En el debate académico sobre gentrificación, una parte significativa de la literatura se ha centrado en sus efectos negativos, especialmente en la expulsión de residentes vulnerables y en la profundización de desigualdades urbanas. Sin embargo, algunos autores defienden que la gentrificación puede generar efectos positivos en las ciudades y en la calidad de vida de sus habitantes, subrayando la necesidad de políticas complementarias que minimicen los posibles perjuicios.
Es el caso de Edward Glaeser, economista urbano de Harvard cuyas investigaciones defienden la densificación como motor de dinamismo económico, innovación y reducción de desigualdades a largo plazo. En obras como «Triumph of the City» (2011) y en numerosos artículos académicos, argumenta que las ciudades concentran talento y oportunidades, generando externalidades positivas que fomentan el crecimiento económico. Glaeser sostiene quel
- Las restricciones a la construcción, como límites de altura o regulaciones de zonificación estrictas, incrementan los precios de la vivienda y contribuyen a la exclusión social más que la gentrificación en sí misma, al impedir la llegada de nuevos residentes.
- La liberalización del mercado del suelo y la promoción de una mayor densidad urbana permitirían ampliar la oferta de viviendas, reduciendo los precios y facilitando el acceso de un mayor número de personas a las oportunidades educativas, laborales y culturales que ofrecen las ciudades.
- La revalorización de barrios en decadencia no es un síntoma de desigualdad, sino de la vitalidad y capacidad de atracción de las ciudades, y debe acompañarse de políticas de vivienda asequible y movilidad que maximicen sus beneficios y minimicen sus posibles impactos negativos sobre la población vulnerable.
Otro académico destacado en esta minoritaria corriente no-crítica es Lance Freeman, profesor de Urban Planning en la Universidad de Columbia especializado en el estudio de la gentrificación, la movilidad residencial y las políticas urbanas. Su enfoque destaca por combinar análisis cuantitativo con entrevistas a residentes, aportando matices a la narrativa habitual que asocia de forma automática la gentrificación con el desplazamiento masivo.
En su libro There Goes the ‘Hood: Views of Gentrification from the Ground Up (2006), Freeman realizó un estudio cualitativo en Harlem y Clinton Hill (Brooklyn), entrevistando a residentes afroamericanos de larga data para conocer sus percepciones sobre la llegada de nuevos residentes de clases medias y blancas. Sus hallazgos mostraron una ambivalencia significativa: mientras muchos valoraban las mejoras en seguridad, limpieza y servicios, existía también temor al desplazamiento por el aumento de los alquileres. Sin embargo, también se identificaba una percepción de oportunidades relacionadas con el empleo y la seguridad para sus familias, mostrando que la gentrificación es un proceso complejo que no siempre se percibe como completamente negativo.
En su artículo “Displacement or Succession? Residential Mobility in Gentrifying Neighborhoods” (Urban Affairs Review, 2005), Freeman utilizó datos del Panel Study of Income Dynamics (PSID) de Estados Unidos, combinados con identificadores de barrios en proceso de gentrificación. Los resultados indicaron que los residentes de bajos ingresos en estos barrios no eran más propensos a mudarse que los de barrios no gentrificados, sugiriendo que la movilidad residencial en estos contextos se asemeja más a procesos de sucesión natural que a desplazamientos forzados. Además, Freeman subrayó la importancia de diferenciar entre desplazamiento directo e indirecto, así como entre movilidad voluntaria y forzada.
En “A Five-Year Retrospective on the Impact of Gentrification” (2019), Freeman reafirmó que los impactos negativos de la gentrificación suelen exagerarse en la literatura. Aunque reconoce la necesidad de políticas públicas para proteger a los residentes vulnerables a través del alquiler asequible y el control de rentas, también destaca los beneficios en servicios y empleo que la gentrificación puede generar en las comunidades. Insiste en la necesidad de análisis empíricos rigurosos antes de diseñar políticas públicas, subrayando la complejidad de los procesos de revalorización urbana.
Las contribuciones de Freeman retan la narrativa hegemónica sobre la gentrificación, al demostrar que el desplazamiento no es tan masivo ni automático como se suele asumir, resaltando al mismo tiempo los beneficios en seguridad, servicios y oportunidades que valoran algunos residentes. Freeman argumenta que la gentrificación puede coexistir con políticas de protección a inquilinos y que los costes asociados a este fenómeno pueden mitigarse, manteniendo los beneficios que genera la inversión privada en barrios anteriormente abandonados.
