesgo excepcional en su observación no solo produjo una delimitación particular de la realidad a analizar, sino también una orientación teórica específica. Fue especialmente Louis Wirth quien supo explicitar lo que en realidad era implícito en los trabajos clásicos de Zorbaugh, Anderson, Thrasher, Reckless, etc.

La ciudad no es solo un marco de estudio, un laboratorio conveniente —para usar la expresión de Park—. La ciudad, traducida sociológicamente en términos de cultura urbana (según la expresión urbanism as a way of life), es una variable explicativa. El asentamiento permanente de una colectividad humana con alta densidad y suficiente heterogeneidad asegura la aparición de una nueva cultura caracterizada por el paso de relaciones primarias a relaciones secundarias, la segmentación de roles, el anonimato, el aislamiento, las relaciones instrumentales, la ausencia de control social directo, la diversidad y fugacidad de los vínculos sociales, el debilitamiento de los lazos familiares y la competencia individualista. Es este contexto sociocultural el que explica, en definitiva, las nuevas formas del comportamiento humano. Naturalmente, esto obliga a contraponer esta cultura a otra cultura preexistente: la cultura rural.

Pese a la escasa consistencia de esta tesis, el carácter ante todo polémico de las críticas que se le han dirigido no ha permitido aclarar del todo un malentendido importante. En efecto, después de haber demostrado en los hechos la falta de base científica de estos trabajos, varios sociólogos no han podido evitar reaccionar únicamente contra el carácter nostálgico e ideológico de las obras de Wirth o contra el bucólico Redfield, sin llevar a cabo una crítica propiamente teórica. Así, Wilensky, tras señalar la confusión de Wirth entre los efectos de la industrialización y de la urbanización, se limita a negar los efectos de desorganización social en las ciudades, basándose en el examen de las nuevas formas de control social, conectando de hecho a la Escuela de Chicago con la teoría de la sociedad de masas.

Ahora bien, el punto esencial es el siguiente: todo lo que, en la tesis de Wirth, se denomina “cultura urbana” es, en realidad, la traducción cultural de la industrialización capitalista, la emergencia de la economía de mercado y el proceso de racionalización de la sociedad moderna. Un autor como Stein, al analizar los trabajos de los pioneros en el estudio de comunidades (Park, Lynd, Warner), muestra cómo, en realidad, estudiaron respectivamente los procesos de urbanización, industrialización y burocratización de la sociedad estadounidense. Gist y Fava no dudan en equiparar los términos “urbanización” y “modernización”, y este último término se vuelve perfectamente claro cuando se usa de forma equivalente el término “occidentalización”, aplicado al desarrollo de sociedades no modernas y no urbanas. De manera más o menos explícita, toda la sociología urbana “culturalista”, con su referencia al “contexto urbano”, se basa en este principio, especialmente cuando trata los problemas de desorganización social. La deducción lógica es clara: no se trata únicamente de la falta de especificidad del objeto científico (todo lo que ocurre en un marco urbano), sino de la existencia de un objeto científico diferente y no explicitado: el proceso de aculturación a la “sociedad moderna”, es decir, a la sociedad estadounidense.

Esto es lo que, por ejemplo, diferencia a la sociología urbana de la sociología industrial. En efecto, parte de la crítica que dirigimos contra la sociología urbana podría aplicarse a cualquier rama especializada de la sociología definida por un objeto real y no por un campo teórico. Sin embargo, podría justificarse cierta organización de la investigación en la que los “sociólogos urbanos” se especializan en un concreto urbano que debe ser descompuesto y recompuesto teóricamente según cada objetivo de investigación. Esto plantea, no obstante, sus propios problemas, que veremos más adelante. Pero incluso aceptando este criterio, una buena parte de los estudios de sociología urbana tienen como objeto —científico, no solo real— algo que no es urbano. Se trata de una sociología de la integración. A pesar de las apariencias, no estamos aquí acusando a la sociología urbana de ideologización —aunque ésta sea evidente—; la integración social es un objeto de estudio perfectamente legítimo. Pero no se debería pretender agotar con su estudio la comprensión de la vida social urbana.

En un nivel más bajo de teorización, la utilización del contexto urbano como variable independiente podría partir de una diferencia en el comportamiento según el tipo de zona urbana. Pero los resultados obtenidos en ese sentido tienden a mostrar la irrelevancia del contexto como variable explicativa. Así, si tomamos como ejemplo el estudio clásico de la sociabilidad según el contexto urbano, Sweetser encontró que los factores determinantes de la sociabilidad en la unidad de vecindad eran la edad y el sexo; Form mostró que la intensidad de las relaciones variaba según el estatus social de la zona de residencia; y Dotson atribuyó el modelo de participación social local a las clases media y alta. Willmott y Young pusieron de relieve la diferencia de comportamiento de las clases sociales respecto a las relaciones de amistad y de familia, incluso dentro del mismo contexto urbano. Dobriner, en su excelente estudio sobre los suburbios, afirma que las características de las zonas urbanas dependen de las características sociales.

Encontramos resultados similares, que sería demasiado largo enumerar, en los trabajos de Ross, Catton y Smircich, Axelrod sobre participación social; en la investigación de Boggs sobre zonas criminales; y en el interesante estudio comparativo de Elias y Scotson. En cuanto se descompone el contexto urbano —incluso usando categorías tan burdas como clases sociales, edad o intereses— los procesos que parecían característicos de la unidad urbana se explican mejor por otros factores. Sin embargo, cuando hay coincidencia entre unidad social y unidad espacial, encontramos un modelo específico de sociabilidad. Por ejemplo, para Whyte, el patrón de socialización diario (“coffee klatsch”) observado en la clase media de Park Forest se debe a la coincidencia de clase socioeconómica, grupo de edad, proximidad espacial y similitud del hábitat. Vemos conclusiones similares en los estudios de Seeley (Toronto) y Berger (clase obrera).

Estas últimas observaciones muestran que quizás sería un error descartar totalmente cualquier influencia de las condiciones espaciales sobre las conductas. Pero lo que parece ya claro es la necesidad de incluir el espacio dentro de las estructuras sociales, no como una variable en sí misma, sino como un elemento del mundo real que debe ser traducido cada vez en términos de proceso social.

