A comienzos de la década de 1970, en plena ebullición de las teorías críticas sobre la ciudad, dos figuras centrales del pensamiento urbano protagonizaron un choque intelectual que marcaría el rumbo de los estudios urbanos durante décadas. Henri Lefebvre, filósofo marxista francés, acababa de publicar La Révolution urbaine (1970), una obra que proponía una mirada radicalmente nueva sobre la ciudad, el espacio y lo urbano. Dos años después, el joven sociólogo Manuel Castells respondía con La question urbaine (1972), un libro que no solo proponía un enfoque alternativo, sino que se construía, en buena medida, como una crítica directa a Lefebvre.
Ambos autores compartían un punto de partida común: el marxismo. Sin embargo, su forma de interpretar y aplicar ese marco teórico fue muy distinta, e incluso contradictoria. Lefebvre defendía una lectura dialéctica, abierta, humanista y filosófica del marxismo. Castells, en cambio, apostaba por un marxismo estructuralista riguroso, influido por Althusser y por la sociología empírica. Este desencuentro no fue solo un debate de estilo o de método, sino una disputa profunda sobre cómo entender la ciudad, el espacio y las posibilidades del cambio social.
Lefebvre y la ciudad como espacio en disputa
En La Révolution urbaine, Lefebvre propone que lo urbano ha superado el marco físico de la ciudad para convertirse en una forma de organización social generalizada. Lo urbano, para él, no es solo un entorno construido, sino un modo de vida, una lógica que impregna todos los ámbitos de la sociedad moderna. Desde esta perspectiva, el espacio no es algo neutral ni preexistente: es producido socialmente, moldeado por las relaciones de poder, las prácticas cotidianas y los conflictos simbólicos.
Lefebvre no se limita a describir las transformaciones urbanas. Su objetivo es político y filosófico: desenmascarar la mercantilización del espacio bajo el capitalismo y abrir la puerta a nuevas formas de habitar y de apropiarse de la ciudad. En este contexto surge su célebre concepto de “derecho a la ciudad”, entendido no como un derecho legal individual, sino como una reivindicación colectiva de los habitantes para transformar el espacio urbano en función de sus necesidades, deseos y prácticas. La ciudad, según Lefebvre, es un espacio de conflicto, pero también de posibilidad.
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Castells y la ciudad como expresión de las estructuras
Manuel Castells, con tan solo 30 años, publica La question urbaine como una intervención crítica y metodológicamente radical. Su enfoque es claro: lo urbano no puede tener un valor explicativo autónomo. A su juicio, Lefebvre comete el error de dar a “lo urbano” un estatus analítico independiente, desligado de las relaciones económicas, de clase y del aparato del Estado. Esta “ideología urbanística” —como la denomina— impide comprender las verdaderas causas del cambio urbano bajo el capitalismo.
Desde un marxismo estructuralista influido por Althusser, Castells sostiene que el espacio urbano debe ser analizado como una expresión concreta de las relaciones de producción. La ciudad, en esta lectura, no es más que un componente dentro de un sistema más amplio de reproducción social. Las transformaciones urbanas —como la renovación de barrios, el desarrollo de infraestructuras o la expansión de los suburbios— responden, para Castells, a las necesidades del capital y del Estado en cada momento histórico. En lugar del “derecho a la ciudad”, Castells propone centrar el análisis en los movimientos sociales urbanos, que, aunque no revolucionarios, pueden ejercer presión para mejorar las condiciones de vida en el marco del sistema. Su propuesta es empírica, sociológica, basada en datos, estructuras y actores definidos. Es, por tanto, una reacción contra lo que él percibe como vaguedad filosófica en los planteamientos de Lefebvre.
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Dos formas de entender la ciudad (y la teoría)
El debate entre Lefebvre y Castells no es solo una discusión sobre el objeto de estudio. Es una disputa epistemológica. ¿Debe el pensamiento urbano partir de las estructuras económicas y de clase, como sostiene Castells, o puede incorporar también lo simbólico, lo cotidiano y lo subjetivo, como propone Lefebvre? Donde Castells ve ideología, Lefebvre ve posibilidad. Donde uno exige rigor analítico, el otro reclama apertura teórica. En este sentido, sus diferencias reflejan dos formas distintas de concebir la teoría urbana.
Con el tiempo, la influencia de ambos autores se ha proyectado en direcciones distintas. Lefebvre ha sido recuperado por la geografía crítica anglosajona (Harvey, Soja, Smith) y por los estudios sobre justicia espacial, derecho a la ciudad y resistencias simbólicas. Su concepto de “producción del espacio” es hoy central para entender cómo las dinámicas capitalistas moldean, ocupan y disputan el territorio. Castells, por su parte, se alejó progresivamente del marxismo ortodoxo y se convirtió en uno de los teóricos más influyentes sobre la sociedad informacional, las redes globales y la ciudad digital. Su obra ha sido clave para comprender los procesos de globalización urbana, la transformación del trabajo y el impacto de las tecnologías de la información.
Lejos de cancelarse mutuamente, hoy ambas perspectivas son recuperadas como complementarias. Las investigaciones urbanas actuales —sobre gentrificación, financiarización, resistencias barriales o turistificación— tienden a combinar el análisis estructural con la atención a las prácticas cotidianas, los significados y las subjetividades. Lefebvre y Castells, en lugar de representar dos caminos excluyentes, abren un campo de tensión productiva que sigue siendo fundamental para entender las ciudades del siglo XXI.