Richard Florida es conocido por su teoría de la «clase creativa», expuesta en The Rise of the Creative Class (2002), donde sostiene que las ciudades que atraen talento creativo impulsan la innovación, el dinamismo económico y la transformación de barrios en declive. Florida considera que la llegada de profesionales con alta cualificación a los centros urbanos contribuye a la revitalización de espacios degradados, al fomento de la diversidad cultural y a la mejora de los servicios locales, aportando a la «vibrancy» de las ciudades. Aunque tras 2017 ha matizado sus posturas reconociendo los efectos de desigualdad que puede generar este proceso, sigue defendiendo que la atracción de talento es un componente clave en el desarrollo urbano.
Por su parte, Shlomo Angel ha centrado sus investigaciones en la defensa del crecimiento de las ciudades en extensión, argumentando que la expansión urbana es un fenómeno inevitable y necesario para alojar el crecimiento poblacional de forma sostenible. En su obra Planet of Cities (2012), Angel sostiene que la planificación de la expansión urbana, en lugar de restringirla, es esencial para garantizar la disponibilidad de vivienda asequible, la infraestructura adecuada y la integración de nuevas áreas en el tejido urbano. Su perspectiva se aleja de los enfoques que ven la densificación como única solución, subrayando que la expansión planificada puede prevenir la formación de asentamientos informales y contribuir a ciudades más equitativas y sostenibles.
Vicki Been, a través de estudios empíricos en Nueva York, ha mostrado que la gentrificación no implica necesariamente un proceso de desplazamiento masivo y que, en muchos casos, los barrios en transformación pueden beneficiarse de mejoras en servicios públicos, reducción de los índices de criminalidad y mayores oportunidades de empleo. Junto a Ingrid Gould Ellen, Been ha subrayado que es necesario matizar el discurso crítico sobre la gentrificación, reconociendo tanto sus riesgos como sus potenciales beneficios, y ha defendido la importancia de políticas públicas que puedan aprovechar las oportunidades que genera la inversión privada en los barrios, sin perder de vista la protección de las comunidades vulnerables que residen en ellos.
Jason Segedy, a través de ensayos divulgativos sobre planificación urbana, ha argumentado que la gentrificación puede ser una forma de «reurbanización» positiva, especialmente en ciudades en declive demográfico y económico. Considera que la llegada de nuevos residentes y la inversión en áreas degradadas pueden contribuir a revertir procesos de abandono, dinamizar la economía local y mejorar la calidad de los servicios urbanos, siempre que se acompañe de políticas que minimicen impactos negativos sobre las comunidades vulnerables.
Matthew Kahn, experto en sostenibilidad y economía urbana, ha defendido que la densidad urbana y el retorno de las clases medias a las ciudades son fenómenos positivos tanto ambiental como económicamente. Kahn subraya que la concentración de población permite reducir la huella de carbono por habitante, facilita el transporte público y promueve economías de aglomeración que potencian el crecimiento económico y la innovación en los centros urbanos.
Brendan O’Flaherty, en su obra City Economics (2005), analiza las ciudades como sistemas eficientes en los que la densidad genera externalidades positivas que mejoran el funcionamiento de los mercados laborales, el transporte y la oferta de servicios. O’Flaherty argumenta que los mercados de vivienda desempeñan un papel central en el ajuste de la oferta y la demanda urbana, defendiendo que, con una regulación adecuada, la densidad y la revalorización de áreas urbanas pueden favorecer la eficiencia económica de las ciudades.
Paul Cheshire y Max Nathan, a través de estudios sobre planificación urbana y mercado de vivienda, han adoptado posiciones favorables a políticas que permitan una mayor flexibilidad en la oferta de suelo y vivienda, argumentando que las restricciones excesivas a la construcción contribuyen a elevar los precios de la vivienda y a aumentar la exclusión social. Ambos autores destacan que la planificación urbana debe equilibrar los objetivos de sostenibilidad y densificación con la necesidad de mantener un mercado de vivienda dinámico y accesible, evitando que las limitaciones de suelo se conviertan en un factor que refuerce las desigualdades urbanas.