2. La ciudad como variable dependiente

El trabajo de Burgess sobre el modelo de crecimiento urbano en zonas concéntricas es el punto de partida de otra perspectiva teórica, que va más allá de la ecología urbana estrictamente dicha. En efecto, concebir la ciudad como producto de la acción del complejo ecológico (un sistema interdependiente entre entorno, población, tecnología y organización social) significa analizarla como producto de la dinámica social dentro de una formación histórico-geográfica específica.

Lo irritante de la formulación de Burgess es que presenta —de manera implícita— como un rasgo universal de orden natural lo que en realidad es un proceso social específico. De hecho, este análisis explica cierta dinámica urbana, como lo prueban algunos estudios realizados en otros países y, en particular, en París por Chombart de Lauwe. Léo F. Schnore estudió recientemente la adaptación de las ciudades latinoamericanas al modelo de Burgess: tras siete estudios en profundidad y el análisis general de otros cincuenta casos, concluye que existe también otro modelo urbano (con las clases altas en el centro y las “personas marginales” en la periferia), pero que ambos modelos representan momentos diferentes de un mismo proceso: un proceso de industrialización rápida, dentro de una economía de mercado y sin control voluntario sobre el crecimiento urbano.

En realidad, las tesis de Burgess se basan en ciertos presupuestos implícitos que Quinn, ortodoxo entre los ecólogos, ha expuesto con claridad: heterogeneidad social, una ciudad comercial-industrial, propiedad privada del suelo, ausencia de diferencias importantes en los medios de transporte, disponibilidad de suelo barato en la periferia, y libertad de implantación guiada únicamente por las leyes del mercado. Desde esta perspectiva, la crítica de Sjoberg —quien siguiendo a Max Weber, muestra la relación entre tipos urbanos preindustriales y sus valores sociales— obliga a la ecología humana a situar históricamente estos procesos supuestamente “naturales”. Walter Firey, por su parte, ya había mostrado la influencia de los patrones culturales sobre la ocupación del suelo en el centro de Boston. Así, cuando Kolb analiza la estructura dinámica de una ciudad como expresión de la orientación hacia valores universalistas y de éxito, no cambia el enfoque fundamental, aunque introduce un “factor más”: las valores sociales en la formación del espacio urbano.

Llegados a este punto, nos situamos al borde de una tendencia muy historicista, muy europea, muy francesa: la ciudad como producto de la Historia, reflejo de la sociedad, expresión de la acción del ser humano sobre el espacio para construir su morada, y así, tranquilos, reconectamos la sociología urbana con el devenir universal. Y, en efecto, ¿qué podría reprocharse a afirmaciones tan sensatas? Nada en realidad, salvo asentir ante la sensatez general de esta declaración de principios. Pero el verdadero problema empieza después, cuando se trata de precisar el objeto de estudio, o más exactamente, cuando debemos formular una hipótesis. Una vez aceptada la afirmación demasiado general de que existe una relación estrecha entre el proceso social y el espacio —en este caso, el espacio urbano—, hay que especificar el carácter de dicha relación. ¿Es el espacio urbano una página en blanco sobre la que la acción social se proyecta sin más mediación que los acontecimientos de cada coyuntura? ¿O existen, por el contrario, ciertas regularidades en este proceso dialéctico de una acción social que modela un contexto, pero que a su vez es influenciada por las formas ya establecidas?

La hipótesis según la cual el espacio sería una construcción puramente social equivale a hacer nacer la naturaleza de la cultura, del mismo modo que las formulaciones más primitivas de la ecología humana caían en la determinación directa de la cultura por la naturaleza. Sin embargo, hoy se acepta de forma general que la sociología empieza justamente cuando se comprende el mundo social como un conjunto integrado de elementos “naturales” y elementos “construidos”, no solo inseparables en la realidad, sino también analíticamente indisociables. La propia formulación de Robert Park contiene ya las advertencias necesarias contra ese doble peligro de una historia natural de las sociedades o de una interpretación idealista del mundo:

“La ciudad posee una organización moral tanto como una organización física, y estas dos organizaciones están atrapadas en un proceso de interacción que las modela y transforma mutuamente. La estructura de la ciudad es lo primero que llama nuestra atención debido a su amplitud y complejidad. Pero esta estructura se basa en la naturaleza humana, de la cual es una de sus formas de expresión. Por otro lado, esta vasta organización surge para responder a las necesidades de sus habitantes, pero una vez formada, se les impone como un hecho externo y bruto, y los modela a su vez según las intenciones e intereses que expresa. Estructura y tradición son, por tanto, aspectos diferentes de un complejo cultural único, que determina lo característico y específico de la ciudad”.

Nos alejamos aquí de los terrenos cómodos de la simple recolección de datos, tan cultivados por la sociología urbana. Sin embargo, pensamos que es únicamente a un cierto nivel de teorización donde pueden encontrarse verdaderas líneas de investigación que permitan descubrir lo que puede haber de científico dentro del confuso amasijo de estudios sobre lo urbano.

III. Algunas aportaciones recientes de la sociología francesa

La cuestión a la que no daremos respuesta es la siguiente: ¿tiene algún otro significado el creciente auge de la sociología urbana en Francia aparte de la simple disponibilidad (relativa) de fondos para financiar investigaciones sobre estos problemas? ¿Hasta qué punto podemos encontrar, en algunos de los trabajos más recientes en Francia, aportaciones teóricas o elementos que permitan abrir nuevos caminos? ¿O, por el contrario, estamos ante el simple reconocimiento de un fracaso intelectual? Es evidente que resulta demasiado difícil responder directamente a estas preguntas. Preferimos, adoptando un enfoque “empírico”, revisar algunos estudios que nos han parecido más interesantes entre los publicados en Francia en los dos últimos años.

Nuestra lectura es selectiva por dos motivos: primero, lo es en función de nuestro propio objetivo de investigación, ya que buscamos el anclaje teórico de cada trabajo más que una simple descripción —inevitablemente esquemática— de los resultados obtenidos; y segundo, porque no examinaremos aquí ni la enorme masa de estudios urbanísticos y descripciones sobre la estructura social urbana, ni algunas obras muy importantes pero que no encajan en nuestro propósito.

