Pocas figuras han tenido tanta influencia en el urbanismo contemporáneo como Jane Jacobs. Con su célebre libro Muerte y vida de las grandes ciudades americanas (1961), Jacobs se convirtió en un icono de las luchas barriales contra el urbanismo modernista, las autopistas urbanas y la destrucción de las comunidades populares. Sin embargo, en las últimas décadas su legado ha sido capturado y resignificado por los mismos intereses que ella combatió: promotores inmobiliarios, planificadores neoliberales y políticas urbanas centradas en la rentabilidad.
Autores como Sharon Zukin ya señalaron desde los años ochenta cómo la “autenticidad” y la “vitalidad barrial” se habían convertido en mercancías estratégicas dentro de lo que denominó “economía simbólica”. Zukin mostró cómo los valores comunitarios defendidos por Jacobs eran transformados en recursos comerciales para dinamizar mercados inmobiliarios y de consumo.
El giro neoliberal, especialmente a partir de los años noventa, intensificó esta tendencia. David Harvey lo explicó en clave estructural con su noción de “acumulación por desposesión”, mostrando cómo la ciudad se convierte en una herramienta para absorber capital excedente, mercantilizando la vida urbana. Conceptos como “revitalización”, “ciudad creativa” o “mezcla social” empezaron a formar parte del repertorio discursivo de gobiernos locales, justificados mediante lecturas simplificadas y despolitizadas de Jacobs.
Ejemplos de cooptación jacobsiana

Uno de los casos más emblemáticos es el de Nueva York, donde el modelo Brooklyn o el High Line Park se presentan como “triunfos de la planificación humana y orgánica”, invocando continuamente a Jane Jacobs. Sin embargo, en ambos casos las dinámicas principales fueron procesos masivos de revalorización, subida de alquileres y desplazamiento de clases populares. Richard Florida, uno de los principales promotores de la “clase creativa”, se apoyó explícitamente en Jacobs para promover ciudades “dinámicas”, pero al servicio del capital cultural y tecnológico.
En Toronto, ciudad natal de Jacobs, su nombre fue utilizado para legitimar planes de regeneración urbana en zonas populares como Regent Park, transformadas en barrios de uso mixto donde la “mezcla social” derivó en gentrificación encubierta. La propia prensa local ha llegado a hablar del “jacobswashing”, es decir, del uso cínico de Jacobs para limpiar la imagen de políticas urbanas agresivas.
En Europa, fenómenos similares se observan en Londres, donde barrios como Hackney o Shoreditch fueron presentados como ejemplos de “renacimiento urbano” basado en la diversidad y creatividad local, mientras se ejecutaban políticas de expulsión y sustitución social. En Barcelona, el relato oficial de “recuperar la vida de barrio” ha convivido con una expansión acelerada de la turistificación en barrios como El Raval, siempre invocando ideales de vitalidad y calles animadas.
De la mercantilización barrial al marketing de la ciudad global
Lees, Shin y López-Morales han documentado cómo el lenguaje de Jacobs ha sido colonizado por estrategias de gentrificación planetaria. Desde Ciudad de México hasta Bangkok, pasando por Seúl o Río de Janeiro, programas de regeneración de barrios populares se presentan como proyectos “humanizados” y “participativos” inspirados en la defensa de la vida urbana. La realidad, sin embargo, son desplazamientos indirectos, revalorizaciones especulativas y la creación de barrios escaparate para el turismo y el consumo global. Por su parte, Ananya Roy y Jennifer Robinson han profundizado en esta cuestión desde el Sur Global, mostrando cómo la informalidad, la economía popular y las culturas locales son apropiadas como recursos simbólicos para procesos de valorización urbana, siempre bajo la retórica de ciudades “diversas”, “mezcladas” y “auténticas”.
Diversos autores críticos han denunciado la manipulación del legado jacobsiano. Tom Slater ha hablado de la “domesticación del radicalismo”, evidenciando cómo el mainstream académico ha absorbido la retórica de Jacobs mientras despolitiza los procesos de gentrificación. Peter Marcuse y Margit Mayer han subrayado cómo los movimientos urbanos, originalmente inspirados en Jacobs, han sido progresivamente neutralizados por el Estado y el mercado bajo lógicas de “revitalización”. Miguel Martínez, desde su análisis de la okupación y las resistencias urbanas, ha resaltado cómo incluso prácticas comunitarias de defensa barrial pueden ser absorbidas y presentadas como “mejoras” por las élites urbanas.
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Rescatar a Jane Jacobs no significa repetir de forma acrítica sus mantras, sino devolverles su contenido radical y transformador. Jacobs defendía la autoorganización comunitaria frente al poder institucional, las economías locales frente a los grandes intereses financieros, y los barrios vividos frente a los megaproyectos. Recuperar a Jacobs hoy significa denunciar su manipulación, desenmascarar el uso cínico de su figura por parte del urbanismo neoliberal y reivindicar su legado en clave de justicia urbana.
La verdadera pregunta es: ¿al servicio de quién están las calles vibrantes que se proclaman? ¿al servicio del capital o de las comunidades que históricamente las habitaron? Jane Jacobs nunca pensó que su nombre sería invocado para justificar lo que combatió. Es tarea de la crítica urbana rescatarla del mercado.