En los años setenta, algo cambió en la forma de pensar las ciudades. Ya no bastaba con verlas como organismos funcionales o sistemas en equilibrio. Las crisis urbanas, las desigualdades persistentes y las nuevas formas de protesta revelaban que la ciudad no era un escenario neutral, sino un campo de conflicto, poder y exclusión. Surgió entonces un nuevo enfoque que rompía con el paradigma ecológico y funcionalista: la teoría urbana crítica.
Este giro fue más que una moda académica: fue una necesidad para comprender una realidad urbana que escapaba a las categorías heredadas. La crisis fiscal de Nueva York, las revueltas barriales en París, la segregación racial en Los Ángeles, la expansión informal en el Sur Global… todo apuntaba a que las ciudades eran también productos de relaciones de clase, raza, capital y Estado. La ciudad, antes pensada como un espacio natural, comenzó a ser analizada como una construcción social y política.
Este artículo recorre ese viraje teórico: desde los pioneros del marxismo urbano hasta las teorías más recientes sobre financiarización, gentrificación y ciudad global. Un viaje que nos lleva desde los pasillos universitarios hasta las calles donde se libra la lucha por el derecho a la ciudad.
El giro marxista: ciudad y capital
Uno de los puntos de inflexión más claros en la historia del pensamiento urbano fue la incorporación del marxismo como marco analítico para entender la ciudad. Autores como Henri Lefebvre, Manuel Castells y David Harvey ofrecieron una ruptura radical con el enfoque ecológico y funcionalista anterior. A partir de los años 70, la ciudad dejó de verse como un espacio neutro o natural, para ser entendida como una forma concreta de reproducción del capitalismo, una construcción social atravesada por el conflicto de clase.
Henri Lefebvre fue una figura pionera en este giro. En El derecho a la ciudad (1968) y La producción del espacio (1974), planteó que el espacio no es un mero soporte de la actividad humana, sino que está producido por las relaciones sociales. Defendió el derecho colectivo a participar en la producción del espacio urbano y denunció cómo el urbanismo moderno funcionaba como herramienta de orden capitalista. Su visión, aunque profundamente influyente, fue criticada por su falta de sistematicidad desde sectores más estructuralistas.
Aquí entra Manuel Castells, quien en La cuestión urbana (1972) respondió precisamente a Lefebvre desde una postura más rigurosamente marxista. Para Castells, el espacio urbano debe analizarse como parte del modo de reproducción social del capitalismo: la urbanización forma parte de las condiciones necesarias para reproducir la fuerza de trabajo, y las políticas urbanas están al servicio del capital. Criticó a Lefebvre por lo que consideraba un enfoque idealista, más filosófico que analítico, y propuso centrar el estudio urbano en las estructuras económicas, políticas e institucionales que determinan la ciudad. También fue pionero en incluir el análisis de los movimientos sociales urbanos, señalando cómo las luchas por transporte, vivienda o servicios también son luchas políticas clave en el capitalismo tardío.
David Harvey, geógrafo británico, reforzó esta perspectiva con una lectura más centrada en la dinámica del capital. En Social Justice and the City (1973), comenzó a abandonar el positivismo para abrazar el marxismo, y en The Limits to Capital (1982) desarrolló una explicación profunda sobre cómo el capital resuelve sus crisis a través de la urbanización. Harvey introdujo conceptos como la acumulación por desposesión o la inversión cíclica en el espacio urbano, ayudando a explicar fenómenos como la gentrificación, el abandono planificado o la especulación inmobiliaria.
Este giro marxista no solo cambió los marcos teóricos, sino también las preguntas centrales de la teoría urbana: ya no se trataba de cómo funciona la ciudad, sino de para quién funciona, quién decide sobre su transformación y quiénes son expulsados en el proceso. La ciudad se convierte así en un campo de disputa entre capital, Estado y sociedad.
La ciudad global y el espacio del capital
Otro cambio fundamental fue la incorporación del análisis global. La urbanización dejó de entenderse como un fenómeno nacional para ser vista como parte de un sistema capitalista global. Aquí destaca el trabajo de Saskia Sassen, quien en La ciudad global (1991) propuso que ciertas ciudades —como Nueva York, Londres o Tokio— se habían convertido en nodos estratégicos de las finanzas globales. No eran simplemente grandes urbes: eran centros de comando del capitalismo transnacional.
Estas “ciudades globales” concentran poder económico, instituciones financieras, firmas legales y servicios de élite. Pero también producen nuevas formas de desigualdad: mientras una parte de la ciudad se globaliza, otra se precariza. Sassen habló de la “expulsión” de poblaciones sobrantes: migrantes, trabajadores pobres, habitantes sin valor de mercado. Lo global no era sinónimo de progreso para todos, sino de segmentación brutal del espacio urbano.