Para comenzar, salgamos de la ciudad histórica. A su sombra, se perfila una nueva civilización en la periferia del viejo núcleo. Pero ¿es autónoma esta periferia? ¿Existen realmente “ciudades” o más bien una ciudad principal y múltiples subciudades? Para medir la atracción de París sobre su periferia, el equipo del CEGS (hoy, Centro de Sociología Urbana) realizó una encuesta mediante cuestionario a 1053 hogares, siguiendo una muestra estratificada según cinco variables: distancia respecto a París, facilidad de comunicación con el centro, tipo de vivienda, edad y categoría socioprofesional. Desde el punto de vista técnico, la realización y explotación de esta encuesta parece haber estado muy por encima de la media habitual en Francia.

Bernard Lamy estudia la imagen de París según la residencia y la categoría socio-profesional. La periferia es preferida como medio de vida residencial; los barrios centrales de París son apreciados como núcleo comercial y de ocio. El París monumental ejerce escaso atractivo. El centro de la aglomeración sería, por tanto, puramente funcional, a pesar de la afirmación del autor —en el texto mecanografiado no publicado— sobre su carácter simbólico. Bernard Lamy intentó demostrar, en un trabajo posterior, cómo la frecuencia de visitas al centro está en realidad ligada a la estratificación social y ecológica. En esta misma línea se sitúa la investigación de Michel Imbert sobre la vida de ocio. Si los habitantes de la periferia frecuentan menos las actividades de ocio debido al subdesarrollo del entorno donde viven, la distancia al centro refuerza el carácter selectivo de la atracción hacia diferentes tipos de espectáculos: cuanto más se asciende en la jerarquía social, menos influye la distancia como obstáculo a la hora de frecuentar ciertos tipos de ocio propios del centro, sobre todo el teatro. Pero, en esencia, la atracción del centro parisino se basa en una oferta de ocio superior. Como consecuencia lógica, se desea una descentralización de estas instalaciones de ocio hacia la periferia.

Existe, por tanto, entre los habitantes de la periferia, una cierta indiferencia hacia el entorno parisino y una conciencia clara de estar infraequipados y limitados por obstáculos materiales (distancia, situación familiar, etc.). Esta autonomía potencial de los núcleos periféricos la encontramos igualmente en el minucioso informe de Cornuau y Rendu sobre las compras poco habituales (achats anomaux) de los habitantes de la periferia: la proporción de compras realizadas en París varía según el potencial comercial de la comuna de residencia. Sin embargo, cuando se compra en París, los factores decisivos (que actúan de manera acumulativa) son: tener el lugar de trabajo en París, pertenecer a la categoría de cuadros o empleados, y tener origen parisino.

El estudio que nos parece más sociológico es el de J.O. Retel sobre las relaciones sociales en la aglomeración parisina. En efecto, después de haber mostrado la importancia de las relaciones de parentesco, plantea la cuestión —verdaderamente fundamental— de la estructura espacial de las relaciones sociales. Retel descubre, por un lado, un tipo de sociabilidad replegada sobre el espacio inmediato, característico de los antiguos pueblos de la periferia, y particularmente de aquellos donde reside la población obrera. Por el contrario, los residentes parisinos, y en menor medida los habitantes de los barrios nuevos de la periferia, se caracterizan por una dispersión de sus relaciones familiares y de amistad en toda la aglomeración, a pesar del descontento que provocan los largos desplazamientos. Lo que se desea no es la creación de un microentorno social a nivel del barrio o del distrito, sino una mayor facilidad de comunicación dentro de la aglomeración. Retel constata entonces —según sus propios términos— que:

“La vida social urbana, tras haber pasado por una fase de estructuración territorial, encuentra un nuevo dinamismo en una estructuración puramente sociológica de los grupos urbanos entre sí.”

Esto equivale a reconocer la separación entre la unidad urbana y la vida social, y en consecuencia, a equiparar el análisis de las relaciones sociales urbanas con el estudio de las relaciones sociales en general. Si las relaciones sociales se difunden en el espacio, si la atracción del centro es más funcional que simbólica, si la asistencia a actividades de ocio no responde a la existencia de un núcleo urbano sino a un problema de accesibilidad, si las compras en París se realizan también según la posibilidad cotidiana de desplazamiento, vemos cómo desaparece todo lo que hacía de una zona urbana un núcleo social. Se trata realmente de un acumulado geográfico de funciones, que más bien debería descentralizarse para facilitar el acceso.

La conclusión de los autores, que sostienen la necesidad de crear nuevos centros urbanos en la Región Parisina, nos parece entonces una opción personal. En efecto, nada obliga a una nueva concentración de funciones, salvo el prejuicio contra “un conjunto humano que se ha vuelto demasiado vasto y anónimo por estar mal estructurado” (p. 274). En el fondo, esta amplia investigación aporta muchos conocimientos nuevos: por un lado, sobre los procesos socio-ecológicos de la Región Parisina; por otro, sobre algunas actitudes y representaciones respecto a ciertas partes de la aglomeración. Pero nos decepciona en la medida en que se prohíbe desde el principio toda explicación sociológica, al no construir variables ad hoc y al utilizar como variables de análisis lo que no deberían ser más que categorías de muestreo.

Sin un marco teórico específico, no se puede establecer una conexión entre las categorías socio-profesionales y los comportamientos espaciales, a menos que se recurra a unas vagas subculturas, cuya existencia no está generalmente demostrada ni establecida en este caso. Entonces, se acaba recurriendo a una teoría de las necesidades y aspiraciones, frustradas o satisfechas según los obstáculos naturales (como la distancia) o las barreras sociales (como el nivel socioeconómico). Para mostrar la falta de coordinación y el profundo particularismo de los diversos equipos que trabajan en sociología urbana, pasemos ahora a un mundo completamente distinto, prácticamente sin ningún vínculo teórico con el que acabamos de explorar.

Sigamos a los investigadores del Instituto de Sociología Urbana (ISU) a través del mundo del pavillón (las viviendas unifamiliares). Esta investigación se basa en el análisis semántico de 265 entrevistas no directivas realizadas a residentes de viviendas unifamiliares en 11 municipios repartidos por toda Francia. También se entrevistó a un pequeño grupo de habitantes de viviendas colectivas y copropietarios. La muestra busca reflejar cierta variedad de situaciones sociales, aunque no es representativa, ya que no se pretendía explicar las conductas de los individuos, sino captar la ideología del pavillón. Sin embargo, en una primera parte, apoyada en un análisis histórico y documental muy serio, se relaciona la evolución del pavillón en Francia con la política del Estado y de las fuerzas sociales, así como con las expresiones ideológicas de la literatura urbanística.

Al reubicar el pavillón en su contexto histórico, se pueden apreciar fácilmente los vínculos entre una urbanización desordenada y el éxito del mito del pavillón: a la vez reacción reformista contra el colectivismo e instrumento de una ideología del orden y de la austeridad; un individualismo replegado sobre la familia, fomentado tanto por una burguesía integradora como por los efectos negativos de la vivienda colectiva sin vida comunitaria real. Sin embargo, si resulta relativamente fácil relacionar el desarrollo del pavillón con la evolución social en los casos de política explícita o doctrina manifiesta, es más difícil cuando no existe una voluntad organizada, es decir, cuando hay que detectar en la estructura social los elementos que vinculan una dinámica social con un hecho concreto: el apego al pavillón.

Para los investigadores del I.S.U., no se trata de un estudio de motivaciones, sino del enraizamiento social de una ideología: la ideología del pavillón. Por ello, como primer paso de lo que parece un amplio proyecto de investigación, este estudio se presenta esencialmente como un análisis del pavillón como objeto expresivo, del espacio interior del pavillón como sistema simbólico, y de la ideología del pavillón como código de comunicación entre el residente y la sociedad.

A partir de la codificación de las entrevistas, este sistema simbólico es minuciosamente reconstruido. Aunque nos parece que la metodología no es completamente rigurosa —especialmente por la falta de definición previa del campo semántico de cada término antes de elegirlo como significante o significado—, no podemos dejar de reconocer la profundidad de ciertos análisis. Este estudio pertenece claramente a lo que podríamos denominar una “sociología clínica”, más inclinada a la observación en profundidad que a la búsqueda de regularidades generales.

Desde nuestro punto de vista, observamos que este tipo de estudios es tanto más fructífero cuanto se inscribe dentro de un sistema teórico coherente. Y, en este caso, ese sistema no está plenamente definido. Con todo, el análisis consigue reconstruir poco a poco una visión del espacio interior del pavillón como un mundo cerrado, pero susceptible de ser invertido simbólicamente. El pavillón representa el orden, un mundo autosuficiente, custodio estable de una individualidad que se niega más allá de los límites de su cerca, límites que, además, se construyen de manera diferente según el proyecto de sociabilidad de cada familia.

Pero esto no implica una asimilación automática con una ideología conservadora. De hecho, la dificultad —bien mostrada en el informe— para vincular el sistema simbólico del pavillón a la ideología del pavillón proviene precisamente de la dificultad para analizar dicha ideología sin relacionarla con un análisis más general de las ideologías sociales. El simple análisis de las referencias habituales permite entrever conexiones entre la ideología del orden y de la estabilidad que refleja el pavillón y el mundo intencionadamente limitado y tranquilo que representa su espacio interior.

Por el contrario, dudamos de la posibilidad de extender esta perspectiva de análisis a la conexión entre el sistema simbólico y la práctica social concreta. Un sistema de signos solo puede referirse a otros signos, es decir, en este caso, a otros sistemas ideológicos. Conectar estos sistemas con los actores sociales exigiría un análisis en términos de estructuras de acción social, ya que un simple análisis histórico se quedaría únicamente en reubicar los sistemas de signos dentro de “un contexto”, lo cual acabaría en un enunciado doctrinal, no en una explicación sociológica. Desde un enfoque bastante diferente, otro equipo del Instituto de Sociología Urbana, bajo la dirección de Henri Lefebvre, analiza el papel del barrio en la ciudad. Después de una vigorosa denuncia de la ideología del barrio como una ideología integradora, Lefebvre plantea la auténtica cuestión sociológica:

  • ¿El barrio constituye o no una unidad de vida social?

  • ¿Existe una coincidencia entre espacio social y espacio geográfico?

  • ¿Se transfiere la comunidad local, entendida como red social, al nivel del barrio?

Desde nuestro punto de vista, se trata de la formulación de una problemática teórica real. Lamentablemente, las investigaciones así iniciadas no aportan respuestas concretas y, sobre todo, no se dotan de los medios metodológicos para hacerlo. Se trata de dos monografías geográfico-históricas: una sobre la evolución urbana de Argenteuil y Choisy-le-Roi; otra sobre una tipología de barrios en Suresnes, Vitry y Choisy-le-Roi. En el primer caso, se describen los cambios urbanos provocados por el rápido crecimiento ligado a la industrialización y se buscan posibles formas de vida social local, generalmente entendidas en términos de participación en asociaciones. Pero esta vida se capta solo a nivel institucional. Por lo tanto, como los centros de decisión institucional están en el ámbito municipal, se concluye que no existe una verdadera vida de barrio y se recomienda crear espacios de intercambio alrededor de los equipamientos colectivos. El carácter estrictamente descriptivo y la visión institucionalista de la vida social nos parecen impedir cualquier posibilidad de verificar la hipótesis inicial.

Por otro lado, el estudio sobre los barrios desemboca en una tipología basada en la ocupación del suelo. Sin embargo, se nos dice que el interés reside en relacionar esta ocupación diferenciada con las estrategias de las fuerzas sociales y económicas a lo largo de la historia municipal. Y aquí es donde creemos encontrarnos ante un lugar común bastante extendido dentro de la sociología urbana francesa: se ha tomado la costumbre de elaborar —casi de manera automática— estudios donde la evolución demo-urbana (en términos de actividad, uso del suelo y densidad de población) se relaciona con algunas fechas clave, como la implantación de fábricas o los resultados electorales municipales. Pero esto no nos enseña nada nuevo, porque ya no hay nadie tan ingenuo como para negar que la evolución del espacio está ligada a la evolución social general (y si aún queda algún despistado, no merece nuestra atención). La verdadera investigación comienza después: ¿De qué manera una estructura social determinada contribuye a la configuración del espacio?