En paralelo, Neil Smith desarrolló la teoría del rent gap (brecha de renta), explicando cómo los procesos de gentrificación se basan en la diferencia entre el valor actual de un inmueble o barrio y su potencial valor especulativo. Este análisis permitió entender la gentrificación no como un fenómeno cultural o espontáneo, sino como una estrategia planificada de valorización capitalista, donde el capital regresa a zonas deprimidas para extraer nuevos beneficios.
Estas teorías ayudaron a vincular las dinámicas urbanas locales con procesos económicos globales: la financiarización, la desindustrialización, el turismo, la competencia entre ciudades. La ciudad ya no se podía pensar sin el capital global.
El derecho a la ciudad y las resistencias
Frente a estos procesos, surgieron también nuevas formas de pensar la resistencia urbana. El concepto de derecho a la ciudad, formulado por Lefebvre y actualizado por autores como Harvey o Peter Marcuse, se convirtió en bandera de múltiples movimientos sociales. No se trataba solo de evitar el desalojo o exigir vivienda: se reivindicaba el derecho a participar en la producción del espacio, a imaginar y construir colectivamente otras formas de ciudad.
David Harvey, en Ciudades rebeldes (2012), propuso que las luchas urbanas son centrales en la resistencia al capitalismo contemporáneo. Desde las revueltas en El Cairo hasta las ocupaciones en Madrid, pasando por los movimientos por la vivienda en Brasil o los barrios en lucha en Nueva York, Harvey veía la ciudad como espacio privilegiado de conflicto político. El urbanismo no es neutro: planifica quién puede habitar, circular o gozar del espacio, y por tanto puede ser disputado.
Sharon Zukin, desde otra perspectiva, mostró cómo la cultura también juega un papel clave en la reconfiguración urbana. En Naked City (2010), explicó cómo las nociones de autenticidad, gusto o consumo cultural son utilizadas para transformar barrios populares en zonas atractivas para las clases medias y altas. Este proceso —que incluye galerías, cafés, festivales— no es inocente: es parte del proceso de gentrificación simbólica y económica.
Estas contribuciones colocan el foco en los habitantes, en las prácticas cotidianas, en las formas de resistencia y de apropiación del espacio. La ciudad, además de ser espacio de acumulación, es espacio de posibilidad.
Urbanismo en el Sur Global: informalidad, hibridez y nuevas epistemologías
Uno de los aportes más recientes y potentes en la teoría urbana contemporánea viene desde el Sur Global. Autoras como Ananya Roy o Jennifer Robinson han cuestionado la universalidad de las teorías urbanas producidas en el Norte, especialmente aquellas que intentan aplicar conceptos como gentrificación o rent gap sin tener en cuenta las realidades de informalidad, fragmentación o hibridación de muchas ciudades del Sur.
Ananya Roy, en su texto Urban Informality (2005), mostró cómo lo informal no es un “fallo” que deba ser corregido, sino una lógica de gobierno urbana. En ciudades como Mumbai o Ciudad de México, la informalidad no solo es tolerada, sino instrumentalizada por el Estado y el mercado como herramienta de control, valorización o exclusión.
Jennifer Robinson, por su parte, propone abandonar la obsesión con las “ciudades globales” y prestar atención a las ciudades ordinarias. Desde esta mirada, todas las ciudades —grandes o pequeñas, ricas o pobres— pueden generar teoría y deben ser tomadas en serio como objetos de conocimiento. Esto implica construir epistemologías urbanas situadas, que no apliquen mecánicamente modelos del Norte, sino que surjan desde los propios territorios y experiencias urbanas.
Este giro ha permitido pensar fenómenos como la gentrificación informal (coexistencia entre valorización del suelo e informalidad), la turistificación en barrios populares del Sur o las formas híbridas de resistencia comunitaria. Se trata de descolonizar la teoría urbana y construir un conocimiento más plural, crítico y enraizado en la experiencia concreta.
Conclusión: pensar la ciudad para transformarla
La teoría urbana contemporánea ya no se contenta con describir. Se ha convertido en un espacio de disputa, donde distintas visiones del mundo se enfrentan: ciudad como mercancía o como derecho, espacio como soporte del capital o como bien común, planificación como control o como herramienta democrática. Leer a Harvey, a Lefebvre o a Sassen no es solo un ejercicio académico: es una forma de comprender los conflictos urbanos actuales y posicionarse ante ellos.
Desde las luchas por el alquiler hasta las protestas contra la turistificación, pasando por las resistencias al racismo urbano o a la expulsión de barrios históricos, las ideas cuentan. Y las ciudades son tanto producto de fuerzas estructurales como de imaginarios y aspiraciones colectivas. Pensarlas críticamente es el primer paso para transformarlas.
La historia de la teoría urbana no ha terminado. Hoy se escribe en barrios que resisten, en colectivos que se organizan, en académicas que investigan desde el sur y en vecinas que defienden su derecho a habitar. Porque la ciudad —como dijo Lefebvre— no es solo un espacio para vivir: es una obra colectiva en disputa.