No basta con describir acontecimientos particulares; es necesario un marco teórico previo sobre la producción del espacio, que no puede limitarse a una simple historia social del mismo. La noción de totalidad es fecunda para situar un problema y para exigir coherencia en los enfoques parciales. Pero se convierte en una tautología si se limita a yuxtaponer la totalidad con el evento. Esto es lo que, en nuestra opinión, ha impedido alcanzar resultados en este estudio, a pesar de la riqueza del planteamiento inicial. Quizás el trabajo más atractivo de la sociología urbana francesa reciente sea el estudio de Henri Coing sobre la renovación del “islote número 4” del distrito XIII de París. Maravillosamente escrito, con un estilo muy influenciado por Oscar Lewis, el libro intenta reconstruir las condiciones casi experimentales de un proceso de cambio social. La pregunta central es: ¿Qué ocurre en un viejo barrio insalubre, verdadero núcleo de vida social, cuando llegan las excavadoras y empiezan a levantarse los primeros bloques de viviendas modernas?

A partir de un estudio documental y estadístico previo, de la observación de algunas familias, y de entrevistas semidirigidas a una muestra no representativa de 60 hogares, Coing reconstruye primero la comunidad de barrio, fundada no solo en una imagen idealizada, sino en características ecológicas y sociales concretas:

  • la polivalencia de actividades

  • la estabilidad de la población

  • la proximidad de los lugares de trabajo

  • la importancia del pequeño comercio, con relaciones muy personalizadas con la clientela

  • y sobre todo, la pertenencia obrera.

Es, en definitiva, esta subcultura obrera, enraizada en la geografía, la que contribuye a la existencia de un sistema completo de relaciones sociales. El autor no distingue claramente entre la imagen idealizada, un tanto mítica, de la vida de barrio —recordemos que los habitantes son entrevistados en pleno proceso de renovación— y las relaciones sociales reales que definen una comunidad que nos parece demasiado armónica. Oscar Lewis, por ejemplo, no muestra esa imagen tan positiva ni en Los hijos de Sánchez ni en su estudio de Tepoztlán, donde, a diferencia de Redfield, logra captar los conflictos sociales allí donde se suponía una comunidad integrada.

En cualquier caso, Coing define con precisión el barrio desde el punto de vista sociológico, al vincular en un mismo conjunto de relaciones los elementos culturales y las bases materiales, mostradas como estrechamente interdependientes. El equilibrio de este mundo es destruido por la operación de renovación a través de la destrucción del modo de vivienda, lo cual acarrea el cambio de toda la estructura social. Sin embargo, esta destrucción podría haber sido diferente, y de hecho, ya estaba en marcha un proceso paralelo de disolución, mediante la penetración de esta subcultura obrera por lo que el autor denomina la “vida urbana”, es decir, la cultura dominante de la sociedad global. Lo específico de la renovación urbana es la aceleración del ritmo de disgregación del mundo preexistente. De ahí derivan las dificultades de adaptación en ciertos casos. Pero Coing rechaza, con razón, esa explicación simplista y paternalista tan común, según la cual se trata de un problema de “resistencia al cambio”. Para Coing, la renovación es un proceso de movilidad social:

  • para quienes tienen los medios y la capacidad, implica ascenso social;

  • para quienes no los tienen, significa un desplazamiento hacia zonas periféricas deterioradas, donde se acumulan los marginados del crecimiento urbano.

Esta capacidad de ascender no se entiende como simple adaptación psicológica, sino como resultado de la estructura social: primero hacen falta recursos económicos, pero también factores familiares (tamaño de la familia, edad del hogar, empleo femenino), y menos la categoría profesional. Coing señala que incluso entre personas con un mismo nivel económico hay diferencias de actitud frente a la “vida urbana”: algunos permanecen apegados a su modo de vida anterior; otros adoptan una actitud de “innovación controlada”; y otros se entregan a una carrera consumista, convirtiéndose en esclavos del estatus.

El análisis no se queda en una simple tipología descriptiva sino que apunta a captar las orientaciones hacia la modernidad que explican las diferentes trayectorias. Sin embargo, el único reproche serio que podemos hacer a este estudio es la ausencia de una demostración rigurosa. No se trata solo de la falta de cuantificación o de un tratamiento estadístico. Incluso una investigación de campo debe apoyarse en un marco teórico definido, establecer indicadores, aportar pruebas materiales para cada observación y vincular lógicamente dichas observaciones con las hipótesis formuladas.

El relato de Coing es muy coherente y, personalmente, nos convence. Pero, en términos del proceso acumulativo propio de cualquier ciencia, eso no es suficiente. Este trabajo ha delineado un excelente sistema de hipótesis, pero queda la tarea de verificación, sea mediante el análisis estadístico, sea mediante observaciones sistemáticas. Y, además, conviene recordar el error frecuente de oponer lo “cualitativo” a la utilización de técnicas cuantitativas en los procesos de verificación científica. La aportación reciente más importante a la teoría de la ciudad en la sociología francófona es, curiosamente, una obra de un economista belga, Jean Rémy. A pesar de su carácter eminentemente económico, nos parece relevante mencionarlo por dos razones:

  1. Porque está plenamente abierto a la sociología.

  2. Porque su objetivo teórico es ejemplar y merece inspirar un enfoque similar desde la óptica sociológica.

Jean Rémy plantea directamente la siguiente cuestión: “¿Es la ciudad simplemente un campo de aplicación de teorías elaboradas para otros componentes del sistema económico, o bien constituye una unidad económica original, irreductible a ninguna otra?”. Responder a esta pregunta le parece un requisito previo para cualquier investigación concreta o para la construcción de instrumentos de medida.

Apoyándose en una enorme cantidad de estudios económicos y sociológicos sobre las cuestiones urbanas y espaciales, intenta desarrollar una reflexión sistemática que permita determinar ciertas especificidades urbanas desde el punto de vista económico.

La unidad urbana se define, ante todo, como una aglomeración que surge a partir de las economías de escala. Estas economías de escala son ventajas basadas en la concentración espacial de funciones y empresas, de tal modo que no podrían existir fuera de dicho conjunto. En el fondo, lo esencial es este agrupamiento espacial con su conjunto interdependiente de elementos móviles e inmóviles, más que el espacio físico en sí mismo —que puede explicarse históricamente, pero no como proceso económico. Estas ventajas pueden resumirse en dos palabras: intercambio y, sobre todo, innovación. Desde este punto de vista, la ciudad se define como una unidad productiva de conocimientos socialmente nuevos. En la medida en que la información y la innovación constituyen la base de las industrias más avanzadas tecnológicamente, la ciudad deja de ser un “monstruo urbano” disfuncional para convertirse en un elemento clave del desarrollo económico.

La ciudad también se concibe como una organización general del espacio, capaz de crear bienes colectivos dentro de los cuales se valorizan los bienes individuales. La ciudad es el reino de la elección, el campo privilegiado de los procesos de movilidad social y geográfica. Pero estas ventajas individuales se apoyan sobre el contexto global, sobre la interdependencia de unidades productivas, de centros de intercambio, sobre la diversidad funcional del espacio urbano, que permite cambiar de entorno dentro de un mismo sistema de interdependencias. Es precisamente esta flexibilidad de la organización social, vinculada a la complejidad del sistema, lo que caracteriza a la ciudad más que la existencia de una cultura específica.

Lo que más nos interesa son las observaciones de Rémy sobre la vida social urbana. En efecto, si la ciudad es el mundo de la elección, del intercambio y de la innovación, entonces debe existir, incluso a nivel del proceso de consumo, una reintegración de estas fuerzas centrífugas dentro del sistema residencial. Así, por ejemplo, la segmentación de los roles se acompaña de un proceso de diferenciación simbólica del espacio urbano, lo que permite el reconocimiento entre los actores sociales y, a la vez, garantiza oportunidades de intercambio y la constitución de ambientes relativamente homogéneos, si no por el estilo de vida, sí al menos por la posición social.

Este fenómeno representa la transformación del barrio, que deja de ser un simple lugar de relaciones sociales primarias, para convertirse en un espacio simbólico urbano, donde los habitantes encuentran un equilibrio entre la diversidad del mundo urbano y una cierta identidad social. Más aún: la ciudad no es un medio de desorganización social, como a menudo se afirma, sino, por el contrario, el espacio de aculturación a la vida moderna, es decir, al proceso de cambio rápido característico de la sociedad industrial. Lo que define realmente al entorno urbano es precisamente su capacidad de generar innovación mientras la reintegra dentro de la organización social, gracias a su flexibilidad frente a las transformaciones provocadas por el crecimiento. A la inversa, la cultura industrial contribuye a transformar el contexto urbano. Así pues, se trata de un sistema estructurado en el que los elementos clave son:

  • el reconocimiento de la innovación y del intercambio como principios motores;

  • y la capacidad de absorción social como contrapartida necesaria.

Es desde perspectivas teóricas tan amplias como estas que, a nuestro entender, el problema de una sociología urbana merece plantearse. Más allá de las concepciones tradicionales, estos trabajos nos obligan a pensar la ciudad no solamente como un lugar físico o como un marco espacial para relaciones sociales, sino como un sistema complejo donde la producción económica, la producción cultural y la organización social se articulan en una lógica propia. Desde luego, esta lógica urbana se encuentra condicionada, limitada o dirigida por los grandes procesos estructurales de la sociedad: la industrialización, la organización del Estado, la estratificación social. Pero también es cierto que la ciudad produce dinámicas, formas de vida, oportunidades y resistencias que no pueden reducirse únicamente a esos procesos generales.

Sin duda, no hemos agotado el análisis de estas investigaciones recientes, ni pretendemos ofrecer conclusiones definitivas. Lo que sí podemos afirmar es que los trabajos de la sociología urbana francesa, con todos sus límites metodológicos o conceptuales, plantean preguntas fundamentales sobre la producción del espacio, las formas de integración social y las transformaciones de las comunidades bajo las condiciones de la modernidad urbana.

IV. En busca del objeto perdido

Nos gustaría aportar algo de orden a este conjunto de reflexiones provocadas por las lecturas anteriores, como resultado provisional de nuestra crítica. Solo intentamos arrojar algo de luz sobre un terreno todavía demasiado poco explorado como para ofrecer una respuesta definitiva. Ante todo, creemos que no es aceptable seguir hablando de “comportamientos urbanos” o “actitudes urbanas”. Esto es una trampa o, en el mejor de los casos, una fórmula vacía. Esta terminología presupone la existencia de una cultura urbana específica, que por tanto se opondría necesariamente a una cultura rural.

Sin embargo, como ya hemos dicho, se trata en realidad de un falso nombre para lo que es la cultura de la civilización industrial. El estudio de Sjoberg sobre las ciudades preindustriales muestra claramente la existencia de grandes ciudades que no presentan las características atribuidas a lo “urbano”. Igualmente, Max Weber señalaba la singularidad de la institución urbana occidental pese a la existencia de concentraciones urbanas en otras civilizaciones. Peter Mann demuestra que las diferencias cuantificables entre ciudad y campo son mucho menores cuando se comparan en el mismo momento histórico, y no a lo largo de una evolución campo-ciudad. Además, reconocemos que los rasgos atribuidos a la cultura urbana se encuentran también en los pueblos rurales; pero se dice entonces que es la “invasión cultural urbana” lo que lo explica. Sería absurdo negar las diferencias entre la ciudad y el campo. Lo que defendemos es que los rasgos fundamentales de esa llamada cultura urbana son consecuencia directa del proceso de industrialización, y más concretamente, en muchos casos, de la industrialización capitalista.

Es cierto que la concentración de población, la diversidad de entornos sociales y la multifuncionalidad espacial sin solución de continuidad favorecen un modelo de relaciones sociales diferente del que permite la comunidad aldeana. Pero esto es parte integrante del paso hacia la civilización industrial. Estamos demasiado acostumbrados a analizar las transformaciones sociales en términos de “factores”: “es la industria”, “es la ciudad”… cuando en realidad deberíamos reconstruir el sistema complejo de elementos sociales —incluyendo tanto valores como bases materiales— que se transforman mutuamente en el proceso de cambio. Por ejemplo: la disposición del hábitat en las grandes ciudades favorece la segmentación de los roles sociales. Pero el crecimiento rápido de las ciudades es consecuencia de la industrialización. Y la industrialización capitalista supone considerar el trabajo como mercancía, lo que implica romper las pertenencias sociales y promover la individualización de la fuerza de trabajo. Las clases sociales se constituyen como actores dentro del proceso de industrialización. Pero se organizan a partir de la existencia de grupos sociales reales, cuya base puede encontrarse, en parte, en la segregación socio-ecológica. Y así sucesivamente.

Con estos ejemplos queremos subrayar la imposibilidad —incluso analítica— de aislar los efectos de la urbanización en el contexto de la cultura global de lo que se sigue llamando “sociedad urbana”. Hemos dicho que todo ese conjunto de trabajos —especialmente los de la Escuela de Chicago— centrados en el proceso de adaptación a la cultura urbana, constituye en realidad una gran sociología de la integración. Se prolonga después en una sociología del cambio social, que analiza el paso de la sociedad rural/tradicional a la sociedad urbana/moderna. Sin embargo, aunque rechacemos la especificidad del contexto urbano de manera generalizada, reconocemos que pueden existir contextos urbanos específicos, al igual que pueden existir contextos sociales específicos delimitados en el espacio —por ejemplo, los pueblos. Esto podría fundamentar la posibilidad de una sociología de las comunidades.

Si no existe una especificidad del marco urbano como objeto científico, siempre podremos analizar la ciudad como un objeto real, adoptando enfoques teóricos pertinentes según el tema que se investigue. Pero incluso delimitando la sociología urbana sobre la base de un objeto real, encontramos una dificultad evidente, que no es tan visible en otros campos de la sociología aplicada, como la sociología de la empresa o de la educación. Porque, ¿qué deberíamos estudiar cuando decimos “la ciudad tal como es”?

  • ¿La ciudad propiamente dicha?

  • ¿La aglomeración urbana?

  • ¿La región urbana?

  • ¿Y qué aspecto concreto?
    ¿Las clases sociales? ¿Las prácticas de ocio? ¿Las pautas de consumo? ¿La distribución residencial? ¿Las formas de movilización política? ¿La implantación industrial? ¿La renovación urbana?

Resulta fácil ver que este catálogo es teóricamente dispar. A medida que el marco espacial de la vida social se hace casi universalmente urbano, todo pasa a ser objeto de la sociología urbana… y ésta se diluye en la sociología general. Por tanto, sería imprescindible, por un lado, distinguir niveles de análisis, y por otro, codificar el espacio según cada nivel, explicitando cómo se relacionan los procesos sociales con el sistema ecológico.

Empecemos por los niveles de análisis. El estudio de una ciudad puede presentarse como el estudio de la sociedad a través de un conjunto espacial particular, de la misma manera que la sociología ha sido históricamente el estudio de la acción social en conjuntos históricos particulares. Se trata, entonces, de detectar, en un recorte espacial, los mismos procesos que estamos acostumbrados a identificar en un recorte temporal.

A un nivel pre-sociológico, tenemos el estudio de la historia de dicho conjunto espacial como tal. Esto es lo propio de la ecología humana, ya sea en términos de evolución o de interdependencias coyunturales. A un segundo nivel, encontramos el análisis de la sociedad local como sistema social. Ya sea una casa o una calle, podemos analizar a las personas que viven allí, clasificarlas como actores, estudiar su sistema de interacción. Sin embargo, puede ocurrir que no exista ningún sistema social real entre los residentes de una misma calle. Entonces, el objeto real (los residentes) no se transforma en objeto científico (un sistema social). En tal caso, habría que seguir a cada individuo hasta encontrar el grupo social real al que pertenece. De la misma manera, si queremos captar un elemento del sistema de acción histórica (por ejemplo, un movimiento social), sería absurdo buscar las clases sociales en los grandes bloques residenciales: habría que recomponer teóricamente el sujeto del movimiento social en función del conflicto o tema que estudiamos.

Observamos cómo esta penetración de la “sociedad urbana” por la “sociedad general”, esta desaparición de la ciudad como objeto científico e incluso como objeto real, no equivale a la concepción tan extendida de la ciudad como proyección de la sociedad sobre el espacio. Esa perspectiva encierra implícitamente un enfoque semiológico. En efecto, si la ciudad es una proyección, el análisis se invierte respecto al habitual:

  • No estudiamos un sistema de relaciones o un proceso de acción que sucede —como todo— dentro de esa concentración social llamada ciudad.

  • “Leemos” la ciudad: los objetos físicos, la ecología de la aglomeración, se convierten en signos.

Así:

  • o nos quedamos en un nivel de construcción semántica, descubriendo coherencias internas de signos;

  • o formulamos una hipótesis de organización social local, verificable mediante la correspondencia entre organización de los significantes (espacio físico) y organización de los significados (relaciones sociales);

  • o, lo más habitual, hacemos una arqueología social, reconstruyendo la sociedad pasada a partir de los rastros materiales: calles, edificios, fábricas.

En cualquiera de estas opciones, ya no hay “urbano” como objeto científico específico. Sin embargo, no quisiéramos llevar nuestra iconoclasia hasta el extremo. Aquí y allá hemos podido detectar algunos indicios débiles de especificidad urbana. Por ello, nos gustaría sugerir bajo qué condiciones podría existir una sociología urbana como campo científico propio. A nuestro juicio, podría haber especificidad urbana en los casos donde exista coincidencia entre una unidad espacial y una unidad social:

  • ya sea a nivel de sistema social (redes de relaciones),

  • de sistema de signos (significados culturales),

  • o de sistema de acción (organización funcional).

Un ejemplo útil sería la sociología de la empresa: no porque la empresa sea un espacio físico, sino porque coincide con una organización de roles y un objetivo social específico. Si trasladamos esto a la ciudad, cada vez que detectamos la coincidencia entre un espacio urbano y un sistema social real, podemos hablar legítimamente de un objeto urbano de estudio. Así ocurre, por ejemplo, en las comunidades urbanas, donde espacio, cultura y relaciones sociales se articulan, como en el estudio de Coing sobre el barrio. Sin embargo, estos casos son cada vez más residuales dentro de la civilización industrial. El proceso dominante es el de disolución de las comunidades locales y de la absorción por la sociedad global.

Quizá la verdadera contribución de la sociología urbana sea precisamente mostrar la destrucción de las formas comunitarias, el conflicto social inscrito en el espacio, o el papel de las formas espaciales en los procesos de poder. Puede incluso que el último gran descubrimiento de la sociología urbana sea la constatación de la imposibilidad de su propia autonomía científica.

Estas observaciones no son más que ejemplos aislados de una reflexión posible sobre lo que puede quedar de científico en esta sociología que intenta relacionar procesos sociales y elementos del espacio. Su propia dificultad ilustra bien la profundidad de la crisis señalada. Si aún hiciera falta un paradoja sociológica, no sería menor que constatar que, tras medio siglo de existencia de la sociología urbana, todavía queda un único tema de investigación inédito: su propio objeto.

Análisis del artículo

Manuel Castells comienza su artículo planteando un diagnóstico claro: la sociología urbana se encuentra en crisis epistemológica. A pesar de haber acumulado décadas de estudios sobre la ciudad, no ha logrado definir claramente su objeto específico de estudio. Castells observa que bajo la etiqueta de “sociología urbana” se esconden intereses muy dispares: desde estudios sobre barrios hasta análisis demográficos o investigaciones sobre conflictos sociales.

Esto plantea una pregunta fundamental: ¿Qué es lo que realmente estudiamos cuando decimos “sociología urbana”? ¿Estamos interesados en la ciudad como fenómeno físico? ¿Nos interesa la vida moderna y los cambios culturales que trae consigo? ¿O, en el fondo, estamos estudiando procesos mucho más amplios como la industrialización o la modernización capitalista, que podrían analizarse en cualquier contexto, urbano o rural? Esta indeterminación convierte a la sociología urbana en un campo difuso, sin fronteras claras.

Crítica a la Escuela de Chicago

La Escuela de Chicago dominó la sociología urbana durante buena parte del siglo XX, especialmente a través de sus estudios sobre la ciudad como un ecosistema social. Su tesis más influyente era que la ciudad generaba su propia cultura urbana, caracterizada por relaciones impersonales, fragmentación social, anonimato y debilitamiento de los lazos tradicionales.

Castells critica de raíz esta visión: sostiene que lo que los autores de Chicago llamaban “cultura urbana” no era un efecto directo de vivir en la ciudad, sino una manifestación cultural de procesos mucho más profundos, principalmente la industrialización capitalista y los cambios estructurales asociados al mercado laboral, la segmentación de roles y la racionalización social. Por tanto, atribuir estos fenómenos a la ciudad es equivocar la causa.

La ciudad no explica nada por sí sola

Una parte importante del artículo se dedica a demostrar que la ciudad, como espacio, no determina por sí misma los comportamientos sociales. Castells revisa numerosos estudios empíricos que muestran que las diferencias sociales y culturales no dependen de vivir en un entorno urbano o rural, sino que están relacionadas con otras variables fundamentales como la clase social, la edad, el nivel educativo o la posición económica. La ciudad no es una categoría explicativa suficiente. Por ejemplo, las formas de sociabilidad, participación política o cohesión familiar se explican mucho mejor a partir de la posición social de las personas, y no por su entorno espacial. El “factor urbano” resulta ser secundario cuando se analiza rigurosamente.

Castells advierte contra una visión espacialista ingenua, que considera la ciudad como un contenedor físico donde ocurren fenómenos sociales. Según su análisis, la ciudad es una construcción social, un producto de fuerzas económicas, políticas y sociales. El espacio urbano se produce, no es un simple escenario pasivo. Por tanto, las formas espaciales (como los barrios, la segregación o los núcleos comerciales) son reflejo de conflictos de poder, de estrategias de acumulación capitalista, de políticas estatales y de luchas sociales. Esto implica que estudiar la ciudad implica comprender también sus dinámicas de producción, conflicto y dominación, y no solo sus características físicas.

El problema de la «sociología urbana»

Castells identifica un riesgo importante: bajo la etiqueta de “sociología urbana” se están englobando demasiados fenómenos heterogéneos. Desde el transporte hasta el consumo, pasando por la criminalidad o la estructura de los barrios, todo parece ser sociología urbana. El problema es que si todo es sociología urbana, entonces la disciplina no tiene un objeto claro y corre el riesgo de disolverse en la sociología general. Sin delimitación específica, la sociología urbana pierde coherencia teórica y se convierte en una mera recopilación de estudios empíricos sobre “cosas que pasan en la ciudad”, sin un marco conceptual sólido.

Castells no descarta la sociología urbana por completo. Reconoce que hay situaciones donde tiene sentido hablar de lo urbano como categoría relevante, por ejemplo:

  • Cuando espacio y sociedad coinciden, como en ciertas comunidades obreras con identidad propia y solidaridad interna.

  • Cuando existen estructuras de poder locales, como en algunas ciudades con una autonomía política significativa.

Sin embargo, Castells es pesimista: señala que estos casos son cada vez más raros debido a la globalización económica, la integración de las comunidades en redes más amplias y la progresiva disolución de la vida comunitaria bajo el avance del mercado.

Conclusión provocadora

El cierre del artículo es provocador y contundente: después de medio siglo de sociología urbana, la disciplina no ha conseguido definir su objeto específico. La conclusión de Castells es que la sociología urbana está atrapada en una contradicción fundamental: o renuncia a su autonomía científica para integrarse dentro de la sociología general (como subcampo de la sociología del capitalismo o de la modernización), o redefine de manera muy precisa en qué situaciones el “hecho urbano” tiene valor explicativo propio.

Juan Pérez Ventura

Juan Pérez Ventura es profesor por las mañanas y divulgador por las tardes. Le interesa todo. Absolutamente todo. En 2012 fundó la página web 'El orden mundial en el S.XXI', el medio de análisis internacional más leído en español. En 2023 publicó el libro 'Música y cine, año a año', una obra única que repasa de manera anual la historia de la música y el cine. En 2025 publicó el libro 'VENTURA: 100 artículos de divulgación multidisciplinar', un compendio que celebra sus 15 años como divulgador. Actualmente prepara una tesis doctoral sobre geografía urbana.

